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domingo, 16 de junio de 2013

Cleptomanía núm.2


Mujer de mediana edad entrando y saliendo, compulsivamente, de la farmacia, hablando a través de un teléfono móvil y con una niña de unos diez años merodeando a su alrededor:
 -Te llamo para saber si entro en la farmacia o no entro en la farmacia...
 -No, no hay dinero, no has puesto dinero José.
Lloros. Deduzco que debe estar separada.
Finalmente aparece José, con cara de no haber dormido y ella le amenaza con el dedo índice de su mano derecha:
 -La última vez, ¿eh? ¡La última vez!


jueves, 13 de junio de 2013

cleptomanía num. 1


Mujer de aproximadamente sesenta años a otra de la misma edad, entiendo, en el breve espacio de tiempo que las escucho, que son amigas: "Les han regalado unas tabletas de esas..., es una andrógina de esas...", "Androide, androide" le contesta la amiga entre risas de las dos, no sé si muy bien entendidas por la primera"

miércoles, 12 de junio de 2013

Le flâneur



Le observé salir de casa, como todos los días no parecía muy animado. Volver a cruzarse con la desconocida multitud era algo que en otro tiempo le había parecido excitante, pero todo eso había cambiado. Cada gesto, cada mirada de cada uno de los transeúntes le parecía una invasión de su intimidad. Sentía que la ciudad había sido adulterada, que las murallas servían de barrera de contención de un enorme burdel con muchas más prostitutas que clientes . Dudó en qué categoría encuadrarse a sí mismo; quizá en ninguna de ellas. Sólo era un fisgón que había sido descubierto y al que yo iba a echar de un puntapié en el culo.
Eso es algo que también me ocurre a mí, creo que de alguna forma soy, como él, un fisgón, un estafador, un cleptómano de todo lo ajeno.
Se sentó en un banco cualquiera de la ciudad. Sobre él dos cielos: uno de ellos azul, nítido, infinito, real, el otro negro, abstracto, demasiado próximo y quizá más real. Él mismo parecía ocupar el vórtice que separaba en dos mitades perfectamente asimétricas esas dos realidades.
Yo observaba esa aburrida escena en cámara lenta sin inmutarme. Qué más daba que el cielo se resquebrajase y como un cuchillo se le clavase en el estómago practicándole ese particular seppuku. Estaba harto de ese ridículo flâneur y su cuestionamiento acerca de la humanidad. Le arrojé tres gotas de agua tan grandes que le empaparon por completo; fue entonces cuando él, por primera vez, miró hacia el cielo.
            −Deberías protegerte más− le dije.
            −¿Quién eres tú?− contestó.
            −Alguien que sabe exactamente lo que va a ocurrir; con que sepas eso es suficiente, así que yo de ti pensaría en largarme.
            −¿Acaso eres Dios?, aunque no imagino a Dios hablando de la forma en que tú lo haces conmigo.
            −¡Qué quieres decir con eso?¿Te parezco osado?
            −No, no osado, más bien grotesco. En fin, me gusta mojarme, creo que me quedaré aquí.
Tengo que reconocer que esperaba que me tratase con más condescendencia. En un principio me despistó.
            −Dios no tiene tanto poder como yo. Puedo hacer lo que me de la gana contigo. Simplemente te aviso de que en este preciso instante un tornado de dimensiones bíblicas está a punto de acogerte en sus brazos.
            −Déjame en paz.
            −Podría hacer que el viento te elevase por los aires con tanta violencia que tus extremidades se separasen del tronco y apareciesen en otra parte del planeta. Podría causarte el peor de los males y sonreír mientras te viese sufrir.
            −¿Qué puede haber peor que esto?− interrumpió.
            −¿A qué te refieres con eso?
            −A ti, ¿qué si no?
            −Me estás empezando a cabrear− grité a la vez que un rayo caía en sus pies quemándole la punta de los zapatos e impregnándolo todo de un olor a piel de borrego quemada. Él levantó la cabeza intentando buscarme sin llegar a ver nada.
            −¿Qué haces mirando hacia arriba? Ya te he dicho que no soy Dios.
            −De eso ya me he dado cuenta. Si tu poder se limita a hablar sin parar y enviarme un ridículo relámpago, está claro que no eres ningún dios; es más no les llegas ni a la suela de los zapatos.
            −Basta, mi poder es mayúsculo. Puedo dejar de escribir esta historia y tú desaparecerás instantáneamente. Soy yo quien dirige mis dedos, quien presiona las teclas del ordenador, quien te  ha creado, quien te da vida palabra a palabra. Tú vives gracias a mí. Te preocupas porque yo quiero que lo hagas. Cuando estás triste es porque yo lo he decidido. Quién si no determinó que fueses un flâneur. ¿Todavía no te has dado cuenta que soy el escritor?
            −Por supuesto que me había dado cuenta. Eres tú el que aún no ha aceptado que si yo muero también tú lo harás, así que no me preocupo lo más minimo. Si el tornado me engulle y descuartiza en minúsculos trozos, tú te encargarás de recomponerme y darme vida nuevamente porque todavía no está escrito todo.

