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jueves, 27 de diciembre de 2012

Lluvia en el mar


Miraba de reojo, ladeaba el tronco intentando acercar la cabeza, como si de esta forma fuese a calmar la ansiedad. Hacía mucho tiempo que no se creía nada de lo que le decía Rosa. Todo lo que ella le explicaba le parecían excusas. Los injustificados retrasos, las sonrisas cada vez que tenía el móvil entre las manos y ese permanente olor a recién duchada habían llegado a desquiciarle. Con gusto le hubiese abofeteado cuando dejaba escapar una carcajada espontánea, pero era un cobarde. Ya no recordaba la última vez que se rieron juntos. No deseaba conocer la verdad, aunque tampoco quería seguir con las taquicardias y ese maldito ardor de estomago que hacia que su boca apestase; un hedor fétido que, incluso él, no soportaba. No podía seguir así; necesitaba una solución. Un intencionado susurro tapándose la boca sin ningún disimulo terminó por hartarle. Se levantó del sofá lanzándole una mirada cargada de odio que rodó como una pesada pelota de goma por delante de ella sin que se diera cuenta. Tampoco él se apercibió de su indiferencia. Cruzó la carretera y caminó por la arena hasta llegar a la orilla. Pensó que la lluvia que le golpeaba el cuerpo sin compasión no tenía importancia. Y no la hubiera tenido de no ser uno de enero. Se sentó sobre una piedra y recibió los restos de la explosión de las olas contra la escollera. Todo transcurría enlentecido. Extendió las manos con las palmas abiertas hacia el cielo. Podía diferenciar cada una de las gotas aplastándose entrópicamente contra las extremidades. Estaba demasiado cansado. No recordaba cuantas noches llevaba sin dormir. Esos malditos dolores de cabeza que el médico insistía en ignorar. Tampoco ella le creía, y más desde que él había abandonado el trabajo porque todos le acosaban. Desde entonces pasaba el día deambulando por casa, registrando todos los cajones y armarios en los que Rosa guardaba sus cosas. La situación, para ella, se había convertido en asfixiante. Se levantó y tuvo el deseo de caminar catastróficamente sobre el manto de agua salada que se iluminaba con cada relámpago. Sin saber cómo se descubrió nuevamente en la orilla; por lógica desechó la idea de la levitación. Desconocía el tiempo que había transcurrido. Pero qué es el tiempo, pensó. Volvió pesaroso y se asomó discretamente por la ventana. No quería ser descubierto. Esperaba ver a Rosa preocupada por su desaparición, pero ella estaba tumbada en el sofá, hablando por el móvil. La maldita sonrisa se había desdibujado dando paso a una mirada melancólica. Estaba mirando hacia la ventana, pero no parecía verle. Sintió el impulso de castigarla. Sin ninguna explicación. De la peor de las formas, la más dolorosa. El silencio. Y no sólo eso, también la desaparición. Había dejado de llover. Puede que todavía no le echase de menos, pero lo haría. Pasó la noche en el garaje, tumbado en el asiento de su Renault. Se despertó al escuchar el ruido de la puerta. Su ropa todavía se encontraba algo húmeda. Cuando la vio aparecer por allí una idea punzante se le metió en la cabeza: era demasiado hermosa para merecerla. No parecía preocupada. El olor de su piel se filtró por la rendija de la ventanilla y de la misma forma desapareció. Tenía todo el día por delante para pensar qué hacer. Decidió sustituir el café por un whisky. Animado por los efectos del alcohol registró, nuevamente, todos los armarios de Rosa en busca de alguna prueba. Guardó en el bolsillo unas bragas rojas de seda después de acercárselas a la cara y olerlas. Únicamente le faltaba coger una cosa antes de salir corriendo; ella no se daría cuenta de que faltaba una foto del álbum de la boda. Necesitaba instalarse en algún lugar próximo para poder vigilarla. El sótano era el sitio perfecto. Ella nunca entraba. En un principio pensaron utilizarlo como bodega, pero ninguna botella de vino en sus manos duraba lo suficiente como para ser almacenada. El único problema era la humedad, aunque pensó que no serían muchos días. Todo era acostumbrarse. Cuando escuchó la puerta del garaje supo que ella había regresado. La sonrisa, ¿perduraría la sonrisa? En cuanto se diese cuenta que se había quedado sola cambiaría ese ridículo gesto. Puede que entonces todo resultase distinto. No pareció afligirse por su ausencia; más bien todo lo contrario. Cada día repitió la misma rutina. Esperó todas las noches que Rosa apareciese acompañada por la policía, pero con el paso de las semanas hasta él mismo olvidó por qué razón permanecía escondido en ese frío sótano, por qué la vigilaba constantemente. La humedad de esa habitación cerrada había conseguido entumecer cada uno de sus huesos lo que le hacía andar encorvado. Había desaparecido y nadie parecía notarlo. Cualquier día descubriría que no existía. Para no llegar a ese extremo decidió dejar pistas, leves actuaciones sobre la existencia de Rosa. Igual doblaba y guardaba una camisa olvidada sobre una silla como quitaba los pelos del desagüe de la bañera. Estas costumbres fueron dándole sentido a la desaparición. En ocasiones se acababa el café que ella olvidaba sobre el banco de la cocina, o tiraba a la basura los yogures caducados de la nevera. Nunca tuvo la sensación de que ella notase estas pequeñas intrusiones en su cotidianidad, así que fue aumentando el ámbito de esas pequeñas modificaciones. Limpiaba los zapatos de Rosa, pasaba el cepillo por sus trajes para eliminar los pelos y comprobar su procedencia. Cambiaba las sábanas cada semana y conectaba la calefacción media hora antes de que regresase. Ella parecía agradecer estos detalles sonriendo cada vez que detectaba un cambio. Cuando la rutina parecía dar un sentido a su vida todo se estropeó. Comenzó con una molesta tos que no podía controlar. Pensaba que en cualquier momento sería descubierto. Rosa se presentaría una mañana en la bodega y le diría que ya podía largarse de una vez. Posteriormente el dolor en el pecho y la dificultad para respirar. Enseguida comprendió que había cogido una pulmonía. Se encontraba tan debilitado y con tanta fiebre que pensó que no pasaría la noche. En otro arranque de cobardía se puso a rezar prometiendo todo aquello que se le pasó por la cabeza. En cuanto le bajó la temperatura se carcajeó recordando todo lo que había prometido. Mentiras. Estaba convencido de que ella habría reconsiderado la situación. De no ser así por qué razón no había denunciado su desaparición, o por qué sonreía cada vez que detectaba la taza del desayuno limpia. Esto le dio seguridad para entrar en la habitación de Rosa mientras ella dormía y coger una caja de antibiótico y algo que le quitara el dolor de cabeza. Sintió que le acompañaba un aura espectral, casi angelical. Él era un enviado. El elegido. La observó durmiendo en la cama, acurrucada. Se tumbó junto a ella con la certeza de que ya nunca sería descubierto.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Un caso muy real (II)


