Cómo Aquilino acabó de esa forma, tratándose de un personaje
de éxito que habitualmente llenaba las portadas de las revistas del corazón, es
algo que dará tiempo a relatar mientras el coche patrulla se lo lleva a
comisaría esposado y casi amordazado, y todo para evitar que alguna oreja acabe
perforada por sus caninos; también es cierto que cuando los agentes le
redujeron y vieron su boca ensangrentada no pudieron dejar de pensar en el
doctor Lecter (y es que el cine tiene la capacidad de anular cualquier tipo de
lógica, quiero decir que no anda el mundo lleno de Hannibales y cruzarte uno
por la ciudad se me antoja complicado, teniendo en cuenta que Aquilino no era
ciudadano americano, algo que, por otra parte, ya habrá descubierto el lector).
Como decía, Aquilino, en otra época, disfrutó del éxito: premios, dinero,
mujeres, entrevistas, etc. Llegar a ese estado a través de la literatura es
tremendamente complicado, de hecho no ocurrió exactamente así, más bien la
literatura, la mala literatura, le trajo algún premio, éste le llevó a alguna
fiesta, y en ellas conoció a alguna mujer que quizá era demasiado famosa. Y él
demasiado influenciable. El dinero de los premios duró poco, las mujeres guapas
el mismo tiempo que el dinero y a las editoriales se les agotó la paciencia con
tanta rapidez que Aquilino no pudo reaccionar. No fueron estos los únicos
abandonos, ya que la inspiración siguió el mismo camino. Sin fiestas, dinero,
mujeres y algo que escribir, sólo le quedaba pasar el rato en el único lugar en
el que todavía disponía de crédito, el bar de la esquina. El barman anotaba en
un bloc a cuánto ascendía la deuda. Entre trago y trago de bourbon buscaba los
responsables de sus desdichas. Las ruedas chirrían por el frenazo brusco del
vehículo frente a la puerta de la comisaría. Aquilino deja el asiento húmedo y
con un insoportable hedor que enseguida se adueña del coche. El agente le hace
salir de un empujón a la vez que le dice a su compañero que lleve el coche al
garaje para que lo limpien. Aquilino se sienta, esposado, frente a un agente
vestido de paisano y lo primero que le llama la atención es una figura que le
resulta demasiado conocida, alto, bien parecido, seguro en cada uno de sus
movimientos, casi avasallador, su voz también suena muy familiar. El hombre de
mediana edad se da la vuelta y se le queda mirando fijamente. Aquilino se
intenta incorporar de un salto para abalanzarse sobre él, pero las esposas se
enganchan en el respaldo de la silla y se cae de bruces contra la mesa del
detective golpeándose la cara contra un crucifijo de madera y dejando todos los
papeles manchados de sangre. Intenta hablar, pero la mordaza no le deja articular
palabra. Dos agentes caen literalmente sobre Aquilino, propinándole, uno de
ellos, un fuerte puñetazo en la riñonada. Sonidos incomprensibles se filtran
por la tela de la mordaza, aunque una misma tonadilla los caracteriza a todos
ellos. Como Aquilino no para de repetir esos mismos aullidos guturales, el
agente de paisano ordena a los otros dos, de uniforme, que le retiren la
mordaza. Es entonces cuando se escucha claramente la palabra que repite
incansablemente Aquilino: Parrado.
