Que la presentación de una revista consiga convertirse en dos días de locura y aflorar de sentimientos sólo se puede catalogar como un éxito.
El jueves 24 presentamos en la galería Imprevisual
El viernes 25 en el Carme teatre
Qué mejor que unas imágenes para convencer al lector de que estoy en lo cierto y no sólo es paternalismo hacia el hijo/proyecto.
Gracias a todos!!
lunes, 28 de octubre de 2013
miércoles, 23 de octubre de 2013
Presentación Revista CANIBAAL
Este jueves 24 a las 20:00h tendrá lugar un asombroso diluvio artístico en la Galería Imprevisual.
"Revista Canibaal abre sus fauces de seda, mientras olisquea a lectores a los que hincar el colmillo. Oferta: Pensamientos en Estado Líquido/ Breve Historia de Simulacros Poéticos/Patológicos Horizontes Artísticos/ Oscura Vida Radiante de la Literatura. CANIBAAL, déjense masticar"
Presentación oficial de la revista Canibaal, una revista "impresa" de Arte y literaturA al alcance de todos.
Y el viernes 25 en el Carme Teatre
"Revista Canibaal abre sus fauces de seda, mientras olisquea a lectores a los que hincar el colmillo. Oferta: Pensamientos en Estado Líquido/ Breve Historia de Simulacros Poéticos/Patológicos Horizontes Artísticos/ Oscura Vida Radiante de la Literatura. CANIBAAL, déjense masticar"
Presentación oficial de la revista Canibaal, una revista "impresa" de Arte y literaturA al alcance de todos.
Y el viernes 25 en el Carme Teatre
martes, 15 de octubre de 2013
Milagro
El columpio iba y venía emitiendo un sonido
quejumbroso. Iba y venía, iba y venía; algo así como grñic. Jesús, sentado en
él, disfrutaba del balanceo, recordando, a buen seguro, cuando le dormía en mis
brazos, meciéndolo con cuidado como si fuese una frágil muñeca de porcelana
alemana. Con mucho cuidado, yendo y viniendo.
Se hubiese dormido de no ser por la
aparición de una ardilla gigante, de dos metros, deforme, como si se tratase de
una inclusión surrealista. No era así, más bien se trataba de un apunte
publicitario. Una ardilla que repartía dípticos que anunciaban una clínica
odontológica. La ardilla, con mirada esquizofrénica de plástico, se acercaba a
mi hijo, a Jesús, y Él la miraba con los mismos ojos que deben ponerse ante una
aparición mariana. Difícil definir esa mirada. Una mirada de asombro,
ingenuidad, sorpresa, miedo, angustia, incredulidad y, también, deseo. El
enorme peluche, nada más ver esos ojos, comprendió qué estaba pensando el niño
Jesús y únicamente deseaba complacerle. El roedor estaba dispuesto a hacer todo
lo que el niño quisiese. El columpio seguía acercándose a la ardilla y
alejándose con una cadencia contagiosa. Ésta estaba siendo poseída, en ese
humilladero improvisado, por las metafóricas idas y venidas. Las bolas de
metacrilato incrustadas en sus cuencas de lana se dieron la vuelta –quedándose
en blanco- al mismo tiempo que una ráfaga de viento hacía volar sobre ellos los
dípticos coloreados como aviones de confeti o fuegos de artificio. El columpio
cada vez más alto; Jesús se elevaba, empujado por una fuerza sobrenatural,
hasta los cielos, para luego descender
nuevamente hasta la tierra, al lado de la ardilla, la descomunal
ardilla.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Pájaros en la cabeza
Dolor de cabeza, pájaros circulando con impunidad por entré las culebrillas neuronales, quizá está dormida. No
lo sé. Las ávidas aves picotean sus huesos como deseando escapar.
