
Marie Lautréamont continuaba
paralizada frente a las prendas de ropa que estaban colgadas del hilo de tender
en el patio de su casa de un barrio pobre de Paris. La madre de Marie
Lautréamont no dejó de insultarla ni un día desde que su padre las había
abandonado hacía unos años. Con quince años Marie Lautréamont ya se daba cuenta
de lo que ocurría entre sus padres.
Las enormes bragas de su
madre, blancas, se movían empujadas por el aire y acariciaban tímidamente la
piel rosada de Marie Lautréamont. Se estremecía asustada. Ese día, desde muy
temprano, tenía el pálpito de que algo no andaba bien; ninguna palabra en toda
la mañana, ni cuando se le cayó el cesto con la ropa mojada y ésta se ensució
de tierra. La madre de Marie Lautréamont se acercó hasta ella y, cuando
esperaba que le diese un grito, tan sólo le ayudó a recogerla llevándose el
cesto para volver a lavarla.
Las bragas acariciaban los
labios de Marie Lautréamont produciéndole un cosquilleo que le hacía reír. Sonó
el timbre de la puerta. La madre de Marie Lautréamont entró acompañando a dos
hombres, uno de ellos con la barba muy poblada y una enorme barriga que
prácticamente hacía saltar los botones del chaleco; a su lado un joven apuesto
se refugiaba tras la puerta. El joven la vio entre la ropa tendida, riendo
mientras las bragas continuaban haciéndole cosquillas. Se sentaron alrededor de
una mesa preparada con doce servicios. Marie Lautréamont asomaba la cara para
ver al joven. Él enrojeció y agachó la cabeza buscando el refugio del diálogo
con sus zapatos.
A los pocos meses de ser
abandonadas, la madre de Marie Lautréamont descubrió que el señor Lautréamont
había muerto victima de unas fiebres muy altas que le provocaron unos sueños delirantes
que, a su vez, le condujeron directamente al ahorcamiento con el alambre que
había ido sacando del colchón de su propia cama. Así fue que pudo reclamar una
pensión de viudedad que apenas les daba para pagar el alquiler. La madre de
Marie Lautréamont siempre había recibido muchas visitas masculinas, incluso
cuando el señor Lautréamont vivía con ellas, pero desde que tuvo el problema
hormonal y engordó cuarenta kilos ya nadie las visitaba. Por eso Marie
Lautréamont se sorprendió al escuchar nuevamente el timbre y ver que tres
invitados eran acompañados hasta la mesa del comedor.
Una mariposa se posó en la
pinza que pellizcaba las bragas y se columpió mecida por el aire que se colaba
desde lo alto del deslunado hasta que Marie Lautréamont la intentó coger con su
mano. La mariposa batió sus alas y se elevó escapando de la mano y de las
miradas escrutadoras de todos los vecinos que, asomados silenciosamente a las
ventanas, esperaban que se produjese algún acontecimiento que diera algo de
emoción a sus vidas.
−Marie− se oyó después de
que sonase el timbre de la puerta de entrada de la casa de los Lautréamont –Ve
a abrir, yo tengo que hacer los preparativos.
Algo le seguía diciendo a
Marie Lautréamont que no iban bien las cosas. Hacía mucho tiempo que no recibían
visitas en casa. De hecho, nunca, que ella recordase, habían invitado a nadie a
comer. Además la nevera estaba vacía, el horno también y ninguno de los
invitados había traído nada.
La casa estaba en silencio,
un extraño silencio para estar doce hombres esperando a ser servidos; sólo se
escuchaban los pasos de Marie Lautréamont acercándose a la habitación de su
progenitora, la viuda de Lautréamont, para preguntarle si debía hacer algo.
La madre de Marie
Lautréamont estaba tendida sobre la colcha de bordados que cubría la cama, a su
lado una bata semitransparente de seda. Le indicó a Marie Lautréamont que se la
pusiese, se tomase el líquido que había dentro del vaso que estaba sobre la
mesita de noche y se tumbase junto a ella. Marie Lautréamont sintió la caricia de
los dedos de su madre, bajó los párpados y le pareció estar en el tendedero,
junto a la ropa húmeda.
Los doce hombres
permanecieron en silencio cuando vieron aparecer a la madre de Marie
Lautréamont con su hija en brazos. Retiraron sus copas llenas de champagne
haciendo un hueco en el centro de la mesa. Todos, menos el joven que continuaba
observándose los zapatos, ayudaron a retirar la bata semitransparente que
cubría el cuerpo perfecto de Marie Lautréamont.
Las bragas continuaban
columpiándose sin nadie a quien acariciar.
Angustia, por que esas cosas si pasan.
ResponderEliminarMe fascinó. Adoro los escritos así y más con tu excelente redacción.
ResponderEliminarSí, Marco. Conseguir meter al lector en un torbellino es un buen resultado! Un abrazo
ResponderEliminarPues me alegro mucho Perla', Gracias por esa adoración, maja. Un abrazo
ResponderEliminarme encanta! has colgado fotografías preciosas! es un blog muy poético, vives en Madrid?
ResponderEliminarhht://www.facebokk.com/yoli.lopez.391
un abrazo de yolita ;-)
Gracias Yoli, me alegra que te guste. No vivo en Madrid, en Valencia. Un abrazo
ResponderEliminar