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viernes, 22 de junio de 2012

Tres por dos

Sentía que mi vida se había convertido en un reloj de arena, cada grano se me escurría entre los dedos sin que pudiese hacer nada por retenerlos. Encontré una solución que me pareció satisfactoria, qué digo satisfactoria, me pareció brillante. Sólo a la altura de una mente que sobresalía por encima del resto. Yo era bueno en mi profesión, muy bueno, pero con la manida crisis hasta en mi despacho se había notado la falta de clientes. Y uno tiene sus gastos. Nunca he perdido un caso. Los juicios eran para mí un juego en el que desplegaba todas mis dotes persuasivas. El brillo me acompañaba allá donde iba, igual que la magia. En aquella época me había metido en muchos gastos, así que necesitaba aumentar mi cartera. Se me ocurrió ofrecer un 3X2. El cliente me presentaba dos casos y yo me comprometía no sólo a ganarlos sino que le regalaba un tercer caso. En la calle había suficientes abusos como para que a cualquiera se le ocurrieran una docena de posibles demandas.
Cuando la secretaria le hizo pasar a mi despacho debería haberme dado cuenta. Ese bigote a lo Lech Walesa, las sandalias de plástico con calcetines blancos de hilo y sobre todo unas bermudas ajustadas que no le abrochaban por lo que necesitaba unos tirantes para que éstas no le  apareciesen, en cualquier momento, por debajo de las rodillas, eran suficientes indicios para despedirlo educadamente. Quería denunciar a su comunidad de vecinos por un uso abusivo del ascensor y también  a su hijo por no pasarle una pensión que él creía merecida. No pintaba bien, pero los mil euros que depositó sobre la mesa me hicieron acceder al instante. No quería aceptar el regalo. Nada de 3X2, él no necesitaba favores, sólo quería lo que era justo. Finalmente quedamos en volver a hablarlo cuando acabasen los dos procesos. No me llevó mucho tiempo convencerle de que seguro que encontraba por algún lado una causa que fuese susceptible de ser denunciada. Me dijo que se lo pensaría y ya me contestaría en cuanto lo hubiese decidido. Cuando ya me había olvidado de él, volvió a presentarse en la oficina. Se lo había pensado y finalmente había decidido hacer uso de la oferta. Tenía un caso, pero no sabia si yo podría aceptarlo. Claro- le contesté. Puedo aceptarlo todo, ¿usted qué se cree? Le animé a que me lo explicase, pero cuando me dijo que quería denunciarme a mí, no me lo podía creer. Al principio reí pensando que sería una broma. Él contestó: no se lo tome a broma, lo tengo todo estudiado, no podemos perder. A qué se refería con lo de "no podemos perder". Si yo  ganaba el caso, también  saldría perdiendo. En ocasiones un letrado había tenido que defenderse a sí mismo, pero que el acusado y el abogado fuesen la misma persona no lo había oído nunca. Yo me acusaría mientras que mi mejor amigo seria el encargado de defenderme. Dónde me había metido. Cómo me había dejado enredar, de semejante manera, por ese energúmeno. Conocía muchos secretos del acusado, demasiadas trampas que, a veces, superaban la legalidad, pero el exceso de celo profesional me iba obligando a desvelarlo todo frente al juez. Formulaba las preguntas con un dedo acusador señalando el hueco que minutos más tarde ocuparía yo mismo sin saber qué contestar. El juez asistía a esa obra teatral con extrañeza. El abogado defensor no sabía qué decir. Yo mismo lo había desarmado. Estaba acostumbrado a ser tan efectivo que mi propio derrumbe me hizo sonreír, con altanería, por un triunfo que ya veía cerca. El tres por dos me llevó a esta celda, pero cada vez que mi querido amigo viene a visitarme le recuerdo que nunca en la vida he perdido un caso y eso es algo que él no puede decir.

domingo, 17 de junio de 2012

Yo. Rosa. rio.

