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martes, 23 de julio de 2013

Orgasmetamorfosis


Caminaba por la oscuridad. Porque sí. 
Era ella la que caminaba y no yo, 
ya que yo me hallaba agazapado en el rincón de un árbol. 
En ese preciso instante percivimos 
la luna desparramarse sobre nosotros como una estrella eyaculante. 
Millones de luciérnagas de esperma caían sobre nuestras cabezas 
mojándonos el cabello; cientos de ellas. 
Me las sacudí con la palma de la mano 
como quien se despereza la caspa. 
Todas a mi alrededor alumbraban el miedo que me hacía temblequear.
Y ella se acercaba por la ladera del río que ahogaba a los insectos, 
chasqueando y claqueando sus brillantes armaduras al pasar, 
avisándome, con esa melodía hitchcocktiana, de su proximidad. 
A cada poco más cerca. 
Mucho. 
Fue entonces, lo recuerdo bien, 
cuando una manzana cayó de la sombra del algarrobo, 
aplastando una espiga que liberó de su yugo a miles de granos bíblicos 
que huyeron asustados 
para descubrir las fauces de las pocas luciérnagas 
que habían escapado de la disciplina militar de los zapatos rojos de tacón 
(de ella). 
Y yo quieto, 
silencioso, 
moviendo tímidamente los pies para alejar la luz de la sombra del algarrobo. 
La manzana, que ahora estaba bajo mi piel, 
latía con fuerza, 
al mismo ritmo que los crujidos de los caparazones, 
dificultando mi labor investigadora. 
Tres cracs más y ella estuvo frente a mí. 
La redonda fruta dejó de latir podrida por la impresión 
de la visión de la hembra desdentada que abría la boca para devorarnos 
(a mí y a la manzana). 
La -ella- oruga comenzó su tarea 
sin pestañear con esos largos alfileres que la mantenían, ahora, paralizada en el papel. Movía lentamente su mandíbula para proceder 
mientras que yo me dispuse a comenzar la disección 
con un afilado bisturí hinchado de sangre. Se cubrió el rostro, 
avergonzada por dar salida a esos impulsos tan bajos. 
Y batió sus alas de mariposa en la otra parte del manzano
 desencadenando un orgasmo en esta mi sombra. Nunca más la he vuelto a ver.


miércoles, 17 de julio de 2013

Cleptomanía núm. 5


Joven extranjera con acento anglosajón a acompañante español algo más joven:
-Va a haber 9 millones de personas y, claro, los seres humanos se van a comer unos a los otros...
-Sí, sí- contesta él interesado.
-ya no hay medio ambiente, sólo hay ratas, ya no hay gatos, por eso estoy totalmente en desacuerdo con la humanidad. Tú y yo somos la última generación que vamos a disfrutar de un ambiente relativamente cómodo y aguantable; bueno yo, tú no porque eres más joven... La contaminación acaba con todo, porque cuando yo voy a la playa es tipo código Da Vinci y Ángeles y demonios, muy apocalíptico.
-Sí, sí- asiente nuevamente el callado joven con una mezcla de hastío y admiración.

