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viernes, 30 de noviembre de 2012

Un caso muy Real!


Esta mañana en el colegio de mis hijos (le pondré nombre, aunque se me acuse de que los localismos le pueden restar fuerza a un relato..., pero esto no lo es), Luis Vives, se manifestaban todos los niños. Unos llevaban casco, algunos máscara y todos mantenían sus manos levantadas enseñando un libro. La prensa hacía fotos y grababa. Los padres vigilaban que no cruzasen la calle. De vez en cuando pasaban al otro lado chillando, con los padres regulando el tráfico para que no ocurriese ningún incidente. Si no se nos escucha, lucha, lucha, lucha. El viernes pasado, durante la noche, por suerte, cayó el techo de las aulas de quinto y sexto de primaria. Los niños dormían en sus casas. La administración resopla aliviada, los padres lo hacemos con el miedo, todavía, metido en el cuerpo. Se recolocarán en el comedor. Ya veremos, dicen. El colegio es antiguo, modernismo tardío de principios de siglo XX, tan bonito como mal mantenido. Diseñado con dos alas, una sección para chicos y la otra para chicas (ese tipo de seccionamiento tan antiguo y tan Wertiano). El ala norte fue precintada. Si esto es España, caña, caña, caña. Los coches, detenidos frente a un reducido grupo de colegiales, hace sonar sus cláxones con la típica impaciencia matutina. Los niños no se inmutan, cantan y agitan sus manos. Los fotógrafos clickean buscando a ese padre vestido con indumentaria anti-radiación. Uno no puede dejar de emocionarse viendo a su vástago agitar las manos desentendiéndose de la mirada paterna. Estas son nuestras armas, estas son nuestras armas. Tampoco puedo evitar robar una conversación justo a mi lado "estos niños de diez o doce años pueden manipularse y llevarse donde quieran". Maldito el precio que tienen que pagar los escritores por esa manía de escucharlo todo. Me viene a la cabeza las napolas; y no anda muy desencaminado el hombre, aunque me quedo con ganas de decirle que los chicos defienden su libertad y que no imponen nada, sólo reclaman sus derechos y que está bien que sus padres les enseñen eso. Pero él se marcha con su juicio emitido. Con una idea, que sin darse cuenta, también le han impuesto a fuerza de escucharla.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Eyequake


Me despierto y un, apenas perceptible, temblor en el ojo izquierdo me saluda dándome los buenos días. Lo ignoro porque no estoy para nadie hasta después de tomar el café. Insiste en llamar mi atención palpitando cadenciosamente, pero con una rapidez que yo todavía no tengo.  -¡Para ya, coño!¡Vete de una vez!- me grito a mí mismo. Mi compañera de piso pregunta que si me refiero a ella. Permanezco en silencio, insisto en que no estoy para nadie. Escucho el ruido del portazo que da al marcharse y no puedo dejar de sonreír. Inspiro el aroma de Etiopía que desprende ese líquido negruzco y me reconforta produciéndome un escalofrío. El fastidioso tic se alegra en la misma medida porque no deja de palpitar. Bebo de un sorbo todo el brebaje abrasándome la boca y el esófago. En la calle siento que está saludando a todo el mundo. Por qué no puede ser como lo demás e ignorar a los viandantes. Miro con disimulo el ojo en los cristales de los escaparates con la intención de descubrir sus compulsivos movimientos, pero demuestra una inteligencia fuera de lo común (para ser un tic, me refiero) y permanece quieto. Cada vez que miro a una mujer, y lo hago constantemente, oscila con más bravura  provocándome un enrojecimiento instantáneo. Decido ignorarlo pensando que soy un tipo tenaz y paciente. Veremos quién se cansa antes. Tiembla, y yo nada. Lo hace con más fuerza, y yo ni me inmuto. Sigo andando despreciando mis "yos" rebotados en los escaparates, mirando con insistencia a las féminas, sonriéndoles con complicidad. De nada me vale esta actitud porque cuando llevo recorridos doscientos metros comienzo a agachar la cabeza y a fruncir el ceño. En un nuevo arranque de valentía saco del bolso las gafas de espejo y las engancho firmemente en las orejas. El muy canalla desata un tsunami de lagrimas que barre el iris y posteriormente el pómulo. Necesito un pañuelo. Y también quitarme las gafas para aplastarme el párpado con el dedo pulgar. En cuanto lo presiono se queda inmóvil. Levanto el pulgar y comienza a temblar. Vuelvo a presionar y quietud. ¿Qué juego es este? Comienza a entorpecer la visión. Tapo el ojo con la palma de la mano y aprieto hasta sentir un dolor punzante que recorre el nervio ocular haciéndolo oscilar como un látigo que golpea fuertemente en el cerebro. Ya no consigo eliminar las sacudidas que me envía. Parece como si estuviese resentido con mi actitud. -¿Qué quieres de mí?- grito en mitad de la entrada del metro. Todos me miran. Siento un impulso asesino que consigo dominar unos milímetros antes de que la pluma perfore la piel. Pellizco el párpado. Unos minutos más y estaré nuevamente en casa. Haré un movimiento maestro que ni él mismo esperaría. Entro en el baño. Le sonrió. Despídete de mí. Lleno la bañera y me meto en ella vestido. No me quito la ropa para que no confunda esa acción con un simple baño; quiero que sepa que se trata de un asesinato. Me sumerjo en ella. Cuando me falta la respiración saco la cabeza y compruebo con el dedo si todavía palpita. Así es. Vuelvo a meterlo bajo el agua. Noto cómo se retuerce, cómo intenta escapar de la tortura. Recorre la piel de la cara subiendo hasta la sien. Intenta buscar una salida que no le daré. Me falta el oxígeno y río bajo el líquido transparente hasta que dejo de latir. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Diario de las conversaciones robadas


1- 25 de junio de 2012 a las 19:55h

Cafetería Entretiempos.
C/ Ángel Guimerá 47, Valencia.