A lo lejos se divisaba el Mas dels sants, la mula hacía un buen rato que se negaba a caminar y sólo a golpe de vara y grito movía sus patas. Al andar levantaba el polvo del camino que se metía en mis pulmones haciéndome toser constantemente. No dejaba de pensar en la vuelta que nos esperaba con el sol en lo alto. Quizá sería mejor aguardar a que atardeciese, aunque eso supusiese llegar al pueblo cuando hubiese anochecido. Me estaban esperando con el cerdo preparado, encerrado en la cerca. Una soga, anudada a sus patas, le inmovilizaba.  Junto a la puerta una improvisada hoguera, sobre la que había un caldero, mantenía el agua hirviendo. Bajé de la mula y, después de saludar escuetamente, puse mis herramientas en el caldero. La mujer me sacó un café recalentado al cual le quedaba poco sabor y se alejó de la cerca junto a la que se encontraban los hombres de la casa. El mayor de sus dos hijos me animó a que empezásemos porque tenía que sacar a las ovejas. Todos los días lo mismo, siempre les parecía que podía haber llegado antes. Yo nunca contestaba y en esa ocasión tampoco lo hice. Las masías quedaban lejos del pueblo y debía madrugar para ser el primero en llegar. Di el último sorbo de café y dejé la taza metálica sobre la cerca. Cogí unas pinzas y fui capturando uno a uno todos los utensilios que iba a utilizar. El cerdo, intuyendo su destino, gruñía sin cesar. Los dos mozos se colocaron a su lado para sujetarle la cabeza. Su padre haría de ayudante. Le indiqué que estirase con fuerza los testículos del cerdo mientras yo cortaba los conductos y los anudaba. Ya estaba acabado. Hasta el próximo año no volvería a verles. El cerdo doblaría su peso y podrían sacarle más rendimiento. Me dieron lo que pudieron: dos quesos, leche, un saco de patatas, una garrafa de vino y algunos panes que tendría que esconder en las alforjas de la mula. Al abrir los ojos me quedo un poco cegado, por primera vez en mi vida me siento débil. Esta luz blanca hace que me duela más la cabeza, pero  lo prefiero. Tengo ganas de olvidarlo todo. Qué más me queda. Para qué tengo que hablar. Hay algo más que decir. Esta mujer me recuerda a Rosario. Me gusta cómo me pellizca los mofletes, y el cariño con el que me incorpora en la cama para darme la merienda. Me gustaría que se quedara siempre conmigo. Siempre. La mula me sorprendió con una alegría en su caminar que yo no le recordaba. Poco le importó que los rayos de sol nos castigasen inclementemente. De repente decidí dar media vuelta y dirigirme al Mas de la Creu, se necesitaba medio día para llegar allí porque era el más alejado del pueblo. Siempre se me adelantaba el de Tirig así que esta vez llegaría yo primero y si había algo que hacer sería para mí. Por el camino fui comiendo trozos de queso acompañados de pan. La mula se paró a beber en una charca y aproveché también para rellenarme la bota del vino. Refresqué la cabeza y me la volví a tapar con la boina. A media tarde llegaría allí, con suerte me dejarían dormir en el establo. Hacía semanas que no veían al de Tirig pese a que le esperaban para que vaciase a la cerda. Al poco rato lo tenía todo preparado para empezar. Me quité la camisa para no mancharla y girando la cara introduje la mano en el animal. Aunque me ofrecieron cenar con la familia, preferí irme al establo y seguir comiéndome el pan con un poco de vino. El queso lo guardé. Este doctor no me cae bien. Siempre las mismas preguntas y nunca una respuesta. Los médicos no me gustan. Sólo mi Rosarito, pero ella no es médico. Únicamente contestaré a sus preguntas. Aunque no soporte este dolor que se me come por dentro permaneceré en silencio. No conseguirán arrancar una palabra de mi boca. Ah!, no soporto que me apriete el abdomen. Ah! Me gustaría darle un puñetazo. Ya sé lo que tengo, no necesito un médico para esto. De poco me valió madrugar porque tuve que esperar a que se despertasen todos para marcharme. Primero lo hizo  ella y comenzó a ordeñar a las cabras y las ovejas. Yo la observé en silencio con el rabillo del ojo. De vez en cuando daba un sorbo de leche que le manchaba de blanco los labios. Era muy joven para tener un hijo de catorce años. El chaval pronto apareció por el corral para