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jueves, 12 de septiembre de 2013

Mírame!




Mírame, ¿crees que soy normal? Sus manos resecas más que acariciar arañaban mi piel; eran una lija que exfoliaba las zonas más viejas y erosionadas del cuerpo. Qué es ser normal- me preguntaba mientras levantaba tímidamente la cabeza para descubrir que su cuerpo ya no era el que yo recordaba. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos juntos. Aquel día, el que nos despedimos, no dejé de mirarle ni un segundo, grabé cada centímetro de su geometría para no olvidar. De qué me sirvió si ahora quien estaba delante de mí únicamente me provocaba asco. Me obligaba a tener los ojos abiertos repitiendo que le mirase. Sonreía. Sus dientes se habían ennegrecido y mostraban algún que otro hueco que no hacía sino que fortalecer la aversión que sentía hacia él.

Quería decirle que dejara de hacerlo, sonreír, y que no me tocase, pero siempre me he definido por mis actos cobardes. Sus manos recorrieron  mi abdomen para posarse en la entrepierna. Qué haces -logré balbucear- deberíamos hacer lo que hemos venido a hacer. En otro tiempo te gustaba -contestó. Con mis dedos índice y pulgar presioné los ojos como queriendo incrustarlos en la masa cerebral, como si de esa forma pudiese evitar recordar. Recordar. Me había costado muchos años salir de la habitación oscura que era mi vida como para que ahora una simple caricia me devolviese al punto de partida. Apreté con más fuerza unos párpados empeñados en proteger la cornea, la pupila, el iris. No me hubiera importado no ver nunca más si con eso hubiese evitado presenciar su cara. Sus dedos, como en el pasado, comenzaron a recorrerme con demasiada meticulosidad. No debí acudir. Por alguna extraña razón sólo se me ocurrió decirle que no era el momento, como dándole esperanzas a un encuentro posterior. La sala fue llenándose poco a poco. Todos se acercaban para hablar un momento con nosotros y luego se sentaban lo más alejados posible, como no queriendo ser cómplices. Su mano se limitaba, entonces, a acariciar la mía. Necesito ir al baño -logré escupir empujando las palabras con una lengua de trapo que parecía adormecida y tan seca como sus manos. ¿Volverás? -preguntó cuando vio que se cerraba la puerta de la sala. Una vez en el baño, mirándome en el espejo, rompí a llorar; no lo hacía por mi madre que reposaba dentro del ataúd más barato que él pudo encontrar, ella no merecía ninguna de esas lágrimas. Tampoco lo hacía por él. Quizá lo hacía por los años perdidos, por la culpabilidad, por una infancia rasgada, por tantas cosas… No tendría que haber vuelto, hubiese sido mejor. Sabía que me encontraría con él y también que él intentaría retenerme, pero fue su mano la que me hizo volver, esa mano que nunca me respetó, esa mano que castigó mi cuerpo tanto como mi cabeza, esa mano que mientras era cortada con el cuchillo de cocina todavía intentaba violarme. Me senté a su lado y tuve que esperar poco tiempo hasta que depositó esa asquerosa mano sobre mis piernas, yo me había vestido con una minifalda muy corta de lana negra, la cogí cuidadosamente y saqué el enorme cuchillo del bolso. La sangre comenzó a salpicarlo todo. Los familiares y amigos que habían venido al tanatorio se quedaron paralizados en sus sillas. No abrieron la boca, ni gritaron, ni intentaron detenerme aunque solo fuera con un  gesto. Arrojé su mano en el rostro de mi madre dándole una última bofetada, cerré la tapa y abandoné la habitación

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