Volvió a pasar y ya van dos. El ayuntamiento está de suerte, nosotros también. Nuevamente se cayó un techo en el colegio Luis Vives; nuevamente ocurrió por la noche. Cómo es posible que, después de realizar una inspección profunda tras el primer derrumbe, haya vuelto a ocurrir. Quién es el responsable. Qué se puede hacer, nos preguntamos los padres. Todos los martes cortamos la calle Cuenca; protestamos, junto a nuestros hijos, por una educación ya no digna si no segura. Las aulas se van precintando conforme la escayola cubre los pupitres, ahora el baño se encuentra también cubierto de placas y polvo blanco. Mientras esto ocurre los políticos siguen engordando sus posaderas reposadas en los mullidos asientos de esos despachos que creen suyos. Con solo imaginar que la sufrida estadística hubiese jugado sus cartas de otra forma me pongo a temblar. Qué no hubiese hecho un padre si el resultado del desplome hubiese acabado de otra forma que no es necesario que se explique. Quién hubiese contenido su ira ante el político que, esta vez sí, acudiría con su afligido gesto a ser fotografiado mientras declara las inmediatas intenciones del organismo al que representa. Creo que olvidan que no representan un organismo si no a los ciudadanos. Y son estas últimas palabras las que más vértigo me dan: representan a los ciudadanos. Así que mi pregunta podría haber sido otra: ¿qué clase de ciudadanos somos?

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Le podría pasar a cualquiera


Sentía una necesidad irrefrenable de salir huyendo. Dejarlo todo; sin despedidas ni equipajes. Abandonar toda actividad conocida. Dejar que fuese la propia huida la que alcanzase el destino último. Quizá pueda parecer increíble. Alguien andando cabizbajo hacia ninguna parte. Ignorando consciente el horizonte. Sin miradas ni aspiraciones. Con la única ambición de llegar no muy lejos. Se habrá dado cuenta el lector que podría tratarse tanto de la primera como de la tercera persona. En este punto del relato todavía no me encuentro identificado con el personaje, pero tampoco siento animadversión hacia él. Decidiré esta cuestión más tarde. Nadie iría a la estación de trenes, robaría una despedida a cualquier chica que se encontrase en el andén agitando la mano con la mejor de las sonrisas. También saludaría desde la ventana, incluso gritaría un te quiero que sería escuchado por todos los compañeros de vagón. Note el lector que ahora ya se encuentra tentado de elegir la tercera persona, incluso siente la necesidad de seleccionar el género masculino. Nada está decidido. El tren comenzaría a moverse, no con la misma rapidez ni sonoridad que los de antaño. Su sonido recuerda más bien a un insecto de titanio que a un hipopótamo resoplando. Asomarse a la ventana, eso es algo que todo el mundo hace para evitar las miradas escrutadoras, lo haría sin dudar ni un instante. Observaría los muros que separan el camino de railes de la civilización, por llamarlo de alguna forma, y sus pintadas reivindicativas y revolucionarias. Los barrios suburbiales por los que discurre el convoy. Las huertas con una caravana a modo de caseta de aperos. Las putas, allá a lo lejos. Los primeros pueblos, tan próximos a la ciudad que han acabado por perder su identidad. Bajarse en la primera estación desconocida es lo que tenía pensado antes de subir en el tren. Confiaría en que no pasase ningún revisor; no había sacado billete. No puede alguien escapar de sí mismo con un destino fijado. En el caso de que fuera descubierta la trampa siempre podría intentar convencer al inspector con cualquier tipo de argucia, cualquier tipo, digo. Es aquí donde el engaño puede jugar una mala pasada y creer que tiene la corazonada de que se trata de la tercera persona del femenino. ¿Está seguro? Andaría por las calles de esa desconocida localidad sin más compañía que los atormentados pensamientos. Desear un café, eso vale para él, para ella y para mí. Lo tomaría en el primer bar que encontrara. Pediría un café sólo al camarero y lo bebería de un sorbo que abrasara todo el paladar. Así es como nos gusta el café a los tres, luego no lo puede utilizar como pista. Y a partir de este punto qué. Dónde llevo al personaje, porque todavía no he conseguido meterme en su piel. No tenía nada, el último euro del bolsillo lo había depositado sobre la barra sin preguntar cuánto era. Trabajo no iba a conseguir, demasiado tiempo buscando para nada. Dinero tampoco, sin trabajo no hay dinero. Caminaría hacia el centro. Allí suele estar la iglesia. Antes era fácil conseguir unas monedas al finalizar la misa. Con suerte para un bocadillo. Buscaría cartones porque la noche podía ser fría. Y un lugar, un sitio para poder dormir sin que nadie molestase. Ya llega a su fin el relato, lector, y sigo sin definirme. Puede pensar que ha sido un engaño, o un truco, o un recurso, o que simplemente le podría pasar a cualquiera.