jueves, 30 de mayo de 2013
lunes, 27 de mayo de 2013
Aquilino
Una horrible sensación como único acompañante. Estuvo leyendo Lovecraft hasta altas horas de la madrugada, así que ser acompañado por una sensación en lugar de un Ser debía ser motivo de alegría. Todo parecía estar contra él esa mañana: los veinte euros que no quería aceptar la maquina, la interminable cola en las taquillas de la estación y el guardia jurado mirándole de arriba abajo como si fuese un delincuente. Por megafonía anunciaban la salida inmediata del tren. Se le pasaron dos alternativas por la mente: hacer la cola y perderlo con toda seguridad, o subirse en el vagón con prontitud y sin billete. El guardia, leyendo su pensamiento, dio dos pasos hacia él. Aquilino, temeroso, indeciso, moviendo milimétricamente las plantas de los pies, pero con una cadencia vertiginosa, se iba acercando al vagón sin dejar de mirar el impoluto uniforme azul con letras doradas. Era ridículo estar preocupado puesto que el guardia en ningún caso le iba a pedir el billete –todo el mundo sabe que no están para esos menesteres, sino para otras tareas mucho más importantes que no vengo, bien, a recordar− ni mucho menos seguirle hasta dentro del vagón. La situación se había adueñado de él. Debo actuar rápido –pensó, pero los piececitos se movían como los de un cien-pies: poquito a poquito. A esa velocidad no iba a conseguir alcanzar el convoy. El guardia, cada vez, le observaba con más curiosidad y con cara de estar esperando su próximo movimiento. Aquilino tenía pensado dar un salto en el momento en que empezase a sonar la señal acústica de partida, pero el guardia estaba justo al lado de la puerta de entrada. Aquilino hizo un gesto de pánico y notó la humedad de cuatro gotas de orina, que no pudo contener, en sus ingles. El vigilante parecía estar esperándole. La mirada fija en los camales de Aquilino y éstos, cada vez, más húmedos. Los pasos cortos no le permitían escapar del charco que comenzaba a formarse a su alrededor. El guardia parecía haberse dado cuenta e instantáneamente se dirigió hacia él. Aquilino comenzó a temblar. Lo tenía ya muy cerca cuando de un inesperado salto se abalanzó al cuello del hombretón y de un mordisco le arrancó media oreja. Es increíble la cantidad de sangre que sale de un órgano tan poco irrigado −dijo un viajero, que se encontraba sentado en un asiento del vagón y había observado toda la escena, a su acompañante. Ya ves! –contestó éste sin dejar de mirar el efecto iridiscente que formaban las gotas de sangre al chocar contra el charco de orina.
domingo, 19 de mayo de 2013
Pequeñas Dictaduras
Me he despertado con cierta desgana. He pensado que no se trataba de nada demasiado importante, que tú no tenías nada que ver, pero estaba equivocado. Siento como si todo el aire contenido alrededor de la Tierra, cautivo por levedad, me oprimiese la cabeza intentando entrar por cada uno de sus orificios para devorarme. Pequeñas moléculas diatómicas masticando cada una de mis células, comenzando por el hígado. Y es que siempre he imaginado que el oxígeno tiene dientes de morena e instinto asesino, como los dictadores. De hecho creo que el oxígeno es un pequeño Videla dando minúsculos, pero dolorosísimos, bocados.
Es tras estos pensamientos cuando decido no levantarme, seguir tendido sobre la cama hasta que tú vengas a ver qué me ocurre, hasta que creas que no salgo porque algo grave ha ocurrido, u ocurrirá. Te esperaré hasta que vengas a arroparme. Es entonces cuando te diré todo lo que pienso, o puede que no sea justo en ese instante; quizá decida esperar hasta tenerte más cerca, dar tiempo a que entre otro tú, que seamos más (sonrío pensando en los diferentes olores de esos tú) para que los reproches que te tengo guardados sean menos dolorosos.
El peso de la atmósfera me oprime contra el colchón haciéndome desaparecer, y todavía no has entrado. Intento, con todas las fuerzas, sujetarme a algo para poder decirte lo único que siempre te ha faltado escuchar. Abro la boca, intento gritar tu nombre. Todo está oscuro, ya nada tiene remedio; me voy de tu lado y tú, lector, todavía no estás.
domingo, 28 de abril de 2013
Catch the train
Nuevamente ando subido en un tren. Estar en un vagón, asomado permanentemente a la ventana, tiene algo de romántico; aunque en realidad estoy atrapado y sin poder decidir sobre mi destino. Es cierto que podría bajar en cualquier estación y jugarle una pasada a la certidumbre de que el destino final está prefijado de antemano, pero no me siento con fuerzas. Siempre he sido una persona -no indecisa, no- más bien cobarde. Porque bajarse en cualquier andén sería un acto de valentía, aunque yo sé que carezco de ese don. Puede que todos me vean como una persona decidida y valiente; nada de eso. Es una pose con la que pretendo disimular mi verdadera condición. Soy un cobarde. Y me parece hasta gracioso que llegue a esta conclusión en un tren al ritmo del chaca-chaca de las vías al ser aplastadas por varias toneladas de hierro.
