
Son cerca de las siete, apenas faltan unos minutos, él no llega hasta bien entradas las ocho, pero no quiero encontrármelo por las escaleras -inquietud- me da tiempo, tengo que comprarle unas cervezas, si no será peor -angustia-, se pondrá más nervioso, me chillará -culpabilidad-, me recordará que no sirvo para nada y que nadie me conoce como él -inseguridad- Da un portazo que hace temblar el marco de la puerta y pronuncia mi nombre para que le acerque una cerveza -desasosiego-, se sienta dando un golpe en la mesa, como todas las noches, y yo me echaré a temblar -desamparo- La comida no está ni fría ni caliente, aunque él la encuentra asquerosa; me insulta -desamor- mientras vuelve a dar un golpe y arroja el plato al suelo -aversión- Yo paso por el hueco que queda entre su silla y el aparador, acercándome más de lo que desearía a su halo etílico -miedo-, protegiendo con la mano mi frágil cara, en el justo momento que mueve su silla hacia atrás para cortarme el paso -incontinencia-, se levanta con un impulso que desmorona todas las leyes físicas y me lanza contra el anguloso mueble que se me clava en las costillas -pánico-, hundiendo su plateado odio en mi vientre, dejándome tumbada sobre mi cálido sueño rojo.
-Alivio.
-Alivio.
Ufff! Se te van abriendo los ojos y se acelera el corazón al leerlo.
ResponderEliminarMe alegra que el relato sea capaz de mover los sentimientos, espero que la taquicardia te desapareciese pronto, paradós. Un saludo
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