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jueves, 14 de marzo de 2013

Palabrascolgadas

Acodado en al barra observando a la camarera llenar con copas de vino una bandeja que su compañero repartirá por las mesas. Mirándola de reojo, con la vergüenza pulsándome en las sienes, descubro cómo me sonríe. Con decisión se acerca hasta mí y, con un acento extraño, quizá italiano, formula una pregunta incomprensible. Enrojezco al instante, quiero desaparecer, pero no es posible. Agacho la cabeza echando un vistazo a los zapatos, como si estos ortopédicos negros tuviesen algo que decirme. Habladme -pienso. En lugar de escuchar la voz ronca de un zapato maloliente, tintinea, nuevamente, el susurro italiano; seguramente la misma pregunta. Agacho, más si cabe, la cabeza, confundiéndome con un flamenco. Suplico ayuda a los zapatos, pero siguen mudos. La camarera se acerca más, casi huelo su piel oscura. Está apoyada en el tirador de cerveza. Definitivamente levanto la cabeza para mirarla, pero, antes, doy un puntapié al taburete con el único fin de causar dolor a los zapatos. La joven me pregunta qué quiero. Entiendo que está insinuándose; un qué quiero con ese fin y no con el objetivo -quizá más lógico- de saber qué me apetece tomar. Mi mente vuela instantáneamente: salgo del bar, la acompaño a su casa, la desnudo, hago lo propio y un olor fétido, a buen queso francés fermentando, se apodera de la situación. No quiero nada, contesto. Me quedo mirando retadoramente los zapatos, acurruco los dedos de los pies, rasco con las uñas la plantilla. Sólo pienso en una cosa: causar dolor.
En la calle unas gotas enormes, desprendidas sin el menor orden, lo mojan todo.
Me levanto decidido ando hasta la puerta de la cafetería -en poco tiempo se han formado charcos- salgo fuera y comienzo a meter los pies en los más grandes a inundar esos mudos zapatones con la única intención de infligirles un severo castigo chapoteo con fuerza chap chap desoyendo los húmedos y reumáticos quejidos de viejo moribundo que se les escapan a esos asquerosos zapatos arrebatado por la ira me agacho desanudo los cordones saco los pies de dentro de esa cueva y los lanzo al cielo quedando colgados del cable telefónico estrangulados agonizando y río mientras todos me miran atónitos marcharme calle abajo.

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