Tengo, además, la sensación de que todos los pasajeros conocen esta característica que me acompaña; saben de qué soy capaz, o, más bien, de qué no soy capaz. Me pitan los oídos, el tren rueda ahora silencioso. Las personas no hablan ni se miran. De repente todos en pie. Se colocan uno tras otro y comienzan a desfilar. Desaparecen al final del vagón como una cadena de hormigas llevando semillas a la despensa. Tengo el presentimiento de que entienden perfectamente -en su nueva condición de hormigas- que yo no les siga. Quizá éste sí sea el primer acto de valentía que cometo. Debo decir que me siento intrigado acerca de las causas que les incitan a levantarse y seguir a un líder que debe ir a la cabeza de la fila, pero mis nalgas permanecen fuertemente agarradas a este asiento mullido, sucio y desgastado.
Desde el principio supe que este episodio nada tenía que ver con los otros, que se trataba de un último viaje, definitivo. No me sorprende que el tren no aminore la velocidad a su paso por cada pueblo, que no se detenga. Se trata de un viaje con un único destino. Quizá la única diferencia entre los insectos y yo es que ellos han asumido su final, mientras que yo me niego a comprender que simplemente soy uno más.
Me asomo a la ventana y puedo oler la tierra mojada. El día está gris y se ven charcos por todas partes. Debe haber llovido. Me gusta la lluvia. Tampoco nos hemos cruzado con otro tren; ese golpe de aire que tambalea los vagones hubiera hecho que los formícidos cayesen unos encima de otros. Siguen pasando frente a mí sin mirar. Sus cabezas negras perladas son idénticas. Su abdomen, peludo al contraluz, provoca cierta repugnancia, incluso entre ellos mismos. Imposible diferenciar uno de otro, macho de hembra, joven de viejo,...
Lo curioso es que compré un billete de ida y vuelta, aunque ahora entiendo que no habrá vuelta.
Tengo, además, la sensación de que todos los pasajeros conocen esta característica que me acompaña; saben de qué soy capaz, o, más bien, de qué no soy capaz. Me pitan los oídos, el tren rueda ahora silencioso. Las personas no hablan ni se miran. De repente todos en pie. Se colocan uno tras otro y comienzan a desfilar. Desaparecen al final del vagón como una cadena de hormigas llevando semillas a la despensa. Tengo el presentimiento de que entienden perfectamente -en su nueva condición de hormigas- que yo no les siga. Quizá éste sí sea el primer acto de valentía que cometo. Debo decir que me siento intrigado acerca de las causas que les incitan a levantarse y seguir a un líder que debe ir a la cabeza de la fila, pero mis nalgas permanecen fuertemente agarradas a este asiento mullido, sucio y desgastado.
Desde el principio supe que este episodio nada tenía que ver con los otros, que se trataba de un último viaje, definitivo. No me sorprende que el tren no aminore la velocidad a su paso por cada pueblo, que no se detenga. Se trata de un viaje con un único destino. Quizá la única diferencia entre los insectos y yo es que ellos han asumido su final, mientras que yo me niego a comprender que simplemente soy uno más.
Me asomo a la ventana y puedo oler la tierra mojada. El día está gris y se ven charcos por todas partes. Debe haber llovido. Me gusta la lluvia. Tampoco nos hemos cruzado con otro tren; ese golpe de aire que tambalea los vagones hubiera hecho que los formícidos cayesen unos encima de otros. Siguen pasando frente a mí sin mirar. Sus cabezas negras perladas son idénticas. Su abdomen, peludo al contraluz, provoca cierta repugnancia, incluso entre ellos mismos. Imposible diferenciar uno de otro, macho de hembra, joven de viejo,...