domingo, 9 de diciembre de 2012

El Nada

He leído que la casualidad no existe. Entonces aquello fue merecido. No tuvo nada que ver con el azar, me pregunto. Durante muchos años me consideré un desafortunado, y no porque me ocurriese a mí, más bien por la crueldad de las matemáticas. De la estadística. Horas pasé calculando, gracias a mi formación científica, la probabilidad de que un hecho tan raro se presentase frente a mis narices sin posibilidad de esquivarlo. Conforme iba añadiendo más datos y condicionantes disminuía el porcentaje. Y yo, cada vez, estaba más sumido en un ilógico desconcierto. No entendía nada. Desde ese momento me he preguntado cada día el porqué. Inexplicable; esa es la única justificación que he encontrado. No me ha dado ninguna paz el saber que nada podría haber hecho para evitarlo. Nunca dependió de mí, así que tampoco debería haberme influido tanto, pero lo hizo. Es de esas situaciones que una vez ocurridas no parecen tan importantes. Van ganando peso conforme se van asentando en su propia existencia. Ganan, como la sabiduría en las personas, una presencia más visible con el paso del tiempo. Me sentía frustrado por no ser capaz de dominar la situación. Desde el instante en que ocurrió hasta hoy, esta frase queda marcada con un sello imperecedero por el propio lector, he indagado en la forma de evitar, por lo menos, las consecuencias. Mi vida, de repente, carecía de sentido. Cada noche despertaba asustado, entre sábanas de cartón mojadas. Delirios, que me acercaban a un misticismo del que carecía, convertidos en una sensación diaria a la que tuve que acostumbrarme. Quizá si hubiese averiguado el mecanismo del olvido. Puede que ahí residiese la clave, pero eso soy capaz de entenderlo ahora, no entonces. El camino que elegí fue otro, uno mucho más tortuoso. El del desconsuelo, la desesperación, demasiado próximo a la locura. También la soledad. Una vez asumida mi condición de desafortunado todo se precipitó, igual que la luz lo hace atrapada en las fauces de un agujero negro. Negritud era lo que tenía y, a la vez, temía. Abandoné mi casa, eso todavía lo recuerdo. Después el vacío. Y cada noche el recuerdo de ese día. Cada paso inseguro sobre el árido cemento era un retroceso. Una hora más en la calle una batalla perdida en la lucha por el olvido. No sé cuanto tiempo pasó, pero todo seguía igual. La vuelta a casa se produjo del mismo modo que la salida, sin explicación. Descubrí que estaba, nuevamente, durmiendo entre algodón africano, de ese que recogen manos sedosas de niño. Nadie me esperaba; debería haber alguien haciéndolo, pensé. No podía seguir así. No recordaba qué era de mi vida antes del acontecimiento, quizá ya estaba solo. Puede que tampoco fuese el desencadenante de nada. Incluso cabría la posibilidad de que yo siempre hubiese sido el centro del problema. Nada, eso es lo único que he sido capaz de concluir después de tanto análisis. Nada más que nada. Y ahora, llegados a este punto, estaréis esperando que finalmente desvele qué ocurrió, pero nada más alejado de sus intenciones. He intentado durante todo el relato hacerlo, pero continuamente se me escurría. Cuando lo tenía en la punta afilada de la pluma se retraía cual anélido. Demasiados años lleva dominando mi vida como para permitir que me lo quite de encima con una estrategia tan utilizada y poco imaginativa como la de un cuento.

lunes, 3 de diciembre de 2012

21-12-2012 (Noche en el club)


Las nubes negras y abultadas amenazaban con desparramarse sobre su cabeza; demasiado cerca, debió pensar cuando silbó a los animales para que le siguieran. Apresuró sus pasos cuando las primeras gotas comenzaban a rebotar contra la tierra y las piedras desprendiendo un intenso aroma a metal en la lengua. Las botas de piel y la chaqueta mimetizada, que todavía mantenía desde que hizo la mili en la capital, se empaparon en unos segundos. Pensó que algo tenía que haber ocurrido con el sol porque no era normal semejante oscuridad. Y esas manchas que hace tiempo se observaban sobre su superficie no podían presagiar nada bueno. En el pueblo debían saber algo, él no porque era muy burro, pero en el pueblo sí- pensaba a la vez que arrojaba piedras a las ovejas para que se apresurasen. Pasar la noche en el refugio ya no le parecía tan buena idea, aunque los animales estaban demasiado nerviosos para seguirle hasta el pueblo. Las encerró como pudo en la pequeña habitación sin importarle que fuesen a destrozarlo todo.