llevarse a las ovejas a pastar, antes de que saliese el sol. El último fue el tío Ernesto, él se encargaba del campo y para eso no necesitaba madrugar. Me hizo sentarme con él para desayunar. Me resultó difícil convencerle de que me pagase con dinero. Cuando le enseñé las alforjas llenas accedió, aunque no dejó de maldecir mientras se retiraba para sacar una bolsa con billetes doblados. Con ese dinero podría comprarme tabaco y vino sin que Rosario tuviese que enterarse. Le diría, como otras veces, que se había adelantado el de Tirig. A diferencia de otros días andaba yo con una sonrisa canalla producto del vino que había tomado con el estómago vacío. Pero lejos de alejarme de la bota, me la acercaba a la boca cada vez con más asiduidad. La mula había vuelto a esa cadencia perezosa que la caracterizaba. Tres pasos y una parada para saborear la hierba del camino. Rosario, me duele. Por qué te has marchado. No eras feliz en el pueblo. Ven aquí. Dame un pellizco. Dejaré el vino. No. Ya llega. ¿Ahora? Es un poco pronto. Trompo, un poco trompo. Pensé que descansar un poco bajo la sombra de esa higuera, antes de presentarme en el Mas de Bell, no me haría ningún mal. Di un último trago de vino antes de apoyarme en el tronco y cerré los ojos chupando con fuerza el cigarro apagado que llevaba en la boca. Me desperté, al poco rato, mareado. Giré la cabeza para ver a la mula. No estaba. No andaría lejos, habría ido en busca de hierba que también la refrescase. Grité su nombre a la vez que la buscaba. Una cosa era decirle a Rosario que el de Tirig se había adelantado y otra muy distinta explicarle que había perdido al equino. Corrí en dirección al pueblo. El Mas de Bell estaba de camino, allí podrían decirme si la habían visto. El caserón ya se veía a lo lejos y tanta era la velocidad que llevaba que se agrandaba rápidamente, sin apenas darle tiempo a mis ojos a que enfocasen la imagen del Mas con los rayos de sol cayéndole de lleno. No sé de dónde han salido estos cigarros. Yo no funo. No es mi tálaco. Rosario, ¿no me crees? Benjamín se fue. Fue un accidente. Yo también soy con vosotros. Ya soy, Rosario. Ya te veo. Estás allí, ahí,.., aquí. Tras así. Sí. Sagrario, ya te leo. Yo jadeaba con fuerza, el de Tirig apareció girando la esquina del establo, subido en una mula; era la mía. Eché mano al cinto buscando mi cuchillo. No estaba, lo había olvidado en la alforja, junto al queso. Seguí corriendo hacia él. En ese momento pensé que era una suerte tener una mula perezosa porque, por más que le arreara con la vara, se negaba a dejar de comer unas flores que todavía quedaban junto al camino. Cuando estaba llegando al ladrón agarré una piedra del suelo y se la lancé con todas mis ganas. Le di de lleno. Inmediatamente cayó al suelo y de la herida comenzó a borbotear sangre que manchaba las flores sobre las que estaba apoyada la cabeza. La mula no dejó de comer. Rosario se preocuparía al no verme aparecer. Me senté junto al de Tirig decidido a esperar a la guardia civil. Ya no me duele nada. Ya no. No, ya. Yo ya no. Río, Rosa. Yo, Rosario, ya. Voy. Ya soy. Soy. Es hoy. Hoy. Ya.

viernes, 8 de junio de 2012

Jeremías, mi vida

Todo marchaba bien, pero intuía que un vacío se había instaurado en su pecho, justo al lado del plexo solar. Pensé que debía abordarla antes de que todo se derrumbase. Cuando me dijo que se sentía sola me puse a temblar, no me quedé tranquilo. Decidí regalarle una mascota. Eso seguramente alejaría su instinto maternal por una buena temporada, y devolvería, de nuevo, la monótona paz en nuestro hogar. Me acerqué, ese mismo domingo, al mercado. Un perro implicaría paseos y responsabilidades. Los pajaritos me daban asco. Gatos, no eran de fiar. Los hámsters se parecían demasiado a las ratas. Así que sólo me quedaban el conejo y el pato. Abordé al vendedor con un escueto "pares o nones". Me miró con cara de extrañeza, pero al ver mi cartera llena de billetes escondió su mano derecha y eligió pares. Yo le contesté que pares sería el conejo y nones el pato. Él no entendía nada y el grupo de trileros, que había visto la abundancia con la que se desenvolvía  mi monedero, se frotaba las manos ante la detección de una posible presa.
