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domingo, 25 de septiembre de 2016

¡Hola, qué tal!

Me duelen los tobillos, son los tendones. 
Hace un mes me rompieron una costilla; en todo este tiempo no he conseguido dormir dos horas seguidas.
Mis padres cumplen las bodas de oro, empeñándose en celebrar.
El fin de mes es un latigazo, como la bomba de vacío que me succiona la médula que las hernias disparan. ¡Bang!, me parece escuchar cuando suena el teléfono y el casero me amenaza antes de decir ¡hola, qué tal!
¡Hola, qué tal! No es tan complicado.
En el supermercado, ¡hola, qué tal!, she says, y le pago. Pago hasta el último céntimo.
En el bar, ¡hola, qué tal!, she says. Deposito tres monedas sobre la barra y me despido con una sonrisa.
Cincuenta años casados son muchos. Toda la familia entorno a una mesa llena de comida. La mitad de ella sobra.
Sonrisas con miradas de reojo, ¡hola, qué tal!, she says, avergonzada mientras recibe cada uno de los regalos y repite que no era necesario. Muy agradecido.
El vino está fresco, el cielo oscuro, el ambiente con música de. 
Acero.
En el baño una máquina te limpia los zapatos, ¡hola, qué tal!, she says. No quiero café, me sienta mal. Las uñas de los pies brillan.
Existen diferentes formas de alcanzar la vejez —el hermano de mi padre es más joven, no lo parece—, también de convivir con ella. Ser viejo sale caro. En ocasiones muy caro.
Mi suegro tiene el hombro roto, pensé en escribir que tenía el hombre roto. Es así. A todos se nos rompe el hombre en alguna ocasión.
Un gintonic, por favor. Resulta necesario mantener la educación, no sólo al despedirse. Es una cuestión de respeto. Es imprescindible que el casero me respete. No puede presentarse en su casa, por muy suya que sea, para salirse con la. Estoy cansado y tengo resaca. No estaría de más que dijese ¡hola, qué tal!, cuando me llama por teléfono. El interfono no funciona. ¡Hola, qué tal!


