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viernes, 24 de febrero de 2012

Maniquí



Me dio pena ver cómo las tiendas de moda ocupaban el lugar que antiguamente perteneció a los cines y teatros. Ver cómo una enorme cristalera dejaba pasar la imagen de innumerables maniquíes ofreciéndonos un cebo que diera con mis pies dentro del lugar. Allí donde antes encontraba un colmado ahora veía un restaurante de diseño adherido a una famosa franquicia. Si quería bajar a comprar un bote de garbanzos tenía que ir a parar a un gran supermercado que ocupaba el lugar en el que antes estuvo una tienda de moda, otra de electricidad y una de prensa. Para qué hablar del recorrido que debía hacer si tenía cualquier avería en casa, no cometería el error de buscar la vieja ferretería (allí entonces se encontraba un chino en el que no se me ocurriría entrar si lo que quería era que la avería fuese reparada). Las carnicerías y pescaderías desaparecieron hace ya mucho tiempo y las verdulerías (último reducto tangible del barrio) habían cambiado de dueño, eran regentadas por indios o pakistaníes, y no lo hacían mal, debo decir. Así que yo, que fundamentalmente era un hombre de barrio, me veía obligado a salir de él más de lo que quisiera. Sentía como una mano transparente e imperceptible me iba animando y a la vez empujando a dirigir mis pasos hacia otros lugares, bajo amenaza de quedarme más aislado de lo que ya estaba. No conocía a ningún vecino. ¿Dónde estaban aquellos con los que compartí la juventud? Los extranjeros, inmigrantes como eran llamados entonces (un extranjero es el que sólo venia por unos días, de turismo), no me conocían y, por tanto, no me saludaban. Si hubiese tenido una familia, quizá no me hubiera dado por pensar esas cosas, pero claro, estando solo, ya se sabe, la cabeza da muchas más vueltas. ¿Debía irme o debía permanecer?- Me pregunté, frente a la gran cristalera de una tienda de moda en la que las maniquíes esbeltas se me insinuaban constantemente como si estuviese en la barra de un burdel. Desde ese día no he dejado de ir a verla, además quiero creer que, las pocas horas que no paso con ella, me es fiel. Tampoco ella deja de mirarme con coquetería; cada día se arregla para mí, sólo para mí.

sábado, 18 de febrero de 2012

Perdido


Cojo mi cámara de fotos y el bloc de notas y me dispongo a pasear sin que ningún minuto pueda recordarme que tengo cosas que hacer. El teléfono móvil lo olvido conscientemente encima de la mesilla de noche, casi sin batería. Tampoco me pongo la chaqueta, aunque sé que pasaré frío. Mi gorro sí, sin él no soy capaz de hacer nada. Comienzo con unos titubeantes pasos, mirando mis zapatos. Uno detrás de otro. Primero son cortos, casi diminutos, aunque parecen decididos a llegar a algún sitio. Parece que con mi mirada esté vigilando por donde me llevan. Soy un ingenuo por creer que soy yo quien domina mi destino. Como si poco a poco fueran calentándose empiezan a levantar las punteras más enérgicamente. Sigo abducido por esa cadencia tan contagiosa. En varias ocasiones mis hombros se golpean con los transeúntes que se cruzan en mi camino, pero no levanto la vista para mirarles. Ni tan siquiera para pedirles disculpas o escuchar sus protestas ante semejante maleducado. Comienza a bajar la intensidad de la luz debido a la estrechez de las calles. Desaparecen los vehículos y también los viandantes. Me gusta esa sensación de soledad repentina, hasta el punto de levantar la vista hacia arriba. No sé dónde me encuentro, no reconozco el lugar como un espacio ya visitado y eso hace que me sienta perdido. De repente abandonado. No me atrevo a volver la vista hacia abajo. Necesito encontrar alguna pista que me devuelva la cordura. Sigo calle arriba, parece que esa esquina me suena. No, no era lo que me imaginaba. Tuerzo a la derecha. La mitad de las casas están abandonadas y medio derruidas. Acelero el paso para detenerme nuevamente en la siguiente esquina. Vuelvo a torcer a la derecha porque he decido hacerlo siempre de esta forma. Dudo de que se trate de una decisión lógica, pero si fuese mal en pocos giros debería devolverme al lugar de inicio. Todo se parece mucho, demasiado. Necesito cruzarme con alguna persona para preguntarle dónde me encuentro. Por fin una buena idea. Dejaré hojas de mi bloc en cada esquina para poder reconocer los caminos ya explorados. Cuando llevo arrancadas diez hojas y todavía no he visto ninguna de las bolitas en cualquiera de los ya infinitos cruces, otra ocurrencia mucho mejor que la anterior me devuelve una tímida sonrisa. Haré fotos a esos cruces de caminos y en cada uno de ellos comprobaré si ya he pasado por él. La cámara tiene suficiente memoria y batería como para no preocuparme. Ese viejo arco renacentista me hubiese llamado la atención si ya hubiese pasado por debajo de sus piedras. Le hago una foto. La enorme letra "e" colgada de esta fachada, tres cuartos de los mismo. Le hago una foto. Ese edificio sostenido por la estructura artificial de hierro también. Le hago una foto. Tras muchos pasos comienzo a sentirme cansado. Olvidado el objetivo inicial de las fotos me siento en un portal y decido esperar a que alguien pase junto a mí. Al ver que llevo la cámara Kodak en mis manos comienzo a repasar las fotos que tengo en la memoria. Son doscientas treinta y cinco. La primera me gusta es un arco renacentista, quizá yo hubiese buscado otra perspectiva, en fin. Tampoco está mal esta segunda, pero la enorme e" roja pierde fuerza debido al contra luz..... La número diez es, quizá, la más interesante; se nota que el fotógrafo intentaba plasmar toda la fuerza de la arquitectura del siglo XVI. La ciento treinta me evoca algo ya vivido, puede que sea un dejà vú, pero las piedras de ese arco parece que quieran decirme algo... Tengo sed y no llevo agua. Buscaré algún bar para poder tomar un trago. Debo salir de aquí. Creo que esto me suena. Sí, detrás de ese arco debo girar a la derecha.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Precipicio




