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lunes, 30 de diciembre de 2013

Comida de Navidad


El clima estaba desapacible, demasiado frío para esa época del año. Además había olvidado el paraguas y la fina lluvia que caía sin interrupción desde la noche anterior ya había mojado su pelo y humedecido su cazadora de lana.
-Odio esté tipo de acontecimientos- pensó mientras se subía al tren de cercanías que le llevaría hasta el lugar de reunión. Por suerte en el vagón se estaba caliente, aunque el olor de los pasajeros que, traídos de los pueblos vecinos, habían llegado a la capital junto con la humedad reinante convertían el ambiente en irrespirable. Sacó un libro de Topor de su bolso y comenzó a leerlo. Le ponía nervioso la tibieza con la que Trelkovsky afrontaba cada una de las situaciones. Trelkovsky detestaba, por encima de todo, las complicaciones, igual que él, así que la comida familiar, acontecimiento alterador de su carácter poco problemático, únicamente podía traerle quebraderos de cabeza. -No debería ir- repetía en voz baja cada vez que el tren dejaba atrás una estación. Estuvo tentado de bajarse en cualquiera de ellas, pero a su carácter poco problemático se le juntaba una especie de cobardía infantil, poco propia para un hombre soltero de más de cuarenta años, que le impedía tomar decisiones valientes. Sí, cada vez se veía más como Trelkovsky. El tren aminoró su marcha a la entrada de la estación de la ciudad que le vio nacer. Se atusó un poco el cabello, que debido a la humedad potenciaba el aspecto grasiento habitual, y descendió los dos escalones que lo depositaban en el andén número tres. Subió las escaleras mecánicas, alegrándose de los adelantos tecnológicos que le permitían permanecer más apático ante la  vida, y al salir a la calle descubrió que el cielo estaba despejado por lo que el olor rancio de la chaqueta de lana -pensó- desaparecería en el trayecto hasta la casa de la abuela. Conforme se iba acercando se le agriaba el humor; la acidez estomacal le llegaba hasta la garganta provocando una quemazón que tendría que sofocar. Cada vez que tenía que ver a su familia le ocurría lo mismo. Se entretuvo lo suficiente por el camino como para llegar el último como siempre. Únicamente le hicieron falta un par de paradas en dos bares en los que se tomó una cerveza y una copa de anís. Llegó un poco mareado puesto que no estaba acostumbrado a mezclar cerveza con licor antes del mediodía. Llamó al timbre y la melodía  de Bach con tono campanillero le provocó risa, así que cuando una enorme masa de naftalina con forma de tía-abuela Remedios con reminiscencias godzillianas abrió la puerta ya estaba carcajeándose. Le debió parecer un tremendo estúpido.
-Ramón, dichosos los ojos, ¿qué haces tú aquí?- dijo sin que pudiera dejar de reír. Debió contestarle que qué hacía ella allí, porque era la primera vez que iba a la comida de Navidad desde que él tenía uso de razón, pero antes de poder articular palabra continuó -¿vienes solo?. Pensaban que no ibas a venir. Cada vez te pareces más al abuelo Camilo. ¿Tú no serás de esos que sólo bebe y escribe? Antes de que pudiera responder ya estaba nuevamente hablando, así que se limitó a seguirla por el tenebroso pasillo -pero sigue, sigue, no te pares, ¿estás cojo? Te veo envejecido, seguro que tu abuela piensa como yo, siempre hemos sido muy afines.
La abuela estaba depositada en el sillón orejero en el que siempre se había sentado el abuelo. Él sí que fue inteligente al abandonar a la familia hacía veinticinco años; desde ese día la abuela tomó dos decisiones: que había muerto y ocupar su sillón.
-Hola abuela, ¿cómo estás?
-Aquí estamos- contestó; pese a que había decidido matar a su marido (figuradamente), siempre hablaba en plural. Le dio dos besos. -¡Cómo hueles a alcohol! Cada vez te pareces más al abuelo.
Esa frase le hizo abrir mucho los ojos sin dejar de reír.
-Sí, sí, cada vez se parece más al papá- añadió su madre con cierto reproche por haber perdido el contacto con él.
