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domingo, 14 de febrero de 2016

De ondas gravitacionales y otros aspectos menos importantes

Se ha escrito tanto, últimamente, sobre las ondas gravitacionales... 
Sin embargo no encuentro la manera de relacionarlo con mi condición de fracasado. 
¿Y si todo fuese debido a esas perturbaciones espacio-tiempo? 
De la misma forma que la teoría puede explicar y predecir el comportamiento de dos agujeros negros  supermásicos colisionando y cómo esto afecta a la distorsión del espacio, podría razonar el porqué de mis repetidas metidas de pata en cada empresa que emprendo.
Parece ridículo recurrir a Schrödinger, Heisenberg o Einstein para hablar de mí mismo, quizá lo sea.



Siendo un niño, refugiado en mi soledad, disfrutaba de dos placeres: deconstruir cualquier aparato tecnológico que cayese en mis manos y observar a las personas. Esto último me parecía tan apasionante como lo primero y no porque alguien me causase admiración sino todo lo contrario. Aborrecía la falsedad, la ignorancia y la prepotencia con que se trataban, pero eso no hizo que dejase de escucharles, incluso lo hacía con más atención. Ya entonces sabía que no me parecería a ellos. Sin embargo las decisiones que fui tomando me convirtieron en un perdedor. Nunca he dejado de escucharles; de hecho me defino como un ladrón de conversaciones. Aunque estas no me causan interés, más bien me producen asco; en ocasiones incluso me provocan arcadas.
Es por esa razón por la que miro al cielo, observo el universo y no solo pienso que existe algo más que nosotros allí afuera, sino que además creo que la justificación de todo se encuentra allí. También la de mi fracaso. Por eso este descubrimiento de falta de fe me resulta tan importante.
Las mismas personas que aborrezco han destinado millones de dólares  para pescar una onda perdida en el espacio –yo no lo hubiese podido hacer, puesto que tengo una conciencia demasiado pesada– que les permita ser los primeros en anunciar el hallazgo. Este descubrimiento impulsará nuevas y poderosas inversiones que permitirán que la economía fluya mientras las ondas gravitacionales se estrellarán contra nuestros mares provocando tsunamis que volcarán barcas en el Mediterráneo como si fuesen golpeadas por operadores laplacianos en busca de Dirac.


En la barca hay un niño, al que todos miran con recelo, chupando la teta seca, negra y agrietada de su madre; también a él le arrojará al mar. Intentarán llegar a la costa, pero ninguno de ellos lo conseguirá. Se trata de ondas gravitacionales; algo muy importante. Bien merece un Nobel el descubrimiento, aunque quizá no interese demasiado lo que piensa este fracasado, este auténtico loser, este solitario nieudáchniki.

lunes, 25 de enero de 2016

Un domingo cualquiera


Observando a la gente pasear por la calle una mañana de domingo es como descubro que este no es mi lugar. Ese sentimiento de desubicación me ha acompañado siempre. En la infancia y juventud lo pude camuflar con la vergüenza –no se extrañe el lector de que ya entonces fuese consciente de semejante aberración–, aunque yo sabía que no se trataba mas que de un engaño que los dejaba tranquilos. Y a mí también. Reservado, pensaron más adelante. Sin embargo se podría reducir todo a que no soporto a la gente que me rodea. Últimamente ni los comienzos de relación –ese momento efímero en el que se disfruta de lo novedoso– me hacen sentir un ápice de deslumbramiento. Diría, pese a pecar de prepotente, que nadie consigue sorprenderme; ya no. Por esa razón he ido convirtiéndome en un ermitaño. Lo peor de todo no es la soledad, sino que aquello insoportable, y a la vez ridículo, es que nadie se haya dado cuenta de ello. Todos siguen comportándose de la misma forma conmigo, como si nada hubiese cambiado. Tampoco es plan de ser manifiestamente grosero. Mi mujer me sigue exigiendo que la folle después de cenar juntos, tomar un gin tonic a la última moda –o sea con tanto aditamento que resulta difícil saborear la ginebra– e ir desnudándome conforme va excitándose. Mis hijos son demasiado pequeños para comprender nada. En el colegio no soy el primer profesor que se mantiene en silencio mientras la muchachería hiper-hormonada y repleta de acné se sube por las mesas cual primates obviando la importancia de la física y su silencio espacial (especie de susurro gravitacional). En las reuniones de departamento interpretan mi mutismo como un signo de conformidad, incluso María, la jefa de departamento, los traduce como un sí o un no según su interés. Por esa razón me han elegido como representante del comité aduciendo que mi carácter sosegado es una cualidad única para llevar a cabo negociaciones. La verdad es que me sorprendo al comprobar que he conseguido más que ninguno de mis antecesores en el cargo; y todo sin necesidad de decir una palabra. Sin embargo todo tiene un límite.
Como decía, esta mañana de domingo asomado en el balcón del piso que tengo alquilado en el barrio del Carmen me he dado cuenta de que me he cansado de fingir. He tomado una decisión. No tiene sentido que sean los demás los que interpreten todo aquello que pienso. Si fueran capaces de leer mis pensamientos se asustarían. Incluso yo, a veces, siento miedo.
De repente me descubro gritando a una pareja de alemanes que pasean por el barrio cogidos de la mano con una guía de viajero frente a sus caretos de antisemita. Un policía me ordena que me calle. Resulta gracioso que tenga que ordenarme silencio cuando precisamente es lo que más me sobra. Mi mujer sale al balcón y me pregunta que a qué viene esto. ¡Hi Hitler!, repito cada vez más alto. María adopta un gesto serio, el mismo que en las reuniones de departamento, los jóvenes con acné lanzan al suelo su guías como signo de protesta a la vez que mis hijos me insultan al unísono llamándome asesino. Todo el mundo, de repente, está mirando hacia el balcón y se suma al grito unánime. El policía llama por la radio a su compañero citando claves que desconozco. Siento un mareo y me apoyo en el cristal de la puerta corredera durante un instante. Al retirar la mano su silueta queda marcada y de ella brotan goterones rojos de sangre. Me doy cuenta de que estoy solo, no está María, tampoco mis hijos. El policía me apunta con su arma reglamentaria  mientras que el público que ya abarrota la calle –la mayoría turistas– repiten como un mantra ¡Mátalo! Yo les saludo y sonrío como si la función hubiese acabado. Alguien que no identifico, aunque me resulta tremendamente familiar, susurra algo al oído del policía. Dos sonidos quedos ahuyentan a las palomas de la Lonja que vuelan juntas en sentido contrario al humo que sale de la pistola. En el poco tiempo que tardo en caer al suelo, la calle ha sido totalmente desalojada y el olor del café se adueña nuevamente del domingo.

