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miércoles, 8 de febrero de 2012

Tormento



Son cerca de las siete, apenas faltan unos minutos, él no llega hasta bien entradas las ocho, pero no quiero encontrármelo por las escaleras -inquietud- me da tiempo, tengo que comprarle unas cervezas, si no será peor -angustia-, se pondrá más nervioso, me chillará -culpabilidad-, me recordará que no sirvo para nada y que nadie me conoce como él -inseguridad- Da un portazo que hace temblar el marco de la puerta y pronuncia mi nombre para que le acerque una cerveza -desasosiego-, se sienta dando un golpe en la mesa, como todas las noches, y yo me echaré a temblar -desamparo- La comida no está ni fría ni caliente, aunque él la encuentra asquerosa; me insulta -desamor- mientras vuelve a dar un golpe y arroja el plato al suelo -aversión- Yo paso por el hueco que queda entre su silla y el aparador, acercándome más de lo que desearía a su halo etílico -miedo-, protegiendo con la mano mi frágil cara, en el justo momento que mueve su silla hacia atrás para cortarme el paso -incontinencia-, se levanta con un impulso que desmorona todas las leyes físicas y me lanza contra el anguloso mueble que se me clava en las costillas -pánico-, hundiendo su plateado odio en mi vientre, dejándome tumbada sobre mi cálido sueño rojo.
-Alivio.

domingo, 29 de enero de 2012

La tortuga

Un día una tortuga, a la que llamaremos Ramona, se enredó en algo que ni ella misma intuía adónde le podía llevar. Quizá lo hizo llevada por un impulso desmedido, puede que sólo fuese para impresionar, pero de repente se vio metida en una historia que recordará mucho tiempo, aunque suene paradójico.
Por todos era conocida la afición de Ramona a las charlas con sus amigos, entre los que destacaban algunos filósofos de la escuela eleática. Parménides le había impresionado desde muy niña, pero su amor por Zenón por todos era conocido. Ramona, escuchando a Zenón, se sentía fluir en el Universo, chocando con, las que le parecían, ideas absurdas de Heraclito. Pero su fluir era diferente ya que no implicaba movimiento, lo cual para una tortuga era un gran alivio. Quizá esa fue la razón por la que se enamorase del de Elea.


Aquiles y la tortuga (Takeshi Kitano 2008)


Como todas las historias de amor, ésta tenía que torcerse. Y eso ocurrió el día que Zenón le pidió un favor. Debía aceptar el reto que le lanzaría Aquiles para ver quién de los dos llegaba antes en una carrera en que la tortuga dispondría de una ventaja de la mitad del recorrido. La gravedad y hermosura de su voz le recordaba la de Cortázar, y eso fue suficiente para que no prestase atención al contenido de sus palabras:
-Ramona, no debes preocuparte, el movimiento y la diversidad llevan a paradojas ciertamente lógicas, llegando a ser en un momento dado un conjunto de enigmas intelectuales. Aquiles no será capaz de alcanzarte, por más que lo intentará siempre se verá superado por tus cortos pero infinitos pasos.
Tampoco la evidencia del estudio del cálculo infinitesimal, llevada a cabo por Newton y Leibniz, fue un argumento suficiente para que esa mañana se quedase en la cama durmiendo en vez de asistir al lugar en el que se iba a llevar a cabo la carrera.
Las apuestas no preveían que el resultado de la competición se pudiese decantar del lado de Ramona. Y la moral de ésta iba poco a poco desvaneciéndose. Más si tenemos en cuenta que grandes estudiosos de las aporías de Zenón, como eran Lewis Carroll, J.L.Borges o Bertrand Rusell, no daban un duro por la victoria de la tortuga.
-No confíes en que te salga barba esperando a Aquiles- le dijo Rusell con una sonrisa cínica.
De esta forma Ramona se colocó en mitad del recorrido y fue Alicia la encargada de dar la salida a esa desequilibrada carrera. Ramona tenía claro qué era lo que iba a ocurrir. Cuando Aquiles llegase al lugar en el que ella se encontraba al inicio, ya no estaría allí, sino un poco más adelante. Entonces él volvería a dirigirse hacia ella, pero cuando volviese a llegar, ella tampoco se encontraría en ese lugar, sino un poco más adelante. Y así sucesivamente hasta el infinito o la detención de ambos. O sea sólo existían dos posibilidades: O Ramona ganaba la carrera o ésta se declaraba nula.
El pitido dio lugar al comienzo de la competición y los ojos y el cuello de Ramona parecían salirse del caparazón conforme veían a Aquiles acercarse a toda velocidad. En un periquete se encontró en mitad del recorrido y ella, que sólo estaba unos metros por delante, comenzó a dudar de las enseñanzas de su amado maestro. Intentaba no mirar hacia atrás, pero eso era imposible. Aquiles en dos zancadas volvió a plantarse en el lugar que ella acababa de abandonar. Su respiración era entrecortada y sentía el aliento de él sobre su caparazón. No quiso girarse e intentó hacer aquello que no sabía que era ir más rápido. Nunca debí fiarme de un charlatán inventor de la dialéctica- decía mientras veía cómo Aquiles la adelantaba y se plantaba en la meta ante el aplauso de los filósofos materialistas y de los discípulos de Heraclito.
Ramona abandonó las enseñanzas de Zenón, a partir de ese día decidió escucharse más a ella misma y no tanto a aquellos que le decían cómo debían ser y hacerse las cosas.