Entré en casa intentando no hacer mucho ruido. Jeremías golpeaba con su pico la caja de zapatos, alertando a Elvira que levantó la vista de la baraja de cartas. ¿Qué es eso que traes?- preguntó con desinterés. ¿Un pato? ¿Me has traído un pato? Te pedí un hijo no un pato. Mételo donde te dé la gana, pero yo no quiero saber nada de él. Dejé la caja en un rincón y me metí en el dormitorio esperando que se le pasase el cabreo. Me debí quedar dormido.
A la mañana siguiente algo había cambiado. Elvira llevaba a Jeremías en sus manos. El pequeño pato rosa picoteaba sus dedos y ella sonreía. Si crees que con esto has solucionado algo es que estás loco. Jeremías se encargaba de hacer aquello de lo que yo no era capaz.
Todo marchaba estupendamente. Verla sonreír y bromear era algo a lo que ya me había desacostumbrado, así que lo recibí inesperadamente, como un premio merecido.
Al principio Jeremías llenó el espacio que yo había dejado vacío, pero poco a poco fue usurpando mi lugar, ese que me correspondía por derecho propio. Ya no era rosa y tampoco pequeño. Se había convertido en un enorme anatidae  anas plathyrhynchus domesticus que estaba declarándose como un peligroso competidor. Elvira había sacado la mesa del despacho, había pintado éste de color rosa y le había colocado una enorme palangana para que se bañase cuando quisiese. La habitación apestaba. Desde que él apareció Elvira no me dirigía la palabra. Yo no lo comprendía porque era yo el que se lo había regalado. En alguna ocasión intenté hacérselo entender, pero no se dignaba a contestar. Primero me miraba con condescendencia, luego con desdén, finalmente una expresión de asco se había dibujado sobre su boca cada vez que me observaba. Esa fue la gota que colmó el vaso. Me tenía que deshacer de Jeremías. Ya no soportaba verlo en sus brazos, pisar sus cagadas depositadas en mitad del pasillo, el hedor que se había adueñado de nuestra morada, su mirada retándome a un duelo cada vez que yo intentaba hacerle comprender a Elvira que él, Jeremías, estaba destruyendo nuestras vidas. No me resultaría fácil porque ella no se separaba del pato. Se duchaba con él, dormían juntos, comían juntos, salían a pasear, se lo llevaba al trabajo metido en una cestita,... Deseaba retorcerle el pescuezo. Necesitaba un plan, buscarle a Elvira una cita en la que no pudiese llevarse a Jeremías. Le hice creer que le iban a realizar una inspección de hacienda y que solicitaban su presencia con todos los papeles que justificasen las desgravaciones presentadas. El impacto fue tal que no se planteó que le pudiese estar engañando. No me pidió ninguna notificación, tampoco le extrañó que yo pudiese saberlo pese a que teníamos separación de bienes.
A las ocho de la mañana salió de casa dejando al pato en su estancia, disfrutando de su particular spa. Esperé a que sonara el motor del ascensor y corrí hasta la cocina. Cogí el cuchillo más grande y me acerqué con sigilo a la habitación del emplumado. Abrí con cuidado y me aproximé a él con la mano abierta para asirlo del cuello. Cuack, debió detectar mis intenciones porque salió de un salto de la piscina y comenzó a correr alrededor de ella moviendo las alas con tanta rapidez que le hacían elevarse unos centímetros. Me lancé al suelo, cuack, y alcancé a cogerlo, pero sus plumas húmedas y grasas hicieron que se me escurriese. Lo intenté nuevamente, cuack, dándome un doloroso barrigazo, pero conseguí cogerlo de las sucias plumas del culo. Justo en ese momento Elvira entró en la habitación. ¿Qué haces, asesino? Tendría que habérmelo imaginado. Jeremías se refugió bajo sus piernas. Me miró con una sonrisa pícara mientras pasaba por mi lado en brazos de su dueña y yo me olía la mano manchada de excrementos. Elvira me abandonó. De eso ya hace un mes. No he podido salir de casa, reponerme de ese mazazo, recuperar una vida y una paz que me pertenecían. Jeremías me lo robó todo. Le echo de menos. Sin él no merece la pena vivir.

