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jueves, 9 de junio de 2016

Cuando entré en el bar


Cuando entré en el bar noté como todos los que se encontraban metidos en ese tugurio oscuro dejaban de hablar para observar esa persona extraña que no conocían. Me siguieron con la mirada hasta que llegué a la barra y permanecieron en silencio hasta que me oyeron pedir un whisky. Entonces siguieron a lo suyo, cada uno a su copa y su conversación. Me acabé de un trago el contenido del vaso y, aunque me pareció el destilado más asqueroso que jamás hubiese probado, le hice un gesto al camarero para que lo rellenase. Había vuelto a discutir con Héctor. Salí de casa dando un portazo. No tenía intención de volver allí.
Apuré el segundo trago y llamé al camarero haciéndole un gesto para que volviese con la botella. El hombre de mediana edad se acercó con desgana y dejó la botella sobre la barra para que fuese yo quien se sirviese. Justo a mi lado un viejo que olía a cloroformo me sonreía con descaro. Nadie parecía darse cuenta de su presencia. Le invité a una copa pensando que de esa forma me dejaría en paz. Sin embargo acercó su taburete al mío y comenzó a hablar.
Yo soy escritor, escribo estos pequeños relatos, dijo mientras sacaba de una bolsa de plástico transparente unos papeles arrugados. Te lo regalo.
No estaba de humor para seguir su conversación.
Él insistió con su sonrisa en damero que dejaba escapar el hedor de sus encías piorreicas.
Me quedé uno de los papeles y lo puse junto a la botella. Llené el vaso y comencé a leer las letras escritas a máquina de ese folio sucio. El viejo no dejaba de observarme, quizá buscaba mi opinión, pero yo no estaba para hablar con nadie. ¿Quién te ha hecho eso?, preguntó acercando su vaso vacío. Lo llenó hasta el borde y, sin derramar una gota, bebió el contenido a pequeños sorbos. Cuando escuché, con retraso, su pregunta, sentí el dolor de mi ojo y fui consciente de que no veía nada con él. El hinchazón debía ser bastante grande.
Seguí leyendo la hoja. «María no estaba dispuesta a aguantar ninguna agresión más. Cuando llegaba tarde del trabajo discutían y él había comenzado a dejar escapar la ira y los celos a través de sus puños. La primera vez que María recibió un puñetazo sintió que su vida se derrumbaba; se sintió culpable e incluso le pidió perdón. Él se marchó de casa y apareció después de dos días».
¿Le gusta?, preguntó nuevamente mientras volvía a coger la botella para llenar su vaso y hacer lo mismo con el mío. Las escribí hace mucho tiempo. Si ese no le gusta puedo escribir otro, añadió.
Le contesté que estaba bien así y después de dar un trago largo seguí leyendo. «Ese día todo iba a ser distinto. Cuando él levantó la mano para asestarle el segundo golpe, María apretó el gatillo una vez. Notó como todo se detenía; volvió a apretarlo una vez más, y otra. Él salió rebotado hacia atrás y cayó en el suelo. En pocos segundos un charco de sangre le rodeaba. María se marchó dando un portazo. Camino durante media hora con el arma en la mano hasta que recuperó el aliento. Se dio cuenta que la gente se apartaba a su paso. Entró en el primer bar que vio. El ambiente era sucio, los parroquianos parecían despojos y notó como todos los que se encontraban metidos en ese tugurio oscuro dejaban de hablar para observar esa persona extraña que no conocían. La siguieron con la mirada hasta que llegó a la barra y permanecieron en silencio hasta que la oyeron pedir un whisky. María dejó la pistola sobre la barra. Entonces siguieron a lo suyo, cada uno a su copa y su conversación. El camarero le sirvió sin decir nada.»
¿Otro trago?, parece que le está gustando.
En la calle sonaban sirenas.
Pero lea, lea.
Me palpitaban la sienes, el dolor era cada vez más intenso y comenzaban a mostrarse las imágenes de Héctor con mayor nitidez. El viejo hablaba sin parar contándome con precisión quirúrgica un resumen de su vida. El final estaba cerca, su hígado había dicho basta, pero él no pensaba arrastrase por las camas de un hospital. Mientras me llenaba el vaso señaló con el dedo el texto para que siguiera leyendo.
«El camarero dejó la botella a su lado y un viejo harapiento con un olor del demonio se acercó a María para ofrecerle unos pequeños relatos que él mismo escribía. A cambio de un trago y algo de conversación el viejo le entregó una hoja sucia escrita a máquina. María leía las borrosas palabras cada vez con más atención. La policía había seguido su rastro alertada por los viandantes. Sonaron sirenas en el exterior de bar y dos policías nacionales entraron acercándose a la barra. Se disponían a detener a María por presunto homicidio…»

El viejo saltó del taburete con energía juvenil, se puso frente a los policías cogiendo el arma, que todavía estaba sobre la barra, y dijo: Yo maté a Héctor, se lo merecía. Accionó el gatillo y su propia sangre saltó salpicando la cara de los dos agentes.

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