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viernes, 25 de marzo de 2016

Der Kleck

Cambiar la historia me resultará fácil, es por eso que he decidido hacerlo. Y por esta misma razón no me he levantado. El despertador ha sonado insistentemente, pero he permanecido tumbado sobre el colchón de látex con textura de gominola.
Cada día de mi aburrida vida, hasta hoy, he hecho lo mismo al sonar la alarma. Me he levantado sabiendo de la inutilidad de este acto, avanzando por los raíles marcados para tal fin. No elegí ser fordiano ¡oh my brave new world!
Tampoco atenderé el teléfono cuando llamen del colegio de los niños para averiguar por qué razón no he ido a recogerlos, ni lo haré cuando la llamada sea de mi ex-mujer en busca de una explicación que ya no me corresponde darle. A partir del cuarto intento lo hará con duda. No será hasta el décimo intento de llamada cuando se sentirá desconcertada y culpable. Sí, culpable por todo lo que me hizo. Trasladará su nerviosismo a los niños, descargará en ellos su culpabilidad. Yo no me inmutaré. Todo el mundo debería haberse dado cuenta de que esto iba a ocurrir. Mi cansancio es la acumulación de muchos silencios, la cobardía del náufrago cuando divisa a lo lejos el humo de un barco y decide permanecer inmóvil para que su soledad no sea invadida. En ese momento la isla le pertenece y también todo lo que hay en ella.
Observaré la mancha del techo imaginando todos los monstruos que no han dejado de visitarme. Pintaré esas manchas en mis uñas para tenerlas más cerca.
Decidiré no abrir la puerta cuando suene el timbre. Desoiré las voces llorosas de mis hijos, será un acto de coherencia. A su madre le costará tomar la decisión de llamar a un cerrajero, sigue creyendo que mi intimidad le pertenece, para entonces todo habrá acabado. No puedo contribuir por más tiempo a esta farsa en la que se ha convertido mi vida. Me niego a fingir una felicidad que nunca ha existido. Mientras tanto las manchas irán cubriendo el aspecto nacarado de las uñas homogeneizando su unicidad frente al resto. Dispongo de pocas horas, quizá un día. Es posible que sea mañana temprano cuando escuche el sonido metálico de las herramientas del cerrajero escarbando en mi intimidad. Ella guiará sus pasos asustada. Hasta que llegue ese momento solo puedo esperar, prepararme para el encuentro. La imagen que se encuentre le acompañará durante mucho tiempo, por eso he de preocuparme de que la belleza esté por encima de la crueldad. Me resultaría muy fácil acabar ya, pero eso lo único que demostraría es mi falta de gusto y mi egoísmo. Egoísmo, digo. Resultará difícil eliminarlo de sus pensamientos. Un acto de estas características es sencillo que sea etiquetado como egoísta, sin embargo ¿tengo que preocuparme de lo que digan de mí?
Afuera debe estar nublado puesto que la habitación permanece en penumbra. Hubiese escogido un día como este de haber tenido la opción.
Necesito hablar. Conversaré con las sombras que se forman en la pared y con las manchas de las uñas y con las chaquetas colgadas del perchero y con el batín que mi madre me regaló el año pasado y con la toalla que uso para secarme y que huele a moho. Lo haré en voz alta y sin esperar respuesta. Escribiré cada una de las palabras del monólogo con un lápiz de madera reforestada, el mismo que ella me trajo de Chile. Siempre escribo con pluma, pero en esta ocasión lo haré con ese lápiz; tenía una tarea reservada para él desde el día que me lo regalaste anunciándome a la vez que todo se había acabado, desde antes incluso de saber que no era feliz contigo.

No es sencillo elegir el momento adecuado cuando se lleva tanto tiempo esperando. Permanecer despierto durante el día no será difícil puesto que estoy acostumbrado a hacerlo.
Estoy prácticamente convencido de que únicamente permaneciendo sobre la cama el devenir de los acontecimientos se producirá exactamente de la misma forma que los imagino. Así que solo tengo que imaginar la forma que debo darle a este final, sin adornos, sin excentricidades. Imaginar me resulta sencillo, siempre fue así, aunque en este momento no consigo dominar mis pensamientos. ¿Hasta qué punto puedo, entonces, guiar mis sueños; o estos fluyen de manera espontánea, eso sí, influenciados por las características del entorno? Observando nuevamente las manos parezco estar realizando un test de Rorschach —diez manchas sobre diez uñas— que desvele mi personalidad enferma, esa que solo puede imaginar la muerte de Rorschach en Herisau, el mismo lugar que posteriormente eligió Robert Walser para hacerlo. Ambos convivieron cercanamente con la pintura, con la mancha —kleck–. Tengo el presentimiento de que Walser también imaginó su final blanco sobre la nieve de Herisau; su caligrafía se fue miniaturizando hasta desvanecerse sobre la blancura nívea del papel. Salió a pasear un 25 de diciembre en busca de esa mancha que ya no era capaz de encontrar más que en su mente.

También a mí me han desaparecido las manchas borradas por un pensamiento cetónico. Debo preparar el cubículo mortuorio con inmaculada delicadeza. Eliminar cualquier resto orgánico que pueda manchar el continente. Elegir las sábanas blancas de mi abuela y renunciar a cualquier ropa que cubriéndome pueda dejar un rastro de contaminación.
Sé que todo ocurrirá a las diez de la mañana, después de que haya dejado a los niños en el colegio.
A estas horas ya se intuye que algo no anda bien, el enmudecimiento del teléfono así lo indica.

La noche se ha encargado de limpiar las paredes, eliminar las sombras, hacer desaparecer las dudas infinitas. Intuyo que tengo la capacidad para elegir el momento adecuado, el preciso instante en el que deba producirse el acontecimiento —al igual que antes que yo hizo mi abuelo—. Comprendo, justo ahora, que ha sido necesario llegar a este punto para poder sentir la felicidad, para comprender que cuando me aventuré a decir que nunca había sido feliz estaba en lo cierto. Sé, ahora, que la nieve de Walser —carente de mancha— es la constatación de una metáfora de la luminosidad que se quiere ver al final. Observó cómo esa luz, filtrándose por las ranuras simétricas de la ventana, tiñe de todos los colores superpuestos aquello que va tocando. Entiendo que esta es la señal, que en un instante me atravesará como un meteorito vibrando a alta frecuencia, destruyendo cualquier resto de vida a su paso. Sin embargo son las ondas sonoras del timbre las que me perforan, y el sonido de unos zapatos de seguridad. Y la voz de ella sin dejar de hablar al cerrajero, su chillido al entrar en la habitación y descubrir que un insoportable hedor a acetona acompaña esa imagen manchada de felicidad que nunca podrá olvidar.

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