Las pulsaciones me iban aumentando conforme me aproximaba a mi destino. Sentía que la velocidad se adueñaba de mí por completo, que nada podría volver a ser lo mismo. Un cúmulo de imágenes no me dejaba pensar con claridad; unas golpeaban a las otras por ser las primeras en adentrarse retina adentro por los globos oculares y dirigirse a una parte del cerebro en la que únicamente podían hacerme daño, conseguir que me replantease una situación que ya no tenía vuelta atrás. Cerré los ojos con fuerza e intenté absorber el aire que chocaba contra la piel de mi cara. Cada vez sentía con más claridad que se acercaba un desenlace buscado hacía ya mucho tiempo. No recuerdo qué ocurrió después.

sábado, 11 de febrero de 2012

¿Siesta o huelga?



Parece que el próximo 19 de febrero los sindicatos UGT y CCOO han convocado movilizaciones. Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez, después de haber denunciado que la reforma laboral aprobada por el gobierno obedece a designios de la CEOE, anunciaron que los representantes sindicales irán a todas las empresas para expresar su rechazo frontal. No la han querido llamar huelga general (por eso de no obedecer a un, comunitariamente hablando, denostado Rajoy). Se trata, según los dos mandatarios, de una reforma radical que únicamente pretende desmantelar el derecho laboral, de hecho resulta una reforma inútil y desequilibrada. Repasando las diez claves de la reforma:

1.Reducción a 33 días para el despido improcedente.

2.Despido por causas económicas pasa a 20 días.

3.Lucha contra el paro juvenil, favoreciendo su contratación.

4.Contrato para emprendedores y creación de contrato indefinido.

5.Limitación indemnización a directores de banca.

6.Limitación a 7 días en indemnización a directivos de empresas públicas.

7.Prohibición de la encadenación de contratos temporales.

8.Se elimina la ultraactividad en los convenios colectivos, favoreciendo la flexibilidad de las empresas.

9.ETT y regulación y equiparación del teletrabajo.

10.Lucha contra fraude y absentismo.


Bien, ésta es la parte escrita. ¿Qué queda como no escrito? Repasemos qué puede indignar a los sindicatos:

-La empresa puede reducir la jornada laboral sin acudir a la autoridad laboral.

-Los parados que reciban prestación estarán obligados a realizar servicios de interés general en beneficio de la comunidad (no le harán falta los voluntarios a la Sra Botella) pudiendo ver la medida como medio llena o medio vacía.

-Se puede acordar una modificación de la "cuantía salarial" por razones económicas, técnicas, organizativas o de producción. Vamos se puede bajar el salario al capricho del empresario.


Me pregunto: ¿Harán estas medidas más competitivas a las empresas? Y la respuesta es, claramente sí. Acaso no son las empresas afincadas en Oriente las más productivas; no es necesario analizar qué nos separa de ellas.

Así que ante la duda de los sindicatos de hacer una huelga general sólo me cabe una explicación: Están, ya, muy cansados. No pueden arrastrar el peso que soportan sus espaldas, además de ser muy tradicionalistas y no sentirse con fuerzas de pedir a sus afiliados que dejen de hacer la siesta.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Tormento



Son cerca de las siete, apenas faltan unos minutos, él no llega hasta bien entradas las ocho, pero no quiero encontrármelo por las escaleras -inquietud- me da tiempo, tengo que comprarle unas cervezas, si no será peor -angustia-, se pondrá más nervioso, me chillará -culpabilidad-, me recordará que no sirvo para nada y que nadie me conoce como él -inseguridad- Da un portazo que hace temblar el marco de la puerta y pronuncia mi nombre para que le acerque una cerveza -desasosiego-, se sienta dando un golpe en la mesa, como todas las noches, y yo me echaré a temblar -desamparo- La comida no está ni fría ni caliente, aunque él la encuentra asquerosa; me insulta -desamor- mientras vuelve a dar un golpe y arroja el plato al suelo -aversión- Yo paso por el hueco que queda entre su silla y el aparador, acercándome más de lo que desearía a su halo etílico -miedo-, protegiendo con la mano mi frágil cara, en el justo momento que mueve su silla hacia atrás para cortarme el paso -incontinencia-, se levanta con un impulso que desmorona todas las leyes físicas y me lanza contra el anguloso mueble que se me clava en las costillas -pánico-, hundiendo su plateado odio en mi vientre, dejándome tumbada sobre mi cálido sueño rojo.
-Alivio.