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jueves, 19 de diciembre de 2013

Una ligera cojera


Una ligera cojera delataba algún defecto en su pierna izquierda. La observé mientras pasaba por delante del banco en el que me encontraba sentado; arrastraba los tacones de dos centímetros de los zapatos haciendo sonar las piedras del asfalto y dejando un imperceptible rastro. Un bastón de madera con la empuñadura de marfil le ayudaba a equilibrar su cuerpo cada vez que se tambaleaba recordando a un hipopótamo y una tortuga al mismo tiempo. La falda bailaba de izquierda a derecha y el abrigo de pieles le confería un aspecto demasiado aristocrático, de no ser por los pelos alborotados y anudados de su cabeza. El olor a perfume caro se esparcía alrededor de ella cinco metros a la redonda, como un halo luminoso. Se la veía limpia. Imaginé las dificultades que tendría para asearse cada mañana. Quise pensar que no recibía ningún tipo de ayuda. Sonaría el despertador, se despertaría maldiciendo sus molestos dolores verticales y su edad; poco a poco se incorporaría dirigiéndose al baño para vaciar todo el líquido retenido en la vejiga durante la interminable noche. Después apoyándose en la pared levantaría una pierna para entrar en la bañera y comenzar a recibir el purificante chorro de agua caliente. Para finalizar un giro de la llave enfriaría gradualmente la temperatura del agua devolviendo la tersura perdida de unos senos ya descolgados. En la cocina, el café con leche y la tostada de mantequilla y mermelada serían su último ritual antes del paseo diario. El café caliente y el contacto de la tela raída de la bata con su piel irían haciéndola entrar en calor. La dolorosa acción de vestirse le haría maldecir, nuevamente, su edad. Y así comenzaría su paseo por el barrio de Salamanca hasta la cafetería Santa Bárbara en la que un cognac le haría recuperar la perdida tensión arterial.
Nunca me ha mirado, yo sé que sabe que estoy ahí, que viene para verme, igual que yo a ella. De la misma forma que yo he adivinado sus hábitos ella lo habrá hecho conmigo, así que sobrarán las explicaciones, como si nos conociésemos de toda la vida. Ella sabrá –sabe– que rasco mis manos con un cepillo para eliminar cualquier resto de suciedad, que también uso la misma ropa cada día, que me gusta acabar la ducha con un chorro de agua fría que encoja mis genitales hasta hacerlos desaparecer. Meo un líquido que cada día es más rosado. Tomamos el café sin decirnos una palabra. Yo camino más rápido, por eso llego antes que ella al banco y la espero.
Hoy deseo que me mire y que me ofrezca su brazo para que finalicemos el paseo juntos, pero sé que no ocurrirá. La sujetaría dándole más seguridad que el bastón. Le contaría lo enamorados que estuvimos, nuestra vida juntos hasta que se convirtió en ese bebé ultrasenecto –como diría José Emilio Pacheco en Tierra incógnita– que únicamente me sonríe cuando le doy un beso al acostarnos.
Siento una presión asfixiante en la vejiga, pero no debo pensar en mí; eso tendrá que esperar un tiempo.

Me levanto y la sigo, oliendo ese embriagador perfume, siempre el mismo. Cuando llegue al final de la calle se sentirá perdida y aceptará mi ayuda para que la devuelva, entre lágrimas, a su casa.

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