Conversación entre dos mujeres de cincuenta años aproximadamente, tomando un café con leche y leyendo el periódico El país. Tanto las ropas que llevan como las joyas que las adornan me hace pensar que pertenecen a la clase acomodada. Ligero olor a crema facial anti arrugas de buena marca.
-Mujer rubia con pelo corto (MRPC)- Ya no sé qué hacer. Todos los días tenemos una discusión...
-Mujer rubia con coleta (MRC)- ¿Con tu marido o con tu hijo?
-MRPC- Con mi hijo, con mi hijo. Estoy hasta las narices de él. Bueno, y de Juan también. Si no es uno es el otro. Creo que se droga...
-MRC- Uy, eso si que no. Tienes que impedírselo... ¿Cómo lo sabes?
-MRPC- Su habitación huele muy mal y sólo nos habla para exigirnos que le demos dinero.
-MRC- No le des nada.
-MRPC- Es que le tengo miedo. Tengo miedo a mi hijo.

2- 7 de julio de 2012 a las 12:03h
Librería Argot.
C/ San Vicente 16, Castellón.

Conversación entre el librero y un hombre de aproximadamente cincuenta y dos años mientras hojeo un libro ilustrado de varios cuentos de Edgar Allan Poe. El hombre viste traje azul marino con corbata naranja. El librero pantalones vaqueros y una camisa beige. Los dos están muy bien peinados y huelen a colonia.
-Librero (L)- Entonces la presentación para septiembre porque agosto es mal mes.
-Hombre con traje azul (HTA)- Sí, claro. Espera, no lo sé. Es que en septiembre puede que tenga que hacer un viaje. Todavía no sé la fecha.
-L- No pasa nada, cuando lo sepas me confirmas la fecha. Cuanto más pronto lo sepas antes comenzamos con la publicidad.
-HTA- Sí, sí. Es que tengo un rollo familiar. Un problema con mi hija que ya veremos cómo solucionamos...
-L- No pasa nada. Tú me avisas cuando lo tengas claro.
-HTA- Vale, porque adelantarlo sería muy precipitado...
-L- No da tiempo, prefiero que busquemos un hueco en septiembre, o, en todo caso, octubre...

3- 26 de julio de 2012 a las 10:13h
Carril bici
Antiguo cauce del río Turia, Valencia.

Conversación entre dos jóvenes de dieciséis o diecisiete años mientras paseo con la bicicleta cerca del puente de las flores. Ellos están tumbados en el césped. Uno de ellos apoyado en el tronco de una jacaranda. Fuman porros de marihuana que dejan un olor agradable a su alrededor.
-Muchacho con gorra de béisbol (MGB)- Una mierda colega, una cagada así de grande.
-Muchacho sin gorra (MSG)- ¿Y qué vas a hacer? ¿Se lo has dicho a tus padres?
-MGB- ¿A mis padres?¿Estás loco? Son unos hijos de puta.
-MSG- Marta estará hecha polvo...
-MGB- Que va, no tanto. La muy puta está contenta.

4- 29 de agosto de 2012 a las 12:13h
Museo del Prado
C/ Ruiz de Alarcón 23, Madrid

Conversación, en tono muy bajo, entre chica de unos dieciséis años con mujer de cuarenta y ocho, o quizá menos. Las dos morenas, muy hermosas; parecen madre e hija. A la vuelta de Bilbao decido ver la exposición del último Rafael. Frente a la virgen del divino amor. Olor que me recuerda a madera húmeda.
-Chica joven (CJ)- Tendré que decidirlo yo, ¿No?
-Mujer hermosa (MH)- Bueno, tendremos que decidirlo todos juntos.
-CJ- Tú verás, pero yo no pienso ir a ese médico.
-MH- Tú harás lo que te digamos...
-CJ- ¡Y una mierda!
-MH- No me hables de esa forma; cómo vas a mantenerlo.
-CJ- No sé, ya me apañaré.
-MH- ¿Tú?, no me hagas reír...
-CJ- Qué cutres. ¿Por qué no aplica conmigo lo que escribe en sus putas columnas de El Mundo?
-MH- Porque contigo es diferente.

5- 28 de septiembre de 2012 a las 23:11h
Sala El loco.
C/ Erudito Orellana 12, Valencia

Conversación entre dos camareras de veinte o veintidós años. Pidiendo una cerveza mientras escucho atentamente el concierto de Sharon van Etten. Una de ellas lleva una camiseta de tirantes que dejan ver sus tatuajes japoneses cubriendo completamente los brazos. La otra lleva un top bajo el que asoma un dragón que se esconde en el pantalón. Fuerte olor a ambientador unido a lejía.
-Joven con tatuaje en los brazos (JTB)- Qué putada. Cristina está loca. Como siga adelante se joderá la vida.
-Joven con top y tatuaje (JTT)- Ya, ni de coña lo haría yo. Tu hermana la va a cagar.
-JTB- ¡Joder! Es que todavía no me lo creo...
-JTT- ¿Y tus padres?
-JTB- Ellos son peores.

6- 1 de octubre de 2012 a las 10:32h
Trafalgar square, London

Conversación entre dos hombres de nacionalidad inglesa. Escala de dos días en Londres de camino a Edimburgo para visitar el museo de los escritores; sentado en la escalera frente a la estatua del almirante Nelson. Uno de ellos de mediana edad con alopecia severa, el otro de unos cuarenta años, piel oscura y pelo rizado. Lluvia fina característica que desprende un aroma a plantas y tierra mojadas.
-Midle aged man (MAM)- Parece que hubiésemos vuelto a los setenta.
-Black skin man (BSM)- Lo dices porque la clínica está llena de españolas?
-MAM- Claro, en los setenta era común que viniesen aquí a hacerlo. Ahora parece que allí se lo han vuelto a poner difícil.
-BSM- Bueno, eso nos viene bien, no?
-MAM- Mientras no tengamos que aguantar muchas escenas como la de esta mañana...
-BSM- Ya, qué putada para la cría.

