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lunes, 8 de octubre de 2012

Graffiti


Atrapado. Atado a la fuerza, violentado contra mi propia voluntad. Quizá estos escupitajos de tinta obedezcan a los delirios de una mente enferma, pero cómo saberlo. Me gustaría averiguar cuánto tiempo llevo encerrado entre estos trazos; me refiero al momento exacto en que me sentí ligado a ellos. Qué atrevimiento hablar del tiempo. Podría pintar un reloj de bolsillo más retorcido que el de Dalí. ¿Hará sol mañana o lloverá? Me gusta mojarme, aunque me siente mal. Debería ir dando forma a este relato si no quiero caer en…


Era la mía una existencia feliz. Podía permitirme vivir de la pintura, y eso es algo que no todos pueden decir. Mi novia me amaba, no tanto como yo a ella, pero lo suficiente para que decidiésemos tener un hijo. Pablo nos separó más que nos unió. Para evitar escuchar sus lloros nocturnos decidí incluir el arte callejero en mis obligaciones diarias. Todos los días salía a las doce con una mochila llena de botes de spray de diferentes colores. Pintaba por la noche, si es que a eso se le puede llamar pintar, dormía por la mañana y haraganeaba por la tarde. Natasha había dejado su trabajo para poder atender a nuestro hijo, así que nuestra estabilidad económica dependía de mí. De mis cuadros, o, mejor dicho, de la venta de éstos. Tenía suficientes como para no preocuparme durante un tiempo de coger un pincel y una paleta. Ahora, con el paso del tiempo, ja, veo que todas las decisiones que tomé son las que me han abocado a esta situación tan delicada, tan irreal. Convencí a Natasha para que dejásemos nuestro pisito de setenta metros cuadrados y comprásemos un ático en el barrio de moda de la ciudad. Yo necesitaba una planta para mí solo, un espacio que me permitiese recrear la imaginación. Soledad, necesitaba soledad. Había días en los que ni tan siquiera les veía. Entonces me parecieron felices. Por las noches daba rienda suelta a mi imaginación. Firmaba las paredes con una “Zeta”, y ese anonimato me permitió ponerme de puntillas para observar el mundo desde un atril. Era la primera vez en mi vida que pintaba lo que quería, ahora no podría acusárseme de falta de involucración. Mis pinturas eran yo mismo. Me llamaron del banco para decirme que tenía un par de letras sin atender. Con la mayor de las educaciones sugirieron mi presencia en la oficina para hablar con el director. No tenía tiempo para él. Debería esperar como todos. Después de dos años pintando los muros mi estilo se había definido y depurado. Creí que me estaba quedando sin calles, sin paredes, así que comencé a pintar en el barrio. Tuve una idea, pintar mi propia casa en las paredes de la verdulería, del kiosco, de la panadería, del banco. El sofá de Ikea, la lámpara de diseño, la alfombra persa, la nevera… Cada noche una pulsión incontrolada me hacía llenar todos los espacios libres de tinta. Poco podía imaginar yo que estaba dibujando mi futuro. Recibí una carta del juzgado que dejé sobre la bandeja del aparador. Ya la leería más tarde. Esa misma noche quería hablar con Natasha. Cuánto tiempo hacía que no la veía. Y Pablo, qué había sido de él, ya no escuchaba sus lloros. Más tarde, lo haría después de acabar mi obra. Cogí la mochila, me puse la cazadora negra de algodón, coloqué la capucha sobre la cabeza y estiré de los cordones para ajustarla con fuerza sobre la frente. Bajé los escalones de tres en tres porque una excitación desconocida hacía que las sienes palpitasen sonoramente, como si tuviese un tambor en la cabeza y un niño no dejase de golpearlo. Dibujé a Natasha sentada en el sofá. Su cara triste hacía intuir una desgracia inminente. Pablo estaba en sus brazos, llorando. Se trataba de un bebé, pero no pude evitar plasmar un rostro adulto, una mirada de viejo con toda una vida de sufrimiento a sus espaldas. Pensé que me había quedado realmente bien. De nuevo en casa le contaría a Natasha todos los planes que tenía para el futuro; le transmitiría, como hacía antiguamente, cada una de mis ideas. No estaba. En su lugar una nota. Sobre ella una flor seca. No leí la carta, la puse encima de la del juzgado y decidí que leería las dos cuando me despertase. Me quedé en su cama a dormir. Olía a ella, sonreí y me dormí casi al instante. Faltaba un día, sólo un día y volvería a ser el Zac de antes. Me preparé un café que puse en la taza de Mondrian y lo llevé a la cama junto a las cartas. Eran las nueve de la noche, cómo podía haber dormido tantas horas. A qué día estábamos. Enchufé el televisor de cuarenta y dos pulgadas, que estaba sobre la pared del dormitorio como un cuadro más, y puse el teletexto. Lunes, diez de octubre de 2012. Abrí la carta del juzgado. Era una notificación de desahucio. Tenía que ser un error. ¿Desahuciarme a mí? Bebí el café de un sorbo; debía estar quemando, pero no lo noté. Guardé la carta de Natasha en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Cogí la mochila, la llené de todos los sprays que encontré por la planta de arriba y me dispuse a ponerle fin a “Zeta”. La flor la llevaba en mi mano izquierda. En la calle busqué esa última pared que rellenar. Comencé a pintarla. Todavía había gente por la acera que se paraba para observar el acto vandálico que estaba cometiendo ante su mirada de asco. Nadie impidió que siguiese con mi obra. Me pinté a mí mismo mirando a los viandantes, como si estuviese encerrado tras una fina membrana transparente. Parecía estar preguntándoles qué me ocurría. A mi lado, todavía sentados en el sofá, permanecían Natasha y Pablo. La flor no la había soltado en ningún momento.

Quizá a estas alturas pienses que te he engañado, que decidas volver a leerlo para averiguar en qué punto lo hice. Esta vez no existe el engaño, ¿Te has dado cuenta que yo soy el graffiti?

4 comentarios:

  1. hola ximo, todo parecía indicar que ese arte urbano escondido en aquel callejón, o como en tu relato ese artista callejero encerrado en ese callejón, tenía una historia detrás, o al menos, como has demostrado tú aquí, un enorme poder de sugerencia, abrazo, j.

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  2. Te robé la foto Jesús, simple vagancia por no buscar en la red una que mereciese estar en la portada de este relato... Me alegra que te gustase! Todos andamos, en estos tiempos, encerrados en algún callejón. Quién no? Hasta Rajoy, ja. Un abrazo

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  3. Sorprendente relato, Ximo.
    Siendo más largo que un micro, utiliza la técnica de estos en su final lleno de sorpresa.
    Un abrazo y me quedo a tu lado.

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  4. Gracias por tu comentario Isabel, un blog vive de sus compañías, y un escritor, así que nuevamente gracias por permanecer a mi lado. Un abrazo

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