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sábado, 29 de junio de 2013

PajarilloLorca



Un pajarillo se posó en el balcón.
Mi corazón tendría la forma de un zapato-dijo.
Yo me quedé sorprendido, y pensé: un pajarillo. Le pregunté que qué decía.
si cada aldea tuviese una sirena.
Se trataba de un pajarillo-cocodrilo.
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos-continuó.
No me sorprendió que, de repente, estuviese hablando con un pajarillo tan diminuto -¿De dónde has venido?
y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.
Me acerqué para verlo mejor. Se trataba de un insecto. Estuvimos hablando durante unos minutos.
Deliciosos minutos.

Pero no la luna.
Qué repulsión -pensé para mis adentros.
Los insectos,
los insectos solos,
Brillante era la noche. Un destello era repelido por ese ovalado caparazón de insecto.
crepitantes, mordientes, estremecidos, agrupados,
y la luna
En su caparazón se podía observar el astro reluciente.
con un guante de humo en la puerta de sus derribos.
Levanté la mano hacia ese brillante satélite sin luz propia.
¡¡La luna!!
Y de un golpe tremendo lo aplasté contra la barandilla, al pajarillo.

jueves, 27 de junio de 2013

Cleptomanía núm. 4

A mi marido lo enterramos con mi hijo. Mi hijo se mató en un accidente de moto a los veinte años. Él lo quería así. Son todos unos ladrones, nos robaron con lo del nicho.
Yo no quiero que me entierren con ellos, yo no. Que me incineren. Y que tiren las cenizas en un sitio que no meen los perros.

domingo, 23 de junio de 2013

Cleptomanía núm. 3

Lluvia aterradora en Valencia acompañada de truenos ensordecedores. Todos estamos protegidos bajo un alféizar. Una abuela a una niña de 6 años con un perrito diminuto en sus brazos:
-mira, está cayendo piedra, ¿lo ves?
-¿la tira Dios?
-¿eh?- silencio.
-ehhh- más silencio, y finalmente:
-no, Dios no!, hija.
El perro aúlla.

martes, 18 de junio de 2013

Canibaal

Hay algo más actual que lo que no ha ocurrido? El futuro, me refiero. Siguiendo este razonamiento el inminente lanzamiento de la revista Canibaal es de una actualidad, casi, insuperable.

domingo, 16 de junio de 2013

Cleptomanía núm.2


Mujer de mediana edad entrando y saliendo, compulsivamente, de la farmacia, hablando a través de un teléfono móvil y con una niña de unos diez años merodeando a su alrededor:
 -Te llamo para saber si entro en la farmacia o no entro en la farmacia...
 -No, no hay dinero, no has puesto dinero José.
Lloros. Deduzco que debe estar separada.
Finalmente aparece José, con cara de no haber dormido y ella le amenaza con el dedo índice de su mano derecha:
 -La última vez, ¿eh? ¡La última vez!


jueves, 13 de junio de 2013

cleptomanía num. 1


Mujer de aproximadamente sesenta años a otra de la misma edad, entiendo, en el breve espacio de tiempo que las escucho, que son amigas: "Les han regalado unas tabletas de esas..., es una andrógina de esas...", "Androide, androide" le contesta la amiga entre risas de las dos, no sé si muy bien entendidas por la primera"