jueves, 26 de enero de 2012

Segunda mano



Marina me había abandonado. Después de diez años, diez felices años, me abandonó. Sin explicaciones. No quise acabar de leer la nota que me había dejado, tuve suficiente con las tres primeras frases: Te dejo. No soporto tu olor. Me has destrozado la vida. Yo, que lo había dado todo por ella, que había renunciado a un merecido ascenso por no hacerla cambiar de barrio. Ahora podría estar conduciendo el camión en lugar de arrastrar, noche tras noche, los contenedores de basura de mis vecinos. Sentí una rabia difícil de describir con palabras, tuve miedo de mi mismo, de mis actos. Destrocé en un segundo la foto de nuestra boda que presidia el aparador, le arranqué el campanario de Calahorra de un bocado. Borracho de ira y del vino que tomábamos los compañeros al acabar la recogida, fui almacenando en el recibidor todos los objetos que me recordaban a ella para venderlos en cualquier tienda por unos míseros euros. Lo cargué todo en el carrito de nuestro hijo y lo arrastré por las calles de Madrid hasta que me topé con una tienda de segunda mano en Bravo Murillo. Mi aspecto desaliñado, el carro repleto de bultos metidos en bolsas de basura y mi olor fétido fueron razones suficientes para que me dejasen pasar sin necesidad de pedírselo. Tenía diez personas delante, pensé que eran los efectos de la crisis. También nosotros buscábamos en los contenedores antes de volcarlo todo en el camión. En el mostrador estaba siendo atendida una familia rumana que mostraba dos teléfonos móviles y una plancha. Llevaban una niña de dos años en brazos que me recordó a mi hijo. La chiquilla al verme entrar dijo: cabrón- a la vez que se escondía tras la enorme cabeza de su padre. Junto a mí, sentado en una silla un joven bien peinado le comentaba a su amigo el porqué de querer desprenderse de los esquíes acuáticos. Giré la cara nuevamente hacia la niña que me volvió a proferir el mismo insulto. En el otro mostrador un empleado con los brazos totalmente tatuados repetía con desinterés: ¿Quién más para oro?, pues que pase el 48. El 48 era una anciana con una lamparita de noche por la que le dieron 1 euro. Ella aceptó a regañadientes murmurando que no tenía ni para una copita de anís. Cabrón- me repitió el pequeño monstruo, que cada vez me recordaba más a mi hijo.

