Nuevamente
escuchaba voces en el pasillo. La sola idea de que fuese Erminia me hacía
temblar. Gotas frías como la muerte humedecían mis rígidas ingles. Debo
confesarte que hubo un tiempo en que me alegraba cuando oía el sonido grave de
su voz por la casa. Erminia es de esas mujeres que se hacen notar. Hace unos
minutos que no la escucho, puede que todo esté en mi cabeza; ¿crees que debería
hacérmelo mirar?, un médico, quiero decir. Un discípulo de las teorías de
Freud. Recuerdo perfectamente el día que conocí a Sigmund, pensé que era
demasiado serio y altivo como para seguir relacionándome con él, además no le
gustaba mi poesía. Me da pánico, como si estuviese en un escenario, desvelar
todo lo que pienso. Creo que todos estamos un poco locos. ¿Quién no ha
escuchado voces alguna vez en su vida? Levanto la pluma del papel para
concentrarme en el finísimo fondo decibélico y ella se me vuelve a mostrar.
Mantengo, por un momento, los ojos cerrados -no sé el tiempo que ha pasado, pudiera
ser una vida- y parece como si la estuviese oliendo. El aroma que
desprendía la piel de Hortensia no es fácil de olvidar. Y lo he intentado;
créeme que lo he intentado. Lo único que me da algo de paz es escribir.
Permanecer recluido en mí mismo; apartado de este mundo. Puede que eso fuera lo
que hizo que Marisa se alejase. El silencio. Tanto silencio, días, meses. Puede
parecer curioso que su ausencia me haya enseñado que la escritura me ha dado lo
mismo que me ha quitado, que, siendo mi vida, también ha supuesto el final de
la misma. Iba a decir que te reto a que cojas mi pluma y te pongas a escribir. Sí, lo primero que se
te ocurra, con mi pluma -suena tan pretencioso retar a alguien,
tan antiguo- me conformo con que me sigas leyendo. Hace tiempo que mi
cabeza permanece quieta. Y todo por ti, para no dejar de escribir. Ni cuando
noto el tacto de los dedos de Clorinda recorrer mi piel fría, ni entonces, soy
capaz de soltar la pluma. Me debo a ti. Virginia coloca sus dos manos alrededor
de mi cuello, no lo impido, aprieta con todas sus fuerzas. Bajo la mirada y
compruebo que la tersura de la piel alimonada de Clotilde es la misma de todos
los días. No aprietes tanto, déjame acabar este relato -pienso.
Leonora entiende que es de vital importancia que termine de escribir aquello
que he empezado, por eso desaparece dejando una estela de odio a mi espalda.
Siempre he sabido que acabaría odiándome, no podía ser de otra forma. Ahora
mismo tengo la sensación de que no seré capaz de acabar, que todo se quedará
aquí, sin un final que le de sentido y nos haga pensar a los dos, a ti y a mí,
que la escritura es algo que merece la pena, necesario, una razón más por la
que morir; quizá debas ponérselo tú, el final.
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El final es que todas esas mujeres con nombres feos se ponen de acuerdo para asesinarte, pero tu te das cuenta demaciado tarde. Lo unico que te queda por hacer es esconder tu escrito con este final, como testimonio de lo que son capaces de hacer mujeres con nombres feos.
ResponderEliminarPs fuistes asesinado a puñaladas
atte, Lector Maya
Gracias Lector Maya, Ese es tu final. Igual en unos días os cuento el mío...
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