Cómo Aquilino acabó de esa forma, tratándose de un personaje
de éxito que habitualmente llenaba las portadas de las revistas del corazón, es
algo que dará tiempo a relatar mientras el coche patrulla se lo lleva a
comisaría esposado y casi amordazado, y todo para evitar que alguna oreja acabe
perforada por sus caninos; también es cierto que cuando los agentes le
redujeron y vieron su boca ensangrentada no pudieron dejar de pensar en el
doctor Lecter (y es que el cine tiene la capacidad de anular cualquier tipo de
lógica, quiero decir que no anda el mundo lleno de Hannibales y cruzarte uno
por la ciudad se me antoja complicado, teniendo en cuenta que Aquilino no era
ciudadano americano, algo que, por otra parte, ya habrá descubierto el lector).
Como decía, Aquilino, en otra época, disfrutó del éxito: premios, dinero,
mujeres, entrevistas, etc. Llegar a ese estado a través de la literatura es
tremendamente complicado, de hecho no ocurrió exactamente así, más bien la
literatura, la mala literatura, le trajo algún premio, éste le llevó a alguna
fiesta, y en ellas conoció a alguna mujer que quizá era demasiado famosa. Y él
demasiado influenciable. El dinero de los premios duró poco, las mujeres guapas
el mismo tiempo que el dinero y a las editoriales se les agotó la paciencia con
tanta rapidez que Aquilino no pudo reaccionar. No fueron estos los únicos
abandonos, ya que la inspiración siguió el mismo camino. Sin fiestas, dinero,
mujeres y algo que escribir, sólo le quedaba pasar el rato en el único lugar en
el que todavía disponía de crédito, el bar de la esquina. El barman anotaba en
un bloc a cuánto ascendía la deuda. Entre trago y trago de bourbon buscaba los
responsables de sus desdichas. Las ruedas chirrían por el frenazo brusco del
vehículo frente a la puerta de la comisaría. Aquilino deja el asiento húmedo y
con un insoportable hedor que enseguida se adueña del coche. El agente le hace
salir de un empujón a la vez que le dice a su compañero que lleve el coche al
garaje para que lo limpien. Aquilino se sienta, esposado, frente a un agente
vestido de paisano y lo primero que le llama la atención es una figura que le
resulta demasiado conocida, alto, bien parecido, seguro en cada uno de sus
movimientos, casi avasallador, su voz también suena muy familiar. El hombre de
mediana edad se da la vuelta y se le queda mirando fijamente. Aquilino se
intenta incorporar de un salto para abalanzarse sobre él, pero las esposas se
enganchan en el respaldo de la silla y se cae de bruces contra la mesa del
detective golpeándose la cara contra un crucifijo de madera y dejando todos los
papeles manchados de sangre. Intenta hablar, pero la mordaza no le deja articular
palabra. Dos agentes caen literalmente sobre Aquilino, propinándole, uno de
ellos, un fuerte puñetazo en la riñonada. Sonidos incomprensibles se filtran
por la tela de la mordaza, aunque una misma tonadilla los caracteriza a todos
ellos. Como Aquilino no para de repetir esos mismos aullidos guturales, el
agente de paisano ordena a los otros dos, de uniforme, que le retiren la
mordaza. Es entonces cuando se escucha claramente la palabra que repite
incansablemente Aquilino: Parrado.
No estoy a favor de ir a médicos
Hace 5 horas
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