martes, 9 de julio de 2013

Marie Lautréamont



Marie Lautréamont continuaba paralizada frente a las prendas de ropa que estaban colgadas del hilo de tender en el patio de su casa de un barrio pobre de Paris. La madre de Marie Lautréamont no dejó de insultarla ni un día desde que su padre las había abandonado hacía unos años. Con quince años Marie Lautréamont ya se daba cuenta de lo que ocurría entre sus padres.
Las enormes bragas de su madre, blancas, se movían empujadas por el aire y acariciaban tímidamente la piel rosada de Marie Lautréamont. Se estremecía asustada. Ese día, desde muy temprano, tenía el pálpito de que algo no andaba bien; ninguna palabra en toda la mañana, ni cuando se le cayó el cesto con la ropa mojada y ésta se ensució de tierra. La madre de Marie Lautréamont se acercó hasta ella y, cuando esperaba que le diese un grito, tan sólo le ayudó a recogerla llevándose el cesto para volver a lavarla.
Las bragas acariciaban los labios de Marie Lautréamont produciéndole un cosquilleo que le hacía reír. Sonó el timbre de la puerta. La madre de Marie Lautréamont entró acompañando a dos hombres, uno de ellos con la barba muy poblada y una enorme barriga que prácticamente hacía saltar los botones del chaleco; a su lado un joven apuesto se refugiaba tras la puerta. El joven la vio entre la ropa tendida, riendo mientras las bragas continuaban haciéndole cosquillas. Se sentaron alrededor de una mesa preparada con doce servicios. Marie Lautréamont asomaba la cara para ver al joven. Él enrojeció y agachó la cabeza buscando el refugio del diálogo con sus zapatos.
A los pocos meses de ser abandonadas, la madre de Marie Lautréamont descubrió que el señor Lautréamont había muerto victima de unas fiebres muy altas que le provocaron unos sueños delirantes que, a su vez, le condujeron directamente al ahorcamiento con el alambre que había ido sacando del colchón de su propia cama. Así fue que pudo reclamar una pensión de viudedad que apenas les daba para pagar el alquiler. La madre de Marie Lautréamont siempre había recibido muchas visitas masculinas, incluso cuando el señor Lautréamont vivía con ellas, pero desde que tuvo el problema hormonal y engordó cuarenta kilos ya nadie las visitaba. Por eso Marie Lautréamont se sorprendió al escuchar nuevamente el timbre y ver que tres invitados eran acompañados hasta la mesa del comedor.
Una mariposa se posó en la pinza que pellizcaba las bragas y se columpió mecida por el aire que se colaba desde lo alto del deslunado hasta que Marie Lautréamont la intentó coger con su mano. La mariposa batió sus alas y se elevó escapando de la mano y de las miradas escrutadoras de todos los vecinos que, asomados silenciosamente a las ventanas, esperaban que se produjese algún acontecimiento que diera algo de emoción a sus vidas.
−Marie− se oyó después de que sonase el timbre de la puerta de entrada de la casa de los Lautréamont –Ve a abrir, yo tengo que hacer los preparativos.
Algo le seguía diciendo a Marie Lautréamont que no iban bien las cosas. Hacía mucho tiempo que no recibían visitas en casa. De hecho, nunca, que ella recordase, habían invitado a nadie a comer. Además la nevera estaba vacía, el horno también y ninguno de los invitados había traído nada.
La casa estaba en silencio, un extraño silencio para estar doce hombres esperando a ser servidos; sólo se escuchaban los pasos de Marie Lautréamont acercándose a la habitación de su progenitora, la viuda de Lautréamont, para preguntarle si debía hacer algo.
La madre de Marie Lautréamont estaba tendida sobre la colcha de bordados que cubría la cama, a su lado una bata semitransparente de seda. Le indicó a Marie Lautréamont que se la pusiese, se tomase el líquido que había dentro del vaso que estaba sobre la mesita de noche y se tumbase junto a ella. Marie Lautréamont sintió la caricia de los dedos de su madre, bajó los párpados y le pareció estar en el tendedero, junto a la ropa húmeda.
Los doce hombres permanecieron en silencio cuando vieron aparecer a la madre de Marie Lautréamont con su hija en brazos. Retiraron sus copas llenas de champagne haciendo un hueco en el centro de la mesa. Todos, menos el joven que continuaba observándose los zapatos, ayudaron a retirar la bata semitransparente que cubría el cuerpo perfecto de Marie Lautréamont.
Las bragas continuaban columpiándose sin nadie a quien acariciar.


sábado, 29 de junio de 2013

PajarilloLorca



Un pajarillo se posó en el balcón.
Mi corazón tendría la forma de un zapato-dijo.
Yo me quedé sorprendido, y pensé: un pajarillo. Le pregunté que qué decía.
si cada aldea tuviese una sirena.
Se trataba de un pajarillo-cocodrilo.
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos-continuó.
No me sorprendió que, de repente, estuviese hablando con un pajarillo tan diminuto -¿De dónde has venido?
y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.
Me acerqué para verlo mejor. Se trataba de un insecto. Estuvimos hablando durante unos minutos.
Deliciosos minutos.

Pero no la luna.
Qué repulsión -pensé para mis adentros.
Los insectos,
los insectos solos,
Brillante era la noche. Un destello era repelido por ese ovalado caparazón de insecto.
crepitantes, mordientes, estremecidos, agrupados,
y la luna
En su caparazón se podía observar el astro reluciente.
con un guante de humo en la puerta de sus derribos.
Levanté la mano hacia ese brillante satélite sin luz propia.
¡¡La luna!!
Y de un golpe tremendo lo aplasté contra la barandilla, al pajarillo.

jueves, 27 de junio de 2013

Cleptomanía núm. 4

A mi marido lo enterramos con mi hijo. Mi hijo se mató en un accidente de moto a los veinte años. Él lo quería así. Son todos unos ladrones, nos robaron con lo del nicho.
Yo no quiero que me entierren con ellos, yo no. Que me incineren. Y que tiren las cenizas en un sitio que no meen los perros.

domingo, 23 de junio de 2013

Cleptomanía núm. 3

Lluvia aterradora en Valencia acompañada de truenos ensordecedores. Todos estamos protegidos bajo un alféizar. Una abuela a una niña de 6 años con un perrito diminuto en sus brazos:
-mira, está cayendo piedra, ¿lo ves?
-¿la tira Dios?
-¿eh?- silencio.
-ehhh- más silencio, y finalmente:
-no, Dios no!, hija.
El perro aúlla.

martes, 18 de junio de 2013

Canibaal

Hay algo más actual que lo que no ha ocurrido? El futuro, me refiero. Siguiendo este razonamiento el inminente lanzamiento de la revista Canibaal es de una actualidad, casi, insuperable.