martes, 12 de enero de 2016

SIMETRÍA

die ideale Wirklichkeit. Piet Mondrian

Por alguna razón que desconozco la simetría me da tranquilidad, me apacigua. Pero no cualquier simetría, concretamente aquellas que se basan en líneas horizontales y verticales dispuestas en las tres dimensiones del espacio. No aceptar, al igual que Mondrian, las diagonales.
Es por esta razón que durante mi vida he ido reproduciendo los comportamientos en paralelo y realizando justo lo contrario, confiriéndole entre una y otra vez un ajuste hacia la rectitud. Todas las mujeres que han estado conmigo me han dejado por esa misma razón. He asumido, con el tiempo, que se trata de algo inevitable. Ya no me tortura saber que también las simetrías tienen un final. Dijo Theo van Doesburg que la palabra y el sentido solo pueden profundizarse por medio de situarlas directamente al lado de sus opuestos. Las leyes universales que gobiernan la realidad visible se encuentran escondidas en las apariencias externas.
También mi escritura, en ese sentido, es tan visible como previsible. Nadie que haya seguido mi trabajo se puede ver sorprendido, más bien se sentiría decepcionado. Al igual que todas esas ex que un día supieron que lo sabían todo de mí, que ya no quedaba un minúsculo hueco entre rayas para la sorpresa. Sin embargo me resulta aterrador tan siquiera imaginar que esta escritura no esconde rincones redondeados, vericuetos inalcanzables. Solo pensar en la falsedad de la simetría me produce pánico. No estoy preparado para asumir que siempre he andado en la dirección opuesta. Llegado a este punto no me da tiempo a desandar todo el camino. Resulta más gratificante pensar que he ido construyendo algo que, aunque arquitectónicamente perfecto, no es comprendido. Es demasiado tarde para comenzar de nuevo.

Precisamente debido a las simetrías, aunque se me acuse de ser solitario, he sido incapaz de estar solo; siempre he necesitado a alguien a mi lado que elimine la negritud de mi sombra –una línea paralela a la mía–. En ese paralelismo ha estado parte del problema, quizá nunca he sabido hacer entender la idea de no aproximar demasiado esas líneas paralelas para que no se confundan. Se me ha acusado muchas veces de insensible, de no involucrarme, de ser inmisericorde con el lector cuando es precisamente lo contrario. La aproximación de las rayas presenta una inevitable finitud, mientras que el paralelismo te lleva al infinito, a la inmortalidad y ¿no es eso lo que buscan todos los escritores, la inmortalidad?