7- 25 de octubre de 2012 a las 20:37h
Dependencias de la policía nacional
Antiguo mercado de abastos, Valencia

Conversación entre una anciana cercana a los ochenta años y un policía de treinta y dos años. Interponiendo una denuncia por el robo de mi bicicleta que tenía candada en una farola de la calle Buen orden. La mujer viste de gris, el pelo de color violeta claro lo lleva recogido con un poco voluminoso moño. Los personajes que llenan la sala castigan la pituitaria con un fuerte olor dulzón.
-Anciana con moño violeta (AMV)- ¿Pero van ustedes a hacer algo, o no?
-Policía de uniforme (PU)- Señora, ya le he explicado que la denuncia irá al juzgado. El bolso no ha aparecido, pero los chicos son menores y se avisará a sus padres...
-AMV- ¿Y este dolor de hombro?
-PU- Por favor señora. No le podemos hacer nada más aquí. Tenemos mucha gente esperando. Vaya usted a un hospital para que le hagan una revisión.
-AMV- A un hospital... ¿Quién me lleva, a mí, a un hospital?
-PU- No lo sé, señora. Mire, coja usted un taxi y guarde todos los tíquets para presentarlos en el juzgado.
-AMV- Pero, ¿No me pueden llevar ustedes? Cada vez me duele más.

8- 26 de octubre de 2012 a las 9:17h
Esquina entre las calles Historiador Diago y Alzira, Valencia.

Conversación entre dos mendigos de edad indefinida, cercana a los cincuenta. De camino al supermercado intentando esquivar la maquina motorizada de limpieza municipal. El hombre con el pelo largo y algo parecido a las rastas, la mujer con botas altas, minifalda y ausencia de piezas dentales. Insoportable olor a suciedad urbana atomizada en el ambiente junto a excrementos de canes.

-Mendigo con rastas (MR)- ¿Cogiste el bolso?
-Mendigo sin dentadura (MSD)- Sí, la policía estuvo buscando dentro del contenedor y me hizo preguntas, pero yo lo tenía escondido en el carro. Se llevó a los chicos.
-MR- ¿Qué había dentro?
-MSD- Poco. Fotos de una anciana, de unos niños, una estampita de la Pasionaria y un recibo de la pensión, 175€.
-MR- Con eso no me alcanza ni a mí. ¿Y no había dinero?
-MSD- Nada, 3€.

9- 15 de noviembre de 2012 a las 11:47h
Juzgado de instrucción N12, sala 15.
Avda. del Saler 14, Valencia

Conversación entre grupo de personas que salen de la sala de vistas. Mientras espero que se realice el juicio por el robo de mi bicicleta por un frutero en paro. Diferentes personajes que me resultan muy reconocibles. Parece un dejà vu.
-HTA- Esa mujer está loca. Ha perdido el juicio.
-MRPC- Esto es lo último que esperaba de ti. Drogas, robos, embarazos..., pero el respeto a los mayores..., quién te ha enseñado eso? Pídele perdón a esa mujer.
-MGB- Déjame en paz, tronca. ¿Te vienes al parque Cristina?
-CJ- No sé, espera.
-MH- Tú no vas a ningún sitio. ¿No has tenido suficiente? Esta vez te has escapado, pero la próxima...
-AMV- Vosotros dos sois unos sinvergüenzas, y vuestros padres son iguales. Y el abogado es el peor!
-MGB- ¡Calla vieja! ¿No has tenido suficiente con el brazo roto y la multa?
-HTA- Márchese ya señora, deje en paz a los chiquillos.



domingo, 11 de noviembre de 2012

Cartilla de racionamiento



El polvo de la calle se metía en sus pulmones haciéndole toser mientras el sol golpeaba, inclemente, sobre su cabeza. En la puerta del mercado una chica con trenzas, atadas con lazos rosas, y una falda de cuadros que dejaba ver sus rodillas raspadas, ofrecía helados de hielo picado con sirope de diferentes sabores. Deseaba tomar uno, pero no le quedaba ningún peso en el bolsillo. Entró en el mercado empujando a un par de mujeronas que estaban paradas en la entrada del recinto. Enseguida puso el ojo sobre una mujer que había sacado una cartera del bolso y pagaba cada compra sin preocuparse demasiado del cambio que le devolvían. Las bananas, las guayabas, los pequeños mangos y los tomates resaltaban sobre las tablas de madera desgastada que hacían las veces de tenderete. Los aguacates y las yucas pasaban desapercibidos. La siguió por cada una de las paradas, manteniéndose un poco alejado para no ser descubierto. Al principio pensó en robarle la cartera allí mismo, pero pronto descartó la idea; si era descubierto acabaría linchado en el mismo mercado. Pese a que nunca había estado en ese recinto, con dos únicas puertas y al aire libre, pronto se fijaron en él algunas tenderas. Decidió esperar en una de las puertas elegida al azar. Al verla pasar por su lado agachó la cabeza y esperó a que se alejase unos metros. Ella compró unas dalias blancas que le envolvieron con una hoja de periódico en la que aparecía una foto del comandante; lo cogió por el cuello y siguió andando, haciendo sonar sus pullas contra el suelo. Las nubes se habían cerrado en el cielo y las primeras gotas grandes y heladas le sirvieron para refrescarse y ordenar las ideas. Atravesó varias cuadras por las que nunca había caminado. La mujer iba por delante moviendo exageradamente las caderas y soportando con sus brazos las dos pesadas bolsas de rafia. Fue acelerando el paso para acercarse a ella. Había dejado de mirar su silueta para fijarse en las casas: todas ellas medio derruidas, la pintura decapándose a jirones y las tuberías y los cables retorcidos entre sí como si se hubiesen declarado amor eterno y todavía mantuviesen esa promesa. Antes de que la mujer pudiese abrir la puerta de la vivienda, frente a la que se había detenido, se abalanzó sobre ella presionándole con su enorme mano el cuello. Le clavó el dedo pulgar en la carótida y ella se mareó perdiendo el equilibrio y soltando las bolsas que golpearon contra la tierra emitiendo un sonido quedo. La fuerza con la que él la sujetaba evitó que cayese. Con la otra mano hurgó en el bolso, pero no pudo encontrar la cartera; buscó en sus bolsillos y también entre la bajichupa; palpó sus senos, no llevaba ajustador. De repente estaba encavillao, apretó la pinga contra ella y escurrió la mano por debajo de sus blumer. No se dio cuenta que de dentro de la casa salía un negro con un cambolo en la mano que despingó contra él. Se despertó con un fuerte dolor de cabeza, maniatado en el patio de la casa. Un puerco famélico campaba junto a él oliéndole cada vez más de cerca, perdiendo el miedo que debió inspirarle al principio. La mujer le miraba desde la ventana. La muy bicha le sonreía con malicia. El cerdo comenzó a chuparle la sangre reseca de la frente. Mordisqueó primero su oreja, posteriormente el moflete. La mujer seguía observando sin inmutarse. Chillaba. No se había dado cuenta de que estaba desnudo. El cerdo se alejó. Ella entró, se paseó por delante de él, contoneó sus caderas haciendo que la falda volase moviendo el aire de alrededor de su cara y que él respirase el olor profundo que emitía aquel cuerpo de mujer; miró esa masa de carne indefensa y sangrante y le dijo: ¡eres un penco! Se quedó dormido. Cuando despertó era de noche, quería que todo hubiese sido una pesadilla. Fue adaptándose, poco a poco, a la oscuridad. Olía a tierra mojada, estaba empapado y temblando. Le dolía todo el cuerpo. Desde la ventana salían sonidos de placer de mujer. El cerdo se asomó nuevamente. Se acercaba enseñando sus colmillos y relamiéndose por el manjar que le esperaba. Por un momento pensó que ella lo tenía todo planeado.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La sala