jueves, 30 de mayo de 2013

Aquilino (parte II)



Cómo Aquilino acabó de esa forma, tratándose de un personaje de éxito que habitualmente llenaba las portadas de las revistas del corazón, es algo que dará tiempo a relatar mientras el coche patrulla se lo lleva a comisaría esposado y casi amordazado, y todo para evitar que alguna oreja acabe perforada por sus caninos; también es cierto que cuando los agentes le redujeron y vieron su boca ensangrentada no pudieron dejar de pensar en el doctor Lecter (y es que el cine tiene la capacidad de anular cualquier tipo de lógica, quiero decir que no anda el mundo lleno de Hannibales y cruzarte uno por la ciudad se me antoja complicado, teniendo en cuenta que Aquilino no era ciudadano americano, algo que, por otra parte, ya habrá descubierto el lector). Como decía, Aquilino, en otra época, disfrutó del éxito: premios, dinero, mujeres, entrevistas, etc. Llegar a ese estado a través de la literatura es tremendamente complicado, de hecho no ocurrió exactamente así, más bien la literatura, la mala literatura, le trajo algún premio, éste le llevó a alguna fiesta, y en ellas conoció a alguna mujer que quizá era demasiado famosa. Y él demasiado influenciable. El dinero de los premios duró poco, las mujeres guapas el mismo tiempo que el dinero y a las editoriales se les agotó la paciencia con tanta rapidez que Aquilino no pudo reaccionar. No fueron estos los únicos abandonos, ya que la inspiración siguió el mismo camino. Sin fiestas, dinero, mujeres y algo que escribir, sólo le quedaba pasar el rato en el único lugar en el que todavía disponía de crédito, el bar de la esquina. El barman anotaba en un bloc a cuánto ascendía la deuda. Entre trago y trago de bourbon buscaba los responsables de sus desdichas. Las ruedas chirrían por el frenazo brusco del vehículo frente a la puerta de la comisaría. Aquilino deja el asiento húmedo y con un insoportable hedor que enseguida se adueña del coche. El agente le hace salir de un empujón a la vez que le dice a su compañero que lleve el coche al garaje para que lo limpien. Aquilino se sienta, esposado, frente a un agente vestido de paisano y lo primero que le llama la atención es una figura que le resulta demasiado conocida, alto, bien parecido, seguro en cada uno de sus movimientos, casi avasallador, su voz también suena muy familiar. El hombre de mediana edad se da la vuelta y se le queda mirando fijamente. Aquilino se intenta incorporar de un salto para abalanzarse sobre él, pero las esposas se enganchan en el respaldo de la silla y se cae de bruces contra la mesa del detective golpeándose la cara contra un crucifijo de madera y dejando todos los papeles manchados de sangre. Intenta hablar, pero la mordaza no le deja articular palabra. Dos agentes caen literalmente sobre Aquilino, propinándole, uno de ellos, un fuerte puñetazo en la riñonada. Sonidos incomprensibles se filtran por la tela de la mordaza, aunque una misma tonadilla los caracteriza a todos ellos. Como Aquilino no para de repetir esos mismos aullidos guturales, el agente de paisano ordena a los otros dos, de uniforme, que le retiren la mordaza. Es entonces cuando se escucha claramente la palabra que repite incansablemente Aquilino: Parrado.