Pero si por esta bicicleta pagué seisientos euros- se oía desde el último mostrador. Sólo puedo darte treinta, tenemos muchas y no las vendemos por más de ochenta. Vos me querés engañar. Máximo te puedo dar treinta y cinco. .Está bien, traé acá los 35. Al salir de la tienda se me quedó mirando y me dijo: ¡duchate, pibe!

Era mi turno. Incluso a mí me molestaba el hedor de mi camiseta. Por este chaquetón le doy 6 euros, por la máquina depiladora 3. Por este cojín no le puedo dar nada- me dijo mirándome con desprecio. Yo no acerté a comprender si el asco era hacia mi persona o hacia la almohada con manchas amarillas de sudor, que esa misma mañana había cortado por la mitad. Ahora llamo a mi compañera y te dice cuánto te da por el carro. Cuánto quiere por él. No sé, lo que me de- contesté desganado y bastante cansado tras pasar toda la noche sin dormir. No le puedo dar mucho. ¿Se pude plegar?. Claro- le contesté. 40 euros, no más- dijo, tapándose la boca y la nariz con un folio. Me ordenó que acercase el carro a la puerta de la sala que se comunicaba con los mostradores. Obedecí y me di la vuelta, cogiendo mi dinero, para marcharme.

Señor, señor, se deja a su hijo. Me acerqué hasta el carro, me quedé mirando, con los ojos abiertos como platos, a mi hijo y le escuché decir claramente: Cabrón.



miércoles, 18 de enero de 2012

ROJO



Mi asiento era cómodo, pensaba quedarme en él para siempre. Lo único que necesitaría eran un par de almohadones para acomodar mejor mi cabeza. De camino hacia el baño, al que no podía dejar de ir para aliviarme, me quedé mirando los cuadros que todavía permanecían colgados de las paredes de la casa. Nunca me gustó el expresionismo, pero cuando mi madre murió y heredé su casa no me vi con fuerzas para hacer ningún cambio. A la vuelta pasé por la cocina para coger una botella de agua que apreté hacia mi vientre con las dos manos para que no me cayese, como si fuese un bebé.


Noche tras noche seguía mirando las estrellas y escuchando el susurro cuántico del Universo. Ese débil crujir de neutrinos me iba sumiendo, poco a poco, en el recuerdo, en el cual aparecía cada vez con más nitidez la figura de Valentina. Abracé con fuerza la chaqueta roja de lana que todavía conservaba de ella. Desde el balcón divisaba el toldo rojo del bar de enfrente de mi portal. Su imagen se volvía borrosa y me recordaba el vestido que llevaba Valentina la primera vez que la vi desfilando sobre una pasarela.


Hacía dos años que me había abandonado, no soportaba la autocomplacencia en que me veía sumido frente a un papel y una pluma que no volvería a utilizar. Pese a que había intentado, por todos los medios, sacarme de mi depresión, fui yo quien la abocó al abandono. Aceptó una propuesta de trabajo en el extranjero que,de habérselo pedido, no hubiese dudado en denegar.Su ausencia fue más perjudicial de lo que podría haberme imaginado, y, desde que no estaba conmigo, no me preocupaba relacionarme con el resto de la humanidad.Podía ver su pelo moreno siempre recogido, oler su colonia mezclada con el olor dulzón de su sudor, incluso saborear el carmín de sus labios hinchados. En ese momento, y con la imagen para nada holográfica de ella presente en algún lugar de mi cerebro, me quedé débilmente dormido; quizá definitivamente dormido.

Desperté a causa de una tormenta tremenda que golpeaba los cristales. Una empleada de la limpieza pasó por delante de mi habitación con dos cubos para recoger el agua que había entrado en los sótanos del hospital.

