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miércoles, 18 de enero de 2012

ROJO



Mi asiento era cómodo, pensaba quedarme en él para siempre. Lo único que necesitaría eran un par de almohadones para acomodar mejor mi cabeza. De camino hacia el baño, al que no podía dejar de ir para aliviarme, me quedé mirando los cuadros que todavía permanecían colgados de las paredes de la casa. Nunca me gustó el expresionismo, pero cuando mi madre murió y heredé su casa no me vi con fuerzas para hacer ningún cambio. A la vuelta pasé por la cocina para coger una botella de agua que apreté hacia mi vientre con las dos manos para que no me cayese, como si fuese un bebé.


Noche tras noche seguía mirando las estrellas y escuchando el susurro cuántico del Universo. Ese débil crujir de neutrinos me iba sumiendo, poco a poco, en el recuerdo, en el cual aparecía cada vez con más nitidez la figura de Valentina. Abracé con fuerza la chaqueta roja de lana que todavía conservaba de ella. Desde el balcón divisaba el toldo rojo del bar de enfrente de mi portal. Su imagen se volvía borrosa y me recordaba el vestido que llevaba Valentina la primera vez que la vi desfilando sobre una pasarela.


Hacía dos años que me había abandonado, no soportaba la autocomplacencia en que me veía sumido frente a un papel y una pluma que no volvería a utilizar. Pese a que había intentado, por todos los medios, sacarme de mi depresión, fui yo quien la abocó al abandono. Aceptó una propuesta de trabajo en el extranjero que,de habérselo pedido, no hubiese dudado en denegar.Su ausencia fue más perjudicial de lo que podría haberme imaginado, y, desde que no estaba conmigo, no me preocupaba relacionarme con el resto de la humanidad.Podía ver su pelo moreno siempre recogido, oler su colonia mezclada con el olor dulzón de su sudor, incluso saborear el carmín de sus labios hinchados. En ese momento, y con la imagen para nada holográfica de ella presente en algún lugar de mi cerebro, me quedé débilmente dormido; quizá definitivamente dormido.

Desperté a causa de una tormenta tremenda que golpeaba los cristales. Una empleada de la limpieza pasó por delante de mi habitación con dos cubos para recoger el agua que había entrado en los sótanos del hospital.

Cuando miré mis manos estaban arrugadas. Quizá había pasado más tiempo del que imaginaba. Haciendo uso de la escasa fuerza que me quedaba me incorporé en la cama para ver mejor a Valentina. Ella no había cambiado nada, olía igual que en mis sueños. Acarició mi mano a la vez que acercaba su boca a la mía. El sabor de su carmín se metió en el hueco de mis dientes. Cuando noté la humedad de su lengua olvidé por completo mi miedo a la escritura y mis devaneos con el Universo bidimensional. Mientras su beso me devolvía a una realidad olvidada, abrí los ojos, retire mis labios de la proximidad de los suyos, giré la cabeza hacia la ventana y observé una gran valla publicitaria en la que la sonriente imagen de Valentina resaltaba sobre el fondo rojo del papel.

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