Picotean y duele. Tiene que doler, pienso. Debe ser una putada que se te metan pajarillos
en la cabeza y que, una vez ahí dentro,
quieran huir, y que no sepan dónde está la salida, y que, quizá por eso, te
picoteen los huesos causándote dolor;
un dolor que está dentro de ti pidiendo salir. Sé que penetraron por su orificio más caliente, los pajarillos, su sexo. Por esa cálida carne tan apetecible. Y todo por esa manía suya de amar.
Los pajarillos, ahora, la conocen
mejor que yo; han recorrido sus adentros, y quieren escapar, ¿por qué? ¿No es eso lo que querían? Estar
dentro de ella. Sé que está sufriendo, sin embargo no es capaz de juntar las piernas.
No podrán escapar, las paredes cálcicas son demasiado duras para esos diminutos picos rojos
como la sangre. Los romperán contra
ellas causando, únicamente, más dolor. Sus ojos me observan suplicando ayuda. Debo hacer
algo por ella, algo contundente. Es su mirada en blanco y negro la que me
convence de que tengo que abrir la jaula, seguir adelante. ¡Tanto la quise! Pero no la entendí. Esa necesidad suya... La mirada se pixeliza, se deconstruye
infantilizándose. Atemorizada pide perdón. Es en esos mismos ojos donde veo que ya es tarde;
demasiado tarde para nosotros. En esos mismos ojos en los que me veo reflejado
con miedo.
La cárcel ya está abierta, no existen los ojos inquisidores y la habitación se llena de pájaros de
colores que son ella.
jueves, 19 de septiembre de 2013
El final
Nuevamente
escuchaba voces en el pasillo. La sola idea de que fuese Erminia me hacía
temblar. Gotas frías como la muerte humedecían mis rígidas ingles. Debo
confesarte que hubo un tiempo en que me alegraba cuando oía el sonido grave de
su voz por la casa. Erminia es de esas mujeres que se hacen notar. Hace unos
minutos que no la escucho, puede que todo esté en mi cabeza; ¿crees que debería
hacérmelo mirar?, un médico, quiero decir. Un discípulo de las teorías de
Freud. Recuerdo perfectamente el día que conocí a Sigmund, pensé que era
demasiado serio y altivo como para seguir relacionándome con él, además no le
gustaba mi poesía. Me da pánico, como si estuviese en un escenario, desvelar
todo lo que pienso. Creo que todos estamos un poco locos. ¿Quién no ha
escuchado voces alguna vez en su vida? Levanto la pluma del papel para
concentrarme en el finísimo fondo decibélico y ella se me vuelve a mostrar.
Mantengo, por un momento, los ojos cerrados -no sé el tiempo que ha pasado, pudiera
ser una vida- y parece como si la estuviese oliendo. El aroma que
desprendía la piel de Hortensia no es fácil de olvidar. Y lo he intentado;
créeme que lo he intentado. Lo único que me da algo de paz es escribir.
Permanecer recluido en mí mismo; apartado de este mundo. Puede que eso fuera lo
que hizo que Marisa se alejase. El silencio. Tanto silencio, días, meses. Puede
parecer curioso que su ausencia me haya enseñado que la escritura me ha dado lo
mismo que me ha quitado, que, siendo mi vida, también ha supuesto el final de
la misma. Iba a decir que te reto a que cojas mi pluma y te pongas a escribir. Sí, lo primero que se
te ocurra, con mi pluma -suena tan pretencioso retar a alguien,
tan antiguo- me conformo con que me sigas leyendo. Hace tiempo que mi
cabeza permanece quieta. Y todo por ti, para no dejar de escribir. Ni cuando
noto el tacto de los dedos de Clorinda recorrer mi piel fría, ni entonces, soy
capaz de soltar la pluma. Me debo a ti. Virginia coloca sus dos manos alrededor
de mi cuello, no lo impido, aprieta con todas sus fuerzas. Bajo la mirada y
compruebo que la tersura de la piel alimonada de Clotilde es la misma de todos
los días. No aprietes tanto, déjame acabar este relato -pienso.
Leonora entiende que es de vital importancia que termine de escribir aquello
que he empezado, por eso desaparece dejando una estela de odio a mi espalda.