jueves, 9 de junio de 2016

Cuando entré en el bar


Cuando entré en el bar noté como todos los que se encontraban metidos en ese tugurio oscuro dejaban de hablar para observar esa persona extraña que no conocían. Me siguieron con la mirada hasta que llegué a la barra y permanecieron en silencio hasta que me oyeron pedir un whisky. Entonces siguieron a lo suyo, cada uno a su copa y su conversación. Me acabé de un trago el contenido del vaso y, aunque me pareció el destilado más asqueroso que jamás hubiese probado, le hice un gesto al camarero para que lo rellenase. Había vuelto a discutir con Héctor. Salí de casa dando un portazo. No tenía intención de volver allí.
Apuré el segundo trago y llamé al camarero haciéndole un gesto para que volviese con la botella. El hombre de mediana edad se acercó con desgana y dejó la botella sobre la barra para que fuese yo quien se sirviese. Justo a mi lado un viejo que olía a cloroformo me sonreía con descaro. Nadie parecía darse cuenta de su presencia. Le invité a una copa pensando que de esa forma me dejaría en paz. Sin embargo acercó su taburete al mío y comenzó a hablar.
Yo soy escritor, escribo estos pequeños relatos, dijo mientras sacaba de una bolsa de plástico transparente unos papeles arrugados. Te lo regalo.
No estaba de humor para seguir su conversación.
Él insistió con su sonrisa en damero que dejaba escapar el hedor de sus encías piorreicas.
Me quedé uno de los papeles y lo puse junto a la botella. Llené el vaso y comencé a leer las letras escritas a máquina de ese folio sucio. El viejo no dejaba de observarme, quizá buscaba mi opinión, pero yo no estaba para hablar con nadie. ¿Quién te ha hecho eso?, preguntó acercando su vaso vacío. Lo llenó hasta el borde y, sin derramar una gota, bebió el contenido a pequeños sorbos. Cuando escuché, con retraso, su pregunta, sentí el dolor de mi ojo y fui consciente de que no veía nada con él. El hinchazón debía ser bastante grande.
Seguí leyendo la hoja. «María no estaba dispuesta a aguantar ninguna agresión más. Cuando llegaba tarde del trabajo discutían y él había comenzado a dejar escapar la ira y los celos a través de sus puños. La primera vez que María recibió un puñetazo sintió que su vida se derrumbaba; se sintió culpable e incluso le pidió perdón. Él se marchó de casa y apareció después de dos días».
¿Le gusta?, preguntó nuevamente mientras volvía a coger la botella para llenar su vaso y hacer lo mismo con el mío. Las escribí hace mucho tiempo. Si ese no le gusta puedo escribir otro, añadió.
Le contesté que estaba bien así y después de dar un trago largo seguí leyendo. «Ese día todo iba a ser distinto. Cuando él levantó la mano para asestarle el segundo golpe, María apretó el gatillo una vez. Notó como todo se detenía; volvió a apretarlo una vez más, y otra. Él salió rebotado hacia atrás y cayó en el suelo. En pocos segundos un charco de sangre le rodeaba. María se marchó dando un portazo. Camino durante media hora con el arma en la mano hasta que recuperó el aliento. Se dio cuenta que la gente se apartaba a su paso. Entró en el primer bar que vio. El ambiente era sucio, los parroquianos parecían despojos y notó como todos los que se encontraban metidos en ese tugurio oscuro dejaban de hablar para observar esa persona extraña que no conocían. La siguieron con la mirada hasta que llegó a la barra y permanecieron en silencio hasta que la oyeron pedir un whisky. María dejó la pistola sobre la barra. Entonces siguieron a lo suyo, cada uno a su copa y su conversación. El camarero le sirvió sin decir nada.»
¿Otro trago?, parece que le está gustando.
En la calle sonaban sirenas.
Pero lea, lea.
Me palpitaban la sienes, el dolor era cada vez más intenso y comenzaban a mostrarse las imágenes de Héctor con mayor nitidez. El viejo hablaba sin parar contándome con precisión quirúrgica un resumen de su vida. El final estaba cerca, su hígado había dicho basta, pero él no pensaba arrastrase por las camas de un hospital. Mientras me llenaba el vaso señaló con el dedo el texto para que siguiera leyendo.
«El camarero dejó la botella a su lado y un viejo harapiento con un olor del demonio se acercó a María para ofrecerle unos pequeños relatos que él mismo escribía. A cambio de un trago y algo de conversación el viejo le entregó una hoja sucia escrita a máquina. María leía las borrosas palabras cada vez con más atención. La policía había seguido su rastro alertada por los viandantes. Sonaron sirenas en el exterior de bar y dos policías nacionales entraron acercándose a la barra. Se disponían a detener a María por presunto homicidio…»

El viejo saltó del taburete con energía juvenil, se puso frente a los policías cogiendo el arma, que todavía estaba sobre la barra, y dijo: Yo maté a Héctor, se lo merecía. Accionó el gatillo y su propia sangre saltó salpicando la cara de los dos agentes.

domingo, 8 de mayo de 2016

Runnig



¿Puede alguien llegar a imaginar el placer cuasi demiúrgico que se puede llegar a sentir cuando bajas a correr al viejo cauce del río Turia (hacer runnig, vocablo que debió inyectar en el vocabulario popular, como penicilina, algún periodista flemínico) y divisas sobre el puente de La Trinidad, y sobre ese gigante platanero, la cúpula brillante —aunque no hoy—de San Pío V  ensombrecida por nubes plomizas que comienzan a dejar caer finas gotas de agua —diminutas partículas húmedas que se precipitan a un suicidio no decidido— que refrescan tu cara, sin llegar a mojarla, y que en su camino hacia la desintegración integran pequeñas partículas de n-octano, briznas de monóxido de carbono, rídiculas colas de dióxido de azufre, cachitos  de óxido nitroso, fragmentos nanoscópicos de silicatos varios y hasta nebulosas, atomizadas por las máquinas de limpieza, de escrementos de cánidos?

