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viernes, 20 de julio de 2012

Metamorfosis bajo ganchillo del num.3

Viéndola me sentía culpable. Esos estudios que no pudo continuar, la falta de un hijo varón en la familia, la guerra, el hambre, el no poder decidir nada en la vida, su hermana,... Todo eso veía al observar sus cavernosos ojos carentes de brillo. En el colegio le habían enseñado a leer, de hecho devoraba letras compulsivamente. Escribir era otra cosa. Sabia cómo se hacia, pero la falta de práctica la convirtió en medio analfabeta. Miento al decir esto. Entendiendo el acto de escribir como la representación de una idea mediante letras o signos gráficos convencionales, no se puede decir que no lo hiciese. No en su forma habitual, o sea utilizando papel y lápiz. Desde que pasó de los noventa -y de eso ya hacía dos años- no soltaba la aguja para hacer ganchillo. Utilizaba estos instrumentos para expresarse, puesto que ya no quería hablar. Escribía letras y letras que conforme iban escurriendo por sus manos me daban una idea de su estado de ánimo o de sus necesidades. Al principio me cabreaba verla escondida tras esos alfileres plateados sin emitir ningún sonido. Me acostumbré, incluso diría que llegué a entenderla. Igual hilaba que quería un vaso de agua o que tenía calor como relataba anécdotas de su lejano pasado. Me aficioné a ella. Sentado a su lado, todos los días, esperaba que continuase con la historia abandonada en su lejano ayer. Al principio no me dejaba tocar sus palabras, pero también ella se había acostumbrado a mi presencia.
La maestra, Pura Morán, era muy dura, pero muy buena maestra. Era de Valencia. Se había casado con el hijo del boticario que era un torpe. Acabó yéndose a Madrid porque a él le colocaron de botones en un ministerio. Tuvieron un hijo que era muy listo, pero cuando el frente entró en Madrid desapareció. Doña Pura siempre esperó que apareciese, pero esto nunca ocurrió. El único delito del chico era ser muy amigo de Primo de Rivera. Escuela Reverter Morán, así llamaron al colegio de doña Pura en recuerdo de su Cirilo. Por qué decía esto. Doña Pura nos hacia hacer muchas labores, tantas que el día de los exámenes estaban todas expuestas en la pared tapando el crucifijo. El cura se negó a entrar en el aula gritando que se trataba de una escuela laica. Los ánimos andaban caldeados en julio del veintiocho. Todo el pueblo se presentó en casa del párroco gritando "fuera retó". La guardia civil solicitó refuerzos al pueblo vecino mientras chillaba a nuestros padres que seria una noche en la que correría sangre. Huimos por los tejados. Después de la guerra todo el pueblo quiso que doña Pura fuese la alcaldesa, pero ella dijo que lo sería el día que apareciese Cirilo. Nunca ocupó el cargo, con los años dejó de venir al pueblo. Demasiados recuerdos.
 Sus memorias en hilo blanco, ligeramente ahuesado, la iban envolviendo. Comenzó metiendo en una bolsa el rollo de letras que se iba desprendiendo de la punta plateada y garfiuda del metal, pero en poco tiempo las palabras se desbordaron. La escena resultaba un poco cómica: yo dándole vueltas y vueltas para ponerme al día de sus anécdotas. Curioseando las vendas que la envolvían, hasta la extenuación de mis órganos oculares. Ayudándola, incluso, a enredar con sumo cuidado la cinta de hilo alrededor de sus pies, su cintura, su pecho... Movía, con agilidad invertebrada, las falanges; y lo hacía con la misma rapidez que un tornado arrasa un campo de trigo.
Me enviaron a casa del tío Francisco a decirle que el mulo lo teníamos nosotros. El frente de los nacionales estaba a las puertas del pueblo. A mitad de camino me paró un hombre preguntándome cómo se me ocurría salir a la calle cuando ya estaban silbando las balas por la calle Valencia. Me di la vuelta y llegué llorando a casa. Mi padre cambiaba miel por patatas en los pueblos de alrededor y esa mañana no había visto a los fascistas tan cerca del pueblo. Él deseaba que entrasen ya. Desde que el comité le había robado mil pesetas a cambio de su vida sólo pensaba en devolvérsela a Tena y Gasparet. Tena era un anarquista revolucionario que inmediatamente se convirtió en jefe del comité, aunque también lo era de la Sociedad de arriba. En el pueblo había dos sociedades, la de arriba que era de derechas y la de abajo que era la de los rojos. Tena fue también el que dio el chivatazo de que mi cuñado creía que los negros ganarían pronto la guerra. A Kiko, el hermano de mi marido, le enviaron a una "checa" a Valencia. A falta de cárceles estos barcos servían de improvisadas celdas. De ahí al frente de Extremadura y ya no supimos nada más de él. Al acabar la guerra nos contaron que le dispararon cuando estaba cambiando de bando, por la espalda. La guerra se sintió poco en el pueblo. En una noche cambio de color, de rojo a negro. Los fascistas se quedaron dos meses en el pueblo, hasta que tomaron el Cerro Gordo; muchos soldados cayeron allí. Mientras ellos estuvieron teníamos de todo: legumbres, carne, latas de sardinas,... Tena desapareció del pueblo, parece ser que se escondió en Barcelona donde se casó por la iglesia. Años más tarde regresó al pueblo y se volvió a casar con "la comunista". Tenía muchos enemigos que le denunciaron, por lo que pasó una buena temporada en Valencia.  
Seguía y seguía hablando, expresando a su manera todo el silencio de años. Tener un testigo de ese amortajamiento al que se estaba sometiendo le hacia esbozar una tímida sonrisa. Era yo el que tenía que ir envolviéndola, puesto que ella movía y movía los dedos  hasta el paroxismo. Toda su vida explicada a retazos inconexos, con idas y venidas y con un vacío asfixiante sobre lo actual. Sus postreras frases eran una explicación concienzuda de qué debía hacer yo. Cada palabra debía ocupar un lugar concreto sobre el cuerpo, para que quedase un envoltorio perfecto. Pasó toda la noche haciendo croché para que todo estuviese preparado. Juntó sus manos, que por fin se detenían, sobre su pecho y yo seguí paso a paso todas sus indicaciones. Esos ojos brillaban por primera vez en muchos años. Me sentí un gusano de seda, preparando la morada que le haría dejar de existir. Sólo me quedaba una última tarea por cumplir. En tres días realizaría esa llamada telefónica.

2 comentarios:

  1. Qué bueno tío. "Boticario", me fascina esa palabra. ¿Y no te pega este relato para la antología?

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  2. Thanks Edu, puedes ser duro conmigo, prometo no enfadarme. Para la antología? Creo que me define (o quizá definía, ya no sé) más el otro. Igual lo presentaba y un sector decía que no aporta nada, jaja, aunque me da igual. Para el segundo número... ya veremos.

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