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viernes, 29 de marzo de 2013

Autorretrato

Auorretrato de Francis Bacon

Me dispongo a afeitarme para cambiar esa cara de tío fracasado que veo toda las mañanas frente al espejo. Cojo con fuerza, aunque temblorosamente, la empuñadura de la maquinilla y con una pasada limpia y certera destruyo mi imagen... Esta nueva que me ofrece el reflejo se parece demasiado a la de mi madre... Subo y bajo y araño y emplasto por todo el rostro; la sangre se mezcla con los pelos canosos y el jabón. Me embadurno con esa pasta para demostrarme algo: soy dueño de mí mismo. Es ridículo que piense en destruir aquello que soy..., también inoportuno porque debo asistir a una reunión demasiado importante. Anoche estuve leyendo. No debería hacerlo, tendría que quemar todos esos libros que me aquijotan. Hacer una pira de papel y tinta, ennegrecer los espacios blancos entre las letras. También debería asesinar a mi madre, o a mí mismo. Acabar con este estúpido gesto que amenaza con gemelarse con el de su creadora. Golpearlos a los dos hasta que desapareciese esa patética similitud. Mojo la cara y dejo la toalla manchada de rojo y blanco y negro al secarme. Es mi madre la que me está mirando. Creo que sonríe con malicia. Le lanzo un puñetazo que me deja temblando; debería doler la mano, sin embargo no es así. Un hilo fino y escarlata chorrea de mis senos nasales. En lugar de limpiarla le propino otro golpe que me hace retroceder unos pasos. El pómulo se hincha al instante. Con cada golpe la semejanza aumenta en lugar de disminuir. Ese parecido no sólo me da vértigo sino que me hace vomitar. El espejo, manchado de mí, parece una creación surrealista de Bacon. Ese cuadro necesita un par de manotazos para llegar a convertirse en un autoretrato autodestructivo digno del genial irlandés.

jueves, 14 de marzo de 2013

Palabrascolgadas

Acodado en al barra observando a la camarera llenar con copas de vino una bandeja que su compañero repartirá por las mesas. Mirándola de reojo, con la vergüenza pulsándome en las sienes, descubro cómo me sonríe. Con decisión se acerca hasta mí y, con un acento extraño, quizá italiano, formula una pregunta incomprensible. Enrojezco al instante, quiero desaparecer, pero no es posible. Agacho la cabeza echando un vistazo a los zapatos, como si estos ortopédicos negros tuviesen algo que decirme. Habladme -pienso. En lugar de escuchar la voz ronca de un zapato maloliente, tintinea, nuevamente, el susurro italiano; seguramente la misma pregunta. Agacho, más si cabe, la cabeza, confundiéndome con un flamenco. Suplico ayuda a los zapatos, pero siguen mudos. La camarera se acerca más, casi huelo su piel oscura. Está apoyada en el tirador de cerveza. Definitivamente levanto la cabeza para mirarla, pero, antes, doy un puntapié al taburete con el único fin de causar dolor a los zapatos. La joven me pregunta qué quiero. Entiendo que está insinuándose; un qué quiero con ese fin y no con el objetivo -quizá más lógico- de saber qué me apetece tomar. Mi mente vuela instantáneamente: salgo del bar, la acompaño a su casa, la desnudo, hago lo propio y un olor fétido, a buen queso francés fermentando, se apodera de la situación. No quiero nada, contesto. Me quedo mirando retadoramente los zapatos, acurruco los dedos de los pies, rasco con las uñas la plantilla. Sólo pienso en una cosa: causar dolor.
En la calle unas gotas enormes, desprendidas sin el menor orden, lo mojan todo.
Me levanto decidido ando hasta la puerta de la cafetería -en poco tiempo se han formado charcos- salgo fuera y comienzo a meter los pies en los más grandes a inundar esos mudos zapatones con la única intención de infligirles un severo castigo chapoteo con fuerza chap chap desoyendo los húmedos y reumáticos quejidos de viejo moribundo que se les escapan a esos asquerosos zapatos arrebatado por la ira me agacho desanudo los cordones saco los pies de dentro de esa cueva y los lanzo al cielo quedando colgados del cable telefónico estrangulados agonizando y río mientras todos me miran atónitos marcharme calle abajo.

jueves, 28 de febrero de 2013

Parinesca (cap.5)


No comprendí la razón por la que Natalie me enseñó la nota, ni tampoco su contenido. Qué relación tenía esa joven con nosotros, más allá de ser alumna de Natalie, para avisarnos de que Juan quería asesinarla. Yo sabía que debíamos abandonar Maluengo, pero no me sentía con fuerzas. Aproveché la ocasión para comentarle que yo cumpliría la promesa. Una vez lo dije me arrepentí. Qué ironía que un hombre moribundo prometiese aquello que irremediablemente era inevitable. Ella me sonrió, fue una sonrisa forzada; sabía que estaba presionándola, pero no dijo nada. Dobló el papel, lo guardó en su bolsillo y cogió mi mano.

