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lunes, 25 de abril de 2011

TRASTORNO





Hoy no tengo ganas de salir de casa, ni tan siquiera para ir al quisco a comprar el periódico, así que releeré uno de los antiguos. Uno cualquiera al azar. Sé que puede sonar ridículo, pero suelo hacer esto muy a menudo; quizá con más asiduidad de la que desearían mis cansada neuronas cuando las obligo a recordar algo ya aprendido.
Descubro en la portada y en las cinco posteriores páginas un mar de palabras, como una sopa de letras (no entiendo nada) en la que se me hace difícil comprender cuál ha sido la razón (la verdadera quiero decir) para "invadir" Libia. Incluso se me hace difícil entender, por más que lo re-expliquen, las diferencias con Irak. Ya sé, ahora la ONU sí, entonces la ONU no. Debo ser muy duro de mollera, pero no entiendo nada. Y es que las cansadas neuronas de las que os hablé antes, no paran de bombardearme con imágenes de Gadafi con todos los lideres europeos con gesto orgulloso y complaciente (debían ser amigos, es la decodificación que hacen mis neuronas de esas instantáneas).
¿Qué ha cambiado? Antes tanto y ahora tan poco. Sé que me argumentarán que el pueblo libio no quiere la dictadura.
Ah, ¿Pero es que antes sí la quería?
Entiendo que no les guste Gadafi. A mí tampoco me gusta, nunca me ha gustado. Pero como soy tan duro de mollera, no acabo de entender que le veían de bueno entonces.
Deberíamos estar totalmente desautorizados para actuar, incluso para opinar (los europeos, quiero decir).
Si nadie le comprase, o le hubiese comprado, su materia prima, si nadie le vendiese armamento (ese con el que bombardea ahora a su propio pueblo), si nadie le invitase a fiestas y diera pábulo a sus esquizofrénicas ideas... ¿Estaría, ahora, donde está?

El príncipe Saurau, en la novela trastorno de Thomas Bernhard, decía que la prensa debía ser atrasada de un mes por lo menos: sin poder destructor, poética ya.

Tendré que esperar un tiempo más para descubrir la poesía que se puede encontrar oculta en este periódico que tengo ahora entre mis dedos.

miércoles, 13 de abril de 2011

URBANISMO PANTAGRUÉLICO

Que las ciudades son para los ciudadanos, para sus moradores quiero decir, es algo que ya tenía claro hace mucho tiempo, pero que nos lo quieran hacer creer, eso ya es otra cosa.
Que, como diría Rita, los grandes arquitectos (se entiende por ésto: famosos) quieren dejar su impronta en las grandes ciudades, es algo que también está claro, pero que eso sea a costa de la generosidad (económica, me refiero) de los habitantes, eso ya es otra cosa.
Que la prolongación de una avenida se haga por el bien público con la connivencia de la mayoría de la población y bajo el amparo de las desvirtuadas palabras de D.Vicente (aquel que diera nombre a la avenida), es una cosa, pero que pretendan hacernos creer que se realiza sin ningún tipo de interés urbanístico, ya es otra bien distinta.
Que nos monten y desmonten un circuito de fórmula uno para alegrarnos, como los emperadores romanos hacían en los circos (mejor tener al populacho entretenido) es una cosa, pero otra muy distinta es que tengamos que pagar incluso aquellos que no disfrutamos del susodicho espectáculo.
Podría seguir y hablar de las ventajas paisajísticas que nos iba a ofrecer la copa América (quién ha visto y quién ve el puerto), del circuito internacional de hípica y del master de tenis, pero no lo haré...
Yo me conformo con las pipas (será por mi genética simiesca): lugares dónde poder aparcar mi bici, avenidas peatonales, sin riesgo de atropello, actividades públicas y populares con las que disfrutar de las ciudades...