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viernes, 21 de septiembre de 2012

Arghh!


Imagen: escultura de Zarko Baseski

No sé cuándo tomé la decisión, ni tampoco qué me abocó a hacerlo. Fue, entonces, una necesidad vital. El lector descubrirá que quizás fue una necesidad mortal. Deseé no ver a nadie, no relacionarme con mis iguales. Decidí ser diferente, aunque de alguna forma ya lo era. Cerré la puerta con llave y me deshice de estas echándolas por el váter. Tapié las dos ventanas que tenía mi piso de treinta y cuatro metros cuadrados. Conforme lo iba haciendo descubrí que no era un buen albañil.


Nunca lo había sido, pero tampoco merecía ser despedido. No quería comprender que había una imaginaria burbuja que se había inflado demasiado y que ahora por nuestro bien se había decidido pinchar. Quizás se esperaba que el aire de la burbuja escapase a chorro, poco a poco, pero estalló en nuestras narices, esparciendo restos de nosotros mismos por todas partes. Me lo tenía bien merecido por intentar únicamente que las paredes quedaran bien rectas.

Tampoco esta vez había conseguido que los ladrillos guardaran una simetría perfecta. Me avergoncé de mí mismo en cuanto acabé de poner el último ladrillo que dejaba el piso totalmente a oscuras. No me puse en huelga de hambre. Fue una huelga de vida porque era demasiado cobarde para acabar con ella de otra forma. Precisamente por ser un cobarde fui comiendo y bebiendo todo lo que encontré a tientas. La despensa se encontraba ya vacía, así que no fue fácil encontrar algo que echarse a la boca. El sueño era el postrero refugio que me quedaba para combatir mi cobardía, pero constantemente me despertaba cuando una astilla del único mueble que no había podido vender se me clavaba en las encías. Rasqué las paredes, arranqué los cables, intenté arrancar el pavimento de Porcelanosa con mis propias uñas dejándolas clavadas en el suelo y las paredes. Con la mano descarnada palpaba mi cuerpo húmedo. Una fina capa de piel permitía que notase todas las imperfecciones de mis huesos, cada ligamento, cada vena. Acabé perdiendo el sentido de la orientación y no era capaz de saber en qué lugar me encontraba. No podía encontrar la cocina para lamer el grifo y beber un poco de agua. Daba vueltas sobre mí mismo. A mi alcance únicamente una mesa. Abatido, después de mucho tiempo al que no fui capaz de poner días, pensé que mi final estaba próximo. Debí alegrarme de que por fin llegase el momento de acabar con todo, pero un último acto de cobardía me llevó a ponerme encima de la mesa y rascar con un cuchillo el techo. Saqué fuerzas de donde no existían. Golpeé con tesón. Arañé con insistencia y me asomé decepcionado a una nueva sala en la que la luz y la mirada de la vecina golpeaba sin piedad sobre mi ganchuda nariz y provocaba un sonido que salía de muy adentro: Arghh!

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