Mi madre se marchó del pueblo; creo que fue por mi causa. Desde que me echó de casa envejeció con rapidez, dejó de hablar con los vecinos avergonzada por un hijo que le resultaba asqueroso. Murió sola en Barcelona, en una residencia de ancianos. Allí no contó a nadie que tenía un hijo, por esa razón no supe nada. Lo averigüé cuando llevaba varios meses enterrada. Tampoco el cuerpo de Natalie lo había reclamado nadie. Siempre pensé que eran parecidas, aunque únicamente fuese por el amor que les tenía. Tumbada sobre esa cama metálica, desnuda. Era un regalo para mis manos. Cogí su pelo rojo entre los dedos, lo acaricié y recordé la visita de Valentina. Estaba dispuesta a todo por conseguir que le permitiese entrar en la vivienda del escritor. Allí mismo, en el cuartucho en el que guardaba las escobas y los cubos de basura la desnudé; después le dije que disponía de quince minutos antes de que el escritor y Natalie volviesen de su visita al médico. Cuando bajó con las llaves le exigí que me contase qué se proponía, a cambio de mi silencio. La nota que le había dado a Natalie previniéndola frente a Juan, el cianuro robado del laboratorio del instituto, las gotas que metió en el bote de edulcorante. Únicamente pretendía asustarla para que se olvidase de su novio. Yo sabía que me ocultaba información; Valentina pensaba que tenía la situación totalmente controlada, que todos creíamos sus palabras. En la nota que les había enviado contaba que Juan la había obligado a robar el cianuro del instituto, y que luego él mismo pensaba introducirlo en el bote de edulcorante. Esa nota era su coartada y pensaba que mi silencio lo tenía garantizado con un poco de sexo sucio. Fui dándole colorete con la brocha más grande, camuflando su falta de color. Esa piel traslucida que insinuaba la silueta de los huesos le daba una belleza especial. Abrí sus párpados, quería que observase cómo la preparaba. El escritor explicaba en la carta que cuando vio que Natalie estaba muriendo no entendió por qué razón había utilizado el edulcorante envenenado. Cumplir la promesa significaba que se quitase la vida cuando él muriese, no antes. Al principio sintió rabia, luego comprendió que había sido el último acto de amor de Natalie. Explicaba en esa carta lo de la nota de la estudiante, las intenciones del joven: escapar con ella o matarla. Le perfilé los labios de color rojo, como a ella le gustaba. La fui vistiendo con suavidad, con un vestido rojo que me había llevado de su casa. Apareció Valentina, visiblemente nerviosa. Nada había salido como ella pensaba. Sólo quería asustarla, pero desconfiaba de Juan, también del escritor. Natalie no se hubiese quitado la vida –me dijo- le gustaba demasiado vivirla. Valentina también llevaba puesto un vestido rojo que resaltaba sus senos adolescentes desobedientes de las leyes físicas. Volvió a pedir mi silencio; yo le recordé el precio que debía pagar por él y mientras le lamía el cuerpo no dejaba de mirar a Natalie. En sus ojos todavía se podía encontrar Paris. Valentina giró la cara para no mirarme. Recordé el último café con Natalie, su desdeñoso gesto, la visita al baño antes de dar un último sorbo al café y marcharse con varias gotas de cianuro que germinarían un niño-muerte en su vientre. Siempre quise pintarla y no me podía ocurrir lo mismo que con mi madre.

domingo, 24 de febrero de 2013

Parinesca (cap.4)


Todos los amigos hablábamos de ella, el pueblo entero lo hacía. Si algo llamaba la atención en Maluengo era una extranjera guapa. No estábamos acostumbrados a recibir ese tipo de visitas, y menos si se trataba de los nuevos vecinos. Se rumoreaba hacía un mes que el famoso escritor Alfonso Mesa había alquilado el ático de la plaza de la iglesia, pero nadie esperaba que junto a ese hombre demacrado y antipático apareciese una mujer tan joven. Natalie, al principio, fue simpática con todos los vecinos, pero conforme se dio cuenta de que sólo despertaba envidias y recelos cambió su actitud. Ya no hablaba con nadie, tampoco contestaba a nuestros malintencionados saludos, por eso me sorprendió cuando me dirigió nuevamente la palabra en el supermercado. Toda esa semana estuvo merodeando por las estanterías en las que yo reponía producto y eligiendo mi caja en lugar de las otras. Lo que ya no me sorprendió tanto fue cuando me invitó a merendar. El escritor no me saludó, estuvo callado observando de reojo. Yo estaba cohibido, incluso avergonzado. Ni en el mejor de mis sueños sexuales hubiese imaginado una escena como la que me esperaba. Ella me dejó muy claro que era un intercambio de favores y antes de marcharme dejó sobre la cama doscientos euros. Durante el primer mes me hizo ir cada día. Me enamoré de ella, por eso cuando Valentina me pidió que fuese su novio le dije que no. Cuando se lo conté a Natalie me obligó a aceptarla; de esa forma evitaríamos habladurías. Como si no estuviese hablando todo el pueblo de nosotros. Valentina estaba loca; sabía lo de Natalie y nunca le importó. Me obligaba a repetir las mismas cosas que hacía con la francesa; quería que le susurrara cada palabra y se enfadaba si no lo hacía. Yo, únicamente, quería huir con ella, con Natalie, pero siempre esquivaba la conversación. Hice los preparativos para escapar. Había conseguido juntar varios miles, así que el dinero no sería un problema. Después podría trabajar de cualquier cosa. El día que se lo dije, después de hacer el amor y con cuidado de que el escritor no escuchase nada, se rió de mí, me besó la frente y dejó los doscientos euros sobre la cama. Se los lancé al suelo y contesté que pasaría a recogerla el jueves al acabar el turno en el supermercado. Ese jueves no me abrió la puerta, pensé que se había marchado, que el escritor había muerto. Valentina me contó que Natalie asistía al colegio como de costumbre. En un arrebato de ira golpeé a Valentina y salí corriendo en busca de Natalie. Apreté el botón del timbre con insistencia y golpeé la puerta con fuerza. El portero subió hasta el rellano y se quedó mirando desde el ascensor, sujetando la escoba con una mano. Escuché la voz de Natalie diciendo que me marchase, que todo había acabado. Bajé con el portero, me dijo que el escritor estaba peor, que llevaba unos días sin salir a la calle y gritando de dolor. Le di una nota a Valentina para que se la hiciese llegar.

