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viernes, 6 de julio de 2012

i-world


Recibí una llamada telefónica que en ese momento me extrañó, no sólo por provenir de mi antiguo compañero de pupitre en la escuela -de eso ya hacía cuarenta años- sino también por la razón por la cual me llamaba. Yo nunca fui santo de su devoción; bueno, ni de él, ni de ninguno de los compañeros de Salesianos. Desde que acabé la E.G.B. no había vuelto a tener contacto con ninguno de ellos.
Entre algunos habían acordado realizar una celebración que nos volviese a reunir. Me extrañó, en un principio, la rapidez con la que me habían localizado. Estuve tentado de preguntarle cómo había conseguido mi número de teléfono, de hecho creo que lo hice porque por el auricular escuché la siguiente conversación:
-No has cambiado Manuel. He probado a llamar al mismo número de teléfono de tus padres y, a decir verdad, no me ha sorprendido escuchar tu voz al otro lado.
-¿Quién llama?- se escuchaba desde la salita que estaba al fondo del pasillo.
-Es para mí, mamá- le contesté molesto por la constante intromisión de mi progenitora. Estaba claro que yo todavía vivía en su casa, pero eso no le daba derecho a querer controlar toda mi vida.
-¿Quién dices que es?
Me pareció escuchar una carcajada desde lo más hondo del aparato. Le di una patada a la puerta para que se cerrase y así dejar de oír su voz. No estaba dispuesto a soportarla mucho más. Cualquier día me iba a marchar de casa.
Así que ese mismo sábado se iba a realizar una cena de antiguos compañeros. Se-ría la primera vez en mucho tiempo que iba a salir a cenar. A decir verdad era la primera vez en mi vida que iba a salir a cenar con amigos, si excluíamos las reuniones que realizábamos Ernesto y yo, para ver el fútbol o películas porno, todos los sábados. Pero eso no contaba, lo de Ernesto era otra cosa. Era mi compañero de trabajo, los dos nos encargábamos de vigilar un parking de vehículos por las noches. Mientras uno daba vueltas por las cuatro plantas, el otro vigilaba desde el ordenador las diez cámaras instaladas en los puntos estratégicos del garaje. También él vivía con su madre. Éramos almas gemelas, decía  ella, pero a mí me parecía un poco tonto. No se iba a tomar nada bien que el sábado anulase nuestra cita. Seguro que ya tenía alquiladas las películas del  videoclub. Tenía suerte de que mi madre hiciese, también todos los sábados, la partida de cartas con sus octogenarias amigas. Gracias a estas reuniones, en las que se apostaban sus reducidas pensiones, me escapaba de tener que invitarle a mi casa y, al mismo tiempo, evitaba que se presentase la noche del sábado para comprobar si era cierto que me encontraba enfermo.
Ese mismo sábado mi madre se mostraba recelosa al verme demasiado tiempo en mi cuarto eligiendo qué iba a ponerme de entre las prendas de mi anticuado vestuario. Cuando averiguó que había quedado con los antiguos compañeros de colegio dejó asomar una sonrisa. Parecía que se alegraba de ver que me relacionaba con alguien más que con ese compañero de trabajo retrasado. Fue ella la que me aconsejó ponerme el viejo traje verde de tweed que tan bien me quedaba. También fue ella la que me obligó a lavarme el pelo para que no salieran huyendo de mí, según sus propias palabras. Me daba la sensación de que ella tenía muchas expectativas puestas en que esa cita pudiera representar el comienzo de mi abandono del hogar. Si supiera lo que yo pensaba de ella, no se atrevería a tratarme como a un loco.
Cuando llegué al hotel, pregunté en recepción dónde se iba a celebrar la cena. Me remitieron a un gran televisor en el que iban pasando los eventos como si fuesen vuelos. La sala número cinco, así que me volví a acercar a la joven de recepción para pedirle indicaciones. Lo único que me indicó fue que volviese a mirar el televisor. Me quede mirando durante diez minutos y vi pasar quince veces todos los eventos. No me atrevía a volver a preguntar porque cuando giré mi cabeza hacia la recepción vi que se estaban riendo de mí sin ningún pudor. Volví la cabeza hacia el televisor, a su lado había otro idéntico, del mismo tamaño, color y marca, pero éste no reflejaba eventos sino un plano de todas las salas del hotel. Anduve tres pasos, empujando a una pareja, para estar justo frente a él. Una vez supe hacia dónde tenía que mover mis pies, me puse en marcha. En la sala no había nadie. Lo primero que me vino a la cabeza fue que había sido objeto de una nueva broma, pero me pareció algo descabellado. La cena estaba programada a las nueve y todavía eran las siete de la tarde, puede que todavía no hubiese llegado nadie. Me senté en una de las sillas decidido a esperar durante las dos horas. Un camarero que apareció de la nada me sugirió que esperase en el bar que se encontraba en la planta superior. Como yo le sonreía pero no le hacía ningún caso, lo que comenzó como una sugerencia acabó siendo una orden. Cuando se abrieron las puertas del ascensor me encontré ante una enorme sala, amueblada con un estilo que me pareció demasiado moderno y gris, repleta de personas tomando bebidas. En la barra pedí un coñac. El camarero me miró con cara rara antes de preguntarme qué tipo de coñac