viernes, 1 de junio de 2012

El árbol de la vida

Debía volver a mi lugar. La insistente señal acústica así lo indicaba y no era necesario que el Capitán Marius tuviese que repetírmelo personalmente. Tomé asiento, me abroché el cinturón y me dispuse a recibir el fuerte golpe que iba a sufrir la nave al ser descabalgada de la burbuja warp. No era la primera ocasión en la que me embarcaban en una misión intergaláctica, pero yo no me había acostumbrado, todavía, a ese impacto. El agujero de gusano nos enviaba, por su salida curvada, hasta el interior del brazo más pequeño de la galaxia de Andrómeda. Volver a ver la luz después de un año de travesía era reconfortante. Los ramjets interestelares se abrieron para captar toda la materia cósmica necesaria para volver a impulsarnos a nano-velocidades. En cuatro horas divisaríamos el planeta Hergum.  Debíamos ponernos el traje y preparar el equipo. Miré por última vez mi cuerpo desnudo. Pasé la mano por encima de mi piel escamada; era más dura que el acero y brillaba tenuemente en la oscuridad. Ese tipo de piel, la ausencia de pelo en todo el cuerpo y dos agujeros sobre la boca, en lugar de nariz, nos hacían parecer un lagarto más que un ser humano. Habíamos sido diseñados para no necesitar ningún tipo de atmósfera, por lo que éramos los únicos que podíamos realizar la misión. Debíamos despoblar el planeta y prepararlo para que cuando la nave generacional llegase (en un año) pudiesen comenzar con el asentamiento. Nuestra nave se posó sobre la superficie del planeta con más suavidad de la esperada. Al apoyar las botas sobre el polvo verdoso característico de Hergum nos hundimos un poco, como si se tratara de arenas movedizas. Caminamos pesadamente en busca de los indicios de vida que marcaba nuestro biolocalizador. La nave volvió a ascender. El capitán Marius sólo volvería a bajar con otro equipo si nuestra misión fracasaba.
Tras varios días de monótona travesía divisamos a lo lejos unas formaciones rocosas que recordaban los antiguos árboles de los trópicos terrestres. Era allí donde los biolocalizadores marcaban, intermitentemente, puntos rojos. Cuando nos adentramos en la espesura las rocas comenzaron a arder de una forma nunca vista. Las llamas multicolor golpeaban nuestros cuerpos con tanta virulencia que, prácticamente, nos era imposible avanzar. La alta temperatura a la que estaba siendo sometida nuestra piel constituía una prueba científica jamás realizada. Antes de que pudiéramos darnos cuenta estábamos siendo atacados por dos tipos de seres. Uno de ellos estaba descatalogado, pero el otro tuve tiempo de reconocerlo como familiar antes de recibir una descarga con su arma de pulso electromagnético que acabó conmigo.


Abrí la pesada puerta de madera maciza y un insoportable olor a orín y excrementos me golpeo la cara. Me acerqué hasta la puerta del Elba, que en esa época del año bajaba más caudaloso por las primeras nevadas. Desde fuera de la muralla la ciudad se veía preciosa e imponente. El pequeño, que había venido a buscarme, corría nervioso delante de mí girándose constantemente  para cerciorarse de que yo entendía la urgencia que a él le habían transmitido. Su casa se encontraba a las afueras de Magdeburgo, rodeada de campos de cereales que se encontraban cubiertos por un manto blanco que molestaba a la vista. No podrían pagarme, pero yo ya estaba acostumbrado a eso. Su padre estaba junto a la puerta, nervioso, asomándose de vez en cuando para intentar calmar a su mujer que no dejaba de gritar. Las tropas del conde Tilly se veían aparecer por el horizonte y su fama de asesinos aumentaba la tensión del momento. La niña nació con más problemas de los previstos, con el cordón umbilical enrollado en su cuello. Sin esperar a que lo cortase se subieron en el carro tirado por el buey y nos dirigimos hacia la ciudad. Intenté mantener el pulso firme, amortiguando los baches del camino, para dar un tijeretazo preciso y acabar mi trabajo. El cerdo no dejaba de golpearme el codo con su hocico y, aunque el niño lo intentaba evitar, en más de una ocasión pensé en empujarlo fuera de la carreta. Pese a que el ejército del Sacro Imperio avanzaba con lentitud, el hombre no dejaba de arrear al buey. Me pregunté si el joven Descartes todavía andaría enrolado en el ejército de Tilly. Como suele ocurrir cuando se tiene prisa la ciudad parecía alejarse a cada curva. Cuando atravesamos la muralla el sol ya se había escondido. Me bajé del carruaje, despidiéndome de ellos, y me dirigí nuevamente a mi casa confiando que no hubiese nadie esperándome. Tenía ganas de cenar y pasar un rato viendo las estrellas con el telescopio que me había mandado construir según las indicaciones de un experto astrónomo. El miedo que se había instaurado en todos los habitantes de la ciudad debía haber sido la razón por la que nadie había venido a mi consulta. Comí el guiso que me había preparado Bernadette y subí a la terraza con el discorso delle comete de Mario Guiducci y Galileo Galilei. Enfoqué el telescopio hacia la luna intentando distinguir esos montículos a los que hacía referencia Galileo. Observando uno de ellos volví a pensar en Descartes (ese chico sí que era brillante).