miércoles, 12 de junio de 2013

Le flâneur



Le observé salir de casa, como todos los días no parecía muy animado. Volver a cruzarse con la desconocida multitud era algo que en otro tiempo le había parecido excitante, pero todo eso había cambiado. Cada gesto, cada mirada de cada uno de los transeúntes le parecía una invasión de su intimidad. Sentía que la ciudad había sido adulterada, que las murallas servían de barrera de contención de un enorme burdel con muchas más prostitutas que clientes . Dudó en qué categoría encuadrarse a sí mismo; quizá en ninguna de ellas. Sólo era un fisgón que había sido descubierto y al que yo iba a echar de un puntapié en el culo.
Eso es algo que también me ocurre a mí, creo que de alguna forma soy, como él, un fisgón, un estafador, un cleptómano de todo lo ajeno.
Se sentó en un banco cualquiera de la ciudad. Sobre él dos cielos: uno de ellos azul, nítido, infinito, real, el otro negro, abstracto, demasiado próximo y quizá más real. Él mismo parecía ocupar el vórtice que separaba en dos mitades perfectamente asimétricas esas dos realidades.
Yo observaba esa aburrida escena en cámara lenta sin inmutarme. Qué más daba que el cielo se resquebrajase y como un cuchillo se le clavase en el estómago practicándole ese particular seppuku. Estaba harto de ese ridículo flâneur y su cuestionamiento acerca de la humanidad. Le arrojé tres gotas de agua tan grandes que le empaparon por completo; fue entonces cuando él, por primera vez, miró hacia el cielo.
            −Deberías protegerte más− le dije.
            −¿Quién eres tú?− contestó.
            −Alguien que sabe exactamente lo que va a ocurrir; con que sepas eso es suficiente, así que yo de ti pensaría en largarme.
            −¿Acaso eres Dios?, aunque no imagino a Dios hablando de la forma en que tú lo haces conmigo.
            −¡Qué quieres decir con eso?¿Te parezco osado?
            −No, no osado, más bien grotesco. En fin, me gusta mojarme, creo que me quedaré aquí.
Tengo que reconocer que esperaba que me tratase con más condescendencia. En un principio me despistó.
            −Dios no tiene tanto poder como yo. Puedo hacer lo que me de la gana contigo. Simplemente te aviso de que en este preciso instante un tornado de dimensiones bíblicas está a punto de acogerte en sus brazos.
            −Déjame en paz.
            −Podría hacer que el viento te elevase por los aires con tanta violencia que tus extremidades se separasen del tronco y apareciesen en otra parte del planeta. Podría causarte el peor de los males y sonreír mientras te viese sufrir.
            −¿Qué puede haber peor que esto?− interrumpió.
            −¿A qué te refieres con eso?
            −A ti, ¿qué si no?
            −Me estás empezando a cabrear− grité a la vez que un rayo caía en sus pies quemándole la punta de los zapatos e impregnándolo todo de un olor a piel de borrego quemada. Él levantó la cabeza intentando buscarme sin llegar a ver nada.
            −¿Qué haces mirando hacia arriba? Ya te he dicho que no soy Dios.
            −De eso ya me he dado cuenta. Si tu poder se limita a hablar sin parar y enviarme un ridículo relámpago, está claro que no eres ningún dios; es más no les llegas ni a la suela de los zapatos.
            −Basta, mi poder es mayúsculo. Puedo dejar de escribir esta historia y tú desaparecerás instantáneamente. Soy yo quien dirige mis dedos, quien presiona las teclas del ordenador, quien te  ha creado, quien te da vida palabra a palabra. Tú vives gracias a mí. Te preocupas porque yo quiero que lo hagas. Cuando estás triste es porque yo lo he decidido. Quién si no determinó que fueses un flâneur. ¿Todavía no te has dado cuenta que soy el escritor?
            −Por supuesto que me había dado cuenta. Eres tú el que aún no ha aceptado que si yo muero también tú lo harás, así que no me preocupo lo más minimo. Si el tornado me engulle y descuartiza en minúsculos trozos, tú te encargarás de recomponerme y darme vida nuevamente porque todavía no está escrito todo.

jueves, 30 de mayo de 2013

Aquilino (parte II)



Cómo Aquilino acabó de esa forma, tratándose de un personaje de éxito que habitualmente llenaba las portadas de las revistas del corazón, es algo que dará tiempo a relatar mientras el coche patrulla se lo lleva a comisaría esposado y casi amordazado, y todo para evitar que alguna oreja acabe perforada por sus caninos; también es cierto que cuando los agentes le redujeron y vieron su boca ensangrentada no pudieron dejar de pensar en el doctor Lecter (y es que el cine tiene la capacidad de anular cualquier tipo de lógica, quiero decir que no anda el mundo lleno de Hannibales y cruzarte uno por la ciudad se me antoja complicado, teniendo en cuenta que Aquilino no era ciudadano americano, algo que, por otra parte, ya habrá descubierto el lector). Como decía, Aquilino, en otra época, disfrutó del éxito: premios, dinero, mujeres, entrevistas, etc. Llegar a ese estado a través de la literatura es tremendamente complicado, de hecho no ocurrió exactamente así, más bien la literatura, la mala literatura, le trajo algún premio, éste le llevó a alguna fiesta, y en ellas conoció a alguna mujer que quizá era demasiado famosa. Y él demasiado influenciable. El dinero de los premios duró poco, las mujeres guapas el mismo tiempo que el dinero y a las editoriales se les agotó la paciencia con tanta rapidez que Aquilino no pudo reaccionar. No fueron estos los únicos abandonos, ya que la inspiración siguió el mismo camino. Sin fiestas, dinero, mujeres y algo que escribir, sólo le quedaba pasar el rato en el único lugar en el que todavía disponía de crédito, el bar de la esquina. El barman anotaba en un bloc a cuánto ascendía la deuda. Entre trago y trago de bourbon buscaba los responsables de sus desdichas. Las ruedas chirrían por el frenazo brusco del vehículo frente a la puerta de la comisaría. Aquilino deja el asiento húmedo y con un insoportable hedor que enseguida se adueña del coche. El agente le hace salir de un empujón a la vez que le dice a su compañero que lleve el coche al garaje para que lo limpien. Aquilino se sienta, esposado, frente a un agente vestido de paisano y lo primero que le llama la atención es una figura que le resulta demasiado conocida, alto, bien parecido, seguro en cada uno de sus movimientos, casi avasallador, su voz también suena muy familiar. El hombre de mediana edad se da la vuelta y se le queda mirando fijamente. Aquilino se intenta incorporar de un salto para abalanzarse sobre él, pero las esposas se enganchan en el respaldo de la silla y se cae de bruces contra la mesa del detective golpeándose la cara contra un crucifijo de madera y dejando todos los papeles manchados de sangre. Intenta hablar, pero la mordaza no le deja articular palabra. Dos agentes caen literalmente sobre Aquilino, propinándole, uno de ellos, un fuerte puñetazo en la riñonada. Sonidos incomprensibles se filtran por la tela de la mordaza, aunque una misma tonadilla los caracteriza a todos ellos. Como Aquilino no para de repetir esos mismos aullidos guturales, el agente de paisano ordena a los otros dos, de uniforme, que le retiren la mordaza. Es entonces cuando se escucha claramente la palabra que repite incansablemente Aquilino: Parrado.