lunes, 27 de mayo de 2013

Aquilino


Una horrible sensación como único acompañante. Estuvo leyendo Lovecraft hasta altas horas de la madrugada, así que ser acompañado por una sensación en lugar de un Ser debía ser motivo de alegría. Todo parecía estar contra él esa mañana: los veinte euros que no quería aceptar la maquina, la interminable cola en las taquillas de la estación y el guardia jurado mirándole de arriba abajo como si fuese un delincuente. Por megafonía anunciaban la salida inmediata del tren. Se le pasaron dos alternativas por  la mente: hacer la cola y perderlo con toda seguridad, o subirse en el vagón con prontitud y sin billete. El guardia, leyendo su pensamiento, dio dos pasos hacia él. Aquilino, temeroso, indeciso, moviendo milimétricamente las plantas de los pies, pero con una cadencia vertiginosa, se iba acercando al vagón sin dejar de mirar el impoluto uniforme azul con letras doradas. Era ridículo estar preocupado puesto que el guardia en ningún caso le iba a pedir el billete –todo el mundo sabe que no están para esos menesteres, sino para otras tareas mucho más importantes que no vengo, bien, a recordar− ni mucho menos seguirle hasta dentro del vagón. La situación se había adueñado de él. Debo actuar rápido –pensó, pero los piececitos se movían como los de un cien-pies: poquito a poquito. A esa velocidad no iba a conseguir alcanzar el convoy. El guardia, cada vez, le observaba con más curiosidad y con cara de estar esperando su próximo movimiento. Aquilino tenía pensado dar un salto en el momento en que empezase a sonar la señal acústica de partida, pero el guardia estaba justo al lado de la puerta de entrada. Aquilino hizo un gesto de pánico y notó la humedad de cuatro gotas de orina, que no pudo contener, en sus ingles. El vigilante parecía estar esperándole. La mirada fija en los camales de Aquilino y éstos, cada vez, más húmedos. Los pasos cortos no le permitían escapar del charco que comenzaba a formarse a su alrededor. El guardia parecía haberse dado cuenta e instantáneamente se dirigió hacia él. Aquilino comenzó a temblar. Lo tenía ya muy cerca cuando de un inesperado salto se abalanzó al cuello del hombretón y de un mordisco le arrancó media oreja. Es increíble la cantidad de sangre que sale de un órgano tan poco irrigado  −dijo un viajero, que se encontraba sentado en un asiento del vagón y había observado toda la escena, a su acompañante. Ya ves! –contestó éste sin dejar de mirar el efecto iridiscente que formaban las gotas de sangre al chocar contra el charco de orina.

domingo, 19 de mayo de 2013

Pequeñas Dictaduras

Me he despertado con cierta desgana. He pensado que no se trataba de nada demasiado importante, que tú no tenías nada que ver, pero estaba equivocado. Siento como si todo el aire contenido alrededor de la Tierra, cautivo por levedad, me oprimiese la cabeza intentando entrar por cada uno de sus orificios para devorarme. Pequeñas moléculas diatómicas masticando cada una de mis células, comenzando por el hígado. Y es que siempre he imaginado que el oxígeno tiene dientes de morena e instinto asesino, como los dictadores. De hecho creo que el oxígeno es un pequeño Videla dando minúsculos, pero dolorosísimos, bocados.
Es tras estos pensamientos cuando decido no levantarme, seguir tendido sobre la cama hasta que tú vengas a ver qué me ocurre, hasta que creas que no salgo porque algo grave ha ocurrido, u ocurrirá. Te esperaré hasta que vengas a arroparme. Es entonces cuando te diré todo lo que pienso, o puede que no sea justo en ese instante; quizá decida esperar hasta tenerte más cerca, dar tiempo a que entre otro tú, que seamos más (sonrío pensando en los diferentes olores de esos tú) para que los reproches que te tengo guardados sean menos dolorosos.
El peso de la atmósfera me oprime contra el colchón haciéndome desaparecer, y todavía no has entrado. Intento, con todas las fuerzas, sujetarme a algo para poder decirte lo único que siempre te ha faltado escuchar. Abro la boca, intento gritar tu nombre. Todo está oscuro, ya nada tiene remedio; me voy de tu lado y tú, lector, todavía no estás.

