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jueves, 17 de enero de 2013

Jaque (cap.4)

Por fin delante del ordenador pude volver a enfrentarme a Parrado. Cada vez me caía peor ese escritor y detective de éxito. Había llegado un punto en el que no podía soportarle. Cada vez que le daba un beso a Francesca era como si a mí me diese un puñetazo. Era una relación extraña porque, por otro lado, no podía dejar de hablar de él; soñaba con Parrado. Concretamente soñaba que yo era Parrado. Me resistía a relatar que iba desentramando el caso, que su particular partida de ajedrez acabaría de la misma forma que en 1972 hizo Bobby Fisher con Borís Spassky. Aunque la realidad era que cuando llevaba un rato delante de la pantalla, tecleando teclas compulsivamente, era él el que se adueñaba de mí. Yo no ejercía ningún poder sobre la historia y menos con él. Estaba decidido a acabar con su vida. El asesino del ajedrez lo haría por mí. Sólo necesitaba llevarlo a una última escena de un crimen. O acercar al asesino al ático de Parrado en busca de sus dos últimas víctimas: Francesca y Parrado. Sería un jaque mate que daría la vuelta a la historia, reescribiría un triunfo del americano sobre el ruso. Únicamente necesitaba no dejarme cautivar por el simpático detective, por el interesante escritor. ¿Acaso no era yo el que debía dominar la situación? ¿No es el escritor el que dirige el camino de sus personajes? Tomaría altas dosis de café para no sucumbir a sus encantos, a su canto de sirenas, a su hipnótico deambular. Tenía que meter directamente al asesino en su casa, para lo cual saqué a Francesca y a Parrado del piso de ella con la excusa de una llamada telefónica de la redacción en la que le avisaban de que ella había recibido un paquete sospechoso con una figura de ajedrez y una carta. Parrado con la reina blanca en sus manos y leyendo una carta indescifrable llegó a la pista definitiva que le relacionaba todos los casos con su propia vida. Así que sólo era eso... Esa carta y esa figura les encerrarían sin solución en el ático de Parrado, les abocaría a un final desesperado e ineludible para ellos porque el asesino estaría esperándoles en el dormitorio de él y Parrado tendría que observar cómo era asesinada Francesca sin poder hacer nada por salvarla. Antes de matar al rey, lo habría hecho con la reina, sería una derrota en su propio terreno, el de la inteligencia, y así él le suplicaría la muerte tumbando la figura que él mismo representaba. Con esa jugada me desharía de mis dos problemas: Parrado y la novela que tenía que entregar a la editorial antes de que finalizase el mes.