 Ser el portero de un edificio tenía cosas malas como tener que recoger las basuras o limpiar los rellanos, pero también cosas buenas. Te enterabas de todas las miserias de los vecinos. De puertas hacia fuera nadie podía conocerlos mejor y eso tenía sus ventajas; por ejemplo ver las bragas de la jovencita de uniforme de colegiala a cambio de darle los horarios en los que Natalie recibía al chulito del supermercado. Lo que no podía imaginarme es que esos dos acabasen de novios. Que le informase de las costumbres de la francesa tenía un precio más alto, al igual que la llamada diaria a su móvil para describirle cuál era la indumentaria de Natalie. Por eso cuando aquella mañana no vi a Natalie bajar a tomar su café y croissant supe que algo malo había ocurrido. Todo esto fue lo que le conté al inspector de policía cuando me hizo ir a hablar con él a la comisaría de Barcelona. Ni una palabra de mi visita al piso, de los cuerpos sobre la cama, tampoco del ramo de flores que dejé en la alfombra; ni de las horas que pasaba frente al cuerpo desnudo de Natalie cada día hasta que descubrieron los cadáveres por la llamada telefónica del niñato del supermercado. Leí cientos de veces la nota que había garabateado el escritor. Pese a dedicarse toda una vida a escribir novela negra no se había enterado de nada. Era mejor así, por eso cogí la hoja del montón. Otra cosa diferente era la nota; sabía que el primero en leerla sería el chaval del supermercado, por eso la dejé en su lugar. Él la haría desaparecer sin saber que yo me guardaría una copia.

martes, 19 de febrero de 2013

Parinesca (Cap.3)


Cómo le podía pedir algo así: fidelidad a la vida. ¿Se podía ser más egoísta? Eso era hacer una partida con las cartas marcadas, porque, qué posibilidad tenía ella de morir antes que yo, teniendo en cuenta que era muchísimo más joven. Veinte años no son muchos dijo el día que nos conocimos en aquel cementerio. Yo dejé a mi familia por ella y creía que un acto de amor tan sincero merecía ese tipo de fidelidad. La verdad es que pasamos unos años muy buenos en Barcelona, pero desde que me diagnosticaron la enfermedad todo había cambiado. La operación y esa necesidad mía de esconderme de todo el mundo –en realidad a quien quería esconder era a Natalie- nos condujo a Maluengo. Sólo era cosa de tiempo que ella desease cubrir sus necesidades sexuales. Aquel chico que trabajaba en el supermercado, Juan, siempre le hizo gracia. Al principio yo pensaba que le miraba como al hijo que no teníamos, pero cuando le invitó a merendar a nuestra casa pude comprobar que estaba equivocado. Aquel día descubrí quién era Natalie, lo malvada que podía ser –me obligó a espiarles desde dentro del armario- y también que incumpliría la promesa. Los celos se me comían por dentro con más voracidad que el cáncer. Mientras era follada me sonreía a mí. Yo me obsesioné con renovar nuestra promesa. Estaba dispuesto a consentir con lo del armario si ella me juraba un final juntos. Ella siempre daba rodeos, abría una botella de champagne y se llenaba la bañera de agua caliente y sales. No podía escribir. La novela que tenía entre manos era la más importante de las que había escrito, pero, seguramente, sería la única que quedase inacabada.