lunes, 27 de mayo de 2013

Aquilino


Una horrible sensación como único acompañante. Estuvo leyendo Lovecraft hasta altas horas de la madrugada, así que ser acompañado por una sensación en lugar de un Ser debía ser motivo de alegría. Todo parecía estar contra él esa mañana: los veinte euros que no quería aceptar la maquina, la interminable cola en las taquillas de la estación y el guardia jurado mirándole de arriba abajo como si fuese un delincuente. Por megafonía anunciaban la salida inmediata del tren. Se le pasaron dos alternativas por  la mente: hacer la cola y perderlo con toda seguridad, o subirse en el vagón con prontitud y sin billete. El guardia, leyendo su pensamiento, dio dos pasos hacia él. Aquilino, temeroso, indeciso, moviendo milimétricamente las plantas de los pies, pero con una cadencia vertiginosa, se iba acercando al vagón sin dejar de mirar el impoluto uniforme azul con letras doradas. Era ridículo estar preocupado puesto que el guardia en ningún caso le iba a pedir el billete –todo el mundo sabe que no están para esos menesteres, sino para otras tareas mucho más importantes que no vengo, bien, a recordar− ni mucho menos seguirle hasta dentro del vagón. La situación se había adueñado de él. Debo actuar rápido –pensó, pero los piececitos se movían como los de un cien-pies: poquito a poquito. A esa velocidad no iba a conseguir alcanzar el convoy. El guardia, cada vez, le observaba con más curiosidad y con cara de estar esperando su próximo movimiento. Aquilino tenía pensado dar un salto en el momento en que empezase a sonar la señal acústica de partida, pero el guardia estaba justo al lado de la puerta de entrada. Aquilino hizo un gesto de pánico y notó la humedad de cuatro gotas de orina, que no pudo contener, en sus ingles. El vigilante parecía estar esperándole. La mirada fija en los camales de Aquilino y éstos, cada vez, más húmedos. Los pasos cortos no le permitían escapar del charco que comenzaba a formarse a su alrededor. El guardia parecía haberse dado cuenta e instantáneamente se dirigió hacia él. Aquilino comenzó a temblar. Lo tenía ya muy cerca cuando de un inesperado salto se abalanzó al cuello del hombretón y de un mordisco le arrancó media oreja. Es increíble la cantidad de sangre que sale de un órgano tan poco irrigado  −dijo un viajero, que se encontraba sentado en un asiento del vagón y había observado toda la escena, a su acompañante. Ya ves! –contestó éste sin dejar de mirar el efecto iridiscente que formaban las gotas de sangre al chocar contra el charco de orina.

domingo, 19 de mayo de 2013

Pequeñas Dictaduras

Me he despertado con cierta desgana. He pensado que no se trataba de nada demasiado importante, que tú no tenías nada que ver, pero estaba equivocado. Siento como si todo el aire contenido alrededor de la Tierra, cautivo por levedad, me oprimiese la cabeza intentando entrar por cada uno de sus orificios para devorarme. Pequeñas moléculas diatómicas masticando cada una de mis células, comenzando por el hígado. Y es que siempre he imaginado que el oxígeno tiene dientes de morena e instinto asesino, como los dictadores. De hecho creo que el oxígeno es un pequeño Videla dando minúsculos, pero dolorosísimos, bocados.
Es tras estos pensamientos cuando decido no levantarme, seguir tendido sobre la cama hasta que tú vengas a ver qué me ocurre, hasta que creas que no salgo porque algo grave ha ocurrido, u ocurrirá. Te esperaré hasta que vengas a arroparme. Es entonces cuando te diré todo lo que pienso, o puede que no sea justo en ese instante; quizá decida esperar hasta tenerte más cerca, dar tiempo a que entre otro tú, que seamos más (sonrío pensando en los diferentes olores de esos tú) para que los reproches que te tengo guardados sean menos dolorosos.
El peso de la atmósfera me oprime contra el colchón haciéndome desaparecer, y todavía no has entrado. Intento, con todas las fuerzas, sujetarme a algo para poder decirte lo único que siempre te ha faltado escuchar. Abro la boca, intento gritar tu nombre. Todo está oscuro, ya nada tiene remedio; me voy de tu lado y tú, lector, todavía no estás.

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