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lunes, 6 de junio de 2011

El precio de la muerte




Paseaba, el otro día, por el centro y me llamó la atención el gran número de jóvenes con panfletos publicitarios que me asaltaban para que colaborara con determinadas organizaciones.

- Ya colaboro- les contesté.

Unos pasos más adelante, dos mujeres, detrás de una mesa, solicitaban colaboración para el cáncer. Les pregunté si era ayuda para los familiares, para la investigación o para la administración. No supieron contestarme. Puse un euro en el bote y ellas a cambio me pegaron un adhesivo en el pecho.

Diez pasos más allá, otras dos mujeres solicitaban la donación de órganos.

Extasiado por tanta solicitud de colaboración me detuve en una terraza para tomar una cerveza y observar las caras de los viandantes al ser asaltados. Esto sí que me parece un estudio sociológico y no el Gran Hermano ( por mucho que Mercedes Milá se empeñe en mantenerlo, para justificar su desvarío). El camarero, junto con la cerveza, me trajo el periódico. Lo abrí por la mitad, ya que no me gusta que decidan por mí cuál es la noticia importante. Leo los periódicos como Rayuela: primero la 73, luego la 1,...

Descubrí una noticia que me llamó inmediátamente la atención: "Ha aumentado el número de cuerpos donados para la investigación". Entre las pocas columnas que explicaban la noticia, se entendía que se hace para evitar los gastos asociados a la muerte. Y es que son muchos.

Que si una caja labrada en madera de no sé qué árbol milenario que justifica un precio abusivo.

Que si el depósito temporal en un tanatorio, con música, aperitivos y sala de visitas.

Que si la incineración o el alquiler de un espacio en suelo santo (claro, siendo santo se entiende).


Vamos que morirte te puede salir por un pico; con lo que la opción de la donación no me parece tan descabellada.


Y yo me pregunto: ¿Para cuándo un incinerado público (osea sinónimo de económico)?

Y sobre todo: ¿Para cuándo una caja auto-montable, de Ikea, con diseño Malmö?

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