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viernes, 29 de marzo de 2013

Autorretrato

Auorretrato de Francis Bacon

Me dispongo a afeitarme para cambiar esa cara de tío fracasado que veo toda las mañanas frente al espejo. Cojo con fuerza, aunque temblorosamente, la empuñadura de la maquinilla y con una pasada limpia y certera destruyo mi imagen... Esta nueva que me ofrece el reflejo se parece demasiado a la de mi madre... Subo y bajo y araño y emplasto por todo el rostro; la sangre se mezcla con los pelos canosos y el jabón. Me embadurno con esa pasta para demostrarme algo: soy dueño de mí mismo. Es ridículo que piense en destruir aquello que soy..., también inoportuno porque debo asistir a una reunión demasiado importante. Anoche estuve leyendo. No debería hacerlo, tendría que quemar todos esos libros que me aquijotan. Hacer una pira de papel y tinta, ennegrecer los espacios blancos entre las letras. También debería asesinar a mi madre, o a mí mismo. Acabar con este estúpido gesto que amenaza con gemelarse con el de su creadora. Golpearlos a los dos hasta que desapareciese esa patética similitud. Mojo la cara y dejo la toalla manchada de rojo y blanco y negro al secarme. Es mi madre la que me está mirando. Creo que sonríe con malicia. Le lanzo un puñetazo que me deja temblando; debería doler la mano, sin embargo no es así. Un hilo fino y escarlata chorrea de mis senos nasales. En lugar de limpiarla le propino otro golpe que me hace retroceder unos pasos. El pómulo se hincha al instante. Con cada golpe la semejanza aumenta en lugar de disminuir. Ese parecido no sólo me da vértigo sino que me hace vomitar. El espejo, manchado de mí, parece una creación surrealista de Bacon. Ese cuadro necesita un par de manotazos para llegar a convertirse en un autoretrato autodestructivo digno del genial irlandés.

jueves, 14 de marzo de 2013

Palabrascolgadas

Acodado en al barra observando a la camarera llenar con copas de vino una bandeja que su compañero repartirá por las mesas. Mirándola de reojo, con la vergüenza pulsándome en las sienes, descubro cómo me sonríe. Con decisión se acerca hasta mí y, con un acento extraño, quizá italiano, formula una pregunta incomprensible. Enrojezco al instante, quiero desaparecer, pero no es posible. Agacho la cabeza echando un vistazo a los zapatos, como si estos ortopédicos negros tuviesen algo que decirme. Habladme -pienso. En lugar de escuchar la voz ronca de un zapato maloliente, tintinea, nuevamente, el susurro italiano; seguramente la misma pregunta. Agacho, más si cabe, la cabeza, confundiéndome con un flamenco. Suplico ayuda a los zapatos, pero siguen mudos. La camarera se acerca más, casi huelo su piel oscura. Está apoyada en el tirador de cerveza. Definitivamente levanto la cabeza para mirarla, pero, antes, doy un puntapié al taburete con el único fin de causar dolor a los zapatos. La joven me pregunta qué quiero. Entiendo que está insinuándose; un qué quiero con ese fin y no con el objetivo -quizá más lógico- de saber qué me apetece tomar. Mi mente vuela instantáneamente: salgo del bar, la acompaño a su casa, la desnudo, hago lo propio y un olor fétido, a buen queso francés fermentando, se apodera de la situación. No quiero nada, contesto. Me quedo mirando retadoramente los zapatos, acurruco los dedos de los pies, rasco con las uñas la plantilla. Sólo pienso en una cosa: causar dolor.
En la calle unas gotas enormes, desprendidas sin el menor orden, lo mojan todo.
Me levanto decidido ando hasta la puerta de la cafetería -en poco tiempo se han formado charcos- salgo fuera y comienzo a meter los pies en los más grandes a inundar esos mudos zapatones con la única intención de infligirles un severo castigo chapoteo con fuerza chap chap desoyendo los húmedos y reumáticos quejidos de viejo moribundo que se les escapan a esos asquerosos zapatos arrebatado por la ira me agacho desanudo los cordones saco los pies de dentro de esa cueva y los lanzo al cielo quedando colgados del cable telefónico estrangulados agonizando y río mientras todos me miran atónitos marcharme calle abajo.