El éxito le sonreía en forma de publicaciones, y llegado a ese punto le resultaba muy difícil bajar de ese monolito en el que se había instalado. Escribir lo era todo para él. No siempre fue así, hubo un tiempo en que tuvo una familia, unos amigos y unos críticos despiadados que no dejaban de nombrarle en sus columnas semanales. Lo asumió como el precio del éxito sin darle más vueltas, pero el aislamiento en el que se fue confinando le hacía más daño del que él pudiera imaginar. Su ego iba creciendo a golpe de crítica no asumida. Se negó, de repente, a conceder entrevistas. Dejó de aparecer en programas de actualidad y la foto de su biografía hacia tiempo que era la misma. Estaba siendo consumido por sí mismo, por sus palabras, hasta el punto de resultarle cada vez más difícil coger la pluma y llenar una hoja. Tenía que ocurrir, no podía ser de otra forma. Implosionó y un gigantesco chorro de letras se quedó retenido por la enorme gravedad, que era su ego, no pudiendo hacer nada por superar el horizonte de sucesos. Se había convertido en un agujero negro que absorbía cada palabra que pasaba por su lado engordándole hasta un extremo repulsivo. Pese a su aspecto asqueroso, no obstante, su fuerte magnetismo atraía a cualquier joven escritor que se sentía deslumbrado por él y no podría distanciarse hasta su desaparición literaria. Varios años de silencio habían llegado a enfadar a su editorial y su agente literario que al pedir explicaciones y tras ser devorados confirmaron el peor de sus hipótesis: el ego de su representado iba suponer el final de la literatura.
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ResponderEliminarCreo que por eso yo escribo y rompo! Real o imaginario sucede...
ResponderEliminarRomper? No podría. Será mi ego?
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