Francesca seguía, cautelosa, los pasos de Parrado. Él entró en su ático con sigilo, sin hacer el más mínimo ruido. Algo le decía que se encontraban en un peligro inminente. Necesitaba comprobar algo en el ordenador. Su memoria era buena, pero no tanto como para recordar todos los movimientos de esa última partida entre los dos superdotados ajedrecistas. Entró, silencioso, en su despacho, conectó el ordenador y buscó en la Wikipedia la famosa partida. Spassky, finalmente, se rindió. Entregó su rey. Eso le daba pistas. El asesino intentaría cargarse primero a Francesca y posteriormente esperaría que él le suplicase su propia muerte. Tenía el presentimiento de que Fisher ya se encontraba dentro de la vivienda. Podía llamar al comisario, explicárselo todo y que éste enviase a algunos policías que arrestasen al sospechoso, pero eso no demostraría que se trataba del asesino. Únicamente sería detenido por allanamiento de morada. Parrado haría las cosas a su manera, eso siempre le había salido bien y en esta ocasión no tenía por qué ser diferente. Saber qué esperaba el asesino le daba cierta ventaja, o eso creyó él. Recorrió lentamente todos los rincones de la casa con Francesca pisándole los talones y con un cuchillo jamonero que cogió de la cocina. Con éste en alto se asomó a la terraza, posteriormente pasó por el baño y finalmente cuando asomaba la hoja plateada por la puerta del dormitorio sintió un golpe tremendo en la mano que hizo que soltase el cuchillo. Francesca se abrazó, instintivamente, a Parrado, cuando el rostro recientemente descubierto asomaba una sonrisa a la vez que amenazaba a la pareja con una pistola Beretta 92 negra con el mango marrón. El asesino hizo un gesto con el arma, indicándoles que entrasen dentro de la habitación. Sacó unas esposas que le colocó a Parrado después de pasarle las manos por detrás de la espalda. Le empujó sobre la cama y enganchó las esposas al cabezal de forja. Francesca permaneció callada, con la boca abierta, viendo cómo Parrado intentaba revolverse sin conseguir nada. El asesino la cogió por su enorme melena y la arrastró hacia el baño. Puso el tapón a la bañera de hidromasaje en forma de riñón y abrió el grifo del agua. Mientras hacía esto Francesca intuía que ella acabaría dentro de la bañera y no podía dejar de pensar (lo cual le parecía ridículo) que, por lo menos, podría poner el agua caliente. Mientras esto ocurría, Parrado se devanaba el cerebro para averiguar una forma de escaparse antes de que la ficha de la reina fuese eliminada del tablero. Hizo un resumen rápido de todos los asesinatos cometidos hasta entonces, de todas las mujeres y las características que compartían. Se recriminó no haber averiguado antes las claves de la imaginaria partida. Cada vez que había sido entrevistado por un medio de comunicación, el asesino había utilizado esas coordenadas para elegir una mujer que viviese en la zona y que rondase los cuarenta años. La hora en la que había sido realizada la entrevista era la misma que utilizaba para cometer el asesinato y el lugar en que luego dejaba el cuerpo correspondía a una casilla del figurado tablero en el que había convertido la ciudad. Este último dato era la única pista que Parrado siempre había tenido clara, pero el hilo que conectaba a todas las mujeres era tan fino que él no había sido capaz de verlo. La ultima ficha elegida era Francesca, periodista que había realizado el ultimo articulo sobe Parrado y el caso del asesino del ajedrez. En pocos segundos había repasado toda cronología del caso, pero el ruido borboteante del agua no le dejaba concentrarse. Pensaba ahogar a Francesca y a él no se le ocurría nada para salvarla. De repente chilló- eh Bobby, te intereso yo, no ella -sabiendo, a la vez que lo decía, que eso no valdría para nada porque esa partida ya se había jugado hacia más de treinta años y el siguiente movimiento era la reina. Bobby, tengo preparado un nuevo movimiento que no te imaginas. Aunque elimines mi reina no te daré la partida. He ideado la forma de ganarte esta partida y devolverle el triunfo a Rusia. Parrado no esperaba que esto hiciese reaccionar al asesino, pero de repente descubrió la cara estirada y pálida de Bobby asomando por la puerta y preguntando- ¿Qué movimiento? No puedes hacer ninguno, esta partida no tiene otro posible desenlace. Tendrás que entregarme la partida y tu vida. Parrado demostrando, falsamente, que no estaba nervioso por lo que escuchaba, le dijo- ¿Cómo puedes estar tan seguro? Mientras tanto el agua seguía sonando en la otra habitación, y Francesca se encontraba tumbada boca abajo atada de pies y manos sobre la bañera, haciendo esfuerzos por respirar algo de aire entre trago y trago de agua.

Ya casi lo había conseguido. A Francesca le quedaban pocos minutos y Parrado iría detrás. Las teclas del ordenador estaban calientes y yo me sentía tan excitado como nunca. Necesitaba tomarme otro café, pero en ese momento nada ni nadie podría alejarme de la historia. Nadie podría evitar que cometiese el asesinato, que me cargase de un plumazo a mi más famoso detective, y que eso, curiosamente, me devolviese la fama a mí. Mi excitación no me permitió escuchar el chirrido de la puerta al abrirse. Tampoco me permitió oír los pasos de alguien que se iba acercando a mi despacho. Yo seguía tecleando sin parar y sólo fui capaz de darme cuenta de que no me encontraba solo cuando escuché el ronquido de la puerta del despacho rozando contra el suelo. Levanté la cabeza y la giré para descubrir que una sombra se metía hacia dentro. Se me aceleró el corazón. No me daba tiempo a hacer nada. Detrás de la sombra apareció una figura que me era muy familiar y únicamente me dio tiempo a preguntar-¿Tú?- antes de que Parrado descargara uno tras otro todos los proyectiles de su Beretta 92, negra con mango marrón, sobre mi indefenso cuerpo.

1 comentario:

  1. No me esperaba este final. Vi varios asesinos antes. Pero se nota que disfrutaste escribiendo. Eso vale. Me gusto. Los personajes de los chinos son otro cuento aparte. Muy bueno.

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