Cuando miré mis manos estaban arrugadas. Quizá había pasado más tiempo del que imaginaba. Haciendo uso de la escasa fuerza que me quedaba me incorporé en la cama para ver mejor a Valentina. Ella no había cambiado nada, olía igual que en mis sueños. Acarició mi mano a la vez que acercaba su boca a la mía. El sabor de su carmín se metió en el hueco de mis dientes. Cuando noté la humedad de su lengua olvidé por completo mi miedo a la escritura y mis devaneos con el Universo bidimensional. Mientras su beso me devolvía a una realidad olvidada, abrí los ojos, retire mis labios de la proximidad de los suyos, giré la cabeza hacia la ventana y observé una gran valla publicitaria en la que la sonriente imagen de Valentina resaltaba sobre el fondo rojo del papel.

lunes, 16 de enero de 2012

AZUL



Esa misma noche me asomé al balcón para observar la grandeza del Universo. Mi muerte como escritor tampoco era el hecho más grave que había ocurrido en él, ni siquiera en nuestro planeta.
Me había levantado de una silla en la que había permanecido durante tres años, decidiendo mi destino, para depositarme en la butaca que tenía en una esquina del balcón de diez metros cuadrados del octavo piso de un edificio de la Gran Vía.
Pese a la enorme polución que se había adueñado de la troposfera, aún se divisaban tímidamente las constelaciones.
Eran las dos de la mañana y todavía se escuchaba un rumor lejano. Agudicé el oído, acercando mi cabeza hasta la barandilla, convirtiendo la oreja en un detector de ondas (tan lejanas que podrían confundirse con las gravitacionales) como si fuese el GEO 600. Ese ruido de fondo proveniente de los confines del Universo, de un lugar en el que el suave continuo espacio-temporal (predicho por Einstein) se convertía en borde granulado, me confirmaba aquello que, ya hacía tiempo, temía: soy un holograma.
No sólo yo. Vivimos en un universo holográfico.
De esta forma la realidad únicamente ocurre en un espacio bidimensional desde el que se proyecta una imaginara figura tridimensional (holograma). Según este pensamiento, el dolor no existía. Si asomaba un poco más la cabeza y dejaba caer mi cuerpo en el vacío, la imagen tridimensional que se golpearía con el asfalto no experimentaría dolor. O por lo menos no como tal. No dejaría de ser una percepción sensorial que se transmitiría mediante impulsos eléctricos hasta una zona oscura del cerebro en la que se encuentra el dolor. El cerebro no se relaciona con la fuente original de materia existente fuera de nosotros, sino con una copia eléctrica de la misma.
Esta convulsión cuántica me dejó extenuado. No solo no era escritor sino que además no existía, o por lo menos como yo creía. Mi realidad, o sea yo, se debía encontrar en una esfera lejana en la que únicamente era unidades de información (bits) que se reflejaban en este lugar exacto del universo.
Así que si dejaba de ingerir alimentos no ocurriría nada. Mi volumen holográfico (imagen tridimensional) iría menguando igualándose a la realidad original (bidimensional), convirtiéndose en un único ser, que, a la postre, destrozaría las leyes de la física.

sábado, 14 de enero de 2012

BLANCO



Por fin iba a llegar al final en ese tedioso trabajo que era la corrección de mi novela. La escritura me embaucaba y me sumergía hasta el punto de perder a todos aquellos que me rodeaban. Era un proceso embriagador, una época de borrachera lingüística. Pero el proceso de corrección era otra cosa. Desde que un muy buen amigo mío, escritor también, me había sugerido que corrigiese más mis escritos porque encontraba algunos excesos gramaticales, la corrección de éstos se había convertido en un tedio. Y además, para qué negarlo, esas palabras habían herido mi orgullo.


Pese a la mala leche que durante dos meses se había adueñado de mí, conseguí darle, por última vez, al enter de mi ordenador. era demasiado tarde y no quería abrir otra botella de licor para realizar la que sería postrera tarea, imprimir una copia. eso lo dejaría para la mañana siguiente. Antes de marcharme a la cama me conecté a internet, revisé el correo y me bajé un programa gratuito para convertir documentos.

