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martes, 15 de enero de 2013

Jaque (cap.3)

La luminosidad que comenzaba a asomar por la ventana me recordó que debía marcharme rápido a la cama. Antes de que todos los vecinos estuviesen despiertos y fuese imposible conciliar el sueño. Aunque dormía con tapones de cera, cualquier ruido un poco más alto que los otros era capaz de despertarme y arruinar mi merecido sueño y la inspiración para la siguiente noche. Corrí hacia el baño desabrochándome por el camino el cinturón del pantalón y me senté en la taza del váter para mear. Lo hacía de esta forma para no salpicar y ahorrarme tener que limpiar más a menudo de lo que me gustaba. Rasqué los dientes con un cepillo completamente destrozado y me fui a la habitación. Ésta permanecía siempre oscura porque hacía un año que se había roto la correa de la persiana y no había tenido tiempo de llamar a nadie para que la arreglase. Mi padre mismo podría haberlo hecho, pero era mejor mantenerlo alejado de casa. Hacía bastante tiempo que me dormía evocando el rostro de Parrado. Sentía cierta envidia del aspecto de estatua griega que yo mismo le había inventado. Y también de sus éxitos con las mujeres. Estaba pasando demasiado tiempo. En cualquier momento comenzaría a sonar el motor del ascensor, los críos corriendo escaleras abajo camino del colegio y sobre todo los chinos gritándose como únicamente ellos sabían hacer. Justo cuando sonó el primer portazo en el edificio, recordé que había perdido un juego de llaves. Me levanté corriendo y revisé nuevamente que no estuviesen olvidadas en algún lugar del rellano. Mi repentina ansiedad me llevó escaleras abajo, desandando mis pasos, antes de que nadie pudiese hacerlo por mí, para ver si las encontraba. Una vez en el portal y a la vez que se abría la puerta del ascensor, del que salió la vecina del quinto, eché un vistazo a la imagen que reflejaba el enorme espejo: calcetines de Homer Simpson negros, piernas peludas y calzoncillos bóxer de color indefinido, quizá marrones, camiseta interior de tirantes de color blanco y los tapones, asomando del interior del oído, impedían que escuchase cualquier saludo de la joven. Estuve tentado de seguir andando hasta el supermercado, pero mi reflejo especular me advirtió de que no sería buena idea. Me subí nuevamente hasta el segundo piso, esta vez por el ascensor. Cerré la puerta, pasé el seguro y me dispuse a dormir nuevamente. Seguro que Parrado, de estar en mi lugar, le hubiera dado un beso a la vecina. La hubiera acercado hasta él sin esperar a que ella le dijese nada y le hubiese propinado un beso de buenos días. Me desperté, como todos los días, a las cuatro de la tarde. En veinte minutos ya estaba en las puertas del Seven Eleven. Aunque sabía que era ridículo, anduve todo el camino con la vista en los baldosines de la acera por si veía las llaves. No me sorprendió no encontrarlas, ni que en el supermercado tampoco las hubiesen visto. Seguí andando hasta el primer bar que encontré y pedí un café con leche y una ración de patatas bravas. Cuando el camarero se acercó a preguntarme si quería alguna cosa más, le contesté que preparase otro café. Sólo era cuestión de dejar pasar las horas hasta que se hiciesen las diez de la noche para volver a mi piso y sumergirme en la novela.

