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martes, 15 de octubre de 2013

Milagro



El columpio iba y venía emitiendo un sonido quejumbroso. Iba y venía, iba y venía; algo así como grñic. Jesús, sentado en él, disfrutaba del balanceo, recordando, a buen seguro, cuando le dormía en mis brazos, meciéndolo con cuidado como si fuese una frágil muñeca de porcelana alemana. Con mucho cuidado, yendo y viniendo.
Se hubiese dormido de no ser por la aparición de una ardilla gigante, de dos metros, deforme, como si se tratase de una inclusión surrealista. No era así, más bien se trataba de un apunte publicitario. Una ardilla que repartía dípticos que anunciaban una clínica odontológica. La ardilla, con mirada esquizofrénica de plástico, se acercaba a mi hijo, a Jesús, y Él la miraba con los mismos ojos que deben ponerse ante una aparición mariana. Difícil definir esa mirada. Una mirada de asombro, ingenuidad, sorpresa, miedo, angustia, incredulidad y, también, deseo. El enorme peluche, nada más ver esos ojos, comprendió qué estaba pensando el niño Jesús y únicamente deseaba complacerle. El roedor estaba dispuesto a hacer todo lo que el niño quisiese. El columpio seguía acercándose a la ardilla y alejándose con una cadencia contagiosa. Ésta estaba siendo poseída, en ese humilladero improvisado, por las metafóricas idas y venidas. Las bolas de metacrilato incrustadas en sus cuencas de lana se dieron la vuelta –quedándose en blanco- al mismo tiempo que una ráfaga de viento hacía volar sobre ellos los dípticos coloreados como aviones de confeti o fuegos de artificio. El columpio cada vez más alto; Jesús se elevaba, empujado por una fuerza sobrenatural, hasta los cielos, para luego descender  nuevamente hasta la tierra, al lado de la ardilla, la descomunal ardilla.

2 comentarios:

  1. Si al final tenía que ser así, que nuestros sueños se acaben haciendo realidad gracias a la ardilla de la publicidad...
    Un saludo,

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  2. Sí, Carmen, la publicidad más allá de la propia realidad, incluso superándola. Un abrazo y gracias por el comentario.

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