domingo, 16 de junio de 2013

Cleptomanía núm.2


Mujer de mediana edad entrando y saliendo, compulsivamente, de la farmacia, hablando a través de un teléfono móvil y con una niña de unos diez años merodeando a su alrededor:
 -Te llamo para saber si entro en la farmacia o no entro en la farmacia...
 -No, no hay dinero, no has puesto dinero José.
Lloros. Deduzco que debe estar separada.
Finalmente aparece José, con cara de no haber dormido y ella le amenaza con el dedo índice de su mano derecha:
 -La última vez, ¿eh? ¡La última vez!


jueves, 13 de junio de 2013

cleptomanía num. 1


Mujer de aproximadamente sesenta años a otra de la misma edad, entiendo, en el breve espacio de tiempo que las escucho, que son amigas: "Les han regalado unas tabletas de esas..., es una andrógina de esas...", "Androide, androide" le contesta la amiga entre risas de las dos, no sé si muy bien entendidas por la primera"

miércoles, 12 de junio de 2013

Le flâneur



Le observé salir de casa, como todos los días no parecía muy animado. Volver a cruzarse con la desconocida multitud era algo que en otro tiempo le había parecido excitante, pero todo eso había cambiado. Cada gesto, cada mirada de cada uno de los transeúntes le parecía una invasión de su intimidad. Sentía que la ciudad había sido adulterada, que las murallas servían de barrera de contención de un enorme burdel con muchas más prostitutas que clientes . Dudó en qué categoría encuadrarse a sí mismo; quizá en ninguna de ellas. Sólo era un fisgón que había sido descubierto y al que yo iba a echar de un puntapié en el culo.
Eso es algo que también me ocurre a mí, creo que de alguna forma soy, como él, un fisgón, un estafador, un cleptómano de todo lo ajeno.
Se sentó en un banco cualquiera de la ciudad. Sobre él dos cielos: uno de ellos azul, nítido, infinito, real, el otro negro, abstracto, demasiado próximo y quizá más real. Él mismo parecía ocupar el vórtice que separaba en dos mitades perfectamente asimétricas esas dos realidades.
Yo observaba esa aburrida escena en cámara lenta sin inmutarme. Qué más daba que el cielo se resquebrajase y como un cuchillo se le clavase en el estómago practicándole ese particular seppuku. Estaba harto de ese ridículo flâneur y su cuestionamiento acerca de la humanidad. Le arrojé tres gotas de agua tan grandes que le empaparon por completo; fue entonces cuando él, por primera vez, miró hacia el cielo.
            −Deberías protegerte más− le dije.
            −¿Quién eres tú?− contestó.
            −Alguien que sabe exactamente lo que va a ocurrir; con que sepas eso es suficiente, así que yo de ti pensaría en largarme.
            −¿Acaso eres Dios?, aunque no imagino a Dios hablando de la forma en que tú lo haces conmigo.
            −¡Qué quieres decir con eso?¿Te parezco osado?
            −No, no osado, más bien grotesco. En fin, me gusta mojarme, creo que me quedaré aquí.
Tengo que reconocer que esperaba que me tratase con más condescendencia. En un principio me despistó.
            −Dios no tiene tanto poder como yo. Puedo hacer lo que me de la gana contigo. Simplemente te aviso de que en este preciso instante un tornado de dimensiones bíblicas está a punto de acogerte en sus brazos.
            −Déjame en paz.
            −Podría hacer que el viento te elevase por los aires con tanta violencia que tus extremidades se separasen del tronco y apareciesen en otra parte del planeta. Podría causarte el peor de los males y sonreír mientras te viese sufrir.
            −¿Qué puede haber peor que esto?− interrumpió.
            −¿A qué te refieres con eso?
            −A ti, ¿qué si no?
            −Me estás empezando a cabrear− grité a la vez que un rayo caía en sus pies quemándole la punta de los zapatos e impregnándolo todo de un olor a piel de borrego quemada. Él levantó la cabeza intentando buscarme sin llegar a ver nada.
            −¿Qué haces mirando hacia arriba? Ya te he dicho que no soy Dios.
            −De eso ya me he dado cuenta. Si tu poder se limita a hablar sin parar y enviarme un ridículo relámpago, está claro que no eres ningún dios; es más no les llegas ni a la suela de los zapatos.
            −Basta, mi poder es mayúsculo. Puedo dejar de escribir esta historia y tú desaparecerás instantáneamente. Soy yo quien dirige mis dedos, quien presiona las teclas del ordenador, quien te  ha creado, quien te da vida palabra a palabra. Tú vives gracias a mí. Te preocupas porque yo quiero que lo hagas. Cuando estás triste es porque yo lo he decidido. Quién si no determinó que fueses un flâneur. ¿Todavía no te has dado cuenta que soy el escritor?
            −Por supuesto que me había dado cuenta. Eres tú el que aún no ha aceptado que si yo muero también tú lo harás, así que no me preocupo lo más minimo. Si el tornado me engulle y descuartiza en minúsculos trozos, tú te encargarás de recomponerme y darme vida nuevamente porque todavía no está escrito todo.

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