domingo, 28 de abril de 2013

Catch the train

Nuevamente ando subido en un tren. Estar en un vagón, asomado permanentemente a la ventana, tiene algo de romántico; aunque en realidad estoy atrapado y sin poder decidir sobre mi destino. Es cierto que podría bajar en cualquier estación y jugarle una pasada a la certidumbre de que el destino final está prefijado de antemano, pero no me siento con fuerzas. Siempre he sido una persona -no indecisa, no- más bien cobarde. Porque bajarse en cualquier andén sería un acto de valentía, aunque yo sé que carezco de ese don. Puede que todos me vean como una persona decidida y valiente; nada de eso. Es una pose con la que pretendo disimular mi verdadera condición. Soy un cobarde. Y me parece hasta gracioso que llegue a esta conclusión en un tren al ritmo del chaca-chaca de las vías al ser aplastadas por varias toneladas de hierro.
Tengo, además, la sensación de que todos los pasajeros conocen esta característica que me acompaña; saben de qué soy capaz, o, más bien, de qué no soy capaz. Me pitan los oídos, el tren rueda ahora silencioso. Las personas no hablan ni se miran. De repente todos en pie. Se colocan uno tras otro y comienzan a desfilar. Desaparecen al final del vagón como una cadena de hormigas llevando semillas a la despensa. Tengo el presentimiento de que entienden perfectamente -en su nueva condición de hormigas- que yo no les siga. Quizá éste sí sea el primer acto de valentía que cometo. Debo decir que me siento intrigado acerca de las causas que les incitan a levantarse y seguir a un líder que debe ir a la cabeza de la fila, pero mis nalgas permanecen fuertemente agarradas a este asiento mullido, sucio y desgastado.
Desde el principio supe que este episodio nada tenía que ver con los otros, que se trataba de un último viaje, definitivo. No me sorprende que el tren no aminore la velocidad a su paso por cada pueblo, que no se detenga. Se trata de un viaje con un único destino. Quizá la única diferencia entre los insectos y yo es que ellos han asumido su final, mientras que yo me niego a comprender que simplemente soy uno más.
Me asomo a la ventana y puedo oler la tierra mojada. El día está gris y se ven charcos por todas partes. Debe haber llovido. Me gusta la lluvia. Tampoco nos hemos cruzado con otro tren; ese golpe de aire que tambalea los vagones hubiera hecho que los formícidos cayesen unos encima de otros. Siguen pasando frente a mí sin mirar. Sus cabezas negras perladas son idénticas. Su abdomen, peludo al contraluz, provoca cierta repugnancia, incluso entre ellos mismos. Imposible diferenciar uno de otro, macho de hembra, joven de viejo,...
Lo curioso es que compré un billete de ida y vuelta, aunque ahora entiendo que no habrá vuelta.

