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lunes, 25 de enero de 2016

Un domingo cualquiera


Observando a la gente pasear por la calle una mañana de domingo es como descubro que este no es mi lugar. Ese sentimiento de desubicación me ha acompañado siempre. En la infancia y juventud lo pude camuflar con la vergüenza –no se extrañe el lector de que ya entonces fuese consciente de semejante aberración–, aunque yo sabía que no se trataba mas que de un engaño que los dejaba tranquilos. Y a mí también. Reservado, pensaron más adelante. Sin embargo se podría reducir todo a que no soporto a la gente que me rodea. Últimamente ni los comienzos de relación –ese momento efímero en el que se disfruta de lo novedoso– me hacen sentir un ápice de deslumbramiento. Diría, pese a pecar de prepotente, que nadie consigue sorprenderme; ya no. Por esa razón he ido convirtiéndome en un ermitaño. Lo peor de todo no es la soledad, sino que aquello insoportable, y a la vez ridículo, es que nadie se haya dado cuenta de ello. Todos siguen comportándose de la misma forma conmigo, como si nada hubiese cambiado. Tampoco es plan de ser manifiestamente grosero. Mi mujer me sigue exigiendo que la folle después de cenar juntos, tomar un gin tonic a la última moda –o sea con tanto aditamento que resulta difícil saborear la ginebra– e ir desnudándome conforme va excitándose. Mis hijos son demasiado pequeños para comprender nada. En el colegio no soy el primer profesor que se mantiene en silencio mientras la muchachería hiper-hormonada y repleta de acné se sube por las mesas cual primates obviando la importancia de la física y su silencio espacial (especie de susurro gravitacional). En las reuniones de departamento interpretan mi mutismo como un signo de conformidad, incluso María, la jefa de departamento, los traduce como un sí o un no según su interés. Por esa razón me han elegido como representante del comité aduciendo que mi carácter sosegado es una cualidad única para llevar a cabo negociaciones. La verdad es que me sorprendo al comprobar que he conseguido más que ninguno de mis antecesores en el cargo; y todo sin necesidad de decir una palabra. Sin embargo todo tiene un límite.
Como decía, esta mañana de domingo asomado en el balcón del piso que tengo alquilado en el barrio del Carmen me he dado cuenta de que me he cansado de fingir. He tomado una decisión. No tiene sentido que sean los demás los que interpreten todo aquello que pienso. Si fueran capaces de leer mis pensamientos se asustarían. Incluso yo, a veces, siento miedo.
De repente me descubro gritando a una pareja de alemanes que pasean por el barrio cogidos de la mano con una guía de viajero frente a sus caretos de antisemita. Un policía me ordena que me calle. Resulta gracioso que tenga que ordenarme silencio cuando precisamente es lo que más me sobra. Mi mujer sale al balcón y me pregunta que a qué viene esto. ¡Hi Hitler!, repito cada vez más alto. María adopta un gesto serio, el mismo que en las reuniones de departamento, los jóvenes con acné lanzan al suelo su guías como signo de protesta a la vez que mis hijos me insultan al unísono llamándome asesino. Todo el mundo, de repente, está mirando hacia el balcón y se suma al grito unánime. El policía llama por la radio a su compañero citando claves que desconozco. Siento un mareo y me apoyo en el cristal de la puerta corredera durante un instante. Al retirar la mano su silueta queda marcada y de ella brotan goterones rojos de sangre. Me doy cuenta de que estoy solo, no está María, tampoco mis hijos. El policía me apunta con su arma reglamentaria  mientras que el público que ya abarrota la calle –la mayoría turistas– repiten como un mantra ¡Mátalo! Yo les saludo y sonrío como si la función hubiese acabado. Alguien que no identifico, aunque me resulta tremendamente familiar, susurra algo al oído del policía. Dos sonidos quedos ahuyentan a las palomas de la Lonja que vuelan juntas en sentido contrario al humo que sale de la pistola. En el poco tiempo que tardo en caer al suelo, la calle ha sido totalmente desalojada y el olor del café se adueña nuevamente del domingo.

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