Cuando a las once de la mañana del día siguiente, después de prepararme un café cargado, me dirigí a mi despacho para imprimir la novela, me llevé una sorpresa tremenda: el portátil, tras varios minutos mostrando pantallas repletas de letras, se quedó en blanco. En un principio pensé que se trataba de la pantalla, así que me lo metí en el bolso y me acerqué a una tienda del barrio en la que reparaban ordenadores. Directamente, evitando el cortés saludo, le comenté al dependiente que se había estropeado la pantalla, omitiéndole las ristras de letras que se quedaron colgando de la parte superior de ésta al arrancarlo. El chico joven, con pelos alborotados y la tez blancuzca no debía haber visto la luz del sol en mucho tiempo. Cerraba los párpados para mirar la pantalla, como si fuese miope. Tras cinco minutos esperando dijo:

-No es la pantalla, seguramente es un virus. Tendré que quedármelo, si quieres pásate mañana y te cuento.

Me dieron ganas de exigirle que lo arreglase en ese mismo momento, pero cabreándole no iba a conseguir que lo hiciese más rápido. Si digo que las siguientes fueron las peores horas de mi vida no exagero.

Al día siguiente a las nueve de la mañana me deposité en una mesa de un bar desde el que divisaba la tienda para vigilar a qué hora llagaba el vampiro informático. tras tres cafés y una copa de brandy, a las diez y media, hizo acto de presencia, con la misma cara de lelo e idéntica ropa, el encargado de la tienda. Se puede decir que me abalancé sobre él sin darle tiempo a acabar de subir la persiana metálica.

-¿Sabes algo de mi portátil?

-Sí- dijo con indiferencia -está hecho polvo. Hay que formatearlo y puede que cambiarle el disco duro.

-Ya, tradúceme eso.¿quieres decir que es mejor que me compre otro?

-No, no, que va. Si tampoco va a ser tan caro. Por doscientos euros te lo dejo nuevo.

-¿Cuánto tiempo te costará repararlo?

-Tengo mucho trabajo, déjamelo esta semana. A ver si el viernes lo tengo.

-¿No puede ser antes? es que quería imprimir unas cosas que tengo guardadas.

-¿Imprimir de aquí?- dijo riéndose y señalando el trozo de plástico y electrónica que tenía bajo sus manos- de aquí no vas a poder sacar nada, está caput.¿tendrías una copia de seguridad?

Mi vergüenza al escuchar las palabras copia de seguridad fue tan grande que me llevó a a mentir.

-Claro, ¿crees que estoy tonto? el viernes bajo a por él.

Esa noche, frente a una botella de ron, se me presentó un dilema que iba a cambiar definitivamente mi vida: ¿sería capaz de volver a escribir la misma novela? Si lo hacía, la rabia me devoraría en cada letra y así sería imposible escribir nuevamente las 320 páginas. Pero si no lo hacía, puede que esa decisión me enterrase como escritor, puede que nunca volviese a escribir una letra.

Eso ocurrió hace tres años. En ese dilema sigo desde entonces. Ni que decir tiene que no me pasé por la tienda para recoger el que había sido el culpable de mi fracaso como escritor.






dedicado a Marisa

lunes, 9 de enero de 2012

La tentación de la i-manzana





La manzana es un símbolo que aparece en la leyendas mitológicas e incluso en los cuentos de algunos países.



Así resulta algo normal ver cómo Heracles, provisto de un garrote, roba las manzanas del jardín de las Hespérides en presencia de éstas. Las manzanas que crecían en el huerto de Hera otorgaban la inmortalidad. O cómo Paris decide que la manzana dorada le corresponde a Afrodita porque le ofreció el amor de la hermosa Helena.

Algo similar ocurre en la mitología nórdica, en la que las manzanas igualmente conceden la inmortalidad. También aparecen estas codiciadas frutas en la famosa opera de Wagner El oro del Rin.

