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lunes, 3 de diciembre de 2012

21-12-2012 (Noche en el club)


Las nubes negras y abultadas amenazaban con desparramarse sobre su cabeza; demasiado cerca, debió pensar cuando silbó a los animales para que le siguieran. Apresuró sus pasos cuando las primeras gotas comenzaban a rebotar contra la tierra y las piedras desprendiendo un intenso aroma a metal en la lengua. Las botas de piel y la chaqueta mimetizada, que todavía mantenía desde que hizo la mili en la capital, se empaparon en unos segundos. Pensó que algo tenía que haber ocurrido con el sol porque no era normal semejante oscuridad. Y esas manchas que hace tiempo se observaban sobre su superficie no podían presagiar nada bueno. En el pueblo debían saber algo, él no porque era muy burro, pero en el pueblo sí- pensaba a la vez que arrojaba piedras a las ovejas para que se apresurasen. Pasar la noche en el refugio ya no le parecía tan buena idea, aunque los animales estaban demasiado nerviosos para seguirle hasta el pueblo. Las encerró como pudo en la pequeña habitación sin importarle que fuesen a destrozarlo todo.


Conocía el camino de memoria, así que no le importó que no hubiese luz. Intentaba buscar una explicación, pero no había forma de que sus pensamientos se ordenasen lógicamente. Algo raro había ocurrido y alguien allí abajo debía saber algo; algún canal de televisión relataría el acontecimiento. No conseguía avanzar más allá de ese pensamiento. Constantemente buscaba una explicación en el cielo desviando su mirada hacia arriba. El sonido de los truenos le perforaba los tímpanos. Las descargas eléctricas no conseguían que se iluminara la senda; las nubes, debajo, eran demasiado espesas. Intentaba enfocar por encima de éstas juntando los párpados. Le pareció que tras esa densa negritud se prendía una intensa llamarada naranja, como si el cielo estuviese ardiendo. Menuda noche me espera- pensó. Tenía el frío agarrado a los huesos. Le dolía la espalda; y el cuello, justo debajo de la cabeza, le daba pinchazos. En el pueblo se tomaría un sobrecito de esos que le había aconsejado el doctor para las migrañas de su madre. Tenía ganas de llegar. Su madre sabría algo porque siempre estaba frente a esa maldita caja negra. Él no le hacía mucho caso cuando hablaba, pero intentaba recordar algo que le había dicho unas semanas atrás. Algo que le había contado con su característico tono melindroso. En el club también había escuchado algo parecido, pero él allí iba a lo que iba, y estaba harto de que siempre intentaran tomarle el pelo, así que nunca les prestaba atención ni se metía en las conversaciones de los otros clientes. Ellas no le hablaban, únicamente reían y fingían, pero le daba igual. Con ellas era distinto, no le molestaba su indiferencia. El club le pillaba de camino. Entraría. Jennifer le contaría qué estaba ocurriendo, si es que lo sabía. En la barra había un par de clientes acodados y con unos whiskys en las manos. En el sofá del fondo Lola acariciaba a un joven que sonreía enamorado. Buscó a Jenny por la sala pero no la vio. Se acercó a la barra dejando un charco de agua debajo de él. La temperatura elevada en el local, para que las chicas llevasen poca ropa, no evitó que se quedase aterido sobre el taburete. Al mismo tiempo que ella bajaba las escaleras un estruendo hizo temblar las botellas de licor. Las bombillas parpadearon acobardadas. Un segundo estallido les dejó definitivamente a oscuras. El ruido de un vaso estrellándose contra el suelo provocó que sonara un grito desde el sofá. Él, instintivamente, se levantó del taburete y se acercó rápidamente a la escalera, cogió a Jenny de la mano y le hizo subir los escalones con la seguridad de saber lo que estaba haciendo. Ella le reconoció al instante. Entraron en la primera habitación. A tientas se acercaron a la cama y se sentaron. Jennifer le acarició el cuello susurrándole unas palabras que él no entendió. La lluvia golpeaba con fuerza sobre la ventana anunciando un desastre inminente. Se acercó al cristal y puso la mano sobre él. Estaba helado. Notaba en los dedos cada una de las gotas como si fuesen alfileres. Abrió la ventana y un fuerte golpe de viento le empujó contra la cama. Le preguntó a Jenny qué ocurría. Ella rió, quizá debido a los nervios, lo que provocó que él reaccionase con ira. Le apretó el cuello con las dos manos amenazándole con matarla si seguía riéndose. Se lo volvió a preguntar. No lo sé, fueron sus únicas palabras. Un destello de luz hizo que dejase de preocuparse por ella y se acercase nuevamente a la ventana. Las nubes se habían abierto para permitir el paso de una bola luminosa que se acercaba desde el cielo. El final- dijo ella desde la cama- es el final. La bola parecía que iba directa hacia la ventana, cada vez más grande, más brillante. Se reflejaba en la alfombra blanca de granizo que cubría el suelo. Recordó que esas también fueron las palabras que había mencionado su madre. Idénticas a las que habían comentado los clientes del club. En el pueblo también se habrían quedado sin luz. Su madre, asustada y preocupada, estaría esperando a que él llegase. Jenny permanecía acurrucada en silencio tapada con el edredón. Se marchó de la habitación diciéndole que cada uno tenia que hacer su parte, colaborar en su justa medida. Cumplir con su cometido. No sabia muy bien de dónde había sacado esas frases, pero en ese momento le parecieron muy importantes, de una trascendencia mesiánica. Pensaba que lo más importante era tomar una decisión. Bajó las escaleras. La lluvia y el viento habían cesado y una temperatura extrañamente cálida le recibió en la puerta del club. Era como si el local se encontrase en el vórtice de un gran tornado. A la derecha el pueblo, a la izquierda las montañas. La bola deslumbraba con sólo alzar la vista. El granizo se había evaporado, no quedaba ningún resto de humedad que delatase el diluvio recibido. Dio unos pasos viscosos sobre el asfalto que comenzaba a fundirse. El brillo de la luna había sido eclipsado por la enorme masa ardiente pasando a su lado. Una claridad anaranjada hacía pensar que las montañas estaban incandescentes. Abajo su madre, arriba las ovejas. El final profetizado; parecía ridículo pensar que algo así pudiese estar ocurriendo. Su madre estaría muerta de miedo. El perro aullaría hasta quedar afónico. Las ovejas, nerviosas, no darían ni un litro de leche al día siguiente. Decidió recorrer nuevamente la senda que llegaba hasta el refugio. Los pies no le obedecían; el alquitrán abrasaba sus tobillos. Se desató los cordones y de un salto puso los pies en la tierra, menos ardiente que el manto negro que comenzaba a burbujear. A su espalda la pared del club oscilaba de un lado a otro. En la ventana, Jennifer, con una mano sobre los ojos, observaba cómo se alejaba sin tan siquiera darse la vuelta una sola vez.

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