Cuando estaba frente a un muerto su belleza inanimada me transportaba a un paraíso. Eliminar el tono gris de su piel no era un trabajo para mí; aunque en un pueblo andar pintando a la muerte era suficiente razón para que te marginasen.
Nunca tuve amigos. En el colegio todos huían de mí. Pasaba el día maquillando las muñecas de mi hermana y a la abuela; una enfermedad la había dejado postrada en una silla de ruedas. Teníamos una relación muy estrecha. El día que ella murió le pedí a mi madre que me dejase pintarla; como no lo hizo la maquillé a escondidas. Para mi madre, ese, fue motivo suficiente para echarme de su casa. Por aquella época D.Ernesto ya me había contratado para que hiciese algún trabajito de supervisión en el edificio. Los galones de portero me los fui ganando poco a poco. Luego lo de la funeraria; no sé muy bien cómo fue, pero de repente me vi desarrollando mi pasión: pintar cadáveres. D.Ernesto era el cacique de Maluengo; la mayoría de las tierras, los mejores edificios, la fábrica de camisas y la funeraria. No había familia en la que algún miembro trabajase para él.
Encerrado en una fría habitación de dimensiones reducidas, sin ningún tipo de decoración, con las paredes grises, junto a esas masas de carne, robándoles con un beso el último hálito de energía; esa se había convertido en la única razón de mi existencia. Y una obsesión: maquillar a mi madre.

No entendí la razón por la que Natalie se encaprichó de Juan –está bien, pero tampoco es para tanto. Creo que ella no sabía que yo les vigilaba desde la calle. Cuando entraban en el edificio, cuando salía, Juan, al cabo de unas horas. La imagen borrosa de ellos dos filtrada por las cortinas. Floren, el portero, me vigilaba a mí. Se colocaba bajo el quicio de la puerta y me miraba; me escrutaba. Sentía que era desnudada por él. Estaba segura que quería algo de mí; y yo necesitaba algo de él. Lo primero que tuve que hacer fue convertirme en la novia de Juan. Él me contó los secretos más íntimos de Natalie.

sábado, 16 de febrero de 2013

Parinesca (cap. 2)


Había visto muchos cuerpos sin vida. Demasiados casos como para no darme cuenta que algo extraño había ocurrido ahí. Una llamada anónima alertó a la policía. Sabía que no encontrarían huellas, ni ningún indicio. Una pluma abierta sobre un montón de folios blancos no me encajaba. Cogí la primera hoja de papel, de aquel montón, sin que nadie se diese cuenta, la doblé y me la guardé en el bolsillo del pantalón. Sobre la alfombra de la entrada unos restos de flores secas pasaron desapercibidas. Cuando los inspectores me vieron merodeando por la habitación me indicaron que ya podía marcharme. Les había abierto la vivienda con la llave maestra. Pronto me preguntarían por todas las personas que había visto, por todo aquello que me pareciese extraño. Yo no les diría nada. Un portero nunca debe saber nada de los residentes. Siempre desayunaba en la misma cafetería. Yo la observaba. Apareció, como de costumbre, temprano. Un paraguas rojo la protegía de la lluvia. Los doce centímetros de tacón la hacían parecer más alta. Salí del zaguán y crucé corriendo, para no mojarme, hasta la cafetería. Me senté a su lado, también como de costumbre, y le di los buenos días; no me contestó. Levantó la cabeza, me miró de arriba a abajo y volvió a desviar la mirada con condescendencia. Se levantó y se marchó haciendo resonar los tacones por todo el local. Ese aire francés, que se empeñaba en mantener, no encajaba en un pueblo tan pequeño. Todos hablaban de ella. Se comportaba como si caminase por el Montparnase. Pagué mi café con leche y la seguí hasta el colegio en el que impartía clases de francés.

Todo el mundo hablaba de lo mismo esa mañana, que si la Srta. Natalie esto, que si la Srta. Natalie lo otro. Si algo estaba claro es que no había aparecido por el colegio. Quizá todo fuese cierto y hubiese muerto, pero nadie podía creerse que se hubiese suicidado. Todos pensábamos que era feliz, aunque puede que estuviésemos equivocados; nunca se sabe lo que ocurre de paredes hacia adentro. En lugar de ella apareció la directora para comunicarnos que la Srta. Natalie no había venido. Un murmullo, cada vez más molesto, se adueñó del ambiente. Sentí ganas de chillar, pero en lugar de eso me puse a llorar. Puede sonar ridículo que diga que la quería como una madre, aunque no es del todo cierto; quería a Natalie mucho más que a mi madre, que me parecía odiosa, ridícula y únicamente me despertaba un sentimiento de vergüenza por el peso genético que me tocaba arrastrar por todo el pueblo. Muchos días, a la salida del colegio, la seguía hasta su casa y me pasaba la tarde vigilando sus fugaces pasos por delante de la ventana. En ocasiones se quedaba parada junto al cristal como queriendo confirmar la redondez del planeta desde esa torre; el edificio de seis alturas era el más alto del pueblo y se encontraba en la plaza de la iglesia. Yo quería creer que me miraba a mí, y sonreía. No recuerdo ningún día que no llevase una prenda roja, a veces un pañuelo, otras los zapatos, o la falda. Yo copiaba su manera de vestir, su gusto por el rojo.