Siempre he sabido que acabaría odiándome, no podía ser de otra forma. Ahora
mismo tengo la sensación de que no seré capaz de acabar, que todo se quedará
aquí, sin un final que le de sentido y nos haga pensar a los dos, a ti y a mí,
que la escritura es algo que merece la pena, necesario, una razón más por la
que morir; quizá debas ponérselo tú, el final.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Mírame!
Mírame,
¿crees que soy normal? Sus manos resecas más que acariciar arañaban mi piel;
eran una lija que exfoliaba las zonas más viejas y erosionadas del cuerpo. Qué
es ser normal- me preguntaba mientras levantaba tímidamente la cabeza para
descubrir que su cuerpo ya no era el que yo recordaba. Había pasado mucho
tiempo desde la última vez que estuvimos juntos. Aquel día, el que nos
despedimos, no dejé de mirarle ni un segundo, grabé cada centímetro de su
geometría para no olvidar. De qué me sirvió si ahora quien estaba delante de mí
únicamente me provocaba asco. Me obligaba a tener los ojos abiertos repitiendo
que le mirase. Sonreía. Sus dientes se habían ennegrecido y mostraban algún que
otro hueco que no hacía sino que fortalecer la aversión que sentía hacia él.

Quería decirle que dejara de hacerlo, sonreír, y que no me tocase, pero siempre me he definido por mis actos cobardes. Sus manos recorrieron mi abdomen para posarse en la entrepierna. Qué haces -logré balbucear- deberíamos hacer lo que hemos venido a hacer. En otro tiempo te gustaba -contestó. Con mis dedos índice y pulgar presioné los ojos como queriendo incrustarlos en la masa cerebral, como si de esa forma pudiese evitar recordar. Recordar. Me había costado muchos años salir de la habitación oscura que era mi vida como para que ahora una simple caricia me devolviese al punto de partida. Apreté con más fuerza unos párpados empeñados en proteger la cornea, la pupila, el iris. No me hubiera importado no ver nunca más si con eso hubiese evitado presenciar su cara. Sus dedos, como en el pasado, comenzaron a recorrerme con demasiada meticulosidad. No debí acudir. Por alguna extraña razón sólo se me ocurrió decirle que no era el momento, como dándole esperanzas a un encuentro posterior. La sala fue llenándose poco a poco. Todos se acercaban para hablar un momento con nosotros y luego se sentaban lo más alejados posible, como no queriendo ser cómplices. Su mano se limitaba, entonces, a acariciar la mía. Necesito ir al baño -logré escupir empujando las palabras con una lengua de trapo que parecía adormecida y tan seca como sus manos. ¿Volverás? -preguntó cuando vio que se cerraba la puerta de la sala. Una vez en el baño, mirándome en el espejo, rompí a llorar; no lo hacía por mi madre que reposaba dentro del ataúd más barato que él pudo encontrar, ella no merecía ninguna de esas lágrimas. Tampoco lo hacía por él. Quizá lo hacía por los años perdidos, por la culpabilidad, por una infancia rasgada, por tantas cosas… No tendría que haber vuelto, hubiese sido mejor. Sabía que me encontraría con él y también que él intentaría retenerme, pero fue su mano la que me hizo volver, esa mano que nunca me respetó, esa mano que castigó mi cuerpo tanto como mi cabeza, esa mano que mientras era cortada con el cuchillo de cocina todavía intentaba violarme. Me senté a su lado y tuve que esperar poco tiempo hasta que depositó esa asquerosa mano sobre mis piernas, yo me había vestido con una minifalda muy corta de lana negra, la cogí cuidadosamente y saqué el enorme cuchillo del bolso. La sangre comenzó a salpicarlo todo. Los familiares y amigos que habían venido al tanatorio se quedaron paralizados en sus sillas. No abrieron la boca, ni gritaron, ni intentaron detenerme aunque solo fuera con un gesto. Arrojé su mano en el rostro de mi madre dándole una última bofetada, cerré la tapa y abandoné la habitación
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