Muchos cuentos europeos comienzan con el robo de una manzana dorada al rey. Por ejemplo Blancanieves es tentada con una reluciente manzana, al igual que Eva en el Edén.



Queda claro, de esta forma, que el logo que eligió Steve Jobs para su compañía no fue al azar, ni por su estética si no más bien por su contenido mitológico (es una tentación hasta para el más puro de los mortales).

A un lado quedan, cuando pensamos en un aparato tecnológico de "in"-comunicación, la cadena de suicidios que se está produciendo en la empresa Foxconn (encargada de fabricar los componentes de la mayoría de los móviles) y las condiciones de explotación bajo las que trabajan los empleados de esta fábrica (con 420000 empleados que viven en la misma fábrica ubicada en Shenzhen, al sur de China) o en las factorías que Apple tiene por todo Oriente.



Cuando la suculenta manzana se nos pone delante, no podemos resistirnos a su don de la inmortalidad y acabamos sucumbiendo a la tentación de darle un envenenado bocado que nos esclavizará hasta la eternidad.



Debo finalizar el artículo porque acabo de escuchar el reclamo de mi i-phone.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Soy un Mini-Yo

El gurú de la CEOE pedía el otro día, sin ningún tipo de rigor, despidos administrativos y un nuevo tipo de contrato que ya se había probado con éxito en Alemania. ¿Cuándo entenderán nuestros avispados dirigentes que el carácter mediterráneo en nada se parece al teutón?

Se trataría de un trabajo a media jornada (mini-jornada, si se quiere), con un salario reducido, muy reducido (mini-salario) y destinado a aquellas personas que se encuentran desempleadas (mini-personas). Estas palabras fueron recogidas por los medios de comunicación (entendidos?) y los políticos (desentendidos) con mini-alegría. No anda muy desencaminado el Sr Rosell -se comentó- en Alemania fue un rotundo éxito -dijeron otros.


Cuando el río suena...

Esta mañana me he levantado angustiado porque lo que creía que formaba parte de una pesadilla era más real que yo mismo. He empequeñecido, menguado, disminuido, decrecido. En fin, me he convertido en un mini-yo.

Al ver mi imagen reflejada en el espejo, no me reconozco. Veo una persona encorvada, entristecida, abatida y, lo que es peor, resignada.

Así que, una vez en la calle, me descubro dirigiéndome, con paso titubeante, a mi nuevo trabajo. En el mini-job veo otras personas similares andando por los pasillos; llevando correspondencia de una mesa a otra, haciendo fotocopias trepando a las sillas, portando una enorme bandeja con cafés. Pese a la alegría que deberían mostrar por disponer de un mini-job y un mini-salario que les permita disfrutar de una mini-vida digna, ninguno de ellos sonríe.

Pienso, me pregunto si acondicionarán el mundo a nuestro nuevo estado. ¿Y el Estado al nuevo Mundo?.

Me refiero: ¿edificarán mini-casas a mini-precios para estas mini-personas?¿construirán mini-vehículos?¿fabricarán mini-empaquetamientos para no desperdiciar la comida o manipularán genéticamente ésta para darle un tamaño acorde con nuestra nueva condición de enanos?



En resumidas cuentas: ¿nos confinarán en mini-ciudades (me viene a la memoria el guetto de Varsovia), para que nos relacionemos únicamente entre nosotros y disfrutemos de una mini-mierda preparada con toda la sensatez democrática que se les ha ocurrido a aquellos sobre los que (como ellos bien dicen) hemos depositado nuestro voto y confianza?