quería. No conocía ninguna de las marcas que me dijo, así que después de preguntarle si tenían 103 y ver su gesto negativo, le contesté que el mejor. Todavía no me había acabado la copa cuando vi entrar a Pedro, mi antiguo compañero de pupitre. Venía junto a tres personas que no conocía. Se sentaron en unos sofás bastante alejados de la barra. Me dio la sensación de que me habían visto. Cogí mi copa y me acerqué hasta ellos, saludando a Pedro desde la barra con visibles aspavientos. Al llegar no podían dejar de carcajearse a la vez que saludaban dándome unas palmadas en la espalda que hicieron que cayese parte del alcohol sobre la corbata granate de terciopelo de mi padre y que además acabase reconociéndoles a todos. Tras una hora aguantando sus conversaciones petulantes nos dispusimos a pagar. Cuando el camarero trajo una única nota con todas las bebidas, ninguno de ellos dijo nada al ver que mis dos consumiciones suponían el setenta por cien del total. Yo me alegré de compartir la cuenta. No tenía suficiente dinero para pagar lo mío.
Una vez entramos en el salón descubrí que ya había llegado un gran número de invitados. Pocos sitios quedaban libres. Miré en cuál de ellos iba a colocarme sin darme cuenta de que mis acompañantes escaparon y se hicieron con cuatro sillas que quedaban libres en una de las mesas redondas con ocho cubiertos cada una. Yo les seguí, pero fueron sentándose rápidamente, riendo a la vez que me observaban con el rabillo del ojo. Esperé, dos minutos plantado al lado de Pedro, a que dijese algo. Finalmente dijo -mira allí tienes un hueco- señalándome la mesa en la que se encontraban seis mujeres o siete. Como cuando éramos niños agaché la cabeza mirando los zapatos y dirigiéndome hacia el lugar indicado. Allí fui recibido con alegría. Antes de que hubiesen servido el primer plato y con las copas todavía llenas de vino blanco, ya me habían dejado de hablar. Primero comenzaron haciéndolo entre ellos, pero al poco tiempo cada una de esas envejecidas y rechonchas ex-compañeras de clase había sacado su teléfono móvil última generación y lo tecleaban con verdadera convulsión. Tan sólo Alejandro (me costaba llamarle Celine) no lo había hecho, así que, siendo los únicos que no teníamos ocupado el interés en esos pequeños aparatos, continuamos hablando durante toda la cena.
En cuanto acabaron de servir el postre y nos preguntaron si deseábamos algún licor, le abandoné sin previo aviso, dejándole con su última frase a medias y me dirigí con mi silla a la mesa de Pedro. Todos estaban entretenidos riendo de las incomprensibles frases que salían de sus pegajosas bocas. Intenté tomar partido en cada una de ellas, pero fui abandonándolas conforme, ellos también, atendían inexistentes llamadas o se conectaban a internet, sonriendo al aparato más de lo que debían hacer con sus parejas. En poco rato no supe cómo comportarme. Ni Pedro era capaz de atenderme pese a que yo no dejaba de estirarle el camal del pantalón para que lo hiciese. Nuevamente decepcionado, aproveché que el camarero aparecía con los licores para levantarme a coger el coñac y acercarme a la tercera mesa. Ésa era rectangular y de mayor tamaño, en ella había una mezcla de hombres y mujeres. Era el llano de la clase. La población media. Ni los guasones que constituían la mesa de Pedro, ni los repudiados que era la mía. Era curioso ver cómo tras tantos años se había producido el mismo reparto. ¿Era posible que ninguno de nosotros hubiese cambiado, o simplemente cada uno recuperaba su rol?
En esa mesa nada era distinto. La mitad de ellos estaban enganchados a ficticias conversaciones con sus hijos, parejas o amantes. El resto se entretenían en ligotear entre ellos. Me era imposible entrar en ninguna conversación, no lo permitían. Vamos, no me hacían ni puto caso. Pronto comenzaron a sacar sus móviles para abrir las agendas y grabar sus números de teléfono. Y con ellos en las manos no se resistieron a enseñarse fotos, mensajes y posteriormente páginas graciosas de internet o vídeos de Youtube. Me había acabado el coñac. Estaba terriblemente mareado y solo. Levanté la mirada reclinando un poco la cabeza en el hombro y observé la silla en la que había colgado mi chaqueta. En ella estaba Alejandro, quiero decir Celine, y llevaba puesta mi chaqueta. Debía tener frío o necesidad de tapar esos exagerados senos. Éramos los únicos que no estábamos conectados a la diminuta tecnología. Me acerqué a él, le pasé el brazo por encima de su hombro y fuimos saliendo de la sala sin despedidos de nadie a la vez que sacaba mi teléfono móvil de primera generación y llamaba a mi madre para comunicarle que iba a casa acompañado de mi novia.

2 comentarios:

  1. Muy bueno el título. "-Es para mí, mamá- le contesté molesto por la constante intromisión de mi progenitora. Estaba claro que yo todavía vivía en su casa, pero eso no le daba derecho a querer controlar toda mi vida." Parece Baldomero, madurito, feo y sin dinero, del Jueves, me encanta!

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  2. Gracias Edu por todos tus comentarios, y por dedicar un rato a leer los relatos. Siempre alegra ser leído. Un abrazo.

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