viernes, 25 de marzo de 2016

Der Kleck

Cambiar la historia me resultará fácil, es por eso que he decidido hacerlo. Y por esta misma razón no me he levantado. El despertador ha sonado insistentemente, pero he permanecido tumbado sobre el colchón de látex con textura de gominola.
Cada día de mi aburrida vida, hasta hoy, he hecho lo mismo al sonar la alarma. Me he levantado sabiendo de la inutilidad de este acto, avanzando por los raíles marcados para tal fin. No elegí ser fordiano ¡oh my brave new world!
Tampoco atenderé el teléfono cuando llamen del colegio de los niños para averiguar por qué razón no he ido a recogerlos, ni lo haré cuando la llamada sea de mi ex-mujer en busca de una explicación que ya no me corresponde darle. A partir del cuarto intento lo hará con duda. No será hasta el décimo intento de llamada cuando se sentirá desconcertada y culpable. Sí, culpable por todo lo que me hizo. Trasladará su nerviosismo a los niños, descargará en ellos su culpabilidad. Yo no me inmutaré. Todo el mundo debería haberse dado cuenta de que esto iba a ocurrir. Mi cansancio es la acumulación de muchos silencios, la cobardía del náufrago cuando divisa a lo lejos el humo de un barco y decide permanecer inmóvil para que su soledad no sea invadida. En ese momento la isla le pertenece y también todo lo que hay en ella.
Observaré la mancha del techo imaginando todos los monstruos que no han dejado de visitarme. Pintaré esas manchas en mis uñas para tenerlas más cerca.
Decidiré no abrir la puerta cuando suene el timbre. Desoiré las voces llorosas de mis hijos, será un acto de coherencia. A su madre le costará tomar la decisión de llamar a un cerrajero, sigue creyendo que mi intimidad le pertenece, para entonces todo habrá acabado. No puedo contribuir por más tiempo a esta farsa en la que se ha convertido mi vida. Me niego a fingir una felicidad que nunca ha existido. Mientras tanto las manchas irán cubriendo el aspecto nacarado de las uñas homogeneizando su unicidad frente al resto. Dispongo de pocas horas, quizá un día. Es posible que sea mañana temprano cuando escuche el sonido metálico de las herramientas del cerrajero escarbando en mi intimidad. Ella guiará sus pasos asustada. Hasta que llegue ese momento solo puedo esperar, prepararme para el encuentro. La imagen que se encuentre le acompañará durante mucho tiempo, por eso he de preocuparme de que la belleza esté por encima de la crueldad. Me resultaría muy fácil acabar ya, pero eso lo único que demostraría es mi falta de gusto y mi egoísmo. Egoísmo, digo. Resultará difícil eliminarlo de sus pensamientos. Un acto de estas características es sencillo que sea etiquetado como egoísta, sin embargo ¿tengo que preocuparme de lo que digan de mí?
Afuera debe estar nublado puesto que la habitación permanece en penumbra. Hubiese escogido un día como este de haber tenido la opción.
Necesito hablar. Conversaré con las sombras que se forman en la pared y con las manchas de las uñas y con las chaquetas colgadas del perchero y con el batín que mi madre me regaló el año pasado y con la toalla que uso para secarme y que huele a moho. Lo haré en voz alta y sin esperar respuesta. Escribiré cada una de las palabras del monólogo con un lápiz de madera reforestada, el mismo que ella me trajo de Chile. Siempre escribo con pluma, pero en esta ocasión lo haré con ese lápiz; tenía una tarea reservada para él desde el día que me lo regalaste anunciándome a la vez que todo se había acabado, desde antes incluso de saber que no era feliz contigo.

No es sencillo elegir el momento adecuado cuando se lleva tanto tiempo esperando. Permanecer despierto durante el día no será difícil puesto que estoy acostumbrado a hacerlo.
Estoy prácticamente convencido de que únicamente permaneciendo sobre la cama el devenir de los acontecimientos se producirá exactamente de la misma forma que los imagino. Así que solo tengo que imaginar la forma que debo darle a este final, sin adornos, sin excentricidades. Imaginar me resulta sencillo, siempre fue así, aunque en este momento no consigo dominar mis pensamientos. ¿Hasta qué punto puedo, entonces, guiar mis sueños; o estos fluyen de manera espontánea, eso sí, influenciados por las características del entorno? Observando nuevamente las manos parezco estar realizando un test de Rorschach —diez manchas sobre diez uñas— que desvele mi personalidad enferma, esa que solo puede imaginar la muerte de Rorschach en Herisau, el mismo lugar que posteriormente eligió Robert Walser para hacerlo. Ambos convivieron cercanamente con la pintura, con la mancha —kleck–. Tengo el presentimiento de que Walser también imaginó su final blanco sobre la nieve de Herisau; su caligrafía se fue miniaturizando hasta desvanecerse sobre la blancura nívea del papel. Salió a pasear un 25 de diciembre en busca de esa mancha que ya no era capaz de encontrar más que en su mente.

