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martes, 30 de julio de 2013

Sopa de letras


¡Una cucharada más! El miedo me tenía, llegados a ese punto, atenazado; nunca había sentido algo tan abstracto y personal como el miedo de una forma tan..., digamos, tan presente. Le podría haber dado forma como si se tratase de una bola de plastelina. La mano no dejaba de temblar transmitiendo esas vibraciones a la cabeza que permanecía apoyada en ella, como evitando que se descolgase de mi cuerpo. ¡Sólo una cucharada más!, me repetía sabiendo que no sería capaz de soltar la cuchara y dejar de sorber esa maldita sopa de letras. ¿Sopa de letras, he dicho? Debería decir sopa de terror. Cada cucharada mostraba un malévolo orden alfabético que revelaba una premonición. La primera palabra que pude leer me pareció producto del azar y hasta sonreí intentando calcular la probabilidad de que las cuatro letras que únicamente había pescado se quedasen flotando en ese líquido amarillento formando la palabra "hola". Volví a rellenar el pequeño cazo de acero esperando obtener lo que hubiese sido lógico, o sea nada. Lo que ocurrió me eliminó por completo la sonrisa: "Lee con atención". Solté la cuchara y su contenido sobre el plato. No me lo podía creer, se debía tratar de una alucinación. Probé nuevamente: "Lee con atención" ¿Debía tragar esas letras para seguir leyendo? Al hacerlo comprobé que estaba en lo cierto. Cucharada a cucharada fui descubriendo lo macabro de la historia: "Para que veas la importancia de esto que acabamos de empezar, y para que me tomes más en serio, te daré una muestra de mi poder. Tus peces, los naranjas, el blanco y también tu favorito, el negro, acaban de saltar de la pecera y se están ahogando sobre la seca madera de haya del suelo del comedor." En ese momento me pareció ridículo estar leyendo cada palabra enviada por un horáculo de pollo, verduras y pasta de trigo, y mucho más levantarme para comprobar si era cierto lo de los peces. ¿Una muestra de mi poder? O sea, se trataba de alguien en concreto... Si era un truco era muy bueno. El miedo comenzaba a bloquearme y no podía pensar con claridad. Mi mano, desoyendo las órdenes del cerebro, se fue a buscar el cubierto y capturó las suficientes letras como para que no me lo tomase a broma: "¿No te importan los peces?, bien, mira a orejotas." Orejotas era mi perra y se encontraba subida en el sofá escupiendo espuma por la boca. Me levanté accionado por un impulso reflejo y corrí hacia el sofá; al pisar los peces, que se encontraban boqueando en el suelo, resbalé y caí golpeándome la cabeza contra la pecera que se rompió en millones de diminutos trozos de cristal. Finalmente cogí a la perra en brazos, pero ya no respiraba. Volví a la mesa enrabietado y lancé la sopa sobre el hule de plástico con el dibujo de la mona lisa, el trigo patinó sobre el caldo disponiéndose en forma de carta demoledora: "No te molestes en ir al trabajo, eso ahora es lo menos importante, de hecho ahora mismo estás recibiendo una llamada para comunicarte que estás despedido. No sólo eso, sino que Laura te acaba de enviar un mensaje para decirte que rompe la relación contigo porque hace tiempo que se ha distanciado de ti y cree que ya no tenéis nada en común; es mentira, la verdad es que hace unos meses que se acuesta con tu mejor amigo y se ha quedado embarazada, han decidido estar juntos ocultándote la verdad..." De un manotazo me quité a la perra de encima y corrí en busca del móvil; dos llamadas pérdidas y un mensaje. Arrojé el aparato contra el suelo con todas mis fuerzas "¿Ya estás de vuelta?, bien. Por fin estás solo en el mundo, sé que piensas que te quedan tus padres, pero si conectas la televisión te darás cuenta de que el avión en el que viajaban hasta Nueva York para asistir a tu boda se ha estrellado en el Atlántico; no hay supervivientes. Ya nada puede distraerte, así que podemos empezar con lo nuestro." Cogí el cucharón de acero y lo estrellé contra la pantalla de treinta y dos pulgadas, imposible haber fallado- pensé; esa última cucharada (podemos empezar con lo nuestro) me dejó paralizado. ¿Qué nuestro? Y ¿quién eres tú?