-Abuela, enséñanos una foto del abuelo- dijeron las gemelas (hijas ilegítimas de su hermano, puesto que era impotente y él se había negado a donar su semen creando un conflicto familiar). -Es igual- dijo la de las coletas con los lazos rosas. -Qué feo- añadió la de los lazos azules.
Y él a carcajada limpia y casi retorciéndose de dolor se acercó a la cocina para abrirse una cerveza que bebió de un trago. A la vuelta le dijo a su hermano que le sirviese una copa de vino:
-Hermano, ponme una copa de vino, o mejor, ponme una cazalla de esas que toma la abuela.
-¡Que yo no bebo cazalla!, son de cuando vivía el abuelo.
Se encontraba en un punto de no retorno; en cuanto decían algo comenzaba a reír. Le dolía tanto la mandíbula que tenía que sujetarla con la mano realizando un ligero masaje con los dedos índice y pulgar.
-Todos a la mesa, el pavo ya está listo- gritó desde la cocina la tía-abuela Remedios.
Decidió sentarse junto a su cuñada ya que aunque pensaba que era idiota estaba muy buena. Como siempre llevaba una minifalda muy corta que hacía que desviase constantemente la mirada a su entrepierna. Su hermano se daba cuenta de ello y eso le daba más satisfacción. Pensó que ese debía ser el año en el que se decidiría a meterle mano, seguro que ella, por cortesía, no diría nada. Una vez estuvieron todos sentados, la abuela cogió la mesa y la acercó a su silla de un tirón haciendo que la mitad de las copas cayesen al suelo. ¡Abuela! Dijeron todos al unísono mientras las gemelas reían y él aprovechaba para rellenarse la copa hasta los bordes con licor.
-¿Qué ha hecho mi hermana? Hacedme sitio que voy con el pavo.
Su hermano propinó un bofetón a cada una de las gemelas por haberse reído de  la abuela y éstas huyeron despavoridas hacia el pasillo tropezando con la tía-abuela Remedios que andaba sin la ayuda del bastón, puesto que necesitaba las dos manos para portar la bandeja con el pavo humeante. El pavo cayó al suelo, la tía-abuela sobre él y enseguida se oyeron sus gritos:
-Mi cadera, estas estúpidas niñas me han vuelto a romper la cadera. Sabía que no tenía que venir.
Intentaron levantarla, pero sus gritos de dolor les hicieron desistir.
-Podrías ayudarnos, en lugar de beber tanto- dijo su hermano mirando hacia el suelo.
Al escucharle se atragantó con el licor, puesto que su frase le provocó una carcajada en el justo momento en el que estaba tragando.
Su hermano ordenó a las gemelas que permaneciesen al lado de la tía-abuela (adinerada viuda sin descendencia) mientras él llamaba a urgencias. Éstas comenzaron a picotear trozos de pavo que asomaban por debajo de la tía-abuela Remedios. La abuela, harta de su falta de protagonismo y viendo que las niñas estaban comiendo, exigió a su cuñada que le sirviese su ración de pavo. Aprovechando su desconcierto le metió mano buscando con los dedos la textura de sus bragas. Se levantó indignada pegándole un bofetón. Su hermano se acercó a ellos con cara de odio y cuando pensaba que le iba a dar otro bofetón comenzó a chillarle a su mujer:
-¡Eres una puta!, siempre con esas faldas para provocar a depravados como éste.
-Y tú eres un imbécil, no te aguanto ni un minuto más. ¡Que sepas que estoy embarazada!- contestó ella mientras cogía el bolso y la chaqueta y abandonaba la casa de la abuela.
Cuando llegaron los del Samur ya había acabado con la botella de cazalla, se encontraba muy mareado y cansado de reír. Los dos camilleros subieron a la tía-abuela Remedios a la camilla mientras ella insultaba a toda la familia:
-¡Hijos de puta! No vais a heredar nada. Sois unos hijos de puta.
Una carcajada repentina, más fuerte que todas las anteriores provocó el peor de los desenlaces: comenzó a vomitar sobre el mantel de seda bordado por su propia abuela, poniéndolo todo perdido. Cuando pudo parar de reír y de vomitar se limpió la boca con una servilleta a juego con el mantel y se despidió hasta el año próximo convencido de que esas serían sus mejores Navidades.

2 comentarios:

  1. Hola, soy Lluís Llurba, nos hemos conocido en el Facebook, me ha gustado tu escrito.

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  2. Gracias Lluís, me alegra que haya sido así. Un abrazo

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