Lo hacen por nuestro bien, ya lo sé, pero me queda una última duda:

¿Nos quemarán?

lunes, 12 de diciembre de 2011

La desaparición como Arte

Todos tenemos la necesidad, alguna vez en la vida, de sumergirnos en nosotros mismos, de bucear en nuestro interior y sorprendernos al descubrir ese yo que no sabíamos que existía, escarbar en el fondo del agujero negro en el que nos vamos convirtiendo con el paso de los años y ver que todavía existe un rayo intentando escapar de él.
Unos más que otros necesitan (necesitamos) hacerlo con más asiduidad. Del encuentro con mi otro yo, ese que tanto admiro y recelo, ese al que no dejo salir más que en la intimidad, surge la inspiración y el valor necesarios para coger una pluma, ya reseca, y conseguir que vuelva a escupir palabras humedecidas por el éxtasis y la tinta.


. ilustración: Carlos Díez




A veces, esa necesidad es tan grande que consigue que lo abandones todo. te obliga a huir (¿huir, digo? esa no es la palabra adecuada, aunque sea visto de esta forma, más que de una huida se trata de una desaparición).

Cuando Hvulac se encuentre con Yhma y con el baúl repleto de letras, desesperación y soledad, y ésta le pregunte por qué Anatol ha huido, él le responderá que simplemente ha desaparecido.
En este relato de Vila-Matas "El arte de desaparecer" se pone de manifiesto la fuerte e inevitable necesidad de desaparecer (no huir) que tiene Anatol. De hecho es un acto de valentía. ¿O quizá Yhma sabía que Anatol, algún día, se marcharía porque ese era su destino?


Cuando en ese espacio "relativamente" deformado, que nos rodea, confluyen la búsqueda con el valor, es cuando la desaparición se acerca a la pluma y le susurra cantos de sirena.

lunes, 5 de diciembre de 2011

¡Borrasca, tormentas y un Jamón!




No me deja de llamar la atención el carácter lazarillesco que tenemos los españoles, siempre buscando en qué punto podemos engañar al vecino sin llegar a saltarnos la norma (o por lo menos que esto no sea muy evidente).




El tribunal de justicia de la Unión Europea condena a España por no haber tomado medidas para evitar que las cadenas televisivas rebasen el limite de publicidad (impuesto en 12 minutos cada hora) que fija la legislación comunitaria.

El fallo concluye que los publirreportajes, los anuncios de telepromoción, los anuncios publicitarios de patrocinio y los microespacios publicitarios deben ser considerados como anuncios publicitarios y computar para esos doce minutos.

El tribunal de justicia señala que la protección de los consumidores (telespectadores) frente a la publicidad excesiva constituye un aspecto esencial del objetivo d ela directiva, y considera que cualquier tipo de publicidad televisiva emitida entre programas o durante los intermedios constituye un "amaño publicitario".




¿Cuál es nuestra respuesta ante esta sentencia? Pues está claro, introduzcamos el propio anuncio dentro del programa. Que el presentador (tanto da que sea de un reality, como de un programa de entretenimiento, de un concurso o de un telediario) sea quien haga de pluriempleado publicitario. Esta práctica es igual de engañosa que la anterior, es inmoral y roza los límites de la legalidad. Además de resultar totalmente ridícula.

No resulta extraño ver a Jordi González anunciando cualquier producto o incluso a la inmerecidamente encumbrada a "su gloria" Belén Esteban haciendo lo propio, pero me resulta cuanto menos paradójico ver al equipo del Gran Wyoming anunciando seguros o incluso a la chica del tiempo publicitando, después de contarnos qué va a ocurrir con la climatología, un jamón Navidul.

A aquellos que teníamos la televisión como un electrodoméstico informativo nos obligan a dejarla de lado. La falta de coherencia de un reducido número de programas ha desaparecido con esta imposición aceptada (dudo que a regañadientes).

Cuando Thais Villa pasa de ironizar sobre lo embobada que vive la sociedad actual abducida por el sistema a ser ella la abducida por los seguros ING, sin mostrar ni una mueca que demuestre que le apuntan con un revolver en la sien si no lo hace, resta cualquier tipo de credibilidad al anunciante y el anunciado.

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