Conocía el camino de memoria, así que no le importó que no hubiese luz. Intentaba buscar una explicación, pero no había forma de que sus pensamientos se ordenasen lógicamente. Algo raro había ocurrido y alguien allí abajo debía saber algo; algún canal de televisión relataría el acontecimiento. No conseguía avanzar más allá de ese pensamiento. Constantemente buscaba una explicación en el cielo desviando su mirada hacia arriba. El sonido de los truenos le perforaba los tímpanos. Las descargas eléctricas no conseguían que se iluminara la senda; las nubes, debajo, eran demasiado espesas. Intentaba enfocar por encima de éstas juntando los párpados. Le pareció que tras esa densa negritud se prendía una intensa llamarada naranja, como si el cielo estuviese ardiendo. Menuda noche me espera- pensó. Tenía el frío agarrado a los huesos. Le dolía la espalda; y el cuello, justo debajo de la cabeza, le daba pinchazos. En el pueblo se tomaría un sobrecito de esos que le había aconsejado el doctor para las migrañas de su madre. Tenía ganas de llegar. Su madre sabría algo porque siempre estaba frente a esa maldita caja negra. Él no le hacía mucho caso cuando hablaba, pero intentaba recordar algo que le había dicho unas semanas atrás. Algo que le había contado con su característico tono melindroso. En el club también había escuchado algo parecido, pero él allí iba a lo que iba, y estaba harto de que siempre intentaran tomarle el pelo, así que nunca les prestaba atención ni se metía en las conversaciones de los otros clientes. Ellas no le hablaban, únicamente reían y fingían, pero le daba igual. Con ellas era distinto, no le molestaba su indiferencia. El club le pillaba de camino. Entraría. Jennifer le contaría qué estaba ocurriendo, si es que lo sabía. En la barra había un par de clientes acodados y con unos whiskys en las manos. En el sofá del fondo Lola acariciaba a un joven que sonreía enamorado. Buscó a Jenny por la sala pero no la vio. Se acercó a la barra dejando un charco de agua debajo de él. La temperatura elevada en el local, para que las chicas llevasen poca ropa, no evitó que se quedase aterido sobre el taburete. Al mismo tiempo que ella bajaba las escaleras un estruendo hizo temblar las botellas de licor. Las bombillas parpadearon acobardadas. Un segundo estallido les dejó definitivamente a oscuras. El ruido de un vaso estrellándose contra el suelo provocó que sonara un grito desde el sofá. Él, instintivamente, se levantó del taburete y se acercó rápidamente a la escalera, cogió a Jenny de la mano y le hizo subir los escalones con la seguridad de saber lo que estaba haciendo. Ella le reconoció al instante. Entraron en la primera habitación. A tientas se acercaron a la cama y se sentaron. Jennifer le acarició el cuello susurrándole unas palabras que él no entendió. La lluvia golpeaba con fuerza sobre la ventana anunciando un desastre inminente. Se acercó al cristal y puso la mano sobre él. Estaba helado. Notaba en los dedos cada una de las gotas como si fuesen alfileres. Abrió la ventana y un fuerte golpe de viento le empujó contra la cama. Le preguntó a Jenny qué ocurría. Ella rió, quizá debido a los nervios, lo que provocó que él reaccionase con ira. Le apretó el cuello con las dos manos amenazándole con matarla si seguía riéndose. Se lo volvió a preguntar. No lo sé, fueron sus únicas palabras. Un destello de luz hizo que dejase de preocuparse por ella y se acercase nuevamente a la ventana. Las nubes se habían abierto para permitir el paso de una bola luminosa que se acercaba desde el cielo. El final- dijo ella desde la cama- es el final. La bola parecía que iba directa hacia la ventana, cada vez más grande, más brillante. Se reflejaba en la alfombra blanca de granizo que cubría el suelo. Recordó que esas también fueron las palabras que había mencionado su madre. Idénticas a las que habían comentado los clientes del club. En el pueblo también se habrían quedado sin luz. Su madre, asustada y preocupada, estaría esperando a que él llegase. Jenny permanecía acurrucada en silencio tapada con el edredón. Se marchó de la habitación diciéndole que cada uno tenia que hacer su parte, colaborar en su justa medida. Cumplir con su cometido. No sabia muy bien de dónde había sacado esas frases, pero en ese momento le parecieron muy importantes, de una trascendencia mesiánica. Pensaba que lo más importante era tomar una decisión. Bajó las escaleras. La lluvia y el viento habían cesado y una temperatura extrañamente cálida le recibió en la puerta del club. Era como si el local se encontrase en el vórtice de un gran tornado. A la derecha el pueblo, a la izquierda las montañas. La bola deslumbraba con sólo alzar la vista. El granizo se había evaporado, no quedaba ningún resto de humedad que delatase el diluvio recibido. Dio unos pasos viscosos sobre el asfalto que comenzaba a fundirse. El brillo de la luna había sido eclipsado por la enorme masa ardiente pasando a su lado. Una claridad anaranjada hacía pensar que las montañas estaban incandescentes. Abajo su madre, arriba las ovejas. El final profetizado; parecía ridículo pensar que algo así pudiese estar ocurriendo. Su madre estaría muerta de miedo. El perro aullaría hasta quedar afónico. Las ovejas, nerviosas, no darían ni un litro de leche al día siguiente. Decidió recorrer nuevamente la senda que llegaba hasta el refugio. Los pies no le obedecían; el alquitrán abrasaba sus tobillos. Se desató los cordones y de un salto puso los pies en la tierra, menos ardiente que el manto negro que comenzaba a burbujear. A su espalda la pared del club oscilaba de un lado a otro. En la ventana, Jennifer, con una mano sobre los ojos, observaba cómo se alejaba sin tan siquiera darse la vuelta una sola vez.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Un caso muy Real!


Esta mañana en el colegio de mis hijos (le pondré nombre, aunque se me acuse de que los localismos le pueden restar fuerza a un relato..., pero esto no lo es), Luis Vives, se manifestaban todos los niños. Unos llevaban casco, algunos máscara y todos mantenían sus manos levantadas enseñando un libro. La prensa hacía fotos y grababa. Los padres vigilaban que no cruzasen la calle. De vez en cuando pasaban al otro lado chillando, con los padres regulando el tráfico para que no ocurriese ningún incidente. Si no se nos escucha, lucha, lucha, lucha. El viernes pasado, durante la noche, por suerte, cayó el techo de las aulas de quinto y sexto de primaria. Los niños dormían en sus casas. La administración resopla aliviada, los padres lo hacemos con el miedo, todavía, metido en el cuerpo. Se recolocarán en el comedor. Ya veremos, dicen. El colegio es antiguo, modernismo tardío de principios de siglo XX, tan bonito como mal mantenido. Diseñado con dos alas, una sección para chicos y la otra para chicas (ese tipo de seccionamiento tan antiguo y tan Wertiano). El ala norte fue precintada. Si esto es España, caña, caña, caña. Los coches, detenidos frente a un reducido grupo de colegiales, hace sonar sus cláxones con la típica impaciencia matutina. Los niños no se inmutan, cantan y agitan sus manos. Los fotógrafos clickean buscando a ese padre vestido con indumentaria anti-radiación. Uno no puede dejar de emocionarse viendo a su vástago agitar las manos desentendiéndose de la mirada paterna. Estas son nuestras armas, estas son nuestras armas. Tampoco puedo evitar robar una conversación justo a mi lado "estos niños de diez o doce años pueden manipularse y llevarse donde quieran". Maldito el precio que tienen que pagar los escritores por esa manía de escucharlo todo. Me viene a la cabeza las napolas; y no anda muy desencaminado el hombre, aunque me quedo con ganas de decirle que los chicos defienden su libertad y que no imponen nada, sólo reclaman sus derechos y que está bien que sus padres les enseñen eso. Pero él se marcha con su juicio emitido. Con una idea, que sin darse cuenta, también le han impuesto a fuerza de escucharla.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Eyequake


