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martes, 9 de julio de 2013

Marie Lautréamont



Marie Lautréamont continuaba paralizada frente a las prendas de ropa que estaban colgadas del hilo de tender en el patio de su casa de un barrio pobre de Paris. La madre de Marie Lautréamont no dejó de insultarla ni un día desde que su padre las había abandonado hacía unos años. Con quince años Marie Lautréamont ya se daba cuenta de lo que ocurría entre sus padres.
Las enormes bragas de su madre, blancas, se movían empujadas por el aire y acariciaban tímidamente la piel rosada de Marie Lautréamont. Se estremecía asustada. Ese día, desde muy temprano, tenía el pálpito de que algo no andaba bien; ninguna palabra en toda la mañana, ni cuando se le cayó el cesto con la ropa mojada y ésta se ensució de tierra. La madre de Marie Lautréamont se acercó hasta ella y, cuando esperaba que le diese un grito, tan sólo le ayudó a recogerla llevándose el cesto para volver a lavarla.
Las bragas acariciaban los labios de Marie Lautréamont produciéndole un cosquilleo que le hacía reír. Sonó el timbre de la puerta. La madre de Marie Lautréamont entró acompañando a dos hombres, uno de ellos con la barba muy poblada y una enorme barriga que prácticamente hacía saltar los botones del chaleco; a su lado un joven apuesto se refugiaba tras la puerta. El joven la vio entre la ropa tendida, riendo mientras las bragas continuaban haciéndole cosquillas. Se sentaron alrededor de una mesa preparada con doce servicios. Marie Lautréamont asomaba la cara para ver al joven. Él enrojeció y agachó la cabeza buscando el refugio del diálogo con sus zapatos.
A los pocos meses de ser abandonadas, la madre de Marie Lautréamont descubrió que el señor Lautréamont había muerto victima de unas fiebres muy altas que le provocaron unos sueños delirantes que, a su vez, le condujeron directamente al ahorcamiento con el alambre que había ido sacando del colchón de su propia cama. Así fue que pudo reclamar una pensión de viudedad que apenas les daba para pagar el alquiler. La madre de Marie Lautréamont siempre había recibido muchas visitas masculinas, incluso cuando el señor Lautréamont vivía con ellas, pero desde que tuvo el problema hormonal y engordó cuarenta kilos ya nadie las visitaba. Por eso Marie Lautréamont se sorprendió al escuchar nuevamente el timbre y ver que tres invitados eran acompañados hasta la mesa del comedor.
Una mariposa se posó en la pinza que pellizcaba las bragas y se columpió mecida por el aire que se colaba desde lo alto del deslunado hasta que Marie Lautréamont la intentó coger con su mano. La mariposa batió sus alas y se elevó escapando de la mano y de las miradas escrutadoras de todos los vecinos que, asomados silenciosamente a las ventanas, esperaban que se produjese algún acontecimiento que diera algo de emoción a sus vidas.
−Marie− se oyó después de que sonase el timbre de la puerta de entrada de la casa de los Lautréamont –Ve a abrir, yo tengo que hacer los preparativos.
Algo le seguía diciendo a Marie Lautréamont que no iban bien las cosas. Hacía mucho tiempo que no recibían visitas en casa. De hecho, nunca, que ella recordase, habían invitado a nadie a comer. Además la nevera estaba vacía, el horno también y ninguno de los invitados había traído nada.
La casa estaba en silencio, un extraño silencio para estar doce hombres esperando a ser servidos; sólo se escuchaban los pasos de Marie Lautréamont acercándose a la habitación de su progenitora, la viuda de Lautréamont, para preguntarle si debía hacer algo.
La madre de Marie Lautréamont estaba tendida sobre la colcha de bordados que cubría la cama, a su lado una bata semitransparente de seda. Le indicó a Marie Lautréamont que se la pusiese, se tomase el líquido que había dentro del vaso que estaba sobre la mesita de noche y se tumbase junto a ella. Marie Lautréamont sintió la caricia de los dedos de su madre, bajó los párpados y le pareció estar en el tendedero, junto a la ropa húmeda.
Los doce hombres permanecieron en silencio cuando vieron aparecer a la madre de Marie Lautréamont con su hija en brazos. Retiraron sus copas llenas de champagne haciendo un hueco en el centro de la mesa. Todos, menos el joven que continuaba observándose los zapatos, ayudaron a retirar la bata semitransparente que cubría el cuerpo perfecto de Marie Lautréamont.
Las bragas continuaban columpiándose sin nadie a quien acariciar.


7 comentarios:

  1. Me fascinó. Adoro los escritos así y más con tu excelente redacción.

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  2. Sí, Marco. Conseguir meter al lector en un torbellino es un buen resultado! Un abrazo

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  3. Pues me alegro mucho Perla&#39, Gracias por esa adoración, maja. Un abrazo

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  4. me encanta! has colgado fotografías preciosas! es un blog muy poético, vives en Madrid?
    hht://www.facebokk.com/yoli.lopez.391
    un abrazo de yolita ;-)

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  5. Gracias Yoli, me alegra que te guste. No vivo en Madrid, en Valencia. Un abrazo

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