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sábado, 31 de agosto de 2013

Ahora me lo contarás todo




-Ahora me lo contarás todo, ¿no es así, Cipriano?
La pequeña habitación estaba en penumbra, Cipriano permanecía mudo sentado en una de las dos sillas que habían sido dispuestas para la ocasión y yo no encontraba la forma de acceder a él. Decidí echar el resto y jugármela; si continuaba con las esposas marcando sus finas y traslucidas muñecas no iba a conseguir que se sintiese confiado. Fue por eso que pensé en eliminar ese obstáculo. Apreté el botón que tenía debajo de la mesa e instantáneamente dos agentes se presentaron en la sala atravesando la puerta acorazada.
-Retiren las esposas- fue mi escueto mensaje.
-No podemos- respondió el más fuerte y alto de los dos.
-Claro que puede. Es más, usted debe hacer lo que yo le ordene, incluso desnudarse delante de nosotros si a mí me apetece ver a un ridículo funcionario en pelotas.
Así fue como Cipriano y yo nos encontramos cara a cara sin nada que nos impidiese relacionarnos. En el mismo instante que se escuchó el sonido quedo de la puerta cerrándose a sus espaldas dijo:
-Bien, doctor, veo que usted y yo vamos a entendernos. Ve como no era tan difícil dar con la clave. No había ninguna necesidad de que yo se lo dijese, usted es una persona inteligente, ¿no es así? Seguro que fue el número uno de su promoción.
Sentí el impulso de contestarle que era yo quien debía hacer las preguntas, pero tenía miedo de perder a Cipriano una vez que lo había rescatado. Además no estaba dispuesto a estrellarme en este caso ya que podía representar mi reconocimiento internacional debido a la repercusión que estaba teniendo en los medios de todo el mundo.
-Bien, Cipriano, ¿vas a contarme, ahora, por qué cometiste los asesinatos?
-¿Asesinatos? Todo a su tiempo doctor.
-Esa gente confiaba en ti…
-Usted también debe hacerlo. Ese será nuestro punto de partida.
La desconfianza y el asco que me producía Cipriano sólo eran superados por el ansía de resolver el caso. No existía ninguna prueba que le relacionase con la docena de cuerpos que ya habían aparecido mutilados y enterrados en Hyde Park. Tan solo la alerta de un vecino, que aseguraba que ese joven extranjero con barba yihadista había sido visto en compañía de las victimas que la televisión no se cansaba de mostrar con la esperanza de que alguien diese una pista fiable, relacionaba a Cipriano con los cuerpos medio descompuestos. El análisis forense mostraba pocos resultados, únicamente confirmaba lo escabroso de los asesinatos y la práctica, casi quirúrgica, de las amputaciones. Cipriano era invisible, tan solo se sabía que le expulsaron de la facultad de medicina de la Universidad Complutense de Madrid por algo que todavía no habían podido averiguar (no era tan fácil acceder a los archivos policiales de otro país). Que yo hubiese ayudado a la policía nacional a resolver varios casos con mutilaciones era la razón por la que habían solicitado mi ayuda; eso y que pensaran que Cipriano sólo se sinceraría con alguien de su misma nacionalidad.
-¿A qué te refieres con eso de que debo confiar en ti? Eres tú el que debe hacerlo. Soy tu única posibilidad de redención, Cipriano.
-¿Redención? Qué me está diciendo, doctor, Acaso se cree usted Dios. ¿Cree que, porque llevo estas barbas, abrazo al Corán más de lo que lo hago con el catolicismo, o el budismo, o el calvinismo, o el shintoismo, o el taoísmo, o, incluso, el zoroastrismo?
-Doctor, ¿cómo se llama usted?- dijo, y antes de que pudiera contestarle continuó -le voy a confesar que me alegra que se hayan tomado la molestia de buscarle. Usted y yo compartimos mucho más que el nombre. Los dos sabemos que no hay ninguna prueba incriminatoria y en este momento ya debe intuir que le será muy difícil encontrar nada. Yo también hubiese sido el número uno de mi promoción. Me gustaría mostrarle el dibujo que hice anoche, pero me lo requisaron; estoy convencido de que se lo mostrarán más tarde, pero voy a describírselo. Se trataba de una mujer embarazada, de su vientre desgarrado sale un dragón que tiene la boca abierta, mostrando sus colmillos, sus muelas y largos filamentos de saliva colgando por cada jirón de piel del cráneo destrozado de esa misma mujer, que, a la postre, es su madre. El amor de un hijo por su madre es caníbal. Usted, ¿no lo cree así? Me imagino que ya se habrá informado de que yo no tuve madre y que mi madrastra murió en un accidente cuando yo tenía sólo once años. Se preguntará si realmente fue un accidente, ¿verdad? Las investigaciones concluyeron que así fue; entonces, así fue.
Quería interrumpir su monólogo porque sabía que no conduciría a ninguna conclusión (estaba jugando conmigo), pero su gesto ordenaba que permaneciese a la escucha.
-¿Dónde estudió usted, doctor? Puesto que, finalmente, lo averiguará le voy a contar por qué me expulsaron de la facultad. Le gustará. Es tan simple como incomprensible. Pese a ser el número uno los dos primeros años de carrera, los profesores nunca me tuvieron cariño, les debía parecer mejor que ellos. En tercero me las ingenié para quedarme escondido en la sala de anatomía. Por la noche provisto de escalpelos, fórceps, retractores, escofinas, sierra y trócares descuarticé los tres cadáveres de indigentes con los que se había hecho la facultad. No me lo perdonaron. Fue una obra de arte, doctor. Debería haberlo visto; una verdadera obra de arte.
Nadie me lo dijo, pero yo pensaba que la policía inglesa nos vigilaba desde los paneles acristalados, o desde los monitores que enviaban las imágenes capturadas por las tres cámaras del techo.
Cipriano comenzó a hacer sonidos guturales, como si fuese a vomitar. Me acerqué a él para ayudarle, parecía que se estaba ahogando. Se cogía la cara como si quisiese arrancarse los labios. Pensé que se trataba de un ataque epiléptico. Introduje los dedos en su boca para evitar que se ahogase con la lengua, y, sin llegar a percibir la humedad de ese órgano carnoso, sus dientes seccionaron mis dedos índice y pulgar. Antes de poder dar un grito que alertase a los vigilantes noté cómo el frío acero de un escalpelo se introducía en el cuello hasta chocar con el hueso de un anillo cervical atravesándolo como si fuese de corcho. Mis ojos permanecían fijos viendo la sangre de su boca. Los incisivos superiores presionaban audiblemente contra los inferiores mientras los músculos flexores del antebrazo temblaban por la tensión marcándose cada vez más. Mi cabeza se elevó y fue depositada en la mesa, por lo que pude ver cómo el cuerpo permanecía en el suelo inmóvil, quizá un ligero temblor de los dedos del pie derecho. Cipriano se colocó con parsimonia sobre mi cuerpo y comenzó a desarticularlo. La puerta se abrió a mi espalda (el cogote, en este caso). Pude mover los ojos lo justo para observar cómo detenían su sangrienta obra de arte. Lo justo para comprobar la eficacia de mi silencio para resolver un caso realmente complicado.

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