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domingo, 9 de diciembre de 2012

El Nada

He leído que la casualidad no existe. Entonces aquello fue merecido. No tuvo nada que ver con el azar, me pregunto. Durante muchos años me consideré un desafortunado, y no porque me ocurriese a mí, más bien por la crueldad de las matemáticas. De la estadística. Horas pasé calculando, gracias a mi formación científica, la probabilidad de que un hecho tan raro se presentase frente a mis narices sin posibilidad de esquivarlo. Conforme iba añadiendo más datos y condicionantes disminuía el porcentaje. Y yo, cada vez, estaba más sumido en un ilógico desconcierto. No entendía nada. Desde ese momento me he preguntado cada día el porqué. Inexplicable; esa es la única justificación que he encontrado. No me ha dado ninguna paz el saber que nada podría haber hecho para evitarlo. Nunca dependió de mí, así que tampoco debería haberme influido tanto, pero lo hizo. Es de esas situaciones que una vez ocurridas no parecen tan importantes. Van ganando peso conforme se van asentando en su propia existencia. Ganan, como la sabiduría en las personas, una presencia más visible con el paso del tiempo. Me sentía frustrado por no ser capaz de dominar la situación. Desde el instante en que ocurrió hasta hoy, esta frase queda marcada con un sello imperecedero por el propio lector, he indagado en la forma de evitar, por lo menos, las consecuencias. Mi vida, de repente, carecía de sentido. Cada noche despertaba asustado, entre sábanas de cartón mojadas. Delirios, que me acercaban a un misticismo del que carecía, convertidos en una sensación diaria a la que tuve que acostumbrarme. Quizá si hubiese averiguado el mecanismo del olvido. Puede que ahí residiese la clave, pero eso soy capaz de entenderlo ahora, no entonces. El camino que elegí fue otro, uno mucho más tortuoso. El del desconsuelo, la desesperación, demasiado próximo a la locura. También la soledad. Una vez asumida mi condición de desafortunado todo se precipitó, igual que la luz lo hace atrapada en las fauces de un agujero negro. Negritud era lo que tenía y, a la vez, temía. Abandoné mi casa, eso todavía lo recuerdo. Después el vacío. Y cada noche el recuerdo de ese día. Cada paso inseguro sobre el árido cemento era un retroceso. Una hora más en la calle una batalla perdida en la lucha por el olvido. No sé cuanto tiempo pasó, pero todo seguía igual. La vuelta a casa se produjo del mismo modo que la salida, sin explicación. Descubrí que estaba, nuevamente, durmiendo entre algodón africano, de ese que recogen manos sedosas de niño. Nadie me esperaba; debería haber alguien haciéndolo, pensé. No podía seguir así. No recordaba qué era de mi vida antes del acontecimiento, quizá ya estaba solo. Puede que tampoco fuese el desencadenante de nada. Incluso cabría la posibilidad de que yo siempre hubiese sido el centro del problema. Nada, eso es lo único que he sido capaz de concluir después de tanto análisis. Nada más que nada. Y ahora, llegados a este punto, estaréis esperando que finalmente desvele qué ocurrió, pero nada más alejado de sus intenciones. He intentado durante todo el relato hacerlo, pero continuamente se me escurría. Cuando lo tenía en la punta afilada de la pluma se retraía cual anélido. Demasiados años lleva dominando mi vida como para permitir que me lo quite de encima con una estrategia tan utilizada y poco imaginativa como la de un cuento.

3 comentarios:

  1. Bueno, a mi tambien se me escapo. Me quede con el deseo de saber o es que el deseo es el propio problema?

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  2. El deseo, como tal, no! El deseo que genere en el lector, la ansiedad, más que el problema es la intención. Un saludo Marco

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  3. Te lleva hasta el final... y es ahi en donde se entiende que no importa tanto lo que provocó el principio de la historia sino lo que de manera causal lo hizo posible.
    Maria.

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