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domingo, 25 de noviembre de 2012

Eyequake


Me despierto y un, apenas perceptible, temblor en el ojo izquierdo me saluda dándome los buenos días. Lo ignoro porque no estoy para nadie hasta después de tomar el café. Insiste en llamar mi atención palpitando cadenciosamente, pero con una rapidez que yo todavía no tengo.  -¡Para ya, coño!¡Vete de una vez!- me grito a mí mismo. Mi compañera de piso pregunta que si me refiero a ella. Permanezco en silencio, insisto en que no estoy para nadie. Escucho el ruido del portazo que da al marcharse y no puedo dejar de sonreír. Inspiro el aroma de Etiopía que desprende ese líquido negruzco y me reconforta produciéndome un escalofrío. El fastidioso tic se alegra en la misma medida porque no deja de palpitar. Bebo de un sorbo todo el brebaje abrasándome la boca y el esófago. En la calle siento que está saludando a todo el mundo. Por qué no puede ser como lo demás e ignorar a los viandantes. Miro con disimulo el ojo en los cristales de los escaparates con la intención de descubrir sus compulsivos movimientos, pero demuestra una inteligencia fuera de lo común (para ser un tic, me refiero) y permanece quieto. Cada vez que miro a una mujer, y lo hago constantemente, oscila con más bravura  provocándome un enrojecimiento instantáneo. Decido ignorarlo pensando que soy un tipo tenaz y paciente. Veremos quién se cansa antes. Tiembla, y yo nada. Lo hace con más fuerza, y yo ni me inmuto. Sigo andando despreciando mis "yos" rebotados en los escaparates, mirando con insistencia a las féminas, sonriéndoles con complicidad. De nada me vale esta actitud porque cuando llevo recorridos doscientos metros comienzo a agachar la cabeza y a fruncir el ceño. En un nuevo arranque de valentía saco del bolso las gafas de espejo y las engancho firmemente en las orejas. El muy canalla desata un tsunami de lagrimas que barre el iris y posteriormente el pómulo. Necesito un pañuelo. Y también quitarme las gafas para aplastarme el párpado con el dedo pulgar. En cuanto lo presiono se queda inmóvil. Levanto el pulgar y comienza a temblar. Vuelvo a presionar y quietud. ¿Qué juego es este? Comienza a entorpecer la visión. Tapo el ojo con la palma de la mano y aprieto hasta sentir un dolor punzante que recorre el nervio ocular haciéndolo oscilar como un látigo que golpea fuertemente en el cerebro. Ya no consigo eliminar las sacudidas que me envía. Parece como si estuviese resentido con mi actitud. -¿Qué quieres de mí?- grito en mitad de la entrada del metro. Todos me miran. Siento un impulso asesino que consigo dominar unos milímetros antes de que la pluma perfore la piel. Pellizco el párpado. Unos minutos más y estaré nuevamente en casa. Haré un movimiento maestro que ni él mismo esperaría. Entro en el baño. Le sonrió. Despídete de mí. Lleno la bañera y me meto en ella vestido. No me quito la ropa para que no confunda esa acción con un simple baño; quiero que sepa que se trata de un asesinato. Me sumerjo en ella. Cuando me falta la respiración saco la cabeza y compruebo con el dedo si todavía palpita. Así es. Vuelvo a meterlo bajo el agua. Noto cómo se retuerce, cómo intenta escapar de la tortura. Recorre la piel de la cara subiendo hasta la sien. Intenta buscar una salida que no le daré. Me falta el oxígeno y río bajo el líquido transparente hasta que dejo de latir. 

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