Lo curioso es que compré un billete de ida y vuelta, aunque ahora entiendo que no habrá vuelta.
miércoles, 24 de abril de 2013
Tierra prometida
Era una tarde de abril, de esas en las que el sol castiga con justicia a los despistados viandantes que se atreven a retarlo. Sin embargo, el aire era fresco, lo que se traducía en un gradiente de temperatura corporal demasiado elevado. La espalda, fría, amenazaba con contraerse y contracturar el cuello; el pecho, caliente, invitaba a desnudarse. De no ser por aquel policía, que se acercaba a mí con decisión, lo hubiese hecho. Imaginé que la joven estudiante, que repasaba los apuntes tumbada sobre el césped del parque, se acercaba para que le hiciese el amor sin contemplaciones.
Pero nada de eso iba a ocurrir. Un escalofrío me recorrió la columna cuando la mujer policía me pidió los papeles. Dijo los papeles, no la documentación. Con esa frase tan corta ya me estaba dando a entender que sabía que yo era inmigrante. Me repatea la necesidad matemática y vital que tiene la gente de meterlo todo en grupos; si perteneces a este, ya no puedes hacerlo a aquel otro. La observé con una mezcla de ingenuidad y desprecio. Por supuesto que tenía papeles, pero no me apetecía enseñárselos. Lo que realmente quería era follármela ante la mirada disimulada, aunque vouyerista, de la estudiante. Puede que ella lo notase porque se echó la mano al cinto. Ese gesto masculino me provocó un escalofrío, pero no logró intimidarme. Retiré la bolsa de supermercado, con una botella de coca-cola rellenada con vino de menos de un euro, que estaba sobre mi abdomen y llevé la mano derecha al bolsillo del pantalón, haciéndole creer que buscaba los papeles cuando mi única intención era rozar con el dedo índice la punta de la polla. El sol golpeaba de frente obligándome a mantener los ojos casi cerrados. Noté dos golpes en la rodilla, era su porra.
Las palomas batían sus alas a nuestro alrededor, planeando unas tras otras, en busca de algo de sexo. Mientras, la policía no dejaba de hablar por su radio-comunicador. Un grupo de ancianos se alejó del guía acercándose descaradamente al banco y cuchicheando entre ellos. La estudiante sonreía maliciosamente.
Desde que estaba en el país me había dado cuenta de algo: la gente sonríe más a los negros que a nosotros. Una mosca se posó en la bota reluciente de la agente; me dieron ganas de aplastarla, pero intuyó mis intenciones y se dispuso a elevar el vuelo con presteza. Creo que la aplasté; era una mosca gigante, una súper-mosca. La agente también parecía una mosca; vestida de azul marino y una cazadora que mueve como si fuesen alas, y el casco, y sus patas. Y esa boca succionadora. Me hubiese gustado morderla, desprotegerla de su armadura frente a la mirada atónita de los ancianos y de la joven cada vez más excitada. Coger su amenazante porra con la mano y penetrarla con la mía. Y eyacular dentro de ella. Nada de eso ocurriría porque antes de darme cuenta estaba siendo esposado y colocado a empujones en la trasera de un coche-patrulla.
Aquí el calor nada tiene que ver con ese otro calor, la tierra es demasiado árida y las mujeres no me gustan, tampoco hay policías; ni estudiantes. No hay guías, ni turistas. Tampoco existen los parques, ni hay bancos. Sólo tierra. Tierra.
Pero nada de eso iba a ocurrir. Un escalofrío me recorrió la columna cuando la mujer policía me pidió los papeles. Dijo los papeles, no la documentación. Con esa frase tan corta ya me estaba dando a entender que sabía que yo era inmigrante. Me repatea la necesidad matemática y vital que tiene la gente de meterlo todo en grupos; si perteneces a este, ya no puedes hacerlo a aquel otro. La observé con una mezcla de ingenuidad y desprecio. Por supuesto que tenía papeles, pero no me apetecía enseñárselos. Lo que realmente quería era follármela ante la mirada disimulada, aunque vouyerista, de la estudiante. Puede que ella lo notase porque se echó la mano al cinto. Ese gesto masculino me provocó un escalofrío, pero no logró intimidarme. Retiré la bolsa de supermercado, con una botella de coca-cola rellenada con vino de menos de un euro, que estaba sobre mi abdomen y llevé la mano derecha al bolsillo del pantalón, haciéndole creer que buscaba los papeles cuando mi única intención era rozar con el dedo índice la punta de la polla. El sol golpeaba de frente obligándome a mantener los ojos casi cerrados. Noté dos golpes en la rodilla, era su porra.