Me despierto y un, apenas perceptible, temblor en el ojo izquierdo me saluda dándome los buenos días. Lo ignoro porque no estoy para nadie hasta después de tomar el café. Insiste en llamar mi atención palpitando cadenciosamente, pero con una rapidez que yo todavía no tengo.  -¡Para ya, coño!¡Vete de una vez!- me grito a mí mismo. Mi compañera de piso pregunta que si me refiero a ella. Permanezco en silencio, insisto en que no estoy para nadie. Escucho el ruido del portazo que da al marcharse y no puedo dejar de sonreír. Inspiro el aroma de Etiopía que desprende ese líquido negruzco y me reconforta produciéndome un escalofrío. El fastidioso tic se alegra en la misma medida porque no deja de palpitar. Bebo de un sorbo todo el brebaje abrasándome la boca y el esófago. En la calle siento que está saludando a todo el mundo. Por qué no puede ser como lo demás e ignorar a los viandantes. Miro con disimulo el ojo en los cristales de los escaparates con la intención de descubrir sus compulsivos movimientos, pero demuestra una inteligencia fuera de lo común (para ser un tic, me refiero) y permanece quieto. Cada vez que miro a una mujer, y lo hago constantemente, oscila con más bravura  provocándome un enrojecimiento instantáneo. Decido ignorarlo pensando que soy un tipo tenaz y paciente. Veremos quién se cansa antes. Tiembla, y yo nada. Lo hace con más fuerza, y yo ni me inmuto. Sigo andando despreciando mis "yos" rebotados en los escaparates, mirando con insistencia a las féminas, sonriéndoles con complicidad. De nada me vale esta actitud porque cuando llevo recorridos doscientos metros comienzo a agachar la cabeza y a fruncir el ceño. En un nuevo arranque de valentía saco del bolso las gafas de espejo y las engancho firmemente en las orejas. El muy canalla desata un tsunami de lagrimas que barre el iris y posteriormente el pómulo. Necesito un pañuelo. Y también quitarme las gafas para aplastarme el párpado con el dedo pulgar. En cuanto lo presiono se queda inmóvil. Levanto el pulgar y comienza a temblar. Vuelvo a presionar y quietud. ¿Qué juego es este? Comienza a entorpecer la visión. Tapo el ojo con la palma de la mano y aprieto hasta sentir un dolor punzante que recorre el nervio ocular haciéndolo oscilar como un látigo que golpea fuertemente en el cerebro. Ya no consigo eliminar las sacudidas que me envía. Parece como si estuviese resentido con mi actitud. -¿Qué quieres de mí?- grito en mitad de la entrada del metro. Todos me miran. Siento un impulso asesino que consigo dominar unos milímetros antes de que la pluma perfore la piel. Pellizco el párpado. Unos minutos más y estaré nuevamente en casa. Haré un movimiento maestro que ni él mismo esperaría. Entro en el baño. Le sonrió. Despídete de mí. Lleno la bañera y me meto en ella vestido. No me quito la ropa para que no confunda esa acción con un simple baño; quiero que sepa que se trata de un asesinato. Me sumerjo en ella. Cuando me falta la respiración saco la cabeza y compruebo con el dedo si todavía palpita. Así es. Vuelvo a meterlo bajo el agua. Noto cómo se retuerce, cómo intenta escapar de la tortura. Recorre la piel de la cara subiendo hasta la sien. Intenta buscar una salida que no le daré. Me falta el oxígeno y río bajo el líquido transparente hasta que dejo de latir. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Diario de las conversaciones robadas


1- 25 de junio de 2012 a las 19:55h

Cafetería Entretiempos.
C/ Ángel Guimerá 47, Valencia.

Conversación entre dos mujeres de cincuenta años aproximadamente, tomando un café con leche y leyendo el periódico El país. Tanto las ropas que llevan como las joyas que las adornan me hace pensar que pertenecen a la clase acomodada. Ligero olor a crema facial anti arrugas de buena marca.
-Mujer rubia con pelo corto (MRPC)- Ya no sé qué hacer. Todos los días tenemos una discusión...
-Mujer rubia con coleta (MRC)- ¿Con tu marido o con tu hijo?
-MRPC- Con mi hijo, con mi hijo. Estoy hasta las narices de él. Bueno, y de Juan también. Si no es uno es el otro. Creo que se droga...
-MRC- Uy, eso si que no. Tienes que impedírselo... ¿Cómo lo sabes?
-MRPC- Su habitación huele muy mal y sólo nos habla para exigirnos que le demos dinero.
-MRC- No le des nada.
-MRPC- Es que le tengo miedo. Tengo miedo a mi hijo.

2- 7 de julio de 2012 a las 12:03h
Librería Argot.
C/ San Vicente 16, Castellón.

Conversación entre el librero y un hombre de aproximadamente cincuenta y dos años mientras hojeo un libro ilustrado de varios cuentos de Edgar Allan Poe. El hombre viste traje azul marino con corbata naranja. El librero pantalones vaqueros y una camisa beige. Los dos están muy bien peinados y huelen a colonia.
-Librero (L)- Entonces la presentación para septiembre porque agosto es mal mes.
-Hombre con traje azul (HTA)- Sí, claro. Espera, no lo sé. Es que en septiembre puede que tenga que hacer un viaje. Todavía no sé la fecha.
-L- No pasa nada, cuando lo sepas me confirmas la fecha. Cuanto más pronto lo sepas antes comenzamos con la publicidad.
-HTA- Sí, sí. Es que tengo un rollo familiar. Un problema con mi hija que ya veremos cómo solucionamos...
-L- No pasa nada. Tú me avisas cuando lo tengas claro.
-HTA- Vale, porque adelantarlo sería muy precipitado...
-L- No da tiempo, prefiero que busquemos un hueco en septiembre, o, en todo caso, octubre...

3- 26 de julio de 2012 a las 10:13h
Carril bici
Antiguo cauce del río Turia, Valencia.

