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domingo, 11 de noviembre de 2012

Cartilla de racionamiento



El polvo de la calle se metía en sus pulmones haciéndole toser mientras el sol golpeaba, inclemente, sobre su cabeza. En la puerta del mercado una chica con trenzas, atadas con lazos rosas, y una falda de cuadros que dejaba ver sus rodillas raspadas, ofrecía helados de hielo picado con sirope de diferentes sabores. Deseaba tomar uno, pero no le quedaba ningún peso en el bolsillo. Entró en el mercado empujando a un par de mujeronas que estaban paradas en la entrada del recinto. Enseguida puso el ojo sobre una mujer que había sacado una cartera del bolso y pagaba cada compra sin preocuparse demasiado del cambio que le devolvían. Las bananas, las guayabas, los pequeños mangos y los tomates resaltaban sobre las tablas de madera desgastada que hacían las veces de tenderete. Los aguacates y las yucas pasaban desapercibidos. La siguió por cada una de las paradas, manteniéndose un poco alejado para no ser descubierto. Al principio pensó en robarle la cartera allí mismo, pero pronto descartó la idea; si era descubierto acabaría linchado en el mismo mercado. Pese a que nunca había estado en ese recinto, con dos únicas puertas y al aire libre, pronto se fijaron en él algunas tenderas. Decidió esperar en una de las puertas elegida al azar. Al verla pasar por su lado agachó la cabeza y esperó a que se alejase unos metros. Ella compró unas dalias blancas que le envolvieron con una hoja de periódico en la que aparecía una foto del comandante; lo cogió por el cuello y siguió andando, haciendo sonar sus pullas contra el suelo. Las nubes se habían cerrado en el cielo y las primeras gotas grandes y heladas le sirvieron para refrescarse y ordenar las ideas. Atravesó varias cuadras por las que nunca había caminado. La mujer iba por delante moviendo exageradamente las caderas y soportando con sus brazos las dos pesadas bolsas de rafia. Fue acelerando el paso para acercarse a ella. Había dejado de mirar su silueta para fijarse en las casas: todas ellas medio derruidas, la pintura decapándose a jirones y las tuberías y los cables retorcidos entre sí como si se hubiesen declarado amor eterno y todavía mantuviesen esa promesa. Antes de que la mujer pudiese abrir la puerta de la vivienda, frente a la que se había detenido, se abalanzó sobre ella presionándole con su enorme mano el cuello. Le clavó el dedo pulgar en la carótida y ella se mareó perdiendo el equilibrio y soltando las bolsas que golpearon contra la tierra emitiendo un sonido quedo. La fuerza con la que él la sujetaba evitó que cayese. Con la otra mano hurgó en el bolso, pero no pudo encontrar la cartera; buscó en sus bolsillos y también entre la bajichupa; palpó sus senos, no llevaba ajustador. De repente estaba encavillao, apretó la pinga contra ella y escurrió la mano por debajo de sus blumer. No se dio cuenta que de dentro de la casa salía un negro con un cambolo en la mano que despingó contra él. Se despertó con un fuerte dolor de cabeza, maniatado en el patio de la casa. Un puerco famélico campaba junto a él oliéndole cada vez más de cerca, perdiendo el miedo que debió inspirarle al principio. La mujer le miraba desde la ventana. La muy bicha le sonreía con malicia. El cerdo comenzó a chuparle la sangre reseca de la frente. Mordisqueó primero su oreja, posteriormente el moflete. La mujer seguía observando sin inmutarse. Chillaba. No se había dado cuenta de que estaba desnudo. El cerdo se alejó. Ella entró, se paseó por delante de él, contoneó sus caderas haciendo que la falda volase moviendo el aire de alrededor de su cara y que él respirase el olor profundo que emitía aquel cuerpo de mujer; miró esa masa de carne indefensa y sangrante y le dijo: ¡eres un penco! Se quedó dormido. Cuando despertó era de noche, quería que todo hubiese sido una pesadilla. Fue adaptándose, poco a poco, a la oscuridad. Olía a tierra mojada, estaba empapado y temblando. Le dolía todo el cuerpo. Desde la ventana salían sonidos de placer de mujer. El cerdo se asomó nuevamente. Se acercaba enseñando sus colmillos y relamiéndose por el manjar que le esperaba. Por un momento pensó que ella lo tenía todo planeado.

2 comentarios:

  1. Cambolo, pinga, blumer, bajichupa. Cuba. Me encanto leer esas palabras que nunca uso. Me gusto.

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  2. Son palabras buscadas, aunque sé que habré cometido errores, ja. Aunque la anécdota es real y en parte vivida. Gracias por el comentario Marco

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