También a mí me han desaparecido las manchas borradas por un pensamiento cetónico. Debo preparar el cubículo mortuorio con inmaculada delicadeza. Eliminar cualquier resto orgánico que pueda manchar el continente. Elegir las sábanas blancas de mi abuela y renunciar a cualquier ropa que cubriéndome pueda dejar un rastro de contaminación.
Sé que todo ocurrirá a las diez de la mañana, después de que haya dejado a los niños en el colegio.
A estas horas ya se intuye que algo no anda bien, el enmudecimiento del teléfono así lo indica.

La noche se ha encargado de limpiar las paredes, eliminar las sombras, hacer desaparecer las dudas infinitas. Intuyo que tengo la capacidad para elegir el momento adecuado, el preciso instante en el que deba producirse el acontecimiento —al igual que antes que yo hizo mi abuelo—. Comprendo, justo ahora, que ha sido necesario llegar a este punto para poder sentir la felicidad, para comprender que cuando me aventuré a decir que nunca había sido feliz estaba en lo cierto. Sé, ahora, que la nieve de Walser —carente de mancha— es la constatación de una metáfora de la luminosidad que se quiere ver al final. Observó cómo esa luz, filtrándose por las ranuras simétricas de la ventana, tiñe de todos los colores superpuestos aquello que va tocando. Entiendo que esta es la señal, que en un instante me atravesará como un meteorito vibrando a alta frecuencia, destruyendo cualquier resto de vida a su paso. Sin embargo son las ondas sonoras del timbre las que me perforan, y el sonido de unos zapatos de seguridad. Y la voz de ella sin dejar de hablar al cerrajero, su chillido al entrar en la habitación y descubrir que un insoportable hedor a acetona acompaña esa imagen manchada de felicidad que nunca podrá olvidar.

domingo, 14 de febrero de 2016

De ondas gravitacionales y otros aspectos menos importantes

Se ha escrito tanto, últimamente, sobre las ondas gravitacionales... 
Sin embargo no encuentro la manera de relacionarlo con mi condición de fracasado. 
¿Y si todo fuese debido a esas perturbaciones espacio-tiempo? 
De la misma forma que la teoría puede explicar y predecir el comportamiento de dos agujeros negros  supermásicos colisionando y cómo esto afecta a la distorsión del espacio, podría razonar el porqué de mis repetidas metidas de pata en cada empresa que emprendo.
Parece ridículo recurrir a Schrödinger, Heisenberg o Einstein para hablar de mí mismo, quizá lo sea.



Siendo un niño, refugiado en mi soledad, disfrutaba de dos placeres: deconstruir cualquier aparato tecnológico que cayese en mis manos y observar a las personas. Esto último me parecía tan apasionante como lo primero y no porque alguien me causase admiración sino todo lo contrario. Aborrecía la falsedad, la ignorancia y la prepotencia con que se trataban, pero eso no hizo que dejase de escucharles, incluso lo hacía con más atención. Ya entonces sabía que no me parecería a ellos. Sin embargo las decisiones que fui tomando me convirtieron en un perdedor. Nunca he dejado de escucharles; de hecho me defino como un ladrón de conversaciones. Aunque estas no me causan interés, más bien me producen asco; en ocasiones incluso me provocan arcadas.
Es por esa razón por la que miro al cielo, observo el universo y no solo pienso que existe algo más que nosotros allí afuera, sino que además creo que la justificación de todo se encuentra allí. También la de mi fracaso. Por eso este descubrimiento de falta de fe me resulta tan importante.
Las mismas personas que aborrezco han destinado millones de dólares  para pescar una onda perdida en el espacio –yo no lo hubiese podido hacer, puesto que tengo una conciencia demasiado pesada– que les permita ser los primeros en anunciar el hallazgo. Este descubrimiento impulsará nuevas y poderosas inversiones que permitirán que la economía fluya mientras las ondas gravitacionales se estrellarán contra nuestros mares provocando tsunamis que volcarán barcas en el Mediterráneo como si fuesen golpeadas por operadores laplacianos en busca de Dirac.