miércoles, 24 de abril de 2013

Tierra prometida

Era una tarde de abril, de esas en las que el sol castiga con justicia a los despistados viandantes que se atreven a retarlo. Sin embargo, el aire era fresco, lo que se traducía en un gradiente de temperatura corporal demasiado elevado. La espalda, fría, amenazaba con contraerse y contracturar el cuello; el pecho, caliente, invitaba a desnudarse. De no ser por aquel policía, que se acercaba a mí con decisión, lo hubiese hecho. Imaginé que la joven estudiante, que repasaba los apuntes tumbada sobre el césped del parque, se acercaba para que le hiciese el amor sin contemplaciones.
Pero nada de eso iba a ocurrir. Un escalofrío me recorrió la columna cuando la mujer policía me pidió los papeles. Dijo los papeles, no la documentación. Con esa frase tan corta ya me estaba dando a entender que sabía que yo era inmigrante. Me repatea la necesidad matemática y vital que tiene la gente de meterlo todo en grupos; si perteneces a este, ya no puedes hacerlo a aquel otro. La observé con una mezcla de ingenuidad y desprecio. Por supuesto que tenía papeles, pero no me apetecía enseñárselos. Lo que realmente quería era follármela ante la mirada disimulada, aunque vouyerista, de la estudiante. Puede que ella lo notase porque se echó la mano al cinto. Ese gesto masculino me provocó un escalofrío, pero no logró intimidarme. Retiré la bolsa de supermercado, con una botella de coca-cola rellenada con vino de menos de un euro, que estaba sobre mi abdomen y llevé la mano derecha al bolsillo del pantalón, haciéndole creer que buscaba los papeles cuando mi única intención era rozar con el dedo índice la punta de la polla. El sol golpeaba de frente obligándome a mantener los ojos casi cerrados. Noté dos golpes en la rodilla, era su porra.
Las palomas batían sus alas a nuestro alrededor, planeando unas tras otras, en busca de algo de sexo. Mientras, la policía no dejaba de hablar por su radio-comunicador. Un grupo de ancianos se alejó del guía acercándose descaradamente al banco y cuchicheando entre ellos. La estudiante sonreía maliciosamente.
Desde que estaba en el país me había dado cuenta de algo: la gente sonríe más a los negros que a nosotros. Una mosca se posó en la bota reluciente de la agente; me dieron ganas de aplastarla, pero intuyó mis intenciones y se dispuso a elevar el vuelo con presteza. Creo que la aplasté; era una mosca gigante, una súper-mosca. La agente también parecía una mosca; vestida de azul marino y una cazadora que mueve como si fuesen alas, y el casco, y sus patas. Y esa boca succionadora. Me hubiese gustado morderla, desprotegerla de su armadura frente a la mirada atónita de los ancianos y de la joven cada vez más excitada. Coger su amenazante porra con la mano y penetrarla con la mía. Y eyacular dentro de ella. Nada de eso ocurriría porque antes de darme cuenta estaba siendo esposado y colocado a empujones en la trasera de un coche-patrulla.
Aquí el calor nada tiene que ver con ese otro calor, la tierra es demasiado árida y las mujeres no me gustan, tampoco hay policías; ni estudiantes. No hay guías, ni turistas. Tampoco existen los parques, ni hay bancos. Sólo tierra. Tierra.

lunes, 22 de abril de 2013

Leo

Tengo la sensación, el pálpito, la certeza, más bien sé que debería ser más agradecido. No lo he expresado bien y no quiero confundir al lector, a ti tampoco. No es que no lo sea, lo soy. Puede que todo haya sido, siempre, un problema de comunicación. Que las palabras, que tan fácilmente puedo combinar con mis dedos, permanezcan recluidas entre piezas dentales y saliva. Sé que no soy un especialista en musicalizar esas palabras con la lengua y los labios. Pero en esta ocasión debo de agradecer el legado recibido. Cuando entré en tu casa el olor a papel viejo y polvo me abofeteó. También la sensación de intrusismo. Diogénicas montañas de celulosa y tinta apiladas por cada habitación, forrando las estanterías de lomos de diferentes colores, impidiendo el paso hacia cualquier lugar o salida. Caminé hacia tus librerías y comencé a leer nombres y títulos, a acariciar los relieves de los lomos de cartón, a sonreír. Lezama Lima, Fitzgerald, Dos Passos, Benet, Paz, Sarduy, Hemingway, Márquez, Borges, Kafka, Lovecraft,... Algunos títulos buscados hace tiempo en librerías de viejo, otros, reencuentros fortuitos. Por eso, quería expresarte mi agradecimiento. Puede que te alegrase saber que parte de tu colección no correrá la misma suerte que el resto, que las páginas de todos esos libros volverán a ser pasadas, las letras leídas, que me acompañarán como lo hicieron contigo, también diogénicamente. No podría ser de otra forma.


