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jueves, 10 de enero de 2013

Jaque (Cap.1)


No podía dormir, no sólo no podía sino que no quería. Me encontraba totalmente abducido y empapado por la novela que estaba escribiendo. Siempre había pensado que la novela negra era un género que no me interesaba, y, a decir verdad, empecé con él por un mero motivo económico. Necesitaba volver a publicar para seguir viviendo. Es falsa la creencia de que los escritores disfrutamos de privilegios y vivimos como queremos. En mi caso no era así, y eso que mis dos anteriores novelas habían tenido un relativo éxito de ventas. La editorial llevaba tiempo recordándome que debía entregarles un nuevo trabajo conforme teníamos acordado en el contrato. La decisión de desviarme hacia ese género había sido mía, ya que necesitaba que se vendiese más, y, para qué negarlo, la novela negra estaba de moda. Comencé a prepararme un café bien cargado. Sólo lo tomaba de Etiopía, me era imposible tragar otro tipo de café. Comencé haciendo gestos cuando en algún bar me servían la tacita con el negro liquido y yo lo saboreaba con la punta de la lengua, y finalmente acabé no pudiendo tragar esos asquerosos brebajes. Lo vertí en la taza con la serigrafía de Bart Simpson. Él era el encargado de acompañarme todas las noches y hacer guardia junto a la pantalla de mi ordenador portátil. Al pasar por el salón, camino de mi despacho, cogí el forro polar que había dejado tirado encima del sofá y un donut seco que también estaba olvidado sobre la mesa llena de migas de pan, aunque éstas se camuflaban bastante bien entre las florecillas multicolor del mantel. Por muy feo que resultase había sido un acierto enviar a mi madre a que me comprase el hule. El despacho se encontraba al final de un frío e infinito pasillo, alejado del resto de la casa; de hecho parecía que no pertenecía a ella. Tenía forma de ele y en una esquina había una diminuta ventana que daba a un oscuro patio de luces de cuatro por cuatro. Justo debajo de mí, en la primera altura, vivía una familia de chinos que siempre estaban cocinando frituras que desprendían un olor que, aunque el ventanuco se encontrase siempre cerrado a cal y canto, se colaba en la habitación llegando a hacer insoportable permanecer en ella. Yo me había acostumbrado a ellos, sus gritos y sus olores, y ya no me molestaban para escribir, aunque todo acababa oliendo a aceite de soja, incluso las sábanas de la cama que, pese a eso, las cambiaba cada mes. Pulsé el botón de encendido del ordenador y esperé con la taza en la mano a que se reiniciase el equipo. Al cabo de esos desesperantes dos minutos recuperé el documento. Apreté control i y fui hasta la página 197. Tomé aire profundamente, di un largo sorbo de café y me dispuse a continuar con la historia. Primero retrocedí hasta el principio del capítulo para volver a leerlo y que la propia historia me fuese capturando. Después de leer esas diez páginas ya estaba dentro de la piel del escritor, y detective, Parrado.