Me aburrían tremendamente las clases de filología hispánica. En lugar de escuchar a vejestorios hablando en español con una entonación artificialmente afrancesada, prefería pasear por el cementerio de Montparnasse. Aun sabiendo que era una exageración, iba a diario. Paseaba por todas sus calles, leía cada epitafio. Observaba muda, medio escondida, cómo los catafalcos eran descendidos por los operarios. Descubrí a Maupassant, Baudelaire y un Sartre todavía esperando a Beauvoir. Los ochenta me parecían demasiado monótonos en la universidad. Añoraba un idealizado mayo del sesenta y ocho, y como éste no iba a llegar prefería huir. El sol brillaba con fuerza y el cementerio estaba más concurrido que de costumbre. Cuando llegó el coche fúnebre más de doscientas personas se arremolinaron entorno a él en silencio. Permanecieron así durante un buen rato. Después el coche volvió a moverse, la comitiva detrás. Por alguna razón desconocida me uní a ellos. Descendieron al argentino y cada uno de los asistentes deposito una flor. No es la situación más apropiada para conocer al hombre de tu vida, pero ocurrió así. Él era un escritor de Barcelona que había asistido al entierro de su colega y amigo. Me dio una rosa para que la echara sobre el ataúd y me invitó a un café. Pese a que no llovía era una fría mañana de febrero. Yo estaba temblando. Pocos derramaron sus lágrimas. Al día siguiente me quedé en casa frente a una taza de té bien caliente, recibí una llamada telefónica que me hizo sonreír. Mientras esperaba su visita descubrí en la prensa que -pese a que no solía leerla, esa mañana la había comprado- se había tratado de un manifiesto contra la muerte; me alegré de comprobar que el estímulo a la vida que sentí frente al féretro no había sido algo aislado. Prepararé café y le ofrecí una taza. No esperamos a que se enfriase para comenzar a desnudarnos. Tumbada en la cama, la cabeza apoyada sobre su pecho canoso; supe que me marcharía con él.

martes, 12 de febrero de 2013

Parinesca (Cap.1)

Asomado a la ventana, la cabeza ladeada, la mirada perdida, depositada como un suflé pastelero en las nubes que se arrastraban deslizantes sobre las montañas, los ojos vidriosos tamizando el paso de los años. Permanecía encorvado frente al ventanal, apoyado en el cristal, la piel arrugada, las manos temblorosas sujetando el peso del cuerpo echado hacia delante. Los rayos de sol resbalando ladera abajo teñían las nubes de naranja y violeta. Acerqué las manos frías hasta la cara presionando los ojos y arrastrando los dedos como queriendo desgarrar el manto de piel que me cubría por completo. Cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el cristal las acompañé con el dedo mostrándoles el recorrido que debían seguir, uniéndose en su camino con alguna otra hasta convertirse en un pequeño arroyo vertical que se estrellaría irremediablemente contra el mármol del alféizar. Cómo olvidar que hacía sólo unas horas la tenía en mis brazos, respirando entrecortadamente. Nunca pensé que ocurriría de esa forma, que fuese necesario. Habíamos planeado tantas veces ese momento que mi primera reacción fue cabrearme. Cuando entré en la habitación y la vi tendida sobre el suelo me enfadé con ella. Sentí que había sido traicionado. Me arrodillé a su lado -creí que estaba muerta- y toqué sus manos; estaban heladas. Le presioné el cuello buscando el latido del corazón; cuando lo encontré pensé que se trataba de mi propio pulso. La cogí en brazos, la llevé a la cama, me tumbé con ella, abrazándola, prestando atención a cualquier sonido que pudiese oír. Únicamente escuchaba el chasquido de las gotas de lluvia chocando contra la techo. De repente un ronquido, un intento sonoro de coger aire; después silencio. Intentaba darle calor. La desnudé y la cubrí con el edredón. De nuevo otro intento por agarrarse a la vida. Sonreí al descubrir que lo hacía con más cadencia. Froté su espalda mientras la observaba. Ni en aquel momento pude dejar de mirar los rosados y franceses senos de Natalie; inanimados, los pezones camuflados entre el resto de carne sin obedecer a ningún estímulo. Nada tenía sentido. Desanudaba su pelo rojizo con los dedos. Comencé a hablarle; hasta entonces no lo había hecho. Su intento de seguir conmigo era manifiesto. Los párpados entreabiertos escondían su melancólica mirada, el verde había desaparecido. Boqueaba como un pez recién capturado sobre el suelo mojado de la barca. Al cabo de un rato se ovilló buscando mi calor. El ronquido era más audible. Más que luchar por coger aire parecía que lo hacía por escupir. Mi hombro estaba mojado. Le sequé la boca con la sábana. Su temperatura había subido un poco, eso me alegró. Repetí su nombre con insistencia, pero una convulsión me hizo callar. De alguna forma que moviese los músculos debía ser una buena señal. Después silencio, durante unos interminables segundos silencio. Nuevamente un ronquido y nada más. En pocos minutos su cuerpo se quedó frío y rígido. La besé, ya no estaba enfadado con ella. Cubrí su desnudez con un quimono. Habíamos hablado tantas veces de ese momento. El viento intentaba colarse por el cajón de las persianas emitiendo un silbido molesto. Antes que nada debía escribirlo todo.

