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jueves, 28 de febrero de 2013

Parinesca (cap.5)


No comprendí la razón por la que Natalie me enseñó la nota, ni tampoco su contenido. Qué relación tenía esa joven con nosotros, más allá de ser alumna de Natalie, para avisarnos de que Juan quería asesinarla. Yo sabía que debíamos abandonar Maluengo, pero no me sentía con fuerzas. Aproveché la ocasión para comentarle que yo cumpliría la promesa. Una vez lo dije me arrepentí. Qué ironía que un hombre moribundo prometiese aquello que irremediablemente era inevitable. Ella me sonrió, fue una sonrisa forzada; sabía que estaba presionándola, pero no dijo nada. Dobló el papel, lo guardó en su bolsillo y cogió mi mano.

Mi madre se marchó del pueblo; creo que fue por mi causa. Desde que me echó de casa envejeció con rapidez, dejó de hablar con los vecinos avergonzada por un hijo que le resultaba asqueroso. Murió sola en Barcelona, en una residencia de ancianos. Allí no contó a nadie que tenía un hijo, por esa razón no supe nada. Lo averigüé cuando llevaba varios meses enterrada. Tampoco el cuerpo de Natalie lo había reclamado nadie. Siempre pensé que eran parecidas, aunque únicamente fuese por el amor que les tenía. Tumbada sobre esa cama metálica, desnuda. Era un regalo para mis manos. Cogí su pelo rojo entre los dedos, lo acaricié y recordé la visita de Valentina. Estaba dispuesta a todo por conseguir que le permitiese entrar en la vivienda del escritor. Allí mismo, en el cuartucho en el que guardaba las escobas y los cubos de basura la desnudé; después le dije que disponía de quince minutos antes de que el escritor y Natalie volviesen de su visita al médico. Cuando bajó con las llaves le exigí que me contase qué se proponía, a cambio de mi silencio. La nota que le había dado a Natalie previniéndola frente a Juan, el cianuro robado del laboratorio del instituto, las gotas que metió en el bote de edulcorante. Únicamente pretendía asustarla para que se olvidase de su novio. Yo sabía que me ocultaba información; Valentina pensaba que tenía la situación totalmente controlada, que todos creíamos sus palabras. En la nota que les había enviado contaba que Juan la había obligado a robar el cianuro del instituto, y que luego él mismo pensaba introducirlo en el bote de edulcorante. Esa nota era su coartada y pensaba que mi silencio lo tenía garantizado con un poco de sexo sucio. Fui dándole colorete con la brocha más grande, camuflando su falta de color. Esa piel traslucida que insinuaba la silueta de los huesos le daba una belleza especial. Abrí sus párpados, quería que observase cómo la preparaba. El escritor explicaba en la carta que cuando vio que Natalie estaba muriendo no entendió por qué razón había utilizado el edulcorante envenenado. Cumplir la promesa significaba que se quitase la vida cuando él muriese, no antes. Al principio sintió rabia, luego comprendió que había sido el último acto de amor de Natalie. Explicaba en esa carta lo de la nota de la estudiante, las intenciones del joven: escapar con ella o matarla. Le perfilé los labios de color rojo, como a ella le gustaba. La fui vistiendo con suavidad, con un vestido rojo que me había llevado de su casa. Apareció Valentina, visiblemente nerviosa. Nada había salido como ella pensaba. Sólo quería asustarla, pero desconfiaba de Juan, también del escritor. Natalie no se hubiese quitado la vida –me dijo- le gustaba demasiado vivirla. Valentina también llevaba puesto un vestido rojo que resaltaba sus senos adolescentes desobedientes de las leyes físicas. Volvió a pedir mi silencio; yo le recordé el precio que debía pagar por él y mientras le lamía el cuerpo no dejaba de mirar a Natalie. En sus ojos todavía se podía encontrar Paris. Valentina giró la cara para no mirarme. Recordé el último café con Natalie, su desdeñoso gesto, la visita al baño antes de dar un último sorbo al café y marcharse con varias gotas de cianuro que germinarían un niño-muerte en su vientre. Siempre quise pintarla y no me podía ocurrir lo mismo que con mi madre.

1 comentario:

  1. Al fin lo terminaste. Bueno, se nota que te han calado las peliculas y novelas policiacas. Bien.

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