Parrado se sentía muy cansado, pero eso no fue razón suficiente para que se quedase en casa. Como todas las noches se puso su cazadora de cuero y se bajó hasta el pub de la esquina. Entre semana eran pocos los que se acercaban hasta el local para tomar unas copas. Él se colocó en el taburete de siempre, le ajustó la altura, a la vez que pensaba que alguien debía habérselo tocado, y le pidió al camarero, con un gesto, que le sirviese una copa. Cogió el pesado vaso de vidrio, lo acercó a su boca y dio un sonoro sorbo de bourbon que hizo que la chica que se encontraba en la otra punta de la barra le mirase. Parrado le dedicó una sonrisa y con un gesto de su mano la invitó a acercarse. La exuberante rubia en un principio dudó, pero, como él no dejaba de mirarla y de sonreír, acabó cambiando de asiento. Cuando estuvo a su lado él le acercó cortésmente un taburete y le sugirió que se sentase. La estrecha faldita vaquera hizo que la operación resultase cómica para Parrado, que no dejaba de mirar el generoso escote de la mujer. Una vez estuvo subida cruzó las piernas mirándole con picardía y Parrado descubrió en su cutis que no era tan joven como le había parecido en un principio. Ese descubrimiento le alegró, estaba cansado de las jovencitas superfluas que únicamente buscaban en él que les saliese una copa gratis. Parrado pensó que aunque pasase de los cuarenta todavía mantenía el encanto de una chica mucho más joven. Algo de inocencia se escondía en la mirada de esos extraños ojos grises. Él se presentó pronunciando su apellido y esperó con ansia hasta escuchar su voz. Francesca, dijo con un tono melodioso y un ligero acento italiano. Parrado se levantó para propinarle dos besos y aprovechó para pasar la mano por su cintura y rozar su piel. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y electrificó el vello de sus brazos. Hacía mucho tiempo que no había sentido nada parecido. Por primera vez en los últimos meses se olvidó del asesino del ajedrez y se centró únicamente en conquistar a la muchacha. Parrado aprovechaba su trabajo de detective privado para escribir novelas de éxito sobre los casos que investigaba, pero este último caso le tenía desorientado. Se encontraba atascado en la investigación y la novela no avanzaba. Escribir aquello que iba descubriendo le ayudaba a ordenar sus ideas, aunque hacía varias semanas que no tenía nada que apuntar. El asesino del ajedrez, al que habían bautizado así los medios de comunicación, asesinaba mujeres de mediana edad que vivían solas. Siempre aparecía una pieza de ajedrez junto al cuerpo. Las piezas siempre eran distintas, únicamente la aparición de tres peones había roto esta regla. Parrado no tenía ninguna duda de que se estaba jugando una partida en la que él, sin saber cómo, era el contrincante. Hacía dos meses que no se producía un asesinato. De alguna manera era su turno, pero no sabía de qué forma podía realizar los movimientos. Intuía que quedarse quieto no iba a parar la partida, el asesino le obligaría a hacer un nuevo movimiento. Parrado le pidió a Bruno otro gintonic para Francesca. Él sólo le había desvelado que era un escritor de relativa fama que necesitaba el bourbon para poder seguir escribiendo. Ya sé quién eres- contestó ella -leo los periódicos, ¿sabes? Parrado pensó, por un momento, que eso podía complicar las cosas, pero cuando vio que ella seguía sonriendo y depositaba una mano sobre su pierna, se quedó más tranquilo. Y es que Francesca le gustaba mucho más de lo que había imaginado al verla sola en la otra punta de la barra. Él no se decidía a sugerirle que fuesen a su apartamento a tomar la última. Al final fue ella la que le animó a cambiar de local. Parrado entonces sí que se aventuró a insinuarle que un martes por la noche no habría nada abierto a las tres de la mañana y que era mucho mejor tomar algo en su casa. Ella asintió con alivio, como si hiciese mucho rato que esperase que él se lo propusiese. Parrado se despidió de Bruno con el habitual "hasta mañana" y dejó, caballerosamente, que ella saliese delante, aprovechando para mirar sus piernas haciendo equilibrismo sobre unos tacones de quince centímetros. Todo en Francesca le parecía espectacular. Una vez encerrados en el ascensor que les subiría hasta el ático, él se atrevió a acercarse lo suficiente a ella para darle un beso. Llevar a cabo aquello que en alguna ocasión había escrito le producía un subidón hormonal. Ni entre sus papeles garabateados podía encontrar una noche tan explosiva y perfecta. Se quedó dormido como un niño entre sus piernas. Cuando se despertó ella ya no se encontraba en la cama. Se fue tapado con la sábana hasta la terraza pasando por la cocina, pero ya no se encontraba en la casa. En su lugar había una escueta nota en la que le decía que ya se encargaría ella de buscarle. Parrado se preparó un café cargado, se puso un pantalón de chándal y una camiseta ajustada y salió a la terraza con el portátil para ponerse a trabajar en el caso. No recordaba haber dejado el ordenador enchufado, siempre lo apagaba, pero cuando éste le preguntó si quería recuperar la última sesión se quedó extrañado. Puede que la noche anterior se hubiese ido a dormir sin apagarlo, pero esa opción era poco probable.

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