Cuando llegué a su casa lo primero que me llamó la atención fue la placidez con la que los cuerpos yacían sobre la cama. Él vestido con traje y pajarita, ella tapada únicamente con el batín japonés. Una nota escrita a los pies de la cama explicaba qué había ocurrido. Me quedé mirándoles, a mi lado se formó un charco con el agua que se escurría de la ropa mojada. Le retiré el quimono. Habíamos pensado huir. Encontré la puerta abierta. Un ramo de flores marchitas sobre la alfombra indicaba que no era el único que sabía lo que había ocurrido en esa habitación. Pensé en llamar a la policía, algo me decía que Natalie no había decidido que todo ocurriese de esa forma. Hice la llamada desde el teléfono que había sobre la mesilla. Le di un beso y la tapé antes de salir corriendo.

jueves, 31 de enero de 2013

El sillón orejero


Pasó la vida dedicado a sacar adelante a la familia y también a mantener la decisión de trasladarse a la ciudad, aunque sólo fuese por orgullo. Diferentes trabajos siempre centrados en su físico. Repartidor, vigilante, agricultor. Todos ellos los realizó con desencanto, como quien soporta el peso de la lluvia por no tener con qué protegerse. Abandonó el pueblo por la misma razón, el desencanto con una vida que, más allá de unos chatos de vino, no le aportaba nada. Trabajos aburridos y mal remunerados con personas inanimadas ocupándolos. Desidia, hartazgo y abatimiento le acompañaban casi a diario. Siendo ese el sentimiento que tenía hacia el trabajo se hace difícil entender por qué se presentaba voluntario cada vez que había que doblar un turno o acudir el fin de semana a echar una mano. Puede que la razón la tuviese en casa, en ese sillón orejero que le envolvía cada vez que atravesaba el zaguán. Dar un par de vueltas a la llave y sentarse en la butaca era todo uno. Allí no tenía noción del tiempo -esa herramienta diseñada para la tortura de los humanos- ni del espacio. Se trataba de unas coordenadas espaciales en las que la relatividad pinchaba dolorosamente a los tímpanos. Frente al sillón había un televisor -no siempre el mismo- permanentemente encendido. La nariz aguileña se adueñaba de todo el rostro y enfocaba siempre al centro de una pantalla cada vez más grande. Era difícil mirarle sin sentirse agarrado por ese garfio. El pelo, áspero como la ceniza y de un tono que no alcanzaba a ser blanquecino, ocupaba la totalidad de la cabeza. Las orejas con los años habían hecho uso de la dinámica newtoniana y los lóbulos se descolgaban aparatosamente junto a unas pobladas patillas que intentaban disimular esa crueldad física. El gesto derrotado perfilaba la boca, con las comisuras señalando hacia unos hombros también vencidos. Una aureola de grasa tras su cabeza lustraba el sillón, cambiando su tono que pasaba de beige a gris gradualmente. Pero a todo eso te acostumbrabas; lo realmente complicado era permanecer a su lado intentando seguir el hilo de su deshilachada conversación, de su desgraciada vida. El tono grave y la ausencia de entonación no ayudaban a mantener el interés, si es que alguna vez lo hubo, de una conversación casi tediosa. Así que no es de extrañar que nadie se diese cuenta de lo que ocurrió. Ni su mujer, ni sus hijos, ni yo tampoco. Intentaron convencernos de que se había marchado, que había huido -razones no le faltaban, y antecedentes tampoco-, pero lo que allí sucedió fue bien distinto. Yo debería haberlo imaginado; un padre siempre intuye aquello que le ocurre a sus hijos, pero desde que su madre nos había abandonado mi presencia era bastante fantasmal. Desde el primer momento supe que la desaparición estaba relacionada directamente con el sillón orejero, pero tuve miedo de verbalizar mis teorías. Ahora todo es distinto. Puedo contar aquello que entonces silencié, pero únicamente queda como anotaciones en la libreta de un psiquiatra y acabará en cualquier estantería de este hospital. No me permiten escribir, quizá tienen miedo de que me lastime, por esa razón repito la historia, en voz alta, constantemente. Me niego a reconocer a esos visitantes como mi familia. Lo único que me queda es la memoria. El recuerdo de mi mujer, de mi hijo, del pueblo. Del sillón orejero, que en este momento estará engullendo a alguien.