A la memoria de Leopoldo Gómez Rochera

martes, 9 de abril de 2013

Officium


Me sumerjo, una enorme gota de agua cae sobre mí. Inundado, imagino que soy un insecto, cualquier insecto. Intento respirar, pero una capa invisible actúa como una lente y no me deja hacerlo. Es una lente y el sonido de la música no deja que se estabilice; tiembla. No se estabiliza y no puedo reconocer qué está ocurriendo. Qué sucede. Quiénes son esas personas. Por qué miran. Intento esconderme; creo que estoy desnudo.
Suenan las campanas, las mantillas, artesonados mozárabes de tela azabache, dejan pasar la luz tenue. Los rostros de ellas se me descubren más jóvenes de lo que imaginaba. Las campanas marcan el ritmo de la procesión como en un desfile militar. Baterías de piernas escondidas bajo seda negra desfilan ante mis ojos.
No es cierto que el agua hidrate, me duele mover los párpados. Se meten por una portezuela. Todas escondidas. Quiero seguirlas, pero me asusta que descubran que estoy desnudo. Lo estoy. El templo también tiembla. Las campanas amenazan con descolgarse. Y la luz se apaga en el interior; no veo nada. Dónde están todos. Suena un órgano y la madera chirría accionando sus resortes. Pienso que debe ser muy difícil hacer sonar ese instrumento. El agua sigue rodeándome, debería echar de menos al aire, pero no es así. No siempre las cosas ocurren como esperamos. La vida me ha enseñado que el tránsito por ella es un ejercicio de readaptación. Eso es, readaptación. Escucho una voz femenina acompañando las notas que salen escupidas de los tubos cobrizos de ese viejo instrumento. Soy una hormiga y curioseo anónimamente todo aquello que se me ocurre. Puedo escalar por esos hilos de seda y acercarme al sexo de cada una de las mujeres. Puedo averiguar a qué huelen sin necesidad de imaginarlo. Podría decir mucho de cada mujer sólo oliendo su sexo. La voz áspera de un hombre hace que sus nalgas se contraigan, les recrimina cosas que no han hecho y ni tan siquiera han llegado a imaginar. Este hombre ha roto el misticismo que envolvía el ambiente. Ellas se creen, ahora, culpables. Sus cuerpos se han secado como mis ojos.  Siento la necesidad de gritarles que todo es mentira, que no hay nada malo en ellas, que no soy una hormiga, pero unas manos, unos dedos, unas uñas me han atrapado. Presionan mi cabeza hasta el punto de creer que va a estallar. El agua se ha evaporado. La punta de un tacón presiona mis testículos. No siento dolor. Se levantan todas a una, a la voz de ¡ya! Se acercan al hombre, ahora silencioso y estático. Reparte algo. No sé qué es. Cojeo con disimulo hasta Él. Le suplico y después me quedo pegado en ese manto blanco y pastoso. Atrapado, igual que cuando la gota cayó sobre mí. Una a una van abandonado el templo sin mirarme; podría suplicar ayuda, pero no soy de esa clase de insectos. Todas las luces se apagan, aunque unas velas muestran qué va a ocurrir. Algo desciende de la pared, observa con detenimiento, vigila.  Ahora me doy cuenta que lo ha estado haciendo desde que entré. Su boca es enorme. Cerraría los ojos para no ver cómo me devora, pero están demasiado secos. Podría intentar convencerle de que sólo soy un insecto, aunque sé que no valdría para nada. La aceptación es algo que también he aprendido a lo largo de la vida.

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