- dije. Era ridículo, estaba hablando con una sopa; a cualquier psicoanalista que se lo contase llegaría a una conclusión instantánea, y, seguramente, con razón, aunque no por eso dejaría de citarme. Tenía muchas preguntas que necesitaban respuesta, pero no sabía cómo formularlas. Hice lo único que se me ocurrió: cogí la bolsa de pasta y seleccioné las letras para ordenarlas sobre el paisaje de la mona lisa, recogí la sopa en la cazuela y volví a arrojarla sobre la sonrisa. No hubo contestación. Pensé en otra fórmula: recogí las preguntas que tenía ordenadas en el tapete, las introduje en otra cazuela con un sobre de caldo de pollo y verduras y la puse a hervir. Tampoco hubo contestación. Quizá todo era producto de mi mente. La verdad era que no tenía pruebas de que Marcia me hubiese abandonado, ni tampoco sabía si mis padres habían muerto. Apreté un botón del mando del televisor para comprobar que el lanzamiento había sido preciso y efectivo. Apoyé la cabeza sobre las manos derrotado, cerré los ojos con la esperanza de que cuando los volviese a abrir todo estaría en su lugar. Al abrirlos lo único que descubrí era otra carta. "Eres más idiota de lo que pensaba, ¿acaso crees que debo contestarte? Me extraña que todavía no hayas descubierto que puedo escuchar todo lo que piensas. Bien, esto es lo que vas a hacer: dúchate, ponte el traje de la boda, guarda en el interior de la chaqueta el cuchillo más grande que tengas y dirígete hasta la casa de tu ex-novia, (ja, ja), esto último era una broma. Abre con la llave que todavía conservas en tu llavero y acércate hasta el dormitorio, clávale el cuchillo a Laura en el vientre; después carga el cuerpo y lo traes hasta tu casa, vamos a necesitarlo." Como lees el pensamiento podrás entender esto -pensé-, ¡no pienso hacerlo!, y esto otro, nuestra relación acaba de finalizar, ¿qué más puedes hacerme?, ¿matarme?
"Parece que no entiendes nada. Puedo hacerte algo peor que eso que insinúas, si quiero puedo hacer que tu vida vuelva a ser lo que era: un trabajo aburrido, una relación que no te aporta nada, ni tan siquiera el sexo que practicas una vez al mes, unos padres que no te entienden y un futuro que te mata poco a poco. Lo que te ofrezco es el mayor de los poderes, algo que no está al alcance de nadie, y tú te puedes considerar un afortunado." Lo único que se me ocurrió pensar era que no podía comer una cucharada más. Si seguía pensando estupideces recibiría más respuestas y mi estómago estaba a punto de explotar. Así qué decidí obedecer. Todavía estoy preguntándome por qué decidí hacerle caso. Marcia vivía a dos manzanas de mi casa; abrí la puerta con la llave, me acerqué al dormitorio en silencio, miré su vientre desnudo, me sorprendió descubrir que estaba teniendo una erección, pero al imaginarla follando con mi mejor amigo todo se vino abajo. Saqué el cuchillo de la mochila, lo cogí con las dos manos y lo alcé. Estaba dispuesto, pero algo tan fácil de escribir no lo es tanto a la hora de llevarlo a cabo. Dudé, y eso dio tiempo a que Marcia abriese los ojos y descubriese una imagen que no le sería fácil de olvidar. Giré la mano y golpeé su cabeza con el mango metálico del cuchillo, la cargué en brazos y recorrí de vuelta las dos manzanas hasta mi casa. Una vez allí deposité su cuerpo sobre la mesa del comedor, como si intuyese que se iba a convertir en el altar para un sacrificio. Debía entrar nuevamente en contacto con ese ser que ya intuía con el rostro imaginario de Belcebú. Marcia desnuda sobre la mesa, el cazo de sopa junto a su pelo rojo por la sangre que había manado tras el golpe, yo dispuesto a seguir comiendo sopa y en un estado de trance que anulaba cualquier reacción lógica (ahora lo sé) "No has sido capaz, contaba con eso. Te recuerdo que el el vientre de esta mujer crece un ser imperfecto (por no ser tuyo) que debes eliminar. Laura no merece vivir. Te podría relatar sus gritos de placer cuando era follada por el que creías tu amigo, gritos que jamás te dedicó a ti, o cómo le ofrecía cada milímetro de su cuerpo abnegadamente, sometida a su polla y accedía a todas sus demandas depravadas..." Basta -grité escupiendo restos de sopa y letras a la vez que empuñaba nuevamente el cuchillo y lo elevaba con determinación justiciera. A partir de ahí todo se desencadenó fuera de mi control: Sonó el timbre de la puerta, gritos, golpes, pasos, cuatro agentes de la policía frente a mí empuñando sus armas reglamentarias apuntando a mi cuerpo. De repente abrí la boca y un tsunami de sopa y letras fue expulsado sobre el vientre de Marcia. La primera detonación, el clac hueco del sonido del cuchillo al caer sobre la mesa, mi mirada clavada en el vientre de Marcia, recién despertada, intentando leer nuevas instrucciones, el dolor del brazo roto sujetado con fuerza tras la espalda, los policías gritando, la mirada desconcertada de ella. El fiscal relatando los hechos, el asesinato de los peces, el perro, mi amigo y los padres -ahora lo recuerdo todo- el miedo al coger la cuchara.  

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