Las paredes lisas soportaban el peso de todos los nombres de los presos, que habían pasado por allí, rayados con cualquier objeto punzante. Una ventana escondía, con su suciedad, los seis barrotes de hierro que le recordaban que estaba encerrado. Es un tópico que todos los condenados sean inocentes, pero él no podía quitarse de la cabeza la injusticia que se había cometido. Siempre pensó que la justicia tenía dos caras: la del denunciante y la del denunciado. Estaba en un error porque tiene una tercera: la del juez.


- Ernesto Buenaventura, Fernando Sospedra, agente doscientos cincuenta y ocho- dijo el auxiliar reclamando su presencia frente a la sala número quince del juzgado.
Se encaminó con rapidez hacia la puerta, quería acabar rápido con ese tramite. Olvidarlo. Aprovechó para saludar al agente, pero éste le denegó la palabra con gesto serio.
- Ernesto, pase usted ahí delante, a la derecha.
El auxiliar le paró poniéndole una mano sobre el brazo y le indicó que se sentase en la izquierda del banco. Al otro lado del asiento de madera se colocó el agresor. Le recordaba perfectamente, bien afeitado, con el pelo peinado hacia atrás con un poco de gomina y un traje a la moda con la corbata verde y estrecha. Se miraron de reojo.
- ¿Ernesto Buenaventura? Levántese -dijo la juez observando con cierta extrañeza que los dos se habían puesto en pie.- Usted no, siéntese. Después será su turno.
- Pero si yo soy Ernesto -protestó sin demasiado convencimiento mientras se quitaba la chaqueta vaquera y dejaba al desnudo los dos brazos totalmente cubiertos por la tinta negra de sus tatuajes. Tuvo la sensación de que en ese momento todos le miraban.
- Le digo que se siente, luego será su turno.
Se quedó en silencio. Frente a él, en el estrado, estaba la juez. Era morena y joven para lo que él pensaba que debía ser una juez. Su pelo, ligeramente ondulado, caía por encima de la toga. Los pendientes dorados, demasiado grandes para no verlos, resaltaban sobre ese fondo oscuro y le mandaban hipnóticos reflejos. Muy guapa -pensó. A cada lado de ella había dos hombres vestidos también con toga. Tras una mesa lateral estaba sentada la fiscal, aunque eso lo descubrió posteriormente. Frente a esa mesa había otra exactamente igual en la que trabajaba el auxiliar haciendo compulsivas anotaciones sobre diferentes papeles. Tras él seis filas de bancos vacíos agrandaban una habitación de dimensiones reducidas.
- Ernesto Buenaventura, ¿Se reafirma usted en la denuncia?
- Sí, me reafirmo -dijo el joven antes de ser interrumpido.
- Pero Ernesto soy yo. Yo soy Ernesto Buenaventura. Yo, no él.
- Cállese de una vez, si persiste en esta actitud le desalojaré de la sala -afirmó la juez levantando el dedo índice.- Relate usted los hechos.
Mientras él enrojecía de impotencia, su compañero de banco narró cómo fue atracado mientras paseaba por la Gran Vía a las doce del mediodía. Cómo fue amenazado con una navaja y, al sentir un leve pinchazo en su costado, le dio todo lo que llevaba: cartera, reloj, anillo, móvil, iPad y abrigo. Por suerte un agente de paisano que vio lo que ocurría lo detuvo unos metros más adelante.
La sala quedó en silencio y la juez instó al fiscal para que realizara sus preguntas.
- Sí, gracias señoría. Recuperó, entonces, sus pertenencias. ¿No es así? - preguntó la fiscal dirigiéndose al joven trajeado.
- No, antes de ser alcanzado por el agente los lanzó al suelo y las personas que los recogieron desaparecieron al instante.
- ¿Me está diciendo usted que los transeúntes robaron sus pertenencias?
- Sí, así es.
- Y, ¿qué valor calcula que tenían todos esos objetos robados?
- Eso no es así. A mí fue a quien robó ese capullo mentiroso. -interrumpió nuevamente sin poder entender qué es lo que estaba ocurriendo en esa maldita sala.
- Es la última vez que se lo repito. No voy a tolerar este desacato ni una vez más, ¿queda claro?
- Le repito, Sr. Buenaventura, ¿Qué valor tenían esos objetos?
- Cuatro mil euros y seiscientos más que llevaba en efectivo.
- Está bien, no hay más preguntas señoría.
- Sr. Fernando Sospedra, levántese, es su turno. ¿Está usted de acuerdo en que los hechos que se han relatado ocurrieron de esa forma?
- No, bueno, los hechos sí, pero yo no soy Sospedra. Yo soy Ernesto Buenaventura.
- Ya está bien, llévenselo. -interrumpió la juez con un tono demasiado agudo que resonó como una campana en las cuatro paredes de la sala.
Un agente lo cogió del brazo y estiró de él hasta confinarlo en una habitación contigua mucho más pequeña. Mientras tanto en la sala número quince el agente doscientos cincuenta y ocho corroboraba toda la historia. En esa diminuta habitación creyó volverse loco, llegó a dudar de quién era o qué había ocurrido. Pensó que ellos dos eran bastante parecidos, pero no tanto como para que todos estuviesen confundidos. Desde el momento que puso un pie en el juzgado su aspecto ya le había condenado. El auxiliar no le dio opción a identificarse, ni a explicarse. La juez no podía esconder su parcialidad y dio por hecho que él era el atacante. Y ese tal Sospedra era un jeta, un aprovechado que había visto la ocasión perfecta para cambiar los papeles. De nuevo frente a la juez no pudo hablar. Le informaron que el agente había corroborado la historia y que ésta ya estaba vista para sentencia: un año y un día de cárcel, reponer los cuatro mil seiscientos euros sustraídos, una indemnización a Ernesto Buenaventura de tres mil euros por daños morales y una multa de tres cientos euros, cien por cada insulto y cien por desacato. Se lo llevaron esposado. Entró en prisión y tampoco, entonces, revisaron su documentación. Esto es un país de locos -repetía constantemente como si hubiese perdido el juicio.

