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viernes, 13 de noviembre de 2009

el viaje


Llueve de una forma muy intensa, para la época del año en la que estamos, pensé arropándome más con el edredón y acurrucándome de una forma que me recordaba, aún sin recordármelo, mis tiempos de feto, en la barriga de mi madre Marisa. Porque ella era mi madre, o ¿formaba parte de la mentira en que, de repente, se había convertido mi vida? ¿Era yo Marcos Revuelta?, o ¿ni, tan siquiera, eso era verdad? Y ¿hasta qué punto la muerte de mi padre, el doctor Pedro Revuelta, era verdad?, ¿o no había muerto? ¿o no era mi padre?

Finalmente la idea de dirigirme al tanatorio y destapar la tapa del ataúd, ante la mirada estupefacta de todos, para descubrir que estaba vacía, o que la ocupaba otra persona, diferente al doctor Revuelta, me sacó de la cama de un salto.

Me aseé y le di un beso a mi madre, pero no con el cariño de un hijo, que no era, sino con la distancia de besar a alguien desconocido, extraño.

-Voy a ir yendo al tanatorio, luego vienes tú. descansa un poco- le dije con un movimiento casi de desdén y sin prácticamente mirarla al pasar junto a ella de camino a la puerta de entrada de su casa.
-Vale, Marcos, gracias. Me ducho, tomo algo y voy- contestó sin intuir que había sido descubierta.

Bajé al garaje subterráneo de la finca, para buscar ese coche que no me pertenecía. Apretaba el mando del coche, era un peugeot, con la idéa de que éste me devolvería el saludo, que le serviría para delatarse ante mí.
Lo había visto, era ese rojo de la esquina. No merecía la pena que ahora no respondiese a mis saludos. Pensé que no me obedecía porque se había convertido en parte de la mentira, así que con un ladrillo falso, que encontré detrás de una columna, también falsa, rompí mi imagen falsa que me devolvía el cristal de la puerta del conductor.
Ese coche no me mentiría más, no me daría más imágenes falsas.
Curiosamente, cuando conseguí arrancar el coche, con una llave falsa, que encontré debajo del volante, y salí al exterior, lucía un sol radiante.

No me engañarían, formaba parte del complot al que querían someterme, pero yo lo había descubierto y les iba a demostrar que no era fácil engañar a Marcos Revelta.
Conduciendo el coche a la máxima velocidad que me permitían esas retorcidas calles de Valencia, me imaginaba la cara de todos los amigos de la familia cuando vieran que no era Pedro Revuelta el que estba dentro de la caja.
El semáforo de la calle Jesús con Pérez Galdós estaba de color rojo, un rojo luminoso, casi deslumbrante, pero yo sabía que eso era, también, parte de la mentira. Aceleré todo lo que la alfombrilla de plástico, doblada bajo mis pies me permitió.
Oí un fuerte ruido, un "crash" espantoso, que para no mentir, me asustó bastante, pero no giré la cabeza para ver qué pasaba. Formaba parte de la mentira.

Seguí conduciendo con un sonido de sirenas en mi cabeza y voces de médicos hablando entre ellos, en términos extraños, como hacía mi padre, o ¿debería decir mi falso padre?, cada vez que quería impresionarnos, comentando durante la comida una noticia. Pero todo eso era falso, como él mismo.

No iba a detenerme, estaba llegando al final de la mentira. Conduje por Pérez Galdós hasta la "Pantera Rosa", y allí giré hacia la derecha, dirección Alicante. Las voces no cesaban, en mi cabeza. Me esforcé en fijarme en las calles que iba dejando detrás de mí, para no oir más a esos "curasanos" y su séquito de enfermeras aduladoras.

Entré en el tanatorio, empujando a todos los familiares que se agolpaban alrededor de la caja. Les oía comentar que el cadaver estaba desfigurado, y esta era la razón por la que la caja se mantendría cerrada. Sus voces se mezclaban con las voces de los médicos, con el sonido de las sirenas, con ese maldito "crash" que, como un eco, no dejaba de resonarme entre occipital y parietal y con una música de fondo que identifiqué entre los demás ruidos como Bach. Eso no les iba a servir, yo lo sabía todo.

Abrí la tapa del ataúd, ante el extraño desinterés de todos esos familiares que seguían a lo suyo y bajo lo que me pareció un chirriante sonido que hizo desaparecer todos los demás sonidos de fondo, que se mezclaban en mi cerebro, para componer su particular sinfonía. Allí estaba, lo había descubierto, entre la tenue luz que ahora entraba en el ataúd, no era mi padre.

Me asomé y como en un espejo, me vi a mí. Me quedé mudo, parado, como la escultura fría, de piedra, que permanece inmóvil para toda su vida, hasta la eternidad. La melódica sinfonía había desaparecido por completo y ahora mis neuronas estaban concentradas en intentar dar una explicación: ¿En qué consistía el engaño?

Mientras me miraba, oía decir a alguien detrás de mí, entre llantos que hacían verdaderamente difícil entender las palabras:
-¡No le tenía que haber dado dinero! ¡No le tenía que haber dado dinero!

Me giré y vi a mi madre repitiendo la frase sin cesar. Mi padre, el doctor Pedro Revuelta, la abrazaba mientras le decía, serio, con la vista clavada en el infinito, en el más allá, pero sin derramar una sola lágrima:
-las drogas se nos lo han llevado...

Pero yo sabía que todo era mentira. Volví a cerrar los ojos y dejé que siguiera lloviendo en la calle.

1 comentario:

  1. Como conozco al escritor, podría decirse que hay ciertos datos que son semejantes a la realidad, pero ¿cuanta ficción o cuanta realidad?
    Interesante.

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