Conversación entre dos jóvenes de dieciséis o diecisiete años mientras paseo con la bicicleta cerca del puente de las flores. Ellos están tumbados en el césped. Uno de ellos apoyado en el tronco de una jacaranda. Fuman porros de marihuana que dejan un olor agradable a su alrededor.
-Muchacho con gorra de béisbol (MGB)- Una mierda colega, una cagada así de grande.
-Muchacho sin gorra (MSG)- ¿Y qué vas a hacer? ¿Se lo has dicho a tus padres?
-MGB- ¿A mis padres?¿Estás loco? Son unos hijos de puta.
-MSG- Marta estará hecha polvo...
-MGB- Que va, no tanto. La muy puta está contenta.

4- 29 de agosto de 2012 a las 12:13h
Museo del Prado
C/ Ruiz de Alarcón 23, Madrid

Conversación, en tono muy bajo, entre chica de unos dieciséis años con mujer de cuarenta y ocho, o quizá menos. Las dos morenas, muy hermosas; parecen madre e hija. A la vuelta de Bilbao decido ver la exposición del último Rafael. Frente a la virgen del divino amor. Olor que me recuerda a madera húmeda.
-Chica joven (CJ)- Tendré que decidirlo yo, ¿No?
-Mujer hermosa (MH)- Bueno, tendremos que decidirlo todos juntos.
-CJ- Tú verás, pero yo no pienso ir a ese médico.
-MH- Tú harás lo que te digamos...
-CJ- ¡Y una mierda!
-MH- No me hables de esa forma; cómo vas a mantenerlo.
-CJ- No sé, ya me apañaré.
-MH- ¿Tú?, no me hagas reír...
-CJ- Qué cutres. ¿Por qué no aplica conmigo lo que escribe en sus putas columnas de El Mundo?
-MH- Porque contigo es diferente.

5- 28 de septiembre de 2012 a las 23:11h
Sala El loco.
C/ Erudito Orellana 12, Valencia

Conversación entre dos camareras de veinte o veintidós años. Pidiendo una cerveza mientras escucho atentamente el concierto de Sharon van Etten. Una de ellas lleva una camiseta de tirantes que dejan ver sus tatuajes japoneses cubriendo completamente los brazos. La otra lleva un top bajo el que asoma un dragón que se esconde en el pantalón. Fuerte olor a ambientador unido a lejía.
-Joven con tatuaje en los brazos (JTB)- Qué putada. Cristina está loca. Como siga adelante se joderá la vida.
-Joven con top y tatuaje (JTT)- Ya, ni de coña lo haría yo. Tu hermana la va a cagar.
-JTB- ¡Joder! Es que todavía no me lo creo...
-JTT- ¿Y tus padres?
-JTB- Ellos son peores.

6- 1 de octubre de 2012 a las 10:32h
Trafalgar square, London

Conversación entre dos hombres de nacionalidad inglesa. Escala de dos días en Londres de camino a Edimburgo para visitar el museo de los escritores; sentado en la escalera frente a la estatua del almirante Nelson. Uno de ellos de mediana edad con alopecia severa, el otro de unos cuarenta años, piel oscura y pelo rizado. Lluvia fina característica que desprende un aroma a plantas y tierra mojadas.
-Midle aged man (MAM)- Parece que hubiésemos vuelto a los setenta.
-Black skin man (BSM)- Lo dices porque la clínica está llena de españolas?
-MAM- Claro, en los setenta era común que viniesen aquí a hacerlo. Ahora parece que allí se lo han vuelto a poner difícil.
-BSM- Bueno, eso nos viene bien, no?
-MAM- Mientras no tengamos que aguantar muchas escenas como la de esta mañana...
-BSM- Ya, qué putada para la cría.

7- 25 de octubre de 2012 a las 20:37h
Dependencias de la policía nacional
Antiguo mercado de abastos, Valencia

Conversación entre una anciana cercana a los ochenta años y un policía de treinta y dos años. Interponiendo una denuncia por el robo de mi bicicleta que tenía candada en una farola de la calle Buen orden. La mujer viste de gris, el pelo de color violeta claro lo lleva recogido con un poco voluminoso moño. Los personajes que llenan la sala castigan la pituitaria con un fuerte olor dulzón.
-Anciana con moño violeta (AMV)- ¿Pero van ustedes a hacer algo, o no?
-Policía de uniforme (PU)- Señora, ya le he explicado que la denuncia irá al juzgado. El bolso no ha aparecido, pero los chicos son menores y se avisará a sus padres...
-AMV- ¿Y este dolor de hombro?
-PU- Por favor señora. No le podemos hacer nada más aquí. Tenemos mucha gente esperando. Vaya usted a un hospital para que le hagan una revisión.
-AMV- A un hospital... ¿Quién me lleva, a mí, a un hospital?
-PU- No lo sé, señora. Mire, coja usted un taxi y guarde todos los tíquets para presentarlos en el juzgado.
-AMV- Pero, ¿No me pueden llevar ustedes? Cada vez me duele más.

8- 26 de octubre de 2012 a las 9:17h
Esquina entre las calles Historiador Diago y Alzira, Valencia.

Conversación entre dos mendigos de edad indefinida, cercana a los cincuenta. De camino al supermercado intentando esquivar la maquina motorizada de limpieza municipal. El hombre con el pelo largo y algo parecido a las rastas, la mujer con botas altas, minifalda y ausencia de piezas dentales. Insoportable olor a suciedad urbana atomizada en el ambiente junto a excrementos de canes.

-Mendigo con rastas (MR)- ¿Cogiste el bolso?
-Mendigo sin dentadura (MSD)- Sí, la policía estuvo buscando dentro del contenedor y me hizo preguntas, pero yo lo tenía escondido en el carro. Se llevó a los chicos.
-MR- ¿Qué había dentro?
-MSD- Poco. Fotos de una anciana, de unos niños, una estampita de la Pasionaria y un recibo de la pensión, 175€.
-MR- Con eso no me alcanza ni a mí. ¿Y no había dinero?
-MSD- Nada, 3€.