En la barca hay un niño, al que todos miran con recelo, chupando la teta seca, negra y agrietada de su madre; también a él le arrojará al mar. Intentarán llegar a la costa, pero ninguno de ellos lo conseguirá. Se trata de ondas gravitacionales; algo muy importante. Bien merece un Nobel el descubrimiento, aunque quizá no interese demasiado lo que piensa este fracasado, este auténtico loser, este solitario nieudáchniki.

lunes, 25 de enero de 2016

Un domingo cualquiera


Observando a la gente pasear por la calle una mañana de domingo es como descubro que este no es mi lugar. Ese sentimiento de desubicación me ha acompañado siempre. En la infancia y juventud lo pude camuflar con la vergüenza –no se extrañe el lector de que ya entonces fuese consciente de semejante aberración–, aunque yo sabía que no se trataba mas que de un engaño que los dejaba tranquilos. Y a mí también. Reservado, pensaron más adelante. Sin embargo se podría reducir todo a que no soporto a la gente que me rodea. Últimamente ni los comienzos de relación –ese momento efímero en el que se disfruta de lo novedoso– me hacen sentir un ápice de deslumbramiento. Diría, pese a pecar de prepotente, que nadie consigue sorprenderme; ya no. Por esa razón he ido convirtiéndome en un ermitaño. Lo peor de todo no es la soledad, sino que aquello insoportable, y a la vez ridículo, es que nadie se haya dado cuenta de ello. Todos siguen comportándose de la misma forma conmigo, como si nada hubiese cambiado. Tampoco es plan de ser manifiestamente grosero. Mi mujer me sigue exigiendo que la folle después de cenar juntos, tomar un gin tonic a la última moda –o sea con tanto aditamento que resulta difícil saborear la ginebra– e ir desnudándome conforme va excitándose. Mis hijos son demasiado pequeños para comprender nada. En el colegio no soy el primer profesor que se mantiene en silencio mientras la muchachería hiper-hormonada y repleta de acné se sube por las mesas cual primates obviando la importancia de la física y su silencio espacial (especie de susurro gravitacional). En las reuniones de departamento interpretan mi mutismo como un signo de conformidad, incluso María, la jefa de departamento, los traduce como un sí o un no según su interés. Por esa razón me han elegido como representante del comité aduciendo que mi carácter sosegado es una cualidad única para llevar a cabo negociaciones. La verdad es que me sorprendo al comprobar que he conseguido más que ninguno de mis antecesores en el cargo; y todo sin necesidad de decir una palabra. Sin embargo todo tiene un límite.
Como decía, esta mañana de domingo asomado en el balcón del piso que tengo alquilado en el barrio del Carmen me he dado cuenta de que me he cansado de fingir. He tomado una decisión. No tiene sentido que sean los demás los que interpreten todo aquello que pienso. Si fueran capaces de leer mis pensamientos se asustarían. Incluso yo, a veces, siento miedo.
De repente me descubro gritando a una pareja de alemanes que pasean por el barrio cogidos de la mano con una guía de viajero frente a sus caretos de antisemita. Un policía me ordena que me calle. Resulta gracioso que tenga que ordenarme silencio cuando precisamente es lo que más me sobra. Mi mujer sale al balcón y me pregunta que a qué viene esto. ¡Hi Hitler!, repito cada vez más alto. María adopta un gesto serio, el mismo que en las reuniones de departamento, los jóvenes con acné lanzan al suelo su guías como signo de protesta a la vez que mis hijos me insultan al unísono llamándome asesino. Todo el mundo, de repente, está mirando hacia el balcón y se suma al grito unánime. El policía llama por la radio a su compañero citando claves que desconozco. Siento un mareo y me apoyo en el cristal de la puerta corredera durante un instante. Al retirar la mano su silueta queda marcada y de ella brotan goterones rojos de sangre. Me doy cuenta de que estoy solo, no está María, tampoco mis hijos. El policía me apunta con su arma reglamentaria  mientras que el público que ya abarrota la calle –la mayoría turistas– repiten como un mantra ¡Mátalo! Yo les saludo y sonrío como si la función hubiese acabado. Alguien que no identifico, aunque me resulta tremendamente familiar, susurra algo al oído del policía. Dos sonidos quedos ahuyentan a las palomas de la Lonja que vuelan juntas en sentido contrario al humo que sale de la pistola. En el poco tiempo que tardo en caer al suelo, la calle ha sido totalmente desalojada y el olor del café se adueña nuevamente del domingo.