lunes, 21 de enero de 2013

El olvido de vuestra existencia


No me gusta el pasado, es como un grano de trigo olvidado por el agricultor y los pájaros sobre la tierra cuarteada; también por los roedores. Abandonado a la intemperie recibiendo las bocanadas de radiación solar con total impasibilidad. El futuro depara la muerte, pero es en el pasado donde yo la veo. Y es tan difícil olvidarlo. En cada pulso neuronal está presente. Ese grano gordo, hinchado de sangre roja y negra. Todas las dendritas borboteando semillas de memoria a cada axón ávido de conocimiento, de mentira y puñaladas. Me aprieto las sienes con fuerza para intentar frenar ese chorro de antigüedad cósmica. Os veo a todos y me producís dolor. Es verdad que está en mi mano cambiar eso, vuestro dolor; pero, ¿soy yo, o sois vosotros los causantes de esta agonía vital? Podría mover mi dedo y deshacer lo hecho, podría. Os aseguro que podría, pero me dais tanta pena. No hace falta modificarlo todo, podría hacerlo sólo contigo. Cambiar tu pasado. Hacer que fueses alguien diferente, otro tú. Quizá eso me daría fuerzas para seguir, me animaría a intentar devolver las cosas a su lugar. ¿Cuál sería su sitio? Siempre me duermo llegado a este punto. No recuerdo nada más. Puede que ese sea el problema, no recuerdo nada. La mala memoria, es posible que mi Alzheimer secular sea el causante de esta ignominia demiúrgica. En los tenues destellos de pasado todavía me alcanza a rozar el arrepentimiento. Ya hace mucho tiempo, quizá demasiado tiempo. Yo lo empecé todo, por interés banal. Era un juego; siempre lo ha sido, y vosotros erais las fichas. Podría haberlo dejado, pero me pareció divertido ver a dónde llegábamos. ¿Egocentrismo? Puede, pero y quién no es egoísta. ¿Cuántos de vosotros me habrá preguntado, alguna vez, eso? ¿Esperabais respuestas? Nunca me lo planteé, aunque he de reconocer que en ocasiones estuve tentado. Sólo son destellos, cada vez más distanciados. Por eso sé que llega el final. El día que ya no os recuerde, que no sepa quién soy, todo habrá acabado. Será como un meteorito acercándose hacia vosotros desde donde no alcancen ni los recuerdos. Cada día un poco más cerca, más próximos a la destrucción. No habrá impacto; puede que desde aquí lo parezca, pero únicamente será un espejismo. ¿Qué quedará de mí cuando el último recuerdo se desprenda de esa cola de neurona, en forma de espermatozoide, para caer al vacío? ¿Acaso mi final no será más doloroso que el vuestro?

jueves, 17 de enero de 2013

Jaque (cap.4)

Por fin delante del ordenador pude volver a enfrentarme a Parrado. Cada vez me caía peor ese escritor y detective de éxito. Había llegado un punto en el que no podía soportarle. Cada vez que le daba un beso a Francesca era como si a mí me diese un puñetazo. Era una relación extraña porque, por otro lado, no podía dejar de hablar de él; soñaba con Parrado. Concretamente soñaba que yo era Parrado. Me resistía a relatar que iba desentramando el caso, que su particular partida de ajedrez acabaría de la misma forma que en 1972 hizo Bobby Fisher con Borís Spassky. Aunque la realidad era que cuando llevaba un rato delante de la pantalla, tecleando teclas compulsivamente, era él el que se adueñaba de mí. Yo no ejercía ningún poder sobre la historia y menos con él. Estaba decidido a acabar con su vida. El asesino del ajedrez lo haría por mí. Sólo necesitaba llevarlo a una última escena de un crimen. O acercar al asesino al ático de Parrado en busca de sus dos últimas víctimas: Francesca y Parrado. Sería un jaque mate que daría la vuelta a la historia, reescribiría un triunfo del americano sobre el ruso. Únicamente necesitaba no dejarme cautivar por el simpático detective, por el interesante escritor. ¿Acaso no era yo el que debía dominar la situación? ¿No es el escritor el que dirige el camino de sus personajes? Tomaría altas dosis de café para no sucumbir a sus encantos, a su canto de sirenas, a su hipnótico deambular. Tenía que meter directamente al asesino en su casa, para lo cual saqué a Francesca y a Parrado del piso de ella con la excusa de una llamada telefónica de la redacción en la que le avisaban de que ella había recibido un paquete sospechoso con una figura de ajedrez y una carta. Parrado con la reina blanca en sus manos y leyendo una carta indescifrable llegó a la pista definitiva que le relacionaba todos los casos con su propia vida. Así que sólo era eso... Esa carta y esa figura les encerrarían sin solución en el ático de Parrado, les abocaría a un final desesperado e ineludible para ellos porque el asesino estaría esperándoles en el dormitorio de él y Parrado tendría que observar cómo era asesinada Francesca sin poder hacer nada por salvarla. Antes de matar al rey, lo habría hecho con la reina, sería una derrota en su propio terreno, el de la inteligencia, y así él le suplicaría la muerte tumbando la figura que él mismo representaba. Con esa jugada me desharía de mis dos problemas: Parrado y la novela que tenía que entregar a la editorial antes de que finalizase el mes.