9- 15 de noviembre de 2012 a las 11:47h
Juzgado de instrucción N12, sala 15.
Avda. del Saler 14, Valencia

Conversación entre grupo de personas que salen de la sala de vistas. Mientras espero que se realice el juicio por el robo de mi bicicleta por un frutero en paro. Diferentes personajes que me resultan muy reconocibles. Parece un dejà vu.
-HTA- Esa mujer está loca. Ha perdido el juicio.
-MRPC- Esto es lo último que esperaba de ti. Drogas, robos, embarazos..., pero el respeto a los mayores..., quién te ha enseñado eso? Pídele perdón a esa mujer.
-MGB- Déjame en paz, tronca. ¿Te vienes al parque Cristina?
-CJ- No sé, espera.
-MH- Tú no vas a ningún sitio. ¿No has tenido suficiente? Esta vez te has escapado, pero la próxima...
-AMV- Vosotros dos sois unos sinvergüenzas, y vuestros padres son iguales. Y el abogado es el peor!
-MGB- ¡Calla vieja! ¿No has tenido suficiente con el brazo roto y la multa?
-HTA- Márchese ya señora, deje en paz a los chiquillos.



domingo, 11 de noviembre de 2012

Cartilla de racionamiento



El polvo de la calle se metía en sus pulmones haciéndole toser mientras el sol golpeaba, inclemente, sobre su cabeza. En la puerta del mercado una chica con trenzas, atadas con lazos rosas, y una falda de cuadros que dejaba ver sus rodillas raspadas, ofrecía helados de hielo picado con sirope de diferentes sabores. Deseaba tomar uno, pero no le quedaba ningún peso en el bolsillo. Entró en el mercado empujando a un par de mujeronas que estaban paradas en la entrada del recinto. Enseguida puso el ojo sobre una mujer que había sacado una cartera del bolso y pagaba cada compra sin preocuparse demasiado del cambio que le devolvían. Las bananas, las guayabas, los pequeños mangos y los tomates resaltaban sobre las tablas de madera desgastada que hacían las veces de tenderete. Los aguacates y las yucas pasaban desapercibidos. La siguió por cada una de las paradas, manteniéndose un poco alejado para no ser descubierto. Al principio pensó en robarle la cartera allí mismo, pero pronto descartó la idea; si era descubierto acabaría linchado en el mismo mercado. Pese a que nunca había estado en ese recinto, con dos únicas puertas y al aire libre, pronto se fijaron en él algunas tenderas. Decidió esperar en una de las puertas elegida al azar. Al verla pasar por su lado agachó la cabeza y esperó a que se alejase unos metros. Ella compró unas dalias blancas que le envolvieron con una hoja de periódico en la que aparecía una foto del comandante; lo cogió por el cuello y siguió andando, haciendo sonar sus pullas contra el suelo. Las nubes se habían cerrado en el cielo y las primeras gotas grandes y heladas le sirvieron para refrescarse y ordenar las ideas. Atravesó varias cuadras por las que nunca había caminado. La mujer iba por delante moviendo exageradamente las caderas y soportando con sus brazos las dos pesadas bolsas de rafia. Fue acelerando el paso para acercarse a ella. Había dejado de mirar su silueta para fijarse en las casas: todas ellas medio derruidas, la pintura decapándose a jirones y las tuberías y los cables retorcidos entre sí como si se hubiesen declarado amor eterno y todavía mantuviesen esa promesa. Antes de que la mujer pudiese abrir la puerta de la vivienda, frente a la que se había detenido, se abalanzó sobre ella presionándole con su enorme mano el cuello. Le clavó el dedo pulgar en la carótida y ella se mareó perdiendo el equilibrio y soltando las bolsas que golpearon contra la tierra emitiendo un sonido quedo. La fuerza con la que él la sujetaba evitó que cayese. Con la otra mano hurgó en el bolso, pero no pudo encontrar la cartera; buscó en sus bolsillos y también entre la bajichupa; palpó sus senos, no llevaba ajustador. De repente estaba encavillao, apretó la pinga contra ella y escurrió la mano por debajo de sus blumer. No se dio cuenta que de dentro de la casa salía un negro con un cambolo en la mano que despingó contra él. Se despertó con un fuerte dolor de cabeza, maniatado en el patio de la casa. Un puerco famélico campaba junto a él oliéndole cada vez más de cerca, perdiendo el miedo que debió inspirarle al principio. La mujer le miraba desde la ventana. La muy bicha le sonreía con malicia. El cerdo comenzó a chuparle la sangre reseca de la frente. Mordisqueó primero su oreja, posteriormente el moflete. La mujer seguía observando sin inmutarse. Chillaba. No se había dado cuenta de que estaba desnudo. El cerdo se alejó. Ella entró, se paseó por delante de él, contoneó sus caderas haciendo que la falda volase moviendo el aire de alrededor de su cara y que él respirase el olor profundo que emitía aquel cuerpo de mujer; miró esa masa de carne indefensa y sangrante y le dijo: ¡eres un penco! Se quedó dormido. Cuando despertó era de noche, quería que todo hubiese sido una pesadilla. Fue adaptándose, poco a poco, a la oscuridad. Olía a tierra mojada, estaba empapado y temblando. Le dolía todo el cuerpo. Desde la ventana salían sonidos de placer de mujer. El cerdo se asomó nuevamente. Se acercaba enseñando sus colmillos y relamiéndose por el manjar que le esperaba. Por un momento pensó que ella lo tenía todo planeado.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La sala



Las paredes lisas soportaban el peso de todos los nombres de los presos, que habían pasado por allí, rayados con cualquier objeto punzante. Una ventana escondía, con su suciedad, los seis barrotes de hierro que le recordaban que estaba encerrado. Es un tópico que todos los condenados sean inocentes, pero él no podía quitarse de la cabeza la injusticia que se había cometido. Siempre pensó que la justicia tenía dos caras: la del denunciante y la del denunciado. Estaba en un error porque tiene una tercera: la del juez.