Me debí quedar dormido frente al aparato porque me desperté muerto de frío en mitad de una pesadilla recurrente: Yo andaba (debía ser yo aunque no veía mi rostro) por las calles de Roma cuando una enorme llamarada hacía que me asustara lanzándome al suelo. Desde el suelo podía ver a todos los romanos corriendo para escapar de los distritos que ardían con virulencia mientras el fuego seguía avanzando contra el viento. Yo era incapaz de levantarme para huir. Las llamas pasaban por encima de mi cuerpo sin quemarme y se metían en las ventanas de las casas dejándolas en ruinas. El calor y el miedo me ha-cían sudar. Nerón me contemplaba desde su palacio de la colina Palatina mientras me sonreía tocando una lira que sonaba como un conjunto de monedas chocando entre ellas. Vestía una túnica de seda lujosamente decorada con franjas de oro.
Di un trago de agua y me dirigí a la catedral. La actividad en el mercado no era la habitual. Se agolpaba la gente intentando conseguir víveres. Esa misma noche todas las puertas de la ciudad se habían cerrado. No obstante la fábrica de la lana olía igual de mal. Pese a que entendía que se necesitara orín y agua putrefacta como mordiente para fijar el color, no podía dejar de taparme la nariz en cuanto me acercaba a esa manzana. Pasé corriendo por delante de su puerta fijándome en que en su interior se realizaba lo mismo que otros días. Los aprendices metían la lana en el batán y vigilaban que los mazos, accionados por la fuerza del agua del río, golpearan bien la lana  para que el paño quedara más tupido. La operación de tinte era destinada sólo a los oficiales. El maestro les mandaba a todos gritando, como si cada acción que realizaban necesitase ser corregida. Una vez en la catedral el párroco me llamó por mi nombre- Jacob, parece que ya están ahí. Dentro de poco tendrás más trabajo, deberías buscarte un ayudante- Como si la cirugía fuese tan fácil, le contesté mientras subía por las escaleras hacía el campanario. La ciudad a esas horas de la mañana ya se encontraba totalmente rodeada por las hordas de mercenarios católicos. No parecía que de momento nos fuesen a atacar, más bien se trataba de una maniobra intimidatoria. Los concejales ya debían estar reunidos en el ayuntamiento, así que en pocas horas informarían a los ciudadanos de cómo estaba la situación. Volví a casa porque no había almorzado y comenzaba a notar que me mareaba. Bernadette me había preparado unos huevos con salchichas y una enorme jarra de cerveza, que conseguíamos del monasterio, acompañando a una hogaza de pan de centeno. Bernadette era una joven que había tomado a mi servicio cuando sus padres murieron víctimas del cólera. Era fuerte y hermosa. A sus dieciocho años era pretendida por gran número de jóvenes de la ciudad, pero ella no demostraba interés por ninguno de ellos. Me sirvió la cerveza en un vaso y dijo que se había preocupado al no verme en la casa. Se sentó a mi lado y me miró con lágrimas en sus ojos. Le acaricié el cabello, pero no le dije nada. Mi silenció delataba lo que sentía por ella, pese a que veinte años fuesen un abismo demasiado grande como para salvarlo.