Francesca seguía, cautelosa, los pasos de Parrado. Él entró en su ático con sigilo, sin hacer el más mínimo ruido. Algo le decía que se encontraban en un peligro inminente. Necesitaba comprobar algo en el ordenador. Su memoria era buena, pero no tanto como para recordar todos los movimientos de esa última partida entre los dos superdotados ajedrecistas. Entró, silencioso, en su despacho, conectó el ordenador y buscó en la Wikipedia la famosa partida. Spassky, finalmente, se rindió. Entregó su rey. Eso le daba pistas. El asesino intentaría cargarse primero a Francesca y posteriormente esperaría que él le suplicase su propia muerte. Tenía el presentimiento de que Fisher ya se encontraba dentro de la vivienda. Podía llamar al comisario, explicárselo todo y que éste enviase a algunos policías que arrestasen al sospechoso, pero eso no demostraría que se trataba del asesino. Únicamente sería detenido por allanamiento de morada. Parrado haría las cosas a su manera, eso siempre le había salido bien y en esta ocasión no tenía por qué ser diferente. Saber qué esperaba el asesino le daba cierta ventaja, o eso creyó él. Recorrió lentamente todos los rincones de la casa con Francesca pisándole los talones y con un cuchillo jamonero que cogió de la cocina. Con éste en alto se asomó a la terraza, posteriormente pasó por el baño y finalmente cuando asomaba la hoja plateada por la puerta del dormitorio sintió un golpe tremendo en la mano que hizo que soltase el cuchillo. Francesca se abrazó, instintivamente, a Parrado, cuando el rostro recientemente descubierto asomaba una sonrisa a la vez que amenazaba a la pareja con una pistola Beretta 92 negra con el mango marrón. El asesino hizo un gesto con el arma, indicándoles que entrasen dentro de la habitación. Sacó unas esposas que le colocó a Parrado después de pasarle las manos por detrás de la espalda. Le empujó sobre la cama y enganchó las esposas al cabezal de forja. Francesca permaneció callada, con la boca abierta, viendo cómo Parrado intentaba revolverse sin conseguir nada. El asesino la cogió por su enorme melena y la arrastró hacia el baño. Puso el tapón a la bañera de hidromasaje en forma de riñón y abrió el grifo del agua. Mientras hacía esto Francesca intuía que ella acabaría dentro de la bañera y no podía dejar de pensar (lo cual le parecía ridículo) que, por lo menos, podría poner el agua caliente. Mientras esto ocurría, Parrado se devanaba el cerebro para averiguar una forma de escaparse antes de que la ficha de la reina fuese eliminada del tablero. Hizo un resumen rápido de todos los asesinatos cometidos hasta entonces, de todas las mujeres y las características que compartían. Se recriminó no haber averiguado antes las claves de la imaginaria partida. Cada vez que había sido entrevistado por un medio de comunicación, el asesino había utilizado esas coordenadas para elegir una mujer que viviese en la zona y que rondase los cuarenta años. La hora en la que había sido realizada la entrevista era la misma que utilizaba para cometer el asesinato y el lugar en que luego dejaba el cuerpo correspondía a una casilla del figurado tablero en el que había convertido la ciudad. Este último dato era la única pista que Parrado siempre había tenido clara, pero el hilo que conectaba a todas las mujeres era tan fino que él no había sido capaz de verlo. La ultima ficha elegida era Francesca, periodista que había realizado el ultimo articulo sobe Parrado y el caso del asesino del ajedrez. En pocos segundos había repasado toda cronología del caso, pero el ruido borboteante del agua no le dejaba concentrarse. Pensaba ahogar a Francesca y a él no se le ocurría nada para salvarla. De repente chilló- eh Bobby, te intereso yo, no ella -sabiendo, a la vez que lo decía, que eso no valdría para nada porque esa partida ya se había jugado hacia más de treinta años y el siguiente movimiento era la reina. Bobby, tengo preparado un nuevo movimiento que no te imaginas. Aunque elimines mi reina no te daré la partida. He ideado la forma de ganarte esta partida y devolverle el triunfo a Rusia. Parrado no esperaba que esto hiciese reaccionar al asesino, pero de repente descubrió la cara estirada y pálida de Bobby asomando por la puerta y preguntando- ¿Qué movimiento? No puedes hacer ninguno, esta partida no tiene otro posible desenlace. Tendrás que entregarme la partida y tu vida. Parrado demostrando, falsamente, que no estaba nervioso por lo que escuchaba, le dijo- ¿Cómo puedes estar tan seguro? Mientras tanto el agua seguía sonando en la otra habitación, y Francesca se encontraba tumbada boca abajo atada de pies y manos sobre la bañera, haciendo esfuerzos por respirar algo de aire entre trago y trago de agua.

Ya casi lo había conseguido. A Francesca le quedaban pocos minutos y Parrado iría detrás. Las teclas del ordenador estaban calientes y yo me sentía tan excitado como nunca. Necesitaba tomarme otro café, pero en ese momento nada ni nadie podría alejarme de la historia. Nadie podría evitar que cometiese el asesinato, que me cargase de un plumazo a mi más famoso detective, y que eso, curiosamente, me devolviese la fama a mí. Mi excitación no me permitió escuchar el chirrido de la puerta al abrirse. Tampoco me permitió oír los pasos de alguien que se iba acercando a mi despacho. Yo seguía tecleando sin parar y sólo fui capaz de darme cuenta de que no me encontraba solo cuando escuché el ronquido de la puerta del despacho rozando contra el suelo. Levanté la cabeza y la giré para descubrir que una sombra se metía hacia dentro. Se me aceleró el corazón. No me daba tiempo a hacer nada. Detrás de la sombra apareció una figura que me era muy familiar y únicamente me dio tiempo a preguntar-¿Tú?- antes de que Parrado descargara uno tras otro todos los proyectiles de su Beretta 92, negra con mango marrón, sobre mi indefenso cuerpo.

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