Las palomas batían sus alas a nuestro alrededor, planeando unas tras otras, en busca de algo de sexo. Mientras, la policía no dejaba de hablar por su radio-comunicador. Un grupo de ancianos se alejó del guía acercándose descaradamente al banco y cuchicheando entre ellos. La estudiante sonreía maliciosamente.
Desde que estaba en el país me había dado cuenta de algo: la gente sonríe más a los negros que a nosotros. Una mosca se posó en la bota reluciente de la agente; me dieron ganas de aplastarla, pero intuyó mis intenciones y se dispuso a elevar el vuelo con presteza. Creo que la aplasté; era una mosca gigante, una súper-mosca. La agente también parecía una mosca; vestida de azul marino y una cazadora que mueve como si fuesen alas, y el casco, y sus patas. Y esa boca succionadora. Me hubiese gustado morderla, desprotegerla de su armadura frente a la mirada atónita de los ancianos y de la joven cada vez más excitada. Coger su amenazante porra con la mano y penetrarla con la mía. Y eyacular dentro de ella. Nada de eso ocurriría porque antes de darme cuenta estaba siendo esposado y colocado a empujones en la trasera de un coche-patrulla.
Aquí el calor nada tiene que ver con ese otro calor, la tierra es demasiado árida y las mujeres no me gustan, tampoco hay policías; ni estudiantes. No hay guías, ni turistas. Tampoco existen los parques, ni hay bancos. Sólo tierra. Tierra.
lunes, 22 de abril de 2013
Leo
Tengo la sensación, el pálpito, la certeza, más bien sé que debería ser más agradecido. No lo he expresado bien y no quiero confundir al lector, a ti tampoco. No es que no lo sea, lo soy. Puede que todo haya sido, siempre, un problema de comunicación. Que las palabras, que tan fácilmente puedo combinar con mis dedos, permanezcan recluidas entre piezas dentales y saliva. Sé que no soy un especialista en musicalizar esas palabras con la lengua y los labios. Pero en esta ocasión debo de agradecer el legado recibido. Cuando entré en tu casa el olor a papel viejo y polvo me abofeteó. También la sensación de intrusismo. Diogénicas montañas de celulosa y tinta apiladas por cada habitación, forrando las estanterías de lomos de diferentes colores, impidiendo el paso hacia cualquier lugar o salida. Caminé hacia tus librerías y comencé a leer nombres y títulos, a acariciar los relieves de los lomos de cartón, a sonreír. Lezama Lima, Fitzgerald, Dos Passos, Benet, Paz, Sarduy, Hemingway, Márquez, Borges, Kafka, Lovecraft,... Algunos títulos buscados hace tiempo en librerías de viejo, otros, reencuentros fortuitos. Por eso, quería expresarte mi agradecimiento. Puede que te alegrase saber que parte de tu colección no correrá la misma suerte que el resto, que las páginas de todos esos libros volverán a ser pasadas, las letras leídas, que me acompañarán como lo hicieron contigo, también diogénicamente. No podría ser de otra forma.
A la memoria de Leopoldo Gómez Rochera
A la memoria de Leopoldo Gómez Rochera
martes, 9 de abril de 2013
Officium
Me sumerjo, una enorme gota de agua cae sobre mí. Inundado, imagino que soy un insecto, cualquier insecto. Intento respirar, pero una capa invisible actúa como una lente y no me deja hacerlo. Es una lente y el sonido de la música no deja que se estabilice; tiembla. No se estabiliza y no puedo reconocer qué está ocurriendo. Qué sucede. Quiénes son esas personas. Por qué miran. Intento esconderme; creo que estoy desnudo.