miércoles, 16 de diciembre de 2015

VÉRTIGO


Has perdido la capacidad de disfrutar –me dijo –, internet ha eliminado lo poco que nos quedaba. Quise replicar, pero me limité a continuar buscando imágenes en google.
–Nunca pensé que fueses tan simple, te impresionas con paisajes vistos en una pantalla, con momentos extraídos de las películas, con fotografías y obras de arte expuestas en tu monitor de 17 pulgadas; ¿qué hay de pertenecer tú a esos decorados?¿por qué nunca has detenido el coche para disfrutar de una puesta de sol?¿Cuál es la causa que te impide asistir a una exposición? Estoy harta, ahora sé la razón que te impide escribir sobre la belleza, inclinarte siempre por lo sórdido, por los defectos. Eres un simple analista de datos, no un escritor.
Si quería hacerme daño lo había conseguido. Aunque la verdad era esa, ¿quién me había editado?¿Cuántos lectores tenía? La mitad de las visitas de mi blog eran de mis dos perfiles en la red, uno masculino y el otro femenino. Entablaban conversaciones entre ellos intentando hacer creer a los visitantes que con cada una de mis entradas había abordado un tema polémico de forma sublime y suscitaba diferencias de criterio. La pantalla del monitor se oscureció poniéndose en descanso; ante mí el reflejo de un loser que se negaba a aceptar ningún tipo de crítica. Demasiados árboles enfrente.
Su voz se alejaba por el pasillo. No hice ningún esfuerzo por escucharla. Finalmente un suave susurro y el sonido de las llaves me hizo imaginar el campanario de la iglesia, James Stewart viendo precipitarse a Kim Novak mientras la religiosa hacía sonar las campanas. ¿No escriben los escritores sobre aquello que imaginan? Por alguna razón se me cerró el estómago, un dolor punzante subió por el esófago localizándose en la laringe. Quise llamarla, pero el dolor me estaba asfixiando y no conseguí articular ninguna palabra. Tropecé con el cable del ordenador cuando intenté ir hacia la ventana haciendo que la pantalla se rompiese en diminutos trozos de cristal. Quería verla desde allí arriba, ser capaz de capturar esa escena. La imaginé más guapa que nunca, con su vestido negro de flores, sin sujetador, con una pequeña bolsa de viaje en la que cabían todas sus cosas; una finas gotas de lluvia comenzaban a caer y la luz naranja de las farolas reflejándose en los charcos de las aceras conseguía que la atmósfera permaneciese borrosa. Alcancé la ventana justo a tiempo. Ella cruzaba la calle mientras miraba hacia arriba. No vio el coche que se acercaba a toda velocidad. El claxon del coche emitió un sonido agudo que no encajaba con el tamaño del vehículo. Chirriaron los neumáticos. Aceleró el paso mientras dejaba de mirarme y dobló la esquina.

Me dio tristeza descubrir que la escena no se parecía en nada a lo que había imaginado. Esa era la razón por la que nada merecía la pena. No era cierto que la vida estuviese llena de momentos por descubrir, es la proximidad a la muerte la que nos lo hace creer así.

No debía estar allí cuando ella regresase. Las escritura es mi único refugio. Cogí mi ropa y el portátil; ninguna nota con una explicación. Estaba enfadado con ella. Salí a la calle con la esperanza de que ocurriese algo importante, determinante: ser abducido por un O.V.N.I., violado por unas ninfómanas en edad escolar, apalizado por un grupo ultraderechista que fuese camino de un campo de fútbol, insultado por un transexual que me ofreciese una mamada en el portal por unos pocos euros, asesinado por un asaltante de la panadería de la esquina que llevase una careta del pato Donald cubriéndole el rostro y una katana en la mano derecha, escupido por todos los transeúntes –incluso los turistas– por mi condición de fracasado. Me alejé sin más.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

AGUIJÓN


Encuadre de la obra «Baudelaire» del artista Alfonso Renza, dibujada para la revista Canibaal
Me arden los párpados, que es como decir que los globos oculares se insuflaron de ira y consigo que implosionen dentro de esas esferas oblatas, y como decir que toda esa energía traducida en masa relativista se dirige por la oquedad cilíndrica del nervio óptico hinchando hasta la obesidad cada una de las neuronas paticortas que trasmiten respuestas atolondradas y simplonas. Mensajes tan ridículos como que me arden los párpados. Sin embargo es real. Gotas cerúleas resbalan calientes sobre ellos,  adquiriendo una consistencia gelatinosa en pocos segundos y posteriormente sólida antes de que otra gota golpee a esa primera. Como si el iris fuese una báscula de precisión podría decir que cada gota no alcanza los doscientos miligramos y como si tuviese una diminuta cucharilla plateada sigo añadiendo miligramos hasta completar mil que es la cantidad justa para abrazarse por celofán. Hago un nudo sintiendo el peso tormentoso del cirio ardiente. Quiero frotarme los ojos, arrancarme las costras escamosas de los párpados y observar, desnudo, la caída de una nueva gota con la mirada melancólica de un suicida; esperar ansioso ese almíbar dulce y espeso. Tengo los brazos ocupados, uno es el amo, el otro el esclavo sujetado por una goma elástica. Aunque no veo nada puedo observar cuanto ocurre. Puedo ver cómo el rojo invade el color plateado del metal y todo se funde sobre él. Observó a la abeja inyectándose néctar con su aguijón, la sombra del meteorito se agranda a cada sorbo. El insecto vuela en busca de su reina para eyacular su contenido no digerido en un proceso nada aséptico que difumina la sombra antes del impacto, como si el pedazo de estrella se hubiese esfumado. Un instante después despierto asustado buscando restos oníricos que delaten el impacto. No los encuentro. Tan solo escozor que se convierte en dolor y en angustia al avistar una nueva gota aproximándose en busca de un impacto final. Pese a que deseo esperarla, una última respuesta automática me conduce al calor inicial, al fuego, al metal, al insecto.

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