 Cuando acabé de almorzar me dirigí hacia el ayuntamiento. Allí me indicaron que esperaban un emisario de Tilly, aunque no pensaban rendir la ciudad. Magdeburgo siempre había aguantado los ataques y esta vez no iba a ser menos, comentaban los concejales entre ellos con arrogancia. Yo no lo tenía tan claro y, por el número de gente que se agolpaba a las puertas de la catedral para encomendarse a santa Catalina, no era el único.
De nuevo en casa me senté frente a mi amplia biblioteca con la intención de abordar el Tabulae Rudolphine de Keppler. Se trataba del primer ejemplar salido de la imprenta de mi amigo Carl. Tenía algunas erratas y por eso y por mi pasión por la astronomía me lo había regalado. Con él sería capaz de predecir la posición de los planetas, y enfocar el telescopio todas las noches resultaría más sencillo.
A la semana recibimos el primer ataque de los católicos. Resultó demasiado sencillo repelerlo, pero no obstante se produjeron las primeras víctimas y heridos lo que me repercutía directamente. No me resultaba fácil conciliar el sueño desde que había comenzado el asedio, pero esa tarde, una vez hube acabado con las curas, me encontraba enormemente cansado. Me senté con la intención de leer algo: Nuevamente llamas entrando por las ventanas de esas casas romanas tan bien aireadas. Lo devoraban todo. Yo permanecía en el suelo, pero el miedo se había desvanecido. La lira de Nerón seguía sonando. Deseaba que se aproximara a mí para con sus ojos poder ver mi rostro. Le veía descender. Pasaba entre las llamas y éstas no le afectaban. Desde el suelo quería gritarle que tuviese cuidado, pero no podía articular palabra. Se acercaba caminado a mí, aunque la distancia que nos separaba siempre era la misma. Eso acabó por angustiarme porque comenzaba a pensar que no averigua-ría nada.
Dos fuertes golpes en la puerta me sacaron del sueño. Me necesitaban en la muralla. Impresionaba ver al ejército imperial con sus treinta mil mercenarios echándose encima de las murallas al grito de “por Jesús y María” con sus mosquetes apuntando a nuestras cabezas. El capitán Schuler había sido herido y se requería mi presencia para que le hiciese una cura de urgencia sin que abandonase su puesto. El contacto con esa primera línea me hizo ver que Magdeburgo era muy segura, pero nuestros soldados empezaban a sentirse desanimados. A lo lejos el asentamiento se había convertido en una ciudad tan grande como la nuestra. Los soldados viajaban con sus familias. Médicos, barberos, cirujanos, animales, etc. Tras dos meses con una dinámica de ataques diarios nuestras fuerzas comenzaban a  estar debilitadas. Nuestra esperanza, más allá de la intervención divina, estaba puesta en la incipiente ayuda que nos iba a llegar por parte de Gustavo Adolfo de Suecia. Las últimas noticias eran que estaba muy cerca de Potsdam. Los víveres comenzaban a escasear porque el abastecimiento de la ciudad, aunque se realizaba por el río Elba, era cada día más complicado.
Bernadette se había convertido en mi ayudante cada vez que tenía que intervenir quirúrgicamente a un herido y en mi compañera cada noche divisando el firmamento. En muchas ocasiones me decía que le gustaría ser un pájaro para llevarme a ver todos esos planetas y estrellas que le mostraba allí arriba. De tanto colocar en su lugar los libros, que yo olvidaba dejados por cualquier parte, llegó a conocerlos todos. Uno de ellos nunca lo devolvió porque lo leía todas las noches y yo se lo había regalado. Se trataba de la Biblia traducida al alemán por Martín Lutero. Yo nunca había llegado a leerla. ¿Cómo se podía combinar ciencia y religión?
Los concejales empezaban a dudar de la fortaleza de la ciudad y sus gentes. Si la ayuda sueca no llegaba podían ir pensando en rendirse.