- Ernesto, sígame. Tiene visita. Es su madre.
- Soy Fernando -replicó a regañadientes mientras sus compañeros de habitación se reían y daban golpes en las paredes y sobre las barras de hierro de sus camas.
Volvía a estar en otra sala. Una habitación pequeña y blanca, sin decoración y con varias mesas y sillas como único mobiliario. Todo lo que había ocurrido en una sala parecida le había destrozado la vida. No podía mirar a su madre a los ojos, como si realmente fuese culpable; la reclusión tenía ese efecto fustigador. Le iba a decir que buscase un abogado, que les dijese quién era realmente, que todo era una confusión, que nunca le contó nada por no preocuparla, que esto se iba a arreglar en unos días, que se haría justicia, que algo así no podía ocurrir en un país como éste. Su madre cortó la madeja en la que habían entrado sus pensamientos con una frase que produjo una implosión en su cabeza:
- ¡Esto acabará, Ernesto. Ya lo verás! El doctor me ha dicho que estás mucho mejor.



lunes, 29 de octubre de 2012

Melatonina


                                 imagen: Chema Madoz

Me despertaba con dolor de cabeza y algo contrariado. Ya no. Debería sentirme mejor, pero una angustia indescriptible me tenía agarrado por el cuello y no me dejaba respirar. Quizá los resultados que esperaba no se han producido. Tampoco es que no lo intuyese, pero me ha cogido por sorpresa. Ahora llega el momento de plasmar esos resultados sobre un papel en blanco. Lo primero que hago con un folio en blanco es mancharlo con una gota de café; eso lo deja desprovisto de ese inmaculado vacío que asusta a mi Parker. Les voy a describir una historia tan difícil de entender como de creer.

Habito un cuerpo extraño, me refiero a que no es como los demás. No tiene vísceras. Esta vacío por dentro. Presenta pelos, piel, carne y huesos como los otros, pero debajo de éstos únicamente hay más carne, piel y pelos. No se hincha el pecho cuando respiro, ni se nota un tic-tac al presionar con la mano sobre el pezón izquierdo y nunca me ha dolido nada. Todas estas son las pruebas que necesitaba para confirmar mis sospechas. Si estaba dotado de esta extraña característica debía ser por algo, con un fin, me refiero. Encontrar un sentido a esa hipótesis se convirtió en una necesidad vital, por lo que pasé a ser el objeto de observación. Si no existía corazón significaba que no era necesario, de manera que tampoco debía tener sangre. Venas y arterias sí, porque las notaba abultadas y azuladas en mis extremidades y cuello. Sólo tenía que pinchar una. Lo hice. Una pequeña gota rojiza afloró del diminuto agujero. No significaba nada; algo debía rellenar esos conductos. Nunca he llegado a creerme los trabajos del burgomaestre Otto Von Guericke con los hemisferios de Magdeburgo. Pero podía ser un líquido estanco, estar llenas de sangre que no circulara. Esa era la razón por la que únicamente había escapado una gota. Con el objetivo de ser meticuloso en la tarea de observar, chapé todas las paredes del dormitorio con espejos e instalé dos cámaras que grabaran en todo instante cada punto de la habitación; el control del tiempo-espacio en mis manos. Como dijo el físico Agustín Fernández Mallo: Lo normal es que primero te echen del espacio. Una vez exiliado, ya tú mismo, te expulsas del tiempo. Lo raro es lo contrario. ¿O fue el poeta? El experimento era sencillo: dormir y luego visionar en la pantalla del ordenador todo lo que había grabado durante la noche, porque ahí es donde debía estar la clave. Lo que observé fue un proceso, si se puede definir así, realmente asqueroso. Mi cuerpo se dio la vuelta. Como si se tratara de un envoltorio de goma. Abrí la boca y desde ese agujero se desdobló otro cuerpo, saliendo poco a poco un amasijo de carne rosada como si alguien estuviese estirando de la punta de la lengua. Por unos segundos pude observar el reverso de mí mismo en forma de una mujer hermosa. Sólo unos segundos antes de que yo, ella, lanzara contra las cámaras sendos objetos contundentes que las destrozaron. Desconocía que tuviese tanta puntería. No pude averiguar nada más. Únicamente el dolor de cabeza y un estado placentero de fondo quedaban como recuerdo de ese experimento. Debí dormir varias horas, pero todavía estaba agotado. Pensar con rapidez era difícil aunque obligado. Necesitaba repetir el experimento tomando ciertas medidas de seguridad. Protegí las cámaras con una jaula metálica; además pensé que utilizar un chip incrustado en el interior de cualquier orificio corporal me permitiría averiguar el camino que recorría cada noche y el porqué de ese apaciguamiento. Engullí otra diminuta cámara que en ese proceso de exteriorización quedaría pegada en mi segunda piel. La misma sensación matutina de agotamiento y tranquilidad me acompañaba antes de sentarme frente al ordenador para averiguar hasta qué punto el experimento había resultado un éxito. Se repitieron los pasos de la noche anterior, exactamente igual. También, como la noche anterior, lanzó el cenicero y una figura decorativa con forma de enano contra las cámaras colgadas del techo, pero en esta ocasión soportaron el impacto y siguieron grabando. Realmente era hermosa. Sonrió. Estaba desnuda frente a mis ojos y noté cómo una palpitación insoportable se adueñaba de mi entrepierna obligándome a que presionase con la mano. Tragar la cámara fue una buena idea porque se encontraba pegada justo encima el esternón. Se vistió con ropas mías que encontró tiradas en el suelo, haciendo que la pantalla del ordenador se quedase negra, y escapó de la habitación. Únicamente el localizador mostraba un punto rojo sobre un mapa, así que no sería difícil averiguar a dónde había huido. Recorrió las calles a alta velocidad por lo que debía haber utilizando mi motocicleta japonesa. En un momento se encontraba en las afueras de la ciudad, al lado del puerto. Qué habría ido a buscar allí, andaba pensando en el momento en que el ordenador recobraba la imagen y ante mis ojos aparecían unas enormes manos acariciando sus senos. No pude ver mucho más, un rostro desconocido acercándose y alejándose. No necesitaba ninguna explicación para saber lo que había ocurrido. Ese hombre había estado dentro de ella, dentro de mí. Empecé a sacudirme la ropa como si de esa forma me pudiese quitar el olor a sexo. Durante dos noches copié los preparativos y se repitieron los mismos resultados. ¿Cuánto tiempo debía estar ocurriendo esto? Quizá meses, o años. No tenía intención de permitirme salir cada noche en busca de sexo, así que el quinto día decidí hacer cambios. Primero en su vestuario. Le dejé sobre la mesa un conjunto de ropa interior, una minifalda y una camisa blanca a la que le arranqué un botón. Ella controlaba la situación. Siempre sonreía a la cámara y me guiñaba un ojo antes de salir por la puerta. ¡Qué hermosa era! Mi problema era el sueño, mientras estaba dormido no era consciente de lo que ocurría con mi cuerpo. Así que esa noche me administré un inhibidor de la melatonina. Una jeringa y un pinchazo en el glúteo me harían recuperar, en tres horas, la conciencia. Despertar, volver a tomar el control, ser yo. Y ella, mía. Lógicamente repitió el comportamiento; la misma despedida, el mismo lugar, idéntico deseo. Otras manos, más femeninas. Otro rostro, ahora cerca, ahora lejos. La melatonina bloqueada, el desdoblamiento. La oscuridad. Una fracción infinitesimal de tiempo muerto, tau, en el que no hay nada, como en los contadores Geiger. Y frente a mí un joven tirado en el suelo, asustado y gritando palabras incomprensibles. Le di un puñetazo, antes de subir en la Yamaha y conducir, desnudo, hasta casa. Los celos hicieron aflorar una rabia que me lanzaron a más de doscientos kilómetros por hora. Me encerré en la habitación. Revisé, una y otra vez, todos los vídeos. Golpeé la pantalla al verla hacer el amor con desconocidos y fue entonces cuando decidí matarla. Inyecciones de diez miligramos de melatonina cada ocho horas me mantendrían despierto. Esto debería haber sido suficiente, pero ella luchaba por salir, lo notaba, y yo la echaba de menos. La cabeza se me caía sobre las manos. Debía aumentar la dosis. No estaría con otro hombre. Veinte miligramos. Nadie volvería a tocar sus senos. Treinta miligramos. Ni a introducirse en mi cuerpo. Cincuenta miligramos. ¡Nunca!

martes, 23 de octubre de 2012

Canal Conciencia


Hoy me he despertado, y digo esto porque permanecía dormido hasta entonces, con una frase del ministro Montoro en el Congreso: "estos presupuestos son los más sociales de la historia de la democracia". Sé que ha inspirado carcajadas en la red, indignación e incluso cabreo. A mí no me ha ocurrido nada de eso, hace mucho tiempo que se me ha depositado una pátina de tristeza que no me deja ni tan siquiera estar cabreado, o reírme.
Pero no me entristece más que cuando un jefe de estudios de secundaria alienta a los alumnos a ir a la huelga para después no presentarse él en la manifestación. Si tan solo me subieran el sueldo- debía pensar. Estamos convirtiendo el país en ese lugar que no querríamos para nuestros hijos. Una sociedad que pierde sus privilegios sociales, ganados durante tantos años sudando sangre, sin luchar por ellos, es una sociedad que no los merece. Y digo lucha aunque realmente lo que pienso es cooperación, ayuda, activismo, sensibilidad,... Nunca puede ser una opción quedarse frente al televisor viendo aquello que no gusta y cambiando de canal para lidiar, de la mejor manera posible, el cabreo. El momento actual, mal llamado crisis, exige que nos recoloquemos donde más nos convenga, olvidando egoísmos e interés particulares, que observemos las necesidades de los otros y nos pongamos en su lugar. Todo esto no puede provocar únicamente "mala-leche", debe servir como punto de partida.

Estos son los argumentos que me han hecho escribir un artículo en lugar de un relato, pero si lo dejase ahí estaría siendo víctima de aquello que acabo de criticar, por esta causa he donado 50 ejemplares de mi novela "donde tú estabas" a la asociación de familiares por los derechos del enfermo mental (AFDEM). Estas novelas se venden en la librería Argot de Castellón, que colabora de manera altruista para esta causa y otras muchas. ¿Acaso no son estas asociaciones las que han sufrido más los recortes presupuestarios? La dependencia, como la educación deberían estar fuera de cualquier negocio político. Animo a que hoy nos levantemos del sofá en lugar de cambiar de canal.

viernes, 19 de octubre de 2012

Método



Recordaba poco, pero sí estas palabras de Pacheco leídas hacía no sabía cuánto tiempo:

Nuestro bebé ultrasenecto
Navegó el río feroz de la vida a contracorriente
Su victoria es ser de nuevo un recién nacido.
Pero esta vez ha llegado al mundo
En una tierra incógnita que llamamos Alzheimer.

Así que se había convertido en eso, un bebé ultrasenecto. También recordaba algo más escalofriante que padecer esa pútrida enfermedad que le abocaba a la ignominia. En los últimos instantes antes de la muerte se recuerda el pasado. Toda la vida pasa frente a ti como el fogonazo de una reacción nuclear. Pasado, justo lo que ya no tenía. Pasado, repetía mientras llenaba la bañera de agua. Pasado, mientras se desnudaba frente al espejo para descubrir un cuerpo enjuto y arrugado. Y no reconocerlo. Pasado, cuando sus pies se introducían dentro de la bañera. También pasado al sumergirse y dejar de respirar, justo en el momento en el que la palabra manzana aparecía repentinamente. Después cuchara y pera. Su hijo desfiló rápidamente formando un regimiento de diferentes edades que saludaba a su paso girando la cabeza y haciendo una mueca característica. Su boda, vestido de negro y con una nerviosa sonrisa que parecía un tic. El primer beso con Cristina; a ella sí que la amó. Su bicicleta cuando cumplió los diez años, la primera caída, el brazo escayolado y el hospital para amputarlo. Su madre y su abuela frente a la cama, observando su llanto sin mover un dedo. Liquido, agua, amniótico y agua. Y nada.

Y yo viéndolo todo con mirada científica sin impedir que el experimento finalice, haciendo de la observación el triunfo del método.

lunes, 15 de octubre de 2012

El éxito de la física atómica



Un fotón desplazándose sinusoidalmente hasta llegar a su ventana. Atravesar el cristal sin ningún esfuerzo y golpear su frente como si fuese el espectro del príncipe Louis-Victor de Broglie. Eso le hace dar un respingo y golpear la coronilla con esa maldita estantería que colocó a modo de cabezal para dejar la lamparita, los libros y también la caja de preservativos. Estos últimos los usa menos que los libros, pero le gusta tenerlos ahí por si alguna noche vuelve acompañado. Tampoco volver acompañado es garantía de nada. En más de una ocasión, con el envase del preservativo rasgado, la chica se ha echado atrás y le ha abandonado cuando él ya pensaba que esta vez sí. Es en esos momentos cuando se coloca el condón y se masturba con él puesto. Le da más realismo a la situación −piensa− y le ayuda a olvidar el fracaso. Y es que su vida está llena de fracasos, o eso cree él. A mí me parece que resumir el éxito al número de polvos que pegas al mes no es real. Se levanta y se va a la oficina con desgana por lo ocurrido la noche anterior. Al entrar no saluda a nadie. Bueno, sólo a Marta porque aún cree que tiene posibilidades con ella. Me parece patético. Estas son las cosas que le hacen parecer un fracasado −pienso yo. Está claro que pulsar números en un teclado de ordenador para preparar nóminas no es excitante, pero eso no debería ser una excusa para que se emborrache cada noche. También en el bar le conocen. Demasiadas veces ha contado su historia: Un físico que acaba trabajando de contable cuando su ilusión es ser escritor. Por qué siempre intenta despertar un sentimiento de pena. Es normal que todos huyan de su lado. Si tan solo me escuchase un minuto. Odio que gire la cara con desdén y se refugie en su gin-tonic. El dueño del bar está harto, pero todas las noches paga sus consumiciones y no se puede renunciar a un cliente así, por muy pesado que sea.
Para qué estudiaste físicas si no te gustan, quién te obliga a trabajar en esa empresa. ¿Es que no tienes capacidad para decidir dejar de hacer aquello que te desagrada? Claro, le sirve de pretexto decir que no tiene elección. Siempre tenemos elección, –le diría− siempre. Le abofetearía cada vez que baja la vista en busca de sus zapatos y espera que alguien le pase la mano por el hombro y le de unos golpecitos de ánimo. Ya le tengo demasiado estudiado; entonces levantará la vista y si se trata de una mujer la invitará a tomar una copa y luego a su casa. Qué asco me da. Aunque en realidad su fracaso es mi éxito porque estar a su lado es una fuente de inspiración para mí. Él es el protagonista de mis novelas, el personaje chiflado, cabizbajo y derrotado con el que hoy en día se identifican tantos lectores.
Y quién soy yo para decir todo esto. Yo soy él.

lunes, 8 de octubre de 2012

Graffiti


Atrapado. Atado a la fuerza, violentado contra mi propia voluntad. Quizá estos escupitajos de tinta obedezcan a los delirios de una mente enferma, pero cómo saberlo. Me gustaría averiguar cuánto tiempo llevo encerrado entre estos trazos; me refiero al momento exacto en que me sentí ligado a ellos. Qué atrevimiento hablar del tiempo. Podría pintar un reloj de bolsillo más retorcido que el de Dalí. ¿Hará sol mañana o lloverá? Me gusta mojarme, aunque me siente mal. Debería ir dando forma a este relato si no quiero caer en…


Era la mía una existencia feliz. Podía permitirme vivir de la pintura, y eso es algo que no todos pueden decir. Mi novia me amaba, no tanto como yo a ella, pero lo suficiente para que decidiésemos tener un hijo. Pablo nos separó más que nos unió. Para evitar escuchar sus lloros nocturnos decidí incluir el arte callejero en mis obligaciones diarias. Todos los días salía a las doce con una mochila llena de botes de spray de diferentes colores. Pintaba por la noche, si es que a eso se le puede llamar pintar, dormía por la mañana y haraganeaba por la tarde. Natasha había dejado su trabajo para poder atender a nuestro hijo, así que nuestra estabilidad económica dependía de mí. De mis cuadros, o, mejor dicho, de la venta de éstos. Tenía suficientes como para no preocuparme durante un tiempo de coger un pincel y una paleta. Ahora, con el paso del tiempo, ja, veo que todas las decisiones que tomé son las que me han abocado a esta situación tan delicada, tan irreal. Convencí a Natasha para que dejásemos nuestro pisito de setenta metros cuadrados y comprásemos un ático en el barrio de moda de la ciudad. Yo necesitaba una planta para mí solo, un espacio que me permitiese recrear la imaginación. Soledad, necesitaba soledad. Había días en los que ni tan siquiera les veía. Entonces me parecieron felices. Por las noches daba rienda suelta a mi imaginación. Firmaba las paredes con una “Zeta”, y ese anonimato me permitió ponerme de puntillas para observar el mundo desde un atril. Era la primera vez en mi vida que pintaba lo que quería, ahora no podría acusárseme de falta de involucración. Mis pinturas eran yo mismo. Me llamaron del banco para decirme que tenía un par de letras sin atender. Con la mayor de las educaciones sugirieron mi presencia en la oficina para hablar con el director. No tenía tiempo para él. Debería esperar como todos. Después de dos años pintando los muros mi estilo se había definido y depurado. Creí que me estaba quedando sin calles, sin paredes, así que comencé a pintar en el barrio. Tuve una idea, pintar mi propia casa en las paredes de la verdulería, del kiosco, de la panadería, del banco. El sofá de Ikea, la lámpara de diseño, la alfombra persa, la nevera… Cada noche una pulsión incontrolada me hacía llenar todos los espacios libres de tinta. Poco podía imaginar yo que estaba dibujando mi futuro. Recibí una carta del juzgado que dejé sobre la bandeja del aparador. Ya la leería más tarde. Esa misma noche quería hablar con Natasha. Cuánto tiempo hacía que no la veía. Y Pablo, qué había sido de él, ya no escuchaba sus lloros. Más tarde, lo haría después de acabar mi obra. Cogí la mochila, me puse la cazadora negra de algodón, coloqué la capucha sobre la cabeza y estiré de los cordones para ajustarla con fuerza sobre la frente. Bajé los escalones de tres en tres porque una excitación desconocida hacía que las sienes palpitasen sonoramente, como si tuviese un tambor en la cabeza y un niño no dejase de golpearlo. Dibujé a Natasha sentada en el sofá. Su cara triste hacía intuir una desgracia inminente. Pablo estaba en sus brazos, llorando. Se trataba de un bebé, pero no pude evitar plasmar un rostro adulto, una mirada de viejo con toda una vida de sufrimiento a sus espaldas. Pensé que me había quedado realmente bien. De nuevo en casa le contaría a Natasha todos los planes que tenía para el futuro; le transmitiría, como hacía antiguamente, cada una de mis ideas. No estaba. En su lugar una nota. Sobre ella una flor seca. No leí la carta, la puse encima de la del juzgado y decidí que leería las dos cuando me despertase. Me quedé en su cama a dormir. Olía a ella, sonreí y me dormí casi al instante. Faltaba un día, sólo un día y volvería a ser el Zac de antes. Me preparé un café que puse en la taza de Mondrian y lo llevé a la cama junto a las cartas. Eran las nueve de la noche, cómo podía haber dormido tantas horas. A qué día estábamos. Enchufé el televisor de cuarenta y dos pulgadas, que estaba sobre la pared del dormitorio como un cuadro más, y puse el teletexto. Lunes, diez de octubre de 2012. Abrí la carta del juzgado. Era una notificación de desahucio. Tenía que ser un error. ¿Desahuciarme a mí? Bebí el café de un sorbo; debía estar quemando, pero no lo noté. Guardé la carta de Natasha en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Cogí la mochila, la llené de todos los sprays que encontré por la planta de arriba y me dispuse a ponerle fin a “Zeta”. La flor la llevaba en mi mano izquierda. En la calle busqué esa última pared que rellenar. Comencé a pintarla. Todavía había gente por la acera que se paraba para observar el acto vandálico que estaba cometiendo ante su mirada de asco. Nadie impidió que siguiese con mi obra. Me pinté a mí mismo mirando a los viandantes, como si estuviese encerrado tras una fina membrana transparente. Parecía estar preguntándoles qué me ocurría. A mi lado, todavía sentados en el sofá, permanecían Natasha y Pablo. La flor no la había soltado en ningún momento.

Quizá a estas alturas pienses que te he engañado, que decidas volver a leerlo para averiguar en qué punto lo hice. Esta vez no existe el engaño, ¿Te has dado cuenta que yo soy el graffiti?

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