- Ernesto Buenaventura, Fernando Sospedra, agente doscientos cincuenta y ocho- dijo el auxiliar reclamando su presencia frente a la sala número quince del juzgado.
Se encaminó con rapidez hacia la puerta, quería acabar rápido con ese tramite. Olvidarlo. Aprovechó para saludar al agente, pero éste le denegó la palabra con gesto serio.
- Ernesto, pase usted ahí delante, a la derecha.
El auxiliar le paró poniéndole una mano sobre el brazo y le indicó que se sentase en la izquierda del banco. Al otro lado del asiento de madera se colocó el agresor. Le recordaba perfectamente, bien afeitado, con el pelo peinado hacia atrás con un poco de gomina y un traje a la moda con la corbata verde y estrecha. Se miraron de reojo.
- ¿Ernesto Buenaventura? Levántese -dijo la juez observando con cierta extrañeza que los dos se habían puesto en pie.- Usted no, siéntese. Después será su turno.
- Pero si yo soy Ernesto -protestó sin demasiado convencimiento mientras se quitaba la chaqueta vaquera y dejaba al desnudo los dos brazos totalmente cubiertos por la tinta negra de sus tatuajes. Tuvo la sensación de que en ese momento todos le miraban.
- Le digo que se siente, luego será su turno.
Se quedó en silencio. Frente a él, en el estrado, estaba la juez. Era morena y joven para lo que él pensaba que debía ser una juez. Su pelo, ligeramente ondulado, caía por encima de la toga. Los pendientes dorados, demasiado grandes para no verlos, resaltaban sobre ese fondo oscuro y le mandaban hipnóticos reflejos. Muy guapa -pensó. A cada lado de ella había dos hombres vestidos también con toga. Tras una mesa lateral estaba sentada la fiscal, aunque eso lo descubrió posteriormente. Frente a esa mesa había otra exactamente igual en la que trabajaba el auxiliar haciendo compulsivas anotaciones sobre diferentes papeles. Tras él seis filas de bancos vacíos agrandaban una habitación de dimensiones reducidas.
- Ernesto Buenaventura, ¿Se reafirma usted en la denuncia?
- Sí, me reafirmo -dijo el joven antes de ser interrumpido.
- Pero Ernesto soy yo. Yo soy Ernesto Buenaventura. Yo, no él.
- Cállese de una vez, si persiste en esta actitud le desalojaré de la sala -afirmó la juez levantando el dedo índice.- Relate usted los hechos.
Mientras él enrojecía de impotencia, su compañero de banco narró cómo fue atracado mientras paseaba por la Gran Vía a las doce del mediodía. Cómo fue amenazado con una navaja y, al sentir un leve pinchazo en su costado, le dio todo lo que llevaba: cartera, reloj, anillo, móvil, iPad y abrigo. Por suerte un agente de paisano que vio lo que ocurría lo detuvo unos metros más adelante.
La sala quedó en silencio y la juez instó al fiscal para que realizara sus preguntas.
- Sí, gracias señoría. Recuperó, entonces, sus pertenencias. ¿No es así? - preguntó la fiscal dirigiéndose al joven trajeado.
- No, antes de ser alcanzado por el agente los lanzó al suelo y las personas que los recogieron desaparecieron al instante.
- ¿Me está diciendo usted que los transeúntes robaron sus pertenencias?
- Sí, así es.
- Y, ¿qué valor calcula que tenían todos esos objetos robados?
- Eso no es así. A mí fue a quien robó ese capullo mentiroso. -interrumpió nuevamente sin poder entender qué es lo que estaba ocurriendo en esa maldita sala.
- Es la última vez que se lo repito. No voy a tolerar este desacato ni una vez más, ¿queda claro?
- Le repito, Sr. Buenaventura, ¿Qué valor tenían esos objetos?
- Cuatro mil euros y seiscientos más que llevaba en efectivo.
- Está bien, no hay más preguntas señoría.
- Sr. Fernando Sospedra, levántese, es su turno. ¿Está usted de acuerdo en que los hechos que se han relatado ocurrieron de esa forma?
- No, bueno, los hechos sí, pero yo no soy Sospedra. Yo soy Ernesto Buenaventura.
- Ya está bien, llévenselo. -interrumpió la juez con un tono demasiado agudo que resonó como una campana en las cuatro paredes de la sala.
Un agente lo cogió del brazo y estiró de él hasta confinarlo en una habitación contigua mucho más pequeña. Mientras tanto en la sala número quince el agente doscientos cincuenta y ocho corroboraba toda la historia. En esa diminuta habitación creyó volverse loco, llegó a dudar de quién era o qué había ocurrido. Pensó que ellos dos eran bastante parecidos, pero no tanto como para que todos estuviesen confundidos. Desde el momento que puso un pie en el juzgado su aspecto ya le había condenado. El auxiliar no le dio opción a identificarse, ni a explicarse. La juez no podía esconder su parcialidad y dio por hecho que él era el atacante. Y ese tal Sospedra era un jeta, un aprovechado que había visto la ocasión perfecta para cambiar los papeles. De nuevo frente a la juez no pudo hablar. Le informaron que el agente había corroborado la historia y que ésta ya estaba vista para sentencia: un año y un día de cárcel, reponer los cuatro mil seiscientos euros sustraídos, una indemnización a Ernesto Buenaventura de tres mil euros por daños morales y una multa de tres cientos euros, cien por cada insulto y cien por desacato. Se lo llevaron esposado. Entró en prisión y tampoco, entonces, revisaron su documentación. Esto es un país de locos -repetía constantemente como si hubiese perdido el juicio.

- Ernesto, sígame. Tiene visita. Es su madre.
- Soy Fernando -replicó a regañadientes mientras sus compañeros de habitación se reían y daban golpes en las paredes y sobre las barras de hierro de sus camas.
Volvía a estar en otra sala. Una habitación pequeña y blanca, sin decoración y con varias mesas y sillas como único mobiliario. Todo lo que había ocurrido en una sala parecida le había destrozado la vida. No podía mirar a su madre a los ojos, como si realmente fuese culpable; la reclusión tenía ese efecto fustigador. Le iba a decir que buscase un abogado, que les dijese quién era realmente, que todo era una confusión, que nunca le contó nada por no preocuparla, que esto se iba a arreglar en unos días, que se haría justicia, que algo así no podía ocurrir en un país como éste. Su madre cortó la madeja en la que habían entrado sus pensamientos con una frase que produjo una implosión en su cabeza:
- ¡Esto acabará, Ernesto. Ya lo verás! El doctor me ha dicho que estás mucho mejor.