Parrado tenía dos opciones: esperar que ella se pusiese en contacto o presentarse en la redacción del periódico. La segunda le convenció mucho más que una incierta espera. En cuanto a Francesca le dijeron quién estaba en la redacción, se puso colorada y buscó un despacho vacío en el que poder atenderle. Sabía que a él no le habría sentado nada bien descubrir esa mañana que no sólo había sido engañado sino que además le habían robado, pero lo que no se imaginaba es que Parrado la saludase con una sonrisa y un largo beso en la boca. El resto de reporteros se quedaron mirando cómo discurría el encuentro hasta que se metieron en el despacho y ella corrió las cortinas para que no pudiesen seguir chismorreando. Cuéntame- le dijo él. Francesca no sabía por dónde empezar. Estaba preparada para repeler un ataque, pero no lo estaba para que él la tratase como si no hubiese pasado nada. De hecho no podía ni imaginarse qué se le pasaba a Parrado por la cabeza. ¿Sería capaz de entenderla si le contaba por qué había actuado de esa forma la noche anterior? El artículo tampoco desvelaba tantas cosas que no se supieran ya, quizá lo más importante era que dejaba muy claro que el asesino era un psicópata que tenía fijación por Parrado. No le había querido decir que no a un almuerzo en el bar de la esquina. Lo que más le importaba a Parrado era averiguar si había visto el mapa de la ciudad que tenía colgado de una de las paredes del despacho. En él tenía marcado con chinchetas de colores, que sujetaban fotos de las víctimas, el lugar en el que se había cometido cada uno de los asesinatos, además de una cuadrícula con 64 casillas que conformaban un tablero de ajedrez. Francesca, nerviosa como estaba, se dedicó únicamente a sacar datos del ordenador sin fijarse en las paredes, que oscurecidas por la penumbra ocultaron el macabro damero. Eso le dejó mucho más tranquilo; incluso estuvo tentado de contárselo todo, pero se contuvo. No deseaba amanecer la mañana siguiente con un titular en el periódico que desvelase al asesino todo lo que él había averiguado. No le cabía ninguna duda de que se estaba realizando una partida de ajedrez. Las mujeres muertas pertenecían a las fichas de Parrado, pero él no acababa de entender cómo se estaba llevando a cabo dicha partida. Tampoco sabía cuáles eran los resortes que hacían que sus fichas se moviesen. Había algo que se le escapaba, un eslabón que debía unirlo todo, pero por más vueltas que le daba era incapaz de averiguarlo. Esa era la razón por la que sentía que debía desvelárselo todo a Francesca. Quizá ella, desde otra perspectiva, lo vería todo con mayor claridad. Mientras decidía si se lo contaba la embaucó para que no fuese a la redacción, para que pasase la tarde con él. A las siete de la tarde ya no se tenían en pie. Tenían dos opciones: seguir bebiendo y alargar la noche por los bares de su barrio o meterse directamente en la cama. Cuando cruzaron sus miradas no hizo falta preguntarse nada, se cogieron de la mano y se fueron corriendo por la acera hasta el piso que Francesca compartía con una compañera de la redacción. Su amiga estaba realizando un reportaje en Ibiza, por lo que tenían la casa para ellos solos. El alcohol había disparado su deseo y Parrado no pudo esperar a llegar al piso, y en el ascensor Francesca quedó medio desnuda. Buenas- saludó un desconocido cuando abrieron la puerta del ascensor en el rellano del quinto piso. ¿Le conoces?- preguntó Parrado desconfiando de la intensa mirada del hombre. No le había visto en la vida- contestó Francesca a la vez que le mordía los labios provocándole una pequeña herida que comenzó a sangrar. Pese a que ella le desvestía con habilidad y rapidez, Parrado no podía dejar de pensar en el encuentro casual del ascensor. Necesitaba preguntarle a Francesca por los vecinos y por sus amistades. Las dudas comenzaron a bombardearle el cerebro y eso fue suficiente razón para que su excitación se viniese abajo. Venga, pregúntame lo que quieras- dijo ella separándose un poco de él. Ese tipo del ascensor ya te había visto en alguna ocasión, haz memoria. Se te comía con los ojos. A Francesca le hizo gracia descubrir que él estaba celoso y decidió maltratarle un poco más. Había algo en su mirada que me resultaba familiar- prosiguió él -si no fuera porque estoy medio borracho sería capaz de recordarlo. Parrado pasó la noche sin pegar ojo. Cada vez el misterioso individuo cogía más forma. El recuerdo quería mostrarse, pero necesitaba algo más de inspiración. Con el primer café de la mañana consiguió recordar que había visto a ese tipo en varias de las presentaciones de sus novelas. De hecho todo comenzaba a encajar. En una ocasión le hizo dedicar un libro con una frase que ya traía preparada: Para tu amigo de juegos Bobby. Parrado en aquel momento no entendió nada y, harto como estaba de esas obligaciones editoriales, puso lo que el extraño personaje le sugirió. La cara pálida y alargada y una frente grande y despoblada medio tapada por el flequillo castaño fue suficiente para que le viniese a la mente la frase escrita en aquel best seller. Rápidamente le pidió a Francesca que le dejara conectarse a internet y, con la mirada de ella sobre su cabeza y sus brazos sobre sus hombros abrazándole, pudo descubrir el enorme parecido que tenía con el campeón de ajedrez estadounidense.

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