Nuevamente ando subido en un tren. Estar en un vagón, asomado permanentemente a la ventana, tiene algo de romántico; aunque en realidad estoy atrapado y sin poder decidir sobre mi destino. Es cierto que podría bajar en cualquier estación y jugarle una pasada a la certidumbre de que el destino final está prefijado de antemano, pero no me siento con fuerzas. Siempre he sido una persona -no indecisa, no- más bien cobarde. Porque bajarse en cualquier andén sería un acto de valentía, aunque yo sé que carezco de ese don. Puede que todos me vean como una persona decidida y valiente; nada de eso. Es una pose con la que pretendo disimular mi verdadera condición. Soy un cobarde. Y me parece hasta gracioso que llegue a esta conclusión en un tren al ritmo del chaca-chaca de las vías al ser aplastadas por varias toneladas de hierro.
Tengo, además, la sensación de que todos los pasajeros conocen esta característica que me acompaña; saben de qué soy capaz, o, más bien, de qué no soy capaz. Me pitan los oídos, el tren rueda ahora silencioso. Las personas no hablan ni se miran. De repente todos en pie. Se colocan uno tras otro y comienzan a desfilar. Desaparecen al final del vagón como una cadena de hormigas llevando semillas a la despensa. Tengo el presentimiento de que entienden perfectamente -en su nueva condición de hormigas- que yo no les siga. Quizá éste sí sea el primer acto de valentía que cometo. Debo decir que me siento intrigado acerca de las causas que les incitan a levantarse y seguir a un líder que debe ir a la cabeza de la fila, pero mis nalgas permanecen fuertemente agarradas a este asiento mullido, sucio y desgastado.
Desde el principio supe que este episodio nada tenía que ver con los otros, que se trataba de un último viaje, definitivo. No me sorprende que el tren no aminore la velocidad a su paso por cada pueblo, que no se detenga. Se trata de un viaje con un único destino. Quizá la única diferencia entre los insectos y yo es que ellos han asumido su final, mientras que yo me niego a comprender que simplemente soy uno más.
Me asomo a la ventana y puedo oler la tierra mojada. El día está gris y se ven charcos por todas partes. Debe haber llovido. Me gusta la lluvia. Tampoco nos hemos cruzado con otro tren; ese golpe de aire que tambalea los vagones hubiera hecho que los formícidos cayesen unos encima de otros. Siguen pasando frente a mí sin mirar. Sus cabezas negras perladas son idénticas. Su abdomen, peludo al contraluz, provoca cierta repugnancia, incluso entre ellos mismos. Imposible diferenciar uno de otro, macho de hembra, joven de viejo,...
Lo curioso es que compré un billete de ida y vuelta, aunque ahora entiendo que no habrá vuelta.
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