Era la noche del diecinueve de Mayo de 1631 y el ultimátum de Tilly había expirado. Seis meses eran muchos. Yo esa noche no quería dormir. Bernadette estaba a mi lado y los dos observábamos la luna que brillaba más que nunca. Por una razón inexplicable esa misma tarde habíamos estado escondiendo todos los libros dentro de un baúl que enterramos en el sótano. Allí estarían a salvo del pogromo. Estábamos cansados, así que sin darme cuenta me quedé dormido con la cabeza apoyada en su regazo: Hiciste bien tu trabajo, me dijo Nerón sonriendo si dejar de tocar esa lira que sonaba a monedas. Ni la historia podrá recordarme como el pirómano, sin  embargo tú… Yo estaba aterrorizado. Nerón, envuelto totalmente en llamas, me miraba como si fuese a devorarme. Se acercó a mí dispuesto a decirme unas palabras y justo en ese momento pude ver mi propio rostro. Estaba quemado, la piel amarillenta parecía escamada y dispuesta a saltar con cualquier roce. Los ojos estaban tan hundidos que apenas se diferenciaba el color. Esa imagen, mi imagen, ese lagarto me despertó exaltado.
Se escuchó el primer cañonazo. Eran las siete de la mañana y los ataques solían producirse al alba, por lo que todos los hombres encargados de la defensa estaban durmiendo. Los soldados imperiales se mostraban más agresivos que de costumbre. Toda la ciudad se defendía con cadenas, espadas y ollas llenas de cal viva, lino y trampas. Una vez la olla se rompía los octaedros de metal se quedaban dispersados por las calles. Cuando éstos eran pisados por el enemigo se los clavaban en las plantas de los pies. También nuestros hombres padecían ese ingenio de los herreros. En dos horas la ciudad había sido tomada, pero las enfurecidas hordas asesinas no aceptaron nuestra rendición. Continuaron masacrando la población e incendiando todas las casas para hacer salir a los ciudadanos. Aquellos que no fueron empalados por las puntas de sus lanzas se quemaron por las llamas que ya consumían todas las viviendas. En la catedral y el monasterio no cabía más gente y sus puertas estaban cerradas. Acompañé a Bernadette, en contra de su voluntad, hasta la catedral. Me dirigí corriendo hacía cualquier lugar en el que necesitasen mi ayuda. Los cuerpos quemados y las llamas no me dejaban pasar. No quedaba ningún res-to del molino, ni de la fábrica de lana, tampoco de las herrerías ni los talleres de artesanos. El mercado, sin embargo, se encontraba intacto. Fui corriendo por la calle del mercado hasta que los gritos de una mujer que protegía a su hija del fuego me detuvieron. Pedía ayuda sin levantarse del suelo porque tenía a su hija debajo de ella. Antes de que pudiese llegar hasta las dos un soldado la ensartó con la punta de su lanza. Me abalancé sobre el asesino, golpeándole con lo único que tenía en mis  manos que era la Biblia de Lutero.  Éste cayó al suelo. Retiré a la mujer para auxiliar a la niña y una viga de madera, consumida por las llamas, se desplomó sobre mí golpeándome la cabeza. Me quedé aturdido en el suelo aunque me dio tiempo a ver cómo la punta de un mosquetón se dirigía hacia mi cabeza. El brillo de su hoja de metal, antes de clavarse en mi frente emitiendo un sonido desgarrador al traspasar el hueso, me deslumbró y un cúmulo de imágenes inexplicables e inconexas bombardeó mi cerebro: Un hombre con una túnica y un gorro blancos se encuentra en una sala cerrada con las paredes lisas, también de color blanco, sin ninguna ventana. Lleva una especie de extraños binoculares sobre los ojos. Sus manos trabajan sobre algo que no alcanzo a ver. Otra persona entra en la sala abriendo una puerta que antes no había apreciado. Un enorme chorro de luz amarilla se cuela en la habitación el instante que la puerta permanece abierta. Se saludan. Los dos llevan unos guantes que parecen de tripa de cerdo. Uno de ellos mira una caja acristalada tras la cual aparecen muchas letras luminosas y gráficos que me recuerdan las vistas del Universo. Con unas pinzas sujetan una tela semitransparente de color amarillento que se muestra, a mis ojos, escamada. La acercan conjuntamente a la mesa de trabajo. En ella hay un cuerpo, más bien una masa de carne. Le colocan el apósito escamado. Siguen realizando esta operación durante largo tiempo. Finalmente se retiran a la vez que un lagarto amarillo con forma humana se incorpora en la mesa de operaciones. El extraño ser me observa con sus profundos ojos. Pese a que me esfuerzo no llego a adivinar cuál es su color.
Siento el frío metal. Mi nombre es Jacob.