Suenan las campanas, las mantillas, artesonados mozárabes de tela azabache, dejan pasar la luz tenue. Los rostros de ellas se me descubren más jóvenes de lo que imaginaba. Las campanas marcan el ritmo de la procesión como en un desfile militar. Baterías de piernas escondidas bajo seda negra desfilan ante mis ojos.
No es cierto que el agua hidrate, me duele mover los párpados. Se meten por una portezuela. Todas escondidas. Quiero seguirlas, pero me asusta que descubran que estoy desnudo. Lo estoy. El templo también tiembla. Las campanas amenazan con descolgarse. Y la luz se apaga en el interior; no veo nada. Dónde están todos. Suena un órgano y la madera chirría accionando sus resortes. Pienso que debe ser muy difícil hacer sonar ese instrumento. El agua sigue rodeándome, debería echar de menos al aire, pero no es así. No siempre las cosas ocurren como esperamos. La vida me ha enseñado que el tránsito por ella es un ejercicio de readaptación. Eso es, readaptación. Escucho una voz femenina acompañando las notas que salen escupidas de los tubos cobrizos de ese viejo instrumento. Soy una hormiga y curioseo anónimamente todo aquello que se me ocurre. Puedo escalar por esos hilos de seda y acercarme al sexo de cada una de las mujeres. Puedo averiguar a qué huelen sin necesidad de imaginarlo. Podría decir mucho de cada mujer sólo oliendo su sexo. La voz áspera de un hombre hace que sus nalgas se contraigan, les recrimina cosas que no han hecho y ni tan siquiera han llegado a imaginar. Este hombre ha roto el misticismo que envolvía el ambiente. Ellas se creen, ahora, culpables. Sus cuerpos se han secado como mis ojos. Siento la necesidad de gritarles que todo es mentira, que no hay nada malo en ellas, que no soy una hormiga, pero unas manos, unos dedos, unas uñas me han atrapado. Presionan mi cabeza hasta el punto de creer que va a estallar. El agua se ha evaporado. La punta de un tacón presiona mis testículos. No siento dolor. Se levantan todas a una, a la voz de ¡ya! Se acercan al hombre, ahora silencioso y estático. Reparte algo. No sé qué es. Cojeo con disimulo hasta Él. Le suplico y después me quedo pegado en ese manto blanco y pastoso. Atrapado, igual que cuando la gota cayó sobre mí. Una a una van abandonado el templo sin mirarme; podría suplicar ayuda, pero no soy de esa clase de insectos. Todas las luces se apagan, aunque unas velas muestran qué va a ocurrir. Algo desciende de la pared, observa con detenimiento, vigila. Ahora me doy cuenta que lo ha estado haciendo desde que entré. Su boca es enorme. Cerraría los ojos para no ver cómo me devora, pero están demasiado secos. Podría intentar convencerle de que sólo soy un insecto, aunque sé que no valdría para nada. La aceptación es algo que también he aprendido a lo largo de la vida.
viernes, 29 de marzo de 2013
Autorretrato
Auorretrato de Francis Bacon
Me dispongo a afeitarme para cambiar esa cara de tío fracasado que veo toda las mañanas frente al espejo. Cojo con fuerza, aunque temblorosamente, la empuñadura de la maquinilla y con una pasada limpia y certera destruyo mi imagen... Esta nueva que me ofrece el reflejo se parece demasiado a la de mi madre... Subo y bajo y araño y emplasto por todo el rostro; la sangre se mezcla con los pelos canosos y el jabón. Me embadurno con esa pasta para demostrarme algo: soy dueño de mí mismo. Es ridículo que piense en destruir aquello que soy..., también inoportuno porque debo asistir a una reunión demasiado importante. Anoche estuve leyendo. No debería hacerlo, tendría que quemar todos esos libros que me aquijotan. Hacer una pira de papel y tinta, ennegrecer los espacios blancos entre las letras. También debería asesinar a mi madre, o a mí mismo. Acabar con este estúpido gesto que amenaza con gemelarse con el de su creadora. Golpearlos a los dos hasta que desapareciese esa patética similitud. Mojo la cara y dejo la toalla manchada de rojo y blanco y negro al secarme. Es mi madre la que me está mirando. Creo que sonríe con malicia. Le lanzo un puñetazo que me deja temblando; debería doler la mano, sin embargo no es así. Un hilo fino y escarlata chorrea de mis senos nasales. En lugar de limpiarla le propino otro golpe que me hace retroceder unos pasos. El pómulo se hincha al instante. Con cada golpe la semejanza aumenta en lugar de disminuir. Ese parecido no sólo me da vértigo sino que me hace vomitar. El espejo, manchado de mí, parece una creación surrealista de Bacon. Ese cuadro necesita un par de manotazos para llegar a convertirse en un autoretrato autodestructivo digno del genial irlandés.
jueves, 14 de marzo de 2013
Palabrascolgadas
Acodado en al barra observando a la camarera llenar con copas de vino una bandeja que su compañero repartirá por las mesas. Mirándola de reojo, con la vergüenza pulsándome en las sienes, descubro cómo me sonríe. Con decisión se acerca hasta mí y, con un acento extraño, quizá italiano, formula una pregunta incomprensible. Enrojezco al instante, quiero desaparecer, pero no es posible. Agacho la cabeza echando un vistazo a los zapatos, como si estos ortopédicos negros tuviesen algo que decirme. Habladme -pienso. En lugar de escuchar la voz ronca de un zapato maloliente, tintinea, nuevamente, el susurro italiano; seguramente la misma pregunta. Agacho, más si cabe, la cabeza, confundiéndome con un flamenco. Suplico ayuda a los zapatos, pero siguen mudos. La camarera se acerca más, casi huelo su piel oscura. Está apoyada en el tirador de cerveza. Definitivamente levanto la cabeza para mirarla, pero, antes, doy un puntapié al taburete con el único fin de causar dolor a los zapatos. La joven me pregunta qué quiero. Entiendo que está insinuándose; un qué quiero con ese fin y no con el objetivo -quizá más lógico- de saber qué me apetece tomar. Mi mente vuela instantáneamente: salgo del bar, la acompaño a su casa, la desnudo, hago lo propio y un olor fétido, a buen queso francés fermentando, se apodera de la situación. No quiero nada, contesto. Me quedo mirando retadoramente los zapatos, acurruco los dedos de los pies, rasco con las uñas la plantilla. Sólo pienso en una cosa: causar dolor.
En la calle unas gotas enormes, desprendidas sin el menor orden, lo mojan todo.
Me levanto decidido ando hasta la puerta de la cafetería -en poco tiempo se han formado charcos- salgo fuera y comienzo a meter los pies en los más grandes a inundar esos mudos zapatones con la única intención de infligirles un severo castigo chapoteo con fuerza chap chap desoyendo los húmedos y reumáticos quejidos de viejo moribundo que se les escapan a esos asquerosos zapatos arrebatado por la ira me agacho desanudo los cordones saco los pies de dentro de esa cueva y los lanzo al cielo quedando colgados del cable telefónico estrangulados agonizando y río mientras todos me miran atónitos marcharme calle abajo.
En la calle unas gotas enormes, desprendidas sin el menor orden, lo mojan todo.
Me levanto decidido ando hasta la puerta de la cafetería -en poco tiempo se han formado charcos- salgo fuera y comienzo a meter los pies en los más grandes a inundar esos mudos zapatones con la única intención de infligirles un severo castigo chapoteo con fuerza chap chap desoyendo los húmedos y reumáticos quejidos de viejo moribundo que se les escapan a esos asquerosos zapatos arrebatado por la ira me agacho desanudo los cordones saco los pies de dentro de esa cueva y los lanzo al cielo quedando colgados del cable telefónico estrangulados agonizando y río mientras todos me miran atónitos marcharme calle abajo.
jueves, 28 de febrero de 2013
Parinesca (cap.5)
No comprendí la razón por la que Natalie me enseñó la nota, ni tampoco su contenido. Qué relación tenía esa joven con nosotros, más allá de ser alumna de Natalie, para avisarnos de que Juan quería asesinarla. Yo sabía que debíamos abandonar Maluengo, pero no me sentía con fuerzas. Aproveché la ocasión para comentarle que yo cumpliría la promesa. Una vez lo dije me arrepentí. Qué ironía que un hombre moribundo prometiese aquello que irremediablemente era inevitable. Ella me sonrió, fue una sonrisa forzada; sabía que estaba presionándola, pero no dijo nada. Dobló el papel, lo guardó en su bolsillo y cogió mi mano.
Mi madre se marchó del pueblo; creo que fue por mi causa. Desde que me echó de casa envejeció con rapidez, dejó de hablar con los vecinos avergonzada por un hijo que le resultaba asqueroso. Murió sola en Barcelona, en una residencia de ancianos. Allí no contó a nadie que tenía un hijo, por esa razón no supe nada. Lo averigüé cuando llevaba varios meses enterrada. Tampoco el cuerpo de Natalie lo había reclamado nadie. Siempre pensé que eran parecidas, aunque únicamente fuese por el amor que les tenía. Tumbada sobre esa cama metálica, desnuda. Era un regalo para mis manos. Cogí su pelo rojo entre los dedos, lo acaricié y recordé la visita de Valentina. Estaba dispuesta a todo por conseguir que le permitiese entrar en la vivienda del escritor. Allí mismo, en el cuartucho en el que guardaba las escobas y los cubos de basura la desnudé; después le dije que disponía de quince minutos antes de que el escritor y Natalie volviesen de su visita al médico. Cuando bajó con las llaves le exigí que me contase qué se proponía, a cambio de mi silencio. La nota que le había dado a Natalie previniéndola frente a Juan, el cianuro robado del laboratorio del instituto, las gotas que metió en el bote de edulcorante. Únicamente pretendía asustarla para que se olvidase de su novio. Yo sabía que me ocultaba información; Valentina pensaba que tenía la situación totalmente controlada, que todos creíamos sus palabras. En la nota que les había enviado contaba que Juan la había obligado a robar el cianuro del instituto, y que luego él mismo pensaba introducirlo en el bote de edulcorante. Esa nota era su coartada y pensaba que mi silencio lo tenía garantizado con un poco de sexo sucio. Fui dándole colorete con la brocha más grande, camuflando su falta de color. Esa piel traslucida que insinuaba la silueta de los huesos le daba una belleza especial. Abrí sus párpados, quería que observase cómo la preparaba. El escritor explicaba en la carta que cuando vio que Natalie estaba muriendo no entendió por qué razón había utilizado el edulcorante envenenado. Cumplir la promesa significaba que se quitase la vida cuando él muriese, no antes. Al principio sintió rabia, luego comprendió que había sido el último acto de amor de Natalie. Explicaba en esa carta lo de la nota de la estudiante, las intenciones del joven: escapar con ella o matarla. Le perfilé los labios de color rojo, como a ella le gustaba. La fui vistiendo con suavidad, con un vestido rojo que me había llevado de su casa. Apareció Valentina, visiblemente nerviosa. Nada había salido como ella pensaba. Sólo quería asustarla, pero desconfiaba de Juan, también del escritor. Natalie no se hubiese quitado la vida –me dijo- le gustaba demasiado vivirla. Valentina también llevaba puesto un vestido rojo que resaltaba sus senos adolescentes desobedientes de las leyes físicas. Volvió a pedir mi silencio; yo le recordé el precio que debía pagar por él y mientras le lamía el cuerpo no dejaba de mirar a Natalie. En sus ojos todavía se podía encontrar Paris. Valentina giró la cara para no mirarme. Recordé el último café con Natalie, su desdeñoso gesto, la visita al baño antes de dar un último sorbo al café y marcharse con varias gotas de cianuro que germinarían un niño-muerte en su vientre. Siempre quise pintarla y no me podía ocurrir lo mismo que con mi madre.
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