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martes, 21 de agosto de 2012

Botas negras, terciopelo azul


Por las mañanas las botas brillantes; ya tendrían tiempo de empañarse y como un agujero negro absorber su alrededor. Como él, absorber el alrededor. Las colinas marrones, despobladas. El polvo incrustándose en cada alveolo. Los vestidos negros, ausencia de cromatismo. Los rostros tapados por barbas largas o carcelarios velos. Las miradas con odio o ausentes. Cuando se alistó en el ejercito únicamente pensaba en huir del pueblo, nunca imaginó que se pudiera encontrar tan solo. Todo lo que ocurría le molestaba. También no verse reflejado en su botas negras, por eso llevaba un paño con el que limpiarlas constantemente. En varias ocasiones este gesto maniático casi le cuesta la vida. Buscaban establecer una paz y un orden en los que nadie creía en Afganistán. Se había cansado del desprecio de los hombres, de las miradas disimuladas de las mujeres y hasta de las tímidas sonrisas de algún niño despistado que todavía se atrevía a jugar a fútbol con ellos. Todos habían recibido con alegría la noticia de que su unidad iba a ser reemplazada por otra menos numerosa. Después de algunos años no habían conseguido mejorar las condiciones de aquella abandonada región. Hacía meses que no podía dormir por las noches, desde que fue asaltado su convoy y varios de sus compañeros explotaron esparciendo trozos de ellos mismos por esos caminos de tierra. Los recogieron, los metieron en una bolsa y los enviaron a España para que recibiesen todos los honores. Desde ese día el miedo se había convertido en compañero inseparable. Su rostro mimético mostraba una barba poblada y negra. Los ojos una tristeza opalina. Su piel el mismo color de esa tierra áspera. Ya no hablaba con nadie. El Sargento quiso enviarle de vuelta al ver que estaba metido en una silenciosa depresión y se negaba a hablar con el médico o con él mismo, pero decidió esperar a que acabase la misión. Únicamente faltaban diez días. Sin esos diez días puede que todo hubiese resultado distinto. Su cabeza fue encorvándose por el peso del excesivo polvo que había respirado. Miraba siempre sus pies, escuchaba el sonido de la tierra al ser aplastado por las suelas de petróleo. Sonreía cada vez que una piedrecita era despedida de un puntapié. El avión Hércules aterrizó sin contratiempos en la base militar de Torrejón. En un par de días disfrutaría de dos meses de descanso. No tenía dónde ir. Nadie con quien disfrutar esas merecidas vacaciones. Ni tan siquiera pensó en llamarme. Yo andaba con algo de preocupación ya que no contestaba mis cartas desde hacía tres meses. Pensé que algo grave debía estar ocurriendo. Me enteré por la prensa de su vuelta. Le llamé por teléfono, pero siempre me atendía la voz metálica del contestador. Sentía la obligación de ayudarle, de la misma forma que él lo había hecho conmigo. Nunca había estado en su pueblo, pero tenía la corazonada, y el deseo, de que se encontrara en él pese a que lo odiaba con todas sus fuerzas. Se trataba de un pueblo minúsculo, así que no me resultaría difícil localizarle. Cómo debía vestirme para la ocasión. Si lo hacía como siempre el pueblo entero me odiaría. Si lo hacía con discreción quizá lo hiciese mi soldadito. El taxista no dejaba de mirarme las piernas por el retrovisor. Estaba segura de que deseaba follarme. Me subí un poco la falda y me acaricié un rato. Ya estábamos llegando y se me había puesto dura. El taxista había dejado de mirar con deseo para hacerlo con odio. Eso me hizo carcajear y a él echarme de su vehículo a falta de dos kilómetros. Anduve por el arcén, atravesé dos rotondas y me adentré por la calle principal. No había nadie, pero tenía la certeza de que miraban tras los cristales de las ventanas. En pocos minutos estaba frente a la iglesia. Tuve el deseo de entrar. También estaba vacía, pero el frescor y el olor a incienso me incitaban a quedarme un rato. Seguía excitada. Me senté en el confesionario para pensar. Una voz, del otro lado, me animó a hablar. Una voz muy familiar, pensé. Un recuerdo que bombeaba hormonas. Imaginé al párroco susurrando obscenidades, llamándome por mi nombre de guerra. También su mano acariciándome en secreto. Dos personas entraron en la iglesia. Era él. Su madre le llevaba cogido del brazo. Qué llevaba puesto. Resultaba ridículo. Ver vestido de comunión a un hombre de casi dos metros chocaba demasiado. Los dos me miraron en el justo momento en que mi orgasmo era evidente. La madre tiró de su brazo haciendo un gesto de asco y desaprobación. Quiero creer que él me reconoció. No lo sé. El párroco, tras la rejilla de madera que le permitía permanecer en el anonimato, me animó a que rezase tres avemarías y volviese la semana próxima. -Sobre todo no te olvides de volver aquí la semana próxima. El perdón de tus pecados depende de ti. Cada semana vengo a ver a mi soldado con la esperanza de que un milagro me lo devuelva.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Nos



Nosotros fuimos los primeros en intuir que ese viento que azotaba con excesiva violencia las copas de los árboles no era normal, que indicaba un peligro. También nosotros entendimos que la deslinealizacion del horizonte representaba un indicio caótico. La desaparición del brillo del sol fue el primer resultado que se constató públicamente, luego se apagó y todos creyeron que significaría la desintegración del planeta. Estábamos equivocados al pensar que las plantas morirían en poco tiempo, que su ciclo químico se rompería con la ausencia de los rayos de esa estrella cansada. Se acoplaron, mutaron con una rapidez con la que no contábamos. Muchas especies, sin embargo, dejaron de formar parte del árbol de la vida. El planeta se enfrió rápidamente, el blanco cabalgó sigilosamente sobre la roca y el polvo, pero, ¿acaso no estábamos preparados para eso? Me gustaría escuchar ahora a esos que decían que estábamos exprimiendo el planeta, que acabaríamos con él. Mentira, todo era mentira. Esta gran masa férrica es capaz de resistir eso y mucho más. A falta de luz ya no había ninguna razón para seguir edificando sobre la superficie,además la temperatura era insoportable. Algún iluminado instaló cúpulas de un material plástico sobre las ciudades. Para que no escapase el calor dijeron, ¿qué calor? Excavamos en busca de la calidez del núcleo. Los investigadores redoblamos los esfuerzos en entender el Universo. En intentar construir una vía de escape; sé que resulta incongruente y paradójico que intentásemos escapar de un planeta con recursos ilimitados y a prueba de cualquier decisión humana. Mientras la mayoría de la población se escondía bajo tierra, cuanto más hondo mejor, los viajes intergalácticos se convertían en un hecho imperceptible.siempre fue así, la gente no debe saber. Las gráficas mostraban que el núcleo fundido se enfriaba y solidificaba a una velocidad alarmante. Los humanos que vivían bajo tierra se parecían poco a aquellos que todavía lo hacíamos en la superficie. Ahora sí, los recursos del planeta a penas llegaban para cien millones de habitantes, qué hacíamos con los otros doce mil millones. La noticia sobre el inminente final del ciclo humano en el planeta pronto dejó de ser un secreto y corrió hacia el interior por todo ese entramado de túneles que convertía a la Tierra en un espacio cuasi hueco. Se amotinaron como nunca se había visto, ordenadamente. Tomaron la superficie y nos obligaron a construir miles de naves generacionales para escapar del final. Corría el 2467 cuando una lluvia inversa de naves, repletas de seres extremadamente traslúcidos, con extremidades cortas, enormes ojos y desprovistos de orejas se escaparon de la Tierra con la esperanza de atravesar esa frontera einsteniana de la velocidad de la luz. Nos dejaron aquí. Dijeron que no nos merecíamos ir con ellos, que éramos distintos, egoístas, fanáticos, que planeábamos dejarlos abandonados a su suerte en un planeta muerto... Únicamente quedamos unos miles, tal vez unos millones, no lo sabemos. Ellos se proyectaron hacia su final. No existen los agujeros de gusano, no está curvado el espacio, no se puede ir más veloz. El gato ya murió hace mucho tiempo. Estábamos aquí para permanecer, no para expandirnos entrópicamente hacia la nada. Debieron pensar que habíamos desaparecido, y con nosotros el planeta, pero fue un nuevo comienzo. Lo sabíamos y les manipulamos para que fuésemos nosotros los privilegiados humanos, ellos ya no lo eran, que comenzasen de nuevo en este paraíso, sin más pretensiones que permanecer.

jueves, 9 de agosto de 2012

Cosas del patio

 El patio está bien, salvo cuando las monitoras hablan y hablan sin atendernos .Suerte que no nos matamos.
Los torneos de deportes molan menos cuando alguien se lesiona o le hacen la zancadilla de modo que cae y se parte dos dientes.
¡Me parece una injusticia los ganadores de torneo y sus premios! Futbol copas , cotball medallas,  ping pong un asco de diploma mal pintao. (Porque he ganado yo en ping pong y no en futbol) .
Seguimos con el patio; aaah, el patio!, donde los mayores abusan de ti. El patio, donde adelantas deberes atrasados. El patio, donde vomitas la comida del comedor. El patio, donde el suelo es tan rasposo que se puede encender  una  cerilla.
Ah, el patio!, mi querido patio.


                                                                 Saúl Rochera

lunes, 6 de agosto de 2012

Diógenes también coge el ascensor

Los ascensores me producen claustrofobia, igual que esta diminuta habitación o tinaja, así que agaché la cabeza y cerré los ojos y esperé que la ligera sacudida de deceleración atravesase mi cuerpo. Podría subir por las escaleras, pero soy demasiado perezoso. A penas percibí que el joven salía detrás mío. Se despidió con un escueto "encantado" que me dejó pensativo un buen rato. ¿Y si había estado todo el viaje de subida hablándome? No era normal que utilizase esa expresión sin haberle dirigido la palabra. Por lo visto debía ser el nuevo inquilino de la vivienda de al lado. Llevaba un año vacía y no me acostumbraba a esa soledad. Cerré la puerta, dejé las llaves sobre la bandeja que estaba sobre el mueble del recibidor, justo debajo del cuadro de ese pintor que ahora disfrutaba de una inmerecida fama, y rápidamente pegué la oreja en la pared del comedor. -He coincidido con el vecino; no me ha dirigido la palabra aunque yo no he dejado de hablarle. Ni cuando me he despedido de él ha dicho nada. Ya. Bueno, él sabrá.- No pude oír la voz de la otra persona, pero estaba claro que estaba hablando con alguien, seguramente su mujer. Después de una semana siguiendo la sana costumbre de espiar todas sus conversaciones no había sido capaz de escuchar a la mujer, aunque estaba claro que se trataba de su pareja porque todo aquello no se puede decir si no es a tu pareja. Adopté la manía de salir a la calle cuando intuía que iban a hacerlo, pero siempre me encontraba con el educado joven. Comencé por disculparme y le expliqué el pánico que sufría en los lugares cerrados, especialmente los ascensores. Él también fue contándome, a trozos como una telenovela de la que me había enganchado, su vida. Que se había casado hacía dos meses, que se habían trasladado a la capital porque en el pueblo no había trabajo, que a su mujer le estaba resultando difícil acoplarse a esta vida, sin amigos, sin sus padres, con demasiada soledad. Cuanto más hablaba con él, y todos los días hacía por coincidir por lo menos en dos ocasiones, más intrigado me sentía con su mujer. Llegué a pensar que si era muda. A imaginarla como la mujer de mis sueños. Con el pasado que él me relataba en los cortos trayectos de ascensor y el presente robado desde mi lado de la pared había construido una postal familiar bastante detallada. Tras varios meses en que mi inicial intriga se había convertido en verdadera ansia me atreví a decirle que pasasen un día a tomar café y así conocía definitivamente a su mujer. A ella le sentaría bien conocer a gente. Se deshizo en excusas. Que Manoli no se encontraba muy animada, que ella no se atrevía a salir de casa ni para volver al pueblo, que no quería hablar con nadie,... Él había pensado que tener un hijo la animaría, así que había pensado proponérselo. El ruido nocturno me indicó que Manoli finalmente había accedido. Tampoco en la batalla amorosa pude diferenciar un tono femenino en ninguno de sus gritos. Comencé a pensar que ella no existía, aunque él parecía tan sincero cuando me hablaba, puede que demasiado. Total, quién era yo para que se sincerase conmigo. Presté, a partir de entonces, una atención condicionada a la respuesta que quería obtener. Manoli no existía y todo era invención de una mente enferma. Me alegré, puesto que la fragilidad de esa mujer había hecho que me enamorase de ella. A partir de entonces dejé de hablar al vecino. Me sentía estafado y a él no podía dejar de verle como a un timador. Lo que escuché a los pocos días de haber roto relaciones con él podría haberme hecho dudar. Manoli estaba embarazada, esperaban un hijo. Esa misma noche se escuchó el sonido de una botella de cava descorchándose. Le evité desde ese día. Cuando escuchaba que se iba a marchar pegaba la oreja en la pared, y así la dejaba hasta que le escuchaba de vuelta. Ningún sonido. Nada que pudiese hacerme cambiar de opinión. El vecino estaba loco y yo había sido un tonto al no darme cuenta antes. Comencé a reír cada vez que le escuchaba preguntar que cómo se encontraba. Lo imaginaba acariciando una ficticia barriga de ocho meses de una inventada mujer que le ayudaba a seguir viviendo. Ni por esas sentí pena hacia esa figura depravada del vecino, más bien rencor. Le escuché decidir el color de la habitación, la marca del carrito, el nombre. Manoli como su madre. En ese instante deseé darle un puñetazo. Era como si esa mujer existiese y estuviese siendo maltratada por él como si un figurado síndrome de Estocolmo la retuviese en sus brazos. Esperé acontecimientos. No le sería tan fácil esconder a un recién nacido. No lo podía creer. El vecino ya no sólo hablaba a una mujer inventada sino que también lo hacía con una hija imaginaria, pese a que no se había escuchado ningún llanto. Su casa comenzó a olerme muy mal. Lo imaginé repentinamente más enfermo. Necesitado de ayuda, así que esperé a que saliese por la mañana para coincidir con él e intentar asomar mi mirada por el resquicio que quedaba en su puerta antes de cerrarla. Le dije que tenía un regalo para su hija y que me apetecía conocerla, que cuándo podía pasarme por su casa. No contestó. Debía estar enfadado conmigo, creo que percibí cierto recelo. En cuanto me despedí de él volví a subir hasta el rellano y comencé a oler debajo de su puerta. El olor diogénico me pareció insoportable. Fui a la comisaría a poner una denuncia, pero no me hicieron caso. Tuve que inventar que creía que se había cometido un asesinato para que se personase una patrulla de la policía local. En cuanto aparecieron llamaron al timbre. Yo salí junto a ellos y me identifiqué como el denunciante. Ellos le hablaban a la puerta mientras yo sonreía con disimulo. Ninguna respuesta. Les animé a que entrasen, pero no podían hacerlo sin una orden judicial. Sorpresivamente apareció el vecino, al cual también había llamado la policía. Abrió la puerta y les ofreció un café mientras escuchaba las explicaciones por las que se habían presentado en su casa. -Soy soltero. Pueden mirar lo que quieran. ¿Manoli? No conozco ninguna Manoli. No, no tengo ningún problema con el vecino. Bueno, me alegro de haberles ayudado.- Yo todavía estaba en el rellano cuando pasó la pareja de policías por mi lado diciéndome que ya hablaríamos. Desde su casa el vecino se quedó mirando mi hierática figura y esbozó una irónica sonrisa a la vez que mostraba con disimulo un biberón recién calentado en su escandaloso microondas.