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sábado, 26 de mayo de 2012

Asesinato en el DankeBank

La sensación de mareo y las nauseas con las que me levanté no eran producto de la casualidad. De lo que ocurriese en esa cita dependía mi empresa, mi familia y hasta yo mismo. Se lo debía a mi padre. No podía dejar que el negocio familiar, ése que durante tres generaciones fabricando muñecas de porcelana nos había permitido vivir tan bien, desapareciese de la noche a la mañana. Y con él mi mujer. Ella no aceptaría un recorte en los fondos de su tarjeta. Me di una ducha rápida con agua fría para quitarme la pesadez de la mañana. Me vestí con el mejor de mis trajes, cogí la maleta repleta de papeles inútiles y me dirigí con la cabeza escondida entre mis hombros hasta el DankeBank de la esquina. Constantemente pasaba las palmas de las manos por la chaqueta para intentar limpiar el sudor que manaba descontroladamente por todo mi cuerpo. Pensé que, al igual que Gregorio Samsa, había comenzado el proceso de cambio. Sabía que no podría evitar traspasarle al director parte de mi inseguridad con cada molécula de esa agua contaminada. Me sentí sucio. Los bancos habían ocupado todos los edificios antiguos de la ciudad, así que estar bajo las majestuosas puertas acristaladas del DankeBank me transportó a otra época en la que la limpieza importaba menos. Me senté frente al despacho del director, junto a otros dos hombres trajeados. Los dos de oscuro. Cada uno con su particular estilo. Hablaban entre susurros, pero mi oído era lo suficientemente fino como para no hacer falta que acercase la oreja a ellos. Me quería quitar la chaqueta, pero al echar un vistazo a la camisa desistí inmediatamente. ¿Era cierto lo que estaba escuchando? No quería creerlo. ¿Cómo podían estar hablando de cometer un asesinato con semejante indolencia? Presté más atención de la que hubiese querido. Comentaban cada uno de los detalles sin justificar las razones que les empujaban a perpetrar esa acción. Hablaban de la víctima (porque ya lo era) en pasado y femenino. Sólo podía tratarse de la mujer (o amante) de uno de ellos. Eso lo tenía claro.
La secretaria del director me hizo pasar justo en el momento que iba a averiguar los detalles más relevantes, esos que me podían convertir en  inesperado héroe.
El señor Vila me recibió con una sonrisa. Inmediatamente pensé que eso era bueno y olvidé las palabras que había escuchado fuera. Lo más importante era dar una solución a mis problemas económicos.
Sí Sr. Vila, ya lo sé Sr. Vila, se lo agradezco Sr. Vila, no faltaba más Sr. Vila. El pulso se me aceleró hasta el punto de hacerme creer que iba a ser víctima de un infarto. Lo sorprendente era que me concedían el crédito esa misma mañana, sin necesidad de firmar en ningún otro lugar. Me extrañó que el director me dijese que si disponía de media hora me llevaría el dinero en ese mismo momento. ¿Trescientos mil euros no es mucho?- le pregunté. Qué va, para nosotros no- me respondió, a la vez que llamaba a la secretaria para indicarle que comenzase el procedimiento de apertura de la caja fuerte. ¿Quiere un café mientras esperamos?- me dijo dándome unas palmadas en la espalda que sonaron demasiado porque ya estaba totalmente empapado. Fueron los treinta minutos más angustiosos de mi vida. Todo me resultaba muy extraño, pero nada comparado con la sugerencia del director para que le acompañase a la cámara acorazada. Una vez allí abrió la descomunal puerta de metal sin esconder una sonrisa ladina y sacó una bolsa de la que cogió unos cuantos fajos de billetes. Aquí lo tenemos- dijo. Cuéntelo. Me pareció que era una broma, pero repitió la frase con nerviosismo, por lo que los cogí y me dispuse a contar aunque no sabía muy bien cómo hacerlo sin que me llevase toda la mañana. Al retirar la cinta que abrazaba el primer paquete me llevé una desagradable sorpresa. En lugar de la imagen del Rey había un elefante con corona. Revisé cada uno de los paquetes y todos eran iguales. Él me observaba asintiendo con orgullo. Está loco, pensé. Debía salir de allí cuanto antes. Todo bien- le dije mientras me dirigía hacia la puerta. Se deja el dinero- balbuceó chapoteando con sus manos sobre mi espalda. Cogí la bolsa y salí, prácticamente, corriendo. Los dos hombres trajeados seguían allí, ultimando su macabro plan. Me senté junto a ellos dispuesto a desbaratarlo. Los observé con atención. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? El más alto, el que parecía que llevaba la voz cantante, iba uniformado. Coronel del ejército de tierra, aún recordaba las graduaciones. El otro, enjuto y con gesto maligno, se encontraba envainado en una funda negra que le llegaba hasta los pies. Apoyé la cabeza sobre mis manos, dispuesto a escuchar el final de la conversación:
-Tenemos claro que debe ser esta noche.
-Sí, esta noche- confirmó el de la sotana.
-No debemos dejar ninguna pista. Las borraremos todas. Y lo más importante: nos debemos deshacer del cadáver. ¿Está todo claro?
-Sí, lo haremos conforme lo hemos planeado. En poco tiempo nadie echará de menos a la Democracia.


2 comentarios:

  1. Me ha gustado, pero sobre todo me ha encantado el título!

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    1. Gracias Edu,es un placer que a uno le lean, tú ya lo sabes. Sigo